Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 5. La música en el aire
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5. La música en el aire

LA MÚSICA EN EL AIRE

Estimado Richard,

He escrito esta carta muchas veces desde nuestro último encuentro.

Hasta ahora no había hallado las palabras correctas para expresarte lo mucho que siento el tono que alcanzó nuestra intensa discusión el pasado otoño.

Como sabes, eran tiempos difíciles para mí a la sazón de los descubrimientos que solo tú y yo conocemos.

Te pido disculpa. Lo digo sinceramente. Si respondes a esta carta, sabré que me has absuelto.

Así pues, también quiero precisar que sigo manteniendo mis convicciones en lo relativo a la protección de mi familia.

No espero que algún día estés de acuerdo con ello.

Pero ojalá respetes mi decisión. Confió en que es lo mejor para Sylvia y para Mary, que son todo lo que tengo y me importa.

Mary jamás debe saber la verdad... sobre la magia ni lo otro.

A tenor de esto, para evitar la más mínima noción mágica a mi hija, nuestras familias no deben reunirse en el mismo lugar de nuevo, y bajo ningún motivo.

Por un tiempo o indefinidamente. Aun así, no es mi deseo escindir toda comunicación con ustedes —después de todo, somos familia—, por esa razón propongo escribirnos una carta al año para mantenernos al tanto del bienestar de los nuestros.

Como dije antes, si respondes a esta carta sabré que me has absuelto.

.. y que estás de acuerdo con este convengo.

Sé que en el fondo una parte de ti comprende lo que hago y por qué.

Y lo acepta. También tienes hijos propios y, por tanto, sientes la necesidad divina de protegerlos: de las sombras, de cualquiera que intente herirlos, incluso de la verdad.

No soportaría perder a Mary y Sylvia por alguna de estas.

Así que, dicho esto, y en honor a nuestros años de amistad y a los lazos familiares que nos unen, espero que aceptes mis disculpas y respondas a esta carta.

Cuida de Alice y los niños.

Por último, estoy seguro de que te dará gusto saber esto: Sylvia está encinta.

Con afecto,

MICHAEL

Mary bajó la carta y la dejó en su regazo.

Se quedó ensimismada evocando una imagen mental de su padre, sentado en su viejo escritorio, redactando aquella carta, rodeado por montones de papel corrugado.

Extraño, pensó. No había vuelto a pensar en su padre con vida desde que supo de su muerte.

A decir verdad, había estado relegando cualquier recuerdo de sus padres para que algún día —esperaba— dejara de doler, y superar la pérdida.

También había intentado ser fuerte por su hermano.

Su padre solo había querido protegerla de un mundo al que no pertenecía. Solo fue un simple humano; «gente común», como les llamaban aquellos que no lo eran. Sin embargo, su madre fue un hada.

La noche anterior, tras la reunión de té, Mary le preguntó a Céline si ella tenía una enciclopedia como la que encontró en la habitación de Abigail.

Le sorprendió descubrir que Andrew tenía razón: según Céline, los Katterblack tenían tres ediciones del mismo volumen, cada uno más antiguo que el otro, y también mejor conservado.

El de la edición más reciente tenía una cubierta de terciopelo turquesa con letras en hilo dorado en la parte frontal, que rezaba: «CRÓNICAS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD».

Mary la escogió pensando, quizá erradamente, que en ella hallaría información más renovada sobre el mundo mágico o lo que sea (aún le seguía pareciendo increíble).

En aquel momento, el grueso volumen estaba en la mesita de noche junto a la cama; Mary intentaba cogerlo cuando, de golpe, se abrió la puerta y dos personas entraron a la habitación.

—Buenos días, querida —dijo Céline. Lucía radiante esa mañana.

Llevaba el cabello recogido en un alto y suntuoso moño tras la cabeza.

Vestía un corsé de esculpa color pergamino y una falda entallada con un discreto polizón en el costado izquierdo.

Mary, de pronto, se sintió sobremanera avergonzada.

Aún llevaba puesto el camisón de dormir y tenía los cabellos ensortijados como un nido de pájaros.

Céline sonrió de oreja a oreja—. Sé de buena tinta que has dormido poco o nada en toda la noche.

—Le echó una mirada nada discreta a Olee.

Mary aún tenía extendida la mano hacia la Enciclopedia. Cuando se dio cuenta de su parálisis —gracia a una mirada suspicaz de su prima—, la bajó y se irguió.

—Estuviste leyendo esa estúpido compendio toda la noche, ¿cierto?

—repuso Céline con disgusto; no se lo estaba preguntando—.

Oh, Mary, ya tendrás mucho tiempo para aprender sobre los Seguidores y los Hijos del Bosque y blablablá.

.. —Le hizo una seña con un dedo a Olee para que se adelantara—. Mira lo que te he traído.

Mary se fijó por primera vez en el bulto que llevaba la criada entre brazos.

—¿Qué es? —le preguntó a Céline.

Ésta sonrió.

—Olee, muéstrale.

La criada obedeció. Desplegó el vestido ante ella y lo levantó para que Mary pudiera contemplarlo.

