Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 4. La enciclopedia #2
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4. La enciclopedia #2

—Nada —dijo—. Nada en absoluto.

Mary abrió los ojos y se enderezó. Mientras estaba inconsciente tuvo la sensación de llevar horas cayendo. Ahora, despierta, sentía que por fin había llegado al fondo.

Estaba mareada. Un regusto amargo persistía en su boca.

Ladeó la cabeza. ¿Dónde estaba? Aquella no era su habitación en la mansión Katterblack.

Todo era más pequeño y rústico en ese lugar, como la casa de los siete enanos de Blancanieves (y un poco como su antiguo hogar en Boston).

La cama en la que se hallaba sentada era estrecha, cubierta por pesadas mantas de fieltro.

«¿Dónde estoy?»

Con todo, debía admitir que el dormitorio era bonito, cómodo; había un pequeño sillón aquí y un escritorio de madera allá; un armario enjuto yuxtapuesto a un lado de la puerta y un amplio estante con gruesos volúmenes cubiertos de polvo en la pared frente a la cama.

Las paredes exhibían un pálido rosa atardecer y el techo era de madera oscura barnizada.

A un costado, la única ventana dejaba entrar un basto haz de luz tan límpida que se podía ver motas de polvo danzando en el aire.

—¿Dónde estoy? —dijo en un murmullo.

Se miró de arriba abajo, todavía sentada en la estrecha cama.

Vestía el mismo