4. La enciclopedia #4
—¿Te sientes mejor?
La voz vino de atrás. Mary suspiró.
—Sí —dijo, bajando los hombros—. Un poco.
Cuando se volvió, Andrew regresaba de la habitación de su hermana con la pesada enciclopedia abierta —tal donde ella la había dejado— en sus manos.
Ojeaba la parte que había estado leyendo Mary antes de poner su atención en la nuxus .
Ella aún no daba crédito a los sucesos recientes.
En el fondo esperaba despertar de aquel extraño sueño en cualquier momento. De verdad lo esperaba.
—Debo admitir que es impresionante que hayas leído ciento cincuenta páginas en unos minutos —comentó.
Alzó la mirada, y Mary apartó la suya de él de inmediato—.
Como sea. Le he dicho a Abby que no deje nuestras armas fuera del baúl donde usualmente las guardamos.
Pero nunca hace caso. —Cerró el libro de golpe—.
¿No has sentido a veces la necesidad de querer estrangular a tu hermano?
Metafóricamente hablando, quiero decir. —Guiñó un ojo.
Mary sonrió y asintió. Luego pensó: «Sam». Trató de disimular su desolación interna. Pero no lo consiguió.
—Lo siento —dijo Andrew, dejando el libro en uno de los muebles—. No quise …
—No —habló Mary—. Estoy bien. Y respondiendo a tu pregunta: sí. A veces quiero estrangularlo. Pero es difícil no perdonarles la vida casi de inmediato. Metafóricamente hablando.
—En efecto —dijo Andrew, y sonrió—. Es difícil no perdonar a quien ves todos los días de tu vida y te hace más feliz que infeliz. Créeme. Lo sé.
De reojo, Mary lo vio sonreírle, pero no fue capaz de corresponderle esta vez. Dolía hablar de su hermano como si fuera solo un recuerdo. Como si se hubiera ido al mismo lugar que sus padres. Debía apartar esos pensamientos, o el sufrimiento la consumiría tarde o temprano.
Antes de que pudiera darse cuenta, Andrew estaba frente a ella. La luz que cruzaba la ventana convirtió sus ojos en brillantes pozos azules.
—Si pudiera hacer algo... —empezó a decir. Se calló.
La puerta se abrió, y Abigail entró. Mary se alejó subrepticiamente de Andrew como si los hubiesen pillado en una situación picaresca o algo parecido. La joven Treddaway, que arqueó ligeramente las cejas al verla, cruzó una mirada con su hermano.
—¡Ha despertado! —exclamó.
—Abigail —soltó Andrew, de pronto airado—. ¿Cuál es tu empeño de anunciar lo que salta a la vista? Claro que ha despertado.
—¿Qué hace eso aquí? —preguntó la melliza sin prestarle atención. Se refería al volumen que Andrew había dejado en el sillón.
—La señorita Cartwright ha decidido aprender un poco más acerca de los de su clase —respondió él—.
Pensaba prestárselo. Luego recordé que el señor Katterblack tiene en su haber ediciones más completas y, seguramente, estará más que encantado de prestarle alguna.
Además, lo más probable es que Mary comience a instruirse con la señorita Val junto a Céline y Elise.
Abigail suspiró.
—Da igual, Andrew —dijo—. Todos en la gran casa han estado buscándola como locos desde esta mañana. La señora Alice me ha pedido que la enviara sana y salva con ellos en cuanto despertara.
—Ah, sí, acabo de recordarlo —comentó Andrew con sorna.
Estaba en la cocina recogiendo el desastre que había originado durante el desayuno.
Miró a Mary—. Por lo visto la señora Katterblack no quiere esperar un día más para hacer tu debida presentación en la alta sociedad de River Town, por lo que hoy se reunirán las mujeres estiradas del pueblo. ¡No querrás perdértelo!
Habló con sarcasmo rayano en cinismo.
«Mujeres estiradas». Mary sabía bien de lo que estaba hablando. Y rió.
—¿Qué te ha causado gracia? —preguntó Andrew. Su tono era áspero. La estaba escrutando con la mirada.
—Yo... —empezó Mary.
—¡Andrew! —regañó Abigail.
—¿Qué? —El muchacho miró a Mary con sorna—. Lo mejor será que te vayas ahora.
Mary sintió que el corazón se le caía a los pies.
Pero disimuló. Bastante bien a tenor de la mirada contrita que le echó Andrew a su hermana.
Acto seguido, Abby y ella enfilaron la puerta.
Caminaron juntas por el bosque hacia el inicio del sendero de piedra que cruzaba el jardín hasta la gran casa.
Mientras se alejaba, Mary no pudo evitar echar un vistazo atrás.
La cabaña, vista desde fuera, era bellísima.
Como la casita de un sueño. Paredes color blanco hueso, puerta de roble, techo de paja y una chimenea de piedra.
Mary suspiró... De pronto, Andrew apareció en una de las ventanas, y ella volvió la cara al frente como si hubiese recibido un revés.