Quedó maravillada. Dios, no había visto jamás nada tan hermoso.

Olee lo acercó hasta ella para que pudiera verlo con más detalle.

El vestido era de satén turquesa, de cuello redondo y hombreras anchas; la parte del corsé era recta y entallada hasta la cintura, de donde surgía la amplia falda.

—Es precioso —murmuró Mary. Miró a Céline—. No entiendo. ¿Por qué?

—¿Lo has olvidado? El baile.

«Ah, sí, el baile», pensó Mary. Por supuesto que lo había olvidado.

Nadie podría culparla. En los últimos días había visto al fantasma de su madre, nigromantes, hadas, y despertado en la cabaña de unos desconocidos.

Además, estaba asunto del rapto de su hermano y el reciente asesinato de sus padres, un dolor constante que la mantenía cuerda en medio de tanta confusión.

—No —mintió—. Lo que quise decir es que no era necesario, yo...

—Sí, sí, ya sé —la cortó Céline. Caminó hacia la criada y tomó la fina tela de la falda del vestido como si se tratara de una figura de espuma que podía deshacerse con facilidad—.

Siente la tela, Mary. Ninguno de tus vestidos es tan.

.. elegante para el baile del solsticio, los caballeros (y solteros) más importantes del condado asistirán.

Recuerda: eres el nuevo miembro de los Katterblack, y los ojos de todos estarán puestos sobre ti esa noche.

—Pero, de verdad, no era necesario —insistió Mary. Extendió la mano para comprobar la afirmación de Céline. Y sí, la tela era exquisita—. Nunca he vestido nada tan hermoso en mi vida.

Claro que no. Su padre había trabajado en una imprenta en Boston, y habían vivido como una familia clase media, privada de lujos, sí, pero aquello no era lo que Mary consideraba lo más importante .

Por ejemplo, no había dinero suficiente en el mundo que les pudiera devolver a sus padres a ella y a Sam.

—Estás así por Sam, ¿verdad? —Céline la miraba afligida.

«No solo por Sam», calló Mary. No podía dejar de preguntarse por qué su padre había tomado la decisión de ocultarles la existencia del mundo mágico a ella y a su hermano.

Mary abrió la boca, y al soplo la cerró. Escuchó una melodía lejana: como una música levísima que flotaba en el aire hasta ella. Un piano. Céline y Olee cruzaron una mirada fruncida, como si pensaran que ella se había loca o algo parecido.

—¿Qué es eso? —preguntó Mary, fascinada. Como si no saltara a la vista (más bien, al oído) que alguien estaba tocando el piano en alguna parte de la mansión.

—Elise... ¿o Philip? —respondió Céline, dudando—. No estoy segura. Aunque viendo lo maravillada que estás, seguramente es Phil.

—¿Quién es Philip?

Céline se acercó a ella; le sonrió de una manera que no le había visto hacer antes. Con pillería.

—Es el maestro de piano de Elise —dijo por fin, lanzando un vistazo de arriba abajo a Mary, que se había puesto en pie—. Estás hecha una facha, querida.

Mary sintió el calor en las mejillas. Bajó la mirada.

—Como sea. ¿Te gustaría conocerlo? —preguntó Céline, esbozando una sonrisa.

Mary alzó la mirada, y asintió. Mientras se sentaba en la cama, Céline añadió—: En ese caso, será mejor que te vistas en seguida, antes de que acabe la lección de hoy.

¡Olee, ayúdala! Trae de la cómoda alguna prenda lo bastante presentable para Mary, y rápido.

Sonrió .

Ya vestida, Céline le tendió su brazo al salir de la habitación.

Durante el breve trayecto, la música del piano no paró de sonar.

La mansión Katterblack no era un castillo, como le había dicho su madre una vez; pero sí que se semejaba mucho a uno.

Mary lo comprobó del brazo de su prima mientras cruzaban un corredor flanqueado por una infinidad de puertas de camino a la sala común.

A medida que se acercaban, Mary más se maravillaba. La melodía era realmente bella. Profunda. Intensa. A su lado, Céline reía para sí como si se reservara un cotilleo.

—Mi hermana está enamorada de Phil —le dijo.

—¿Qué?

Mary apenas la escuchó; su atención estaba puesta en la música que flotaba en el aire hasta sus oídos.

—Elisa está enamorada... —empezó, pero se interrumpió cuando la música elevó su tono.

Entraron a la sala común. La estancia estaba ampliamente imbuida.

En ella también había enormes ventanales como las que había en su dormitorio, salvo que daban vista al precioso jardín desde otro ángulo.

Los únicos aposentos que había conocido Mary desde su llegada a la mansión eran: el recibidor, el estudio de Katterblack, y el comedor, donde habían preparado un opulento banquete la noche anterior para darle la bienvenida.

Esta era la primera vez que pisaba la sala común.

Como el resto de la morada, era impresionante.

Aquí y allá, un par de mesitas y un escritorio de exquisito acabado, llenaban los amplísimos espacios; y un juego de divanes color champagne con bordes dorados de lo más sofisticados.

El piano era blanco perla, que brillaba como la nieve virgen cuando era rozada por las primeras luces.

Elise y su maestro estaban sentados, uno al lado del otro, en el largo banco tachonado frente al teclado.

Les daban la espalda a Mary y Céline. Mary había supuesto que el maestro de piano sería un cincuentón calvo y barba poblada, y casi había dado por hecho su suposición al oír más de su magistral interpretación mientras enfilaba la sala común.

Pero no. Philip, para su sorpresa, era un muchacho de quince, quizás dieciséis años.

Mary reparó en algo más. La mirada de Elise no estaba puesta en el piano, sino en el rostro ladeado de su maestro. Y era una extraña fijación, a decir verdad, como si... Mary volvió los ojos hacia Céline y observó que ésta reía disimuladamente. Se inclinó hacia ella para susurrarle:

—¿Qué me estabas diciendo sobre Elise?

—Ella...

La música se detuvo.

El joven maestro de piano se giró hacia ellas, al principio confuso; después sonrió levemente. Elise, que acababa de caer en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, pestañó y volvió la cabeza también. Sus mejillas enrojecieron enseguida.

—Céline... —farfulló Elise, poniéndose en pie, nerviosa y sonrojada.

—Lamento la interrupción, hermana —dijo Céline con un amago de sonrisa en los labios—. Mary quedó tan encantada con la pieza que tocaba Philip, y pensé que tal vez lo querría conocer. Y aquí estamos. —Desplazó su mirada de Elisa a Mary, y luego viceversa.

—Oh, sí —empezó Elise. A ojos vistas nerviosa, daba aún más la impresión de parecer una muñeca de porcelana, o una niña asustadiza.

Mary notó que evitaba cruzar su mirada con la del maestro de piano.

Pobre. Era tan evidente su enamoramiento hacia él, que Mary decidió no preguntarle a Céline sobre lo que había pensado hace un momento—. Phil, ella es Mary... nuestra prima.

Phil rodeó el banco y se acercó cortésmente a las recién llegadas.

—Es un placer —dijo; tomó la mano de Mary y rozó el dorso con sus labios en una inclinación—. He oído mucho de usted últimamente, señorita Cartwright. —Frunció el ceño—. Siento mucho lo que ocurrió a tu hermano..., y a tus padres.

—Ya veo que es cierto lo que dicen de este lugar —observó Mary, con ligero sarcasmo—. Lo que has tocado ha sido sublime.

—¿Te gustó? —Philip sonrió. Sus ojos brillaron de emoción; eran de un marrón claro poco ordinario, pero preciosos.

Tenía cejas pobladas y oscuras que hacían juego con la fulgurante cabellera que peinaba hacia atrás.

Labios finos. Vestía una camisa de algodón blanco bajo un chaleco negro gastado, pantalones oscuros y botas gruesas.

Mary asintió, incapaz de disimular la sonrisa que trepó inminente hasta sus labios. Había algo en aquel joven que la cautivaba. Su sonrisa, tal vez.

Céline se aclaró la garganta, algo impropio de ella.

—Philip tocará para nosotros en el baile del solsticio. Será su debut público, ¿no es así, Phil?

Phil parpadeó.

—Sí, sí —respondió tardíamente—. Aunque, le decía a Elise, tal vez sea mejor que ella haga su debut.

—No me siento preparada —dijo Elise, todavía enrojecida—. Quizás con un par de años más pueda tocar decentemente.

—Tal vez dos años y medio. Eso te haría muy feliz, ¿no? —comentó Céline con sorna. Profirió una risita .

Lívida, Elise apretó los labios y fulminó a su hermana con sus ojos azul acero.

Mary reparó que Philip la seguía mirando con extraña fijeza. Sus ojos marrones aún brillaban.

—Y, Phil, ¿ya tienes pareja para el baile? —inquirió Céline.

Elise comenzó a toser como si se hubiese atragantado con un canapé. El joven maestro volvió la mirada y negó con la cabeza.

—¡Qué bien! —apremió la joven, dando un paso al frente y tomando del brazo a Mary. Ella la miró confundida—. Mi prima necesita una pareja. Quizá ustedes dos podrían ir juntos.

Mary tuvo que hacer un auténtico esfuerzo para no preguntarle a Céline a voz en grito si se había vuelto loca.

¿Qué estaba tramando? Echó un vistazo a Elise, más lívida —si cabe— que antes.

Como si el corazón se le hubiera caído al piso.

Al menos esa fue la impresión que le dio a Mary al ver su rostro.

—Yo creo que... —empezó a decir Mary.

—Sería un placer —se adelantó Philip. Su tono era de auténtico contento.

—¡Magnifico! —Céline aplaudió.

Elise parecía como si la hubiesen abofeteado.

Mary se preguntó si Céline habría fraguado aquello contra su hermana; y por qué lo habría hecho. En River Town no había lugar para los secretos, decían. Probablemente acabaría sabiéndolo tarde o temprano.