Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 4. La enciclopedia #3
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4. La enciclopedia #3

Andrew se volvió. Sonrió sin razón. Mary reprimió el impulso de tocarse la cara al pensar que pudiera tener algo en ella que causara gracia al muchacho.

Pero no. Andrew se recostó contra el mesón del fondo y apoyó sus manos a los lados; tras él había una ventana; la luz que penetraba dibujaba su contorno y arrancaba sublimes destellos de sus cabellos dorados.

Mary se sonrojó y apartó la mirada disimuladamente.

Esperó que la separación entre ellos no evidenciara su rubor.

Pensó que seguramente un joven como Andrew — atrevido a la sazón de su primer encuentro— debía estar más que acostumbrado a causar ese tipo de reacciones en las honradas muchachas de River Town.

—Señorita Cartwright —dijo Andrew por fin, soltando una profunda exhalación—. Creo que hay algo especial en usted, que ni siquiera usted misma sabe.

—¿A qué te refieres? —preguntó Mary.

Andrew se encogió de hombros como intentando quitarle importancia a la cuestión.

—Anoche —dijo—. Yo estaba haciendo mis rondas nocturnas por el jardín Katterblack cuando oí tus gritos. Te encontré junto a la fuente de la trucha, agitándote, gritando, y... —Calló y bajó la mirada, ocultando una tenue sonrisa entre las sombras.

—¿Y qué? —espetó Mary—. ¿Qué más sucedió, señor Treddaway?

Al decir aquello, Andrew levantó la mirada y pareció más divertido que antes.

—¿Qué te parece tan divertido? —Frunció el ceño—. ¿Estás jugando conmigo?

—No —soltó Andrew—. Es que... acabas de llamarme «señor Treddaway». Y el señor Treddaway era mi padre, y de él Abigail y yo no hemos sabido nada en cinco o seis años.

—Tú me llamaste «señorita» también.

¿Y qué estaba diciendo?, se preguntó Mary, ¿acaso no lo era?

—Sí —convino Andrew—, porque eres la sobrina del señor Katterblack. Trabajo como jardinero para los Katterblack. También mi hermana. ¿No lo sabías ?

—Sí. ¿Y dónde está ella? Tu hermana, quiero decir.

—Tuvo que salir. Mi hermana dejó que pasaras la noche en su habitación después de que te encontrara en la forma en que lo hice y te traje aquí.

Mary recordó a Abigail: alta, esbelta, de cabellos tan dorados y ojos tan azules como los de su hermano.

—Fue muy gentil —dijo.

Andrew suspiró.

—Sí. Así es Abigail. La viva imagen de la gentileza.

Lo dijo con sarcasmo, notó Mary. A continuación, sobrevino un silencio.

—Cuénteme, se... —Mary calló y reformuló—: Quiero decir, Andrew. Cuéntame en qué estado, exactamente, me encontraste anoche.

Andrew inhaló, exhaló. Se irguió y fue hasta ella. Mary sintió un extraño pulso en sus manos ante la inminente cercanía del muchacho. Pensándolo ahora, nunca antes había estado a solas con uno. ¡Y así! Si su padre lo supiera. «No —pensó—. Ya nunca lo sabrá. Está muerto».

Andrew se sentó en los muebles de la salita. Mary se lo quedó mirando.

—Bueno —empezó el muchacho—. Primero, siéntate —le pidió con profunda cortesía.

Mientras ella se sentaba, un recuerdo destelló en su cabeza: Andrew levantándole la desastrada falda para comprobar sus magulladuras, y ella abofeteándolo.

No debería pensar en eso ahora. Era evidente que Andrew carecía de modales, y ella no lo sabía en aquel entonces.

Había actuado como lo hubiera hecho cualquier señorita para defender su virtud (aunque esta nunca hubiese estado en peligro en primer lugar).

Sin embargo, Dios, no podía evitar sentirse avergonzada por aquel suceso—. Yo.. .

—Continúa —instó ella al unísono con él, interrumpiéndolo.

—Eso hacía. —Andrew sonrió—. Como te dije, yo hacía mi ronda nocturna por el jardín cuando te encontré.

Estabas en el suelo, gritando como posesa y agitándote espasmódicamente como un pez fuera del agua.

Pero cuando te tomé entre mis brazos, dejaste de gritar.

Tus ojos brillaban como un par de esferas de luz blanca azulada, ligeramente similar al fulgor de la nuxus que acabas de ver en la habitación de Abigail.

—¿Sabes qué me ocurría?

—No. Jamás había visto nada parecido —dijo Andrew—. Al principio pensé que eras un Visor...

—¿Visor? —«¿Qué demonios es un Visor ?» El señor Katterblack no lo había mencionado.

—Sí. Un Visor. Por lo general es gente que puede ver el futuro a través de breves visiones.

—Andrew negó con la cabeza; tenía la vista desenfocada y los hombros encorvados—.

Conozco a un Visor, y he presenciado su estado de avistamiento , y es muy diferente a lo que te pasó.

—Miró a Mary fijamente—. Para empezar, tus ojos brillaban, y hablabas. ..

Mary dominó un sobresalto.

—¿Y qué decía yo?

Andrew caviló un instante.

—No estoy seguro —dijo, aún pensativo—. Algo sobre el hombre de la cicatriz, que supongo es Mahlon West..., y también sobre otro.

—¿Quién?

—No mencionaste su nombre —indicó Andrew—. Solo te referiste a él como el hombre de la mortaja.

Hombre de la mortaja. Mary frunció el ceño; no tenía la menor idea de lo que estaba hablando.