—No le hagas caso —dijo Abby de repente—. Andrew, bueno..., tiene la increíble habilidad de convertirse en un auténtico mentecato en un parpadeo. Como viste.
—Sí. —Mary no supo qué más decir. Le habría gustado agregar que también era un osado sin modales.
Pero consideró insensato compartir tales opiniones con la hermana del aludido.
Además, ya debía superar el vergonzoso suceso en el camino del bosque de una vez por todas.
Andrew le salvó la vida—. Me ha dicho que le gustaría estrangularte.
Abigail bufó una risita.
—Como si tuviera oportunidad —se ufanó.
—Sí. Tampoco lo creo —dijo Mary.
—¿Qué cosa?
—Que tenga oportunidad contigo. De estrangularte, quiero decir.
Abigail la miró largamente; luego sonrió.
—Y tienes razón.
Cuando llegaron al camino de piedra, Abigail le dio indicaciones para que lo siguiera hasta la gran casa.
Ella vigilaría. Mary asintió y, dándole gracias, enfiló.
Los recuerdos de la noche anterior destellaron en su cabeza envueltos por un velo fantasmal.
Su madre... El fantasma de su madre había estado allí mismo, pensó al pasar junto a la fuente de la trucha que escupía agua.
Allí se detuvo y observó su reflejo en las azulinas aguas del estanque.
Dios, estaba hecha un desastre. Hasta en ese momento no había caído en la cuenta que iba descalza .
Elise y Tara la esperaban en la cocina: era el acceso más próximo a la gran casa desde el jardín.
Le pusieron una bata de satén. Después subieron a la segunda planta —hacia las habitaciones— por una escalerilla medio oculta cerca del cuarto de servicio en la parte posterior del recibidor.
Mary preguntó por qué. Elise le informó sobre la reunión del té que se estaba llevando a cabo en ese momento con las distinguidas damas de River Town, o «mujeres estiradas», a decir de Andrew.
Disimuló una risita. Aún no entendía por qué el muchacho se había molestado tanto con ella por haberse reído hace un rato cuando mencionó el gracioso epíteto.
Ya vestida, Mary se presentó en la reunión del té acompañada por Elise.
Gracias a Dios, el cenáculo terminó poco antes de que cayera la noche.
Mary suspiró para sus adentros cuando las donairosas damas del pueblo —jóvenes y maduras— empezaron a irse una a una en sus coches con el ángelus en pleno apogeo.
No obstante, debía admitir que estas damas fueron más amables de lo que ella había esperado (al contrario que en Boston, donde los acaudalados eran tan afilados como colmillos).
Por ejemplo, la señora Oakwater no paró de decirle lo mucho que sentía lo ocurrido durante su arribo hace seis días y maldijo al menos un par de veces a los rufianes que cometieron el asalto.
También le dieron su apoyo: la señora Startclyde, la señora Belwolf y la señora Witheford, que aludió orgullosa la participación de su hijo, Ulises, en el suceso.
Lo mismo que la señora Blackfell sobre su vástago.
Céline le presentó a algunas de sus amigas: Gina Witheford, hermana mayor de Ulises; Verónica Sawyer, hija del sheriff; Meredith Belwolf, una joven tímida; Annette Greystar, casada hace ya dos meses con Lance Greystar. Y por último, Caroline Reedstter .
Las Reedstters, por mucho, fueron las más sobrias del grupo.
Apenas la miraron. De soslayo, Mary fijó que Barbara Reedstter le echaba miradas despectivas a las señoras que se deshacían en compasiones hacia ella.
«Tal vez cuando Andrew mencionó lo de mujeres estiradas, en realidad se refería a las Reedstter», pensó Mary.
Caroline Reedstter era la que menos conversaba; solo se limitaba a mirar todo y a todos con aquellos vivaces ojos oscuros.
Mientras las veía marcharse, Mary le preguntó a Céline, en voz baja, si las Reedstter también asistirían al baile del solsticio. Su prima se giró y la miró como si la respuesta no saltara a la vista.
—Por supuesto —respondió—. El señor Reedstter y padre tienen varios negocios en conjunto.
Además, padre planea que Elise se case con Ian Reedstter para unir de una vez por todas a las dos familias.
Sé que Caroline es un poco... bueno, ya viste que no es un pastelillo de limón.
—Sonrió—. Pero, en mi opinión, su cualidad es una especie de mecanismo de defensa contra los desconocidos.
Ya verás que cuando la conozcas mejor, te encantará.
Mary dudó que le encantara. Pero le dio un voto de confianza a Céline.
Philip y Jason llegaron a casa poco después de la puesta de sol. En absoluto a Philip le extrañó el silencio que reinaba dentro una vez cruzó la puerta seguido por su hermano. Pensó: Horace debía estar afanado en sus inventos en el ático y Lucas, tal vez durmiendo .
—Iré a mi habitación —anunció Jason, y encumbró la escalera antes de que Phil pudiera decir algo.
Éste se quedó allí, en el recibidor, un momento.