Andrew se levantó rápidamente y fue hacia la cocina.

Mary, por primera vez, no lo siguió con la mirada.

Estaba absorta pensando en las palabras de Andrew; en lo que pasó la noche anterior; en lo que había vivido en los últimos días; en su hermano.

.. ¿Dónde estaba su hermano? ¿Lo había perdido para siempre como a sus padres?

Andrew regresó junto a ella con un poco de leche y pan frito. Mary tomó la leche de un sorbo pero se quedó mirando el pan con aprensión. Su estómago era un nudo. El escaso apetito que había sentido hace un instante se había esfumado.

—Vamos, come —dijo Andrew, suavemente, sentado frente a ella—. Estás pálida.

Al final, ella comió. Se obligó a hacerlo.

No estaba dispuesta a perder el conocimiento otra vez en los brazos de Andrew Treddaway; aunque, a decir verdad, una parte de ella sí quería desvanecerse otros cinco días y soñar que estaba en casa, junto a su madre y sus cuentos, con su padre cariñoso y protector, y su hermano, oh, Sam. ..

—Está con nosotros —dijo Abigail.

—¿Con ustedes?

Céline suspiró aliviada.

—Vaya susto el que nos ha dado —siguió diciendo—. Pero ¿qué ha ocurrido?

En el recibidor estaban: Elise y Philip, que amablemente se sumó a la búsqueda de Mary después de que Céline informara de su desaparición; Céline y la señora Katterblack, al borde de las lágrimas; y Olee y Tara, con caras de tragedia.

Todos ellos acudieron al lugar cuando Sutr anunció que allí se encontraba Abigail con noticias de la joven desaparecida .

—Oh, la pobre quería huir de nosotros —gimió la madre de Céline.

Ésta le puso una mano en el hombro.

—Dinos, Abigail, ¿Mary quería huir? —preguntó.

—No lo creo —comentó con tono anodino—. Andrew dijo que la encontró en un estado de.

.. ¿delirio? No estoy segura. Según Andrew, que la observó a la distancia mientras hacía sus rondas nocturnas, Mary caminaba dormida por el jardín.

Estaba a punto de caer en la fuente de la trucha cuando Andrew acudió.

—¿Y por qué no la trajeron aquí de inmediato? —interrogó Céline. Tenía la impresión de que la chica estaba omitiendo (o tal vez ocultando) una parte de la historia.

—Andrew y yo no lo creímos prudente —dijo Abigail, calmada—. Mary estaba un poco agitada cuando volvió en sí, y se desmayó. Yo le cedí mi habitación para que pasara la noche. Estuvo con nosotros todo este tiempo. Andrew me envió aquí para avisarles de su paradero y evitarles el sobresalto.

—Pues, querida, has llegado un poco tarde —sonrió la señora Katterblack, sorbiendo por la nariz y aproximándose a Abigail. La abrazó brevemente—. Ya nos hemos sobresaltado. Como sea, les agradecemos a tu hermano y a ti por haber cuidado de mi sobrina. La pobre ha sufrido mucho.

Abigail asintió solemne y dio un paso atrás.

—Qué tontería —expresó Céline con tono despectivo y torciendo los ojos.

—¡Céline! —bramó su madre—. Ahora no.

Elise soltó una risita. Céline le lanzó una mirada asesina.

—Si me disculpan —intervino Philip—, creo que ha llegado el momento de que me vaya .

—Gracias, Philip —dijo Elise casi en un susurro—. Por haber ayudado.

El muchacho sonrió, inclinó la cabeza y, acto seguido, se marchó. Céline advirtió como su hermana seguía a Philip Holbrooke con la mirada mientras salía. Entonces tuvo una idea.

—Por favor, Abigail —decía la señora Katterblack en ese momento—. Haz que mi sobrina vuelva sana y salva con nosotros en cuanto despierte.

—Sí, señora —asintió Abigail. Luego se retiró.

Céline la siguió con la mirada hasta que desapareció por el corredor que conducía a la cocina: el acceso que quedaba más próximo a la cabaña que compartía con su hermano dentro de la propiedad Katterblack. Después se giró hacia su hermana y su madre, que la observaba impasiblemente.

—Oh, querida Céline —suspiró—. No sé por qué odias a esa muchacha; ella y su hermano han tenido una vida dura.

—No a Abigail —dijo sinceramente—. Sólo que... hay algo extraño en ella. —«Además de su extraña afición por usar pantalones de hombre», quiso decir.

—Tal vez ella piense lo mismo de ti —expuso Elise con timidez.

—Bueno —intervino la señora Katterblack.

Sonreía de oreja a oreja—. Eso no importa en este momento.

Ahora tenemos que prepararnos para la tarde de té de hoy con las distinguidas señoras de River Town.

Elise, cariño, cuando llegue Mary, por favor, haz que se cambie de ropa y que baje enseguida.

Nuestras amigas se han enterado de la tragedia de tu prima, y mueren por conocerla.

Absorta, Mary observaba por la ventana. La vista era preciosa.

Desde allí podía ver el bosque que rodeaba la cabaña de los Treddaway; árboles altos henchidos de hojas verdes que se agitaban suavemente con el viento; la cálida luz del mediodía traspasando las tupidas copas y cayendo en columnas doradas sobre el suelo pastoso.

Más adelante, alcanzaba a vislumbrarse el camino de piedra que daba la impresión de emerger de la tierra y zigzaguear hasta la lejanía. Inhaló, exhaló. El aire olía fresco.