Se pasó una mano por el rostro. Estaba exhausto.
Aquella había sido otra tarde de agotador entrenamiento con Lance Greystar.
Lance era el orador de combate de los hermanos Holbrooke y los Treddaway, ya que eran huérfanos.
Como dictaba la costumbre, los padres seguidores de la luz debían iniciar el ciclo de previo aprendizaje de las cinco disciplinas mágicas de sus hijos antes de que estos cumplieran los diez años.
Cuando el padre de Philip murió, él tenía seis.
Gracias a que sus antepasados tenían acumulados muchos documentos sobre la comunidad e historia mágica pudo empezar por cuenta propia su aprendizaje en cuatro de las cinco disciplinas.
Salvo combate. Para ello necesitaba ser instruido por alguien más.
Una tarde —Philip tenía catorce—, Lance Greystar se apersonó en la casa Holbrooke y propuso sin más entrenarlos a él y a Jason. Philip, si bien entusiasmado, no pudo evitar preguntarle por qué.
—Eres Holbrooke —había respondido Greystar—.
Los Holbrooke han sido héroes de la Comunidad Mágica desde el nacimiento de Rokar en la Isla de Man, hace mil años.
Mientras haya un Holbrooke en el mundo, los Seguidores de la luz y la gente común estaremos a salvo.
Y, como verás, no puede haber un Holbrooke que no esté debidamente preparado para enfrentarse a los servidores de la oscuridad, a los Grandes Amos y sus letales mascotas cuando la situación lo amerite.
Tú, Philip, estás destinado a continuar el legado que han dejado tu padre, tu abuelo y el resto de tus antepasados.
Aquellas palabras hicieron mella en Philip.
Desde ese día siente el peso del mundo en sus hombros.
A la sazón se preguntó si Ben Holbrooke había sentido lo mismo tras su encuentro con el oráculo del futuro, que le avisó de la llegada del Liberador que vencería al Mal Más Oscuro.
Pero Philip no era tal cosa. El Liberador, era bien sabido, nacería de la unión entre la luz y la oscuridad.
—¿Phil? ¿Phil, eres tú?
Lucas apareció en el tope de la escalera. Se estrujó los ojos y bajó lánguidamente el resto de los peldaños. Philip había supuesto bien después de todo.
—¿Tienes hambre? —Lucas asintió—. Ven conmigo. Te prepararé algo de cenar.
—Estabas tocando el piano —dijo Lucas con una vocecita áspera— en mis sueños.
—Fue un sueño, sí. —dijo Philip, y sonrió—. Jason y yo acabamos de regresar de los adiestramientos.
Lucas negó con la cabeza. Sonreía de oreja a oreja con los labios apretados.
Llevaba meses insistiéndole a Phil para que hablara con Lance sobre empezar sus entrenamientos de combate.
Por lo visto esperaba que Philip le diera la buena noticia.
Cuando le comunicó que aún no había conversado con el orador, pareció sobremanera decepcionado.
—Estoy cansado de aprender idiomas estúpidos e historias que ya me sé.
Me aburre tanto —alegó Lucas—. Ya quiero entrenar, como Jason y tú.
Bill Halston, que también ve clases de idioma con la señorita Atwood, acaba de comenzar sus entrenamientos, ¡y tiene nueve años!
Se supone que todos los seguidores de la luz debemos iniciarnos a los nueve. ¡Yo tengo doce!
Tenía razón. Philip era consciente de ello.
Sin embargo, debía admitir que el auténtico motivo por el que no había hablado con Lance sobre el entrenamiento en combate de su hermano era Horace.
Con Lucas en casa, había pensado, era probable que su tío lo considerara dos o hasta tres veces antes de cometer una locura.
Demonios, cuanto antes debía averiguar qué tramaba Horace en el ático.
Mientras tanto, no podía admitir que su hermano sufriera las consecuencias.
Lucas suspiró, cabizbajo, los hombros caídos. Philip podía sentir su desánimo.
—Lo sé —le dijo a Lucas—. Mañana hablaré con el orador Greystar. Te lo prometo.
Y esta vez planeaba cumplir su promesa. Lucas alzó la mirada.
Sus ojos resplandecían. Philip tuvo la sensación de que su hermano saldría corriendo hacia las escaleras riendo de felicidad —a mansalva a decirle la buena noticia a Jason—, o que mínimo lo rodearía con sus brazos.
Pero nada de esto ocurrió. Se quedó allí quieto, mirándolo, con el cabello revuelto y los ojos pesados, una criatura pálida de carne y hueso.
—Si quieres saber lo que está haciendo el tío Horace en el ático, espera al hombre de la mortaja —le dijo con voz casi en susurro—. Viene por las noches cada vez que alguien muere en el pueblo.
«El hombre de la mortaja», pensó Phil, confundido.
—¿Qué tiene que ver con Horace? —le preguntó a Lucas.
Éste no respondió. Se dio vuelta y se alejó corriendo, sus pisadas desnudas resonando ahogadamente contra el suelo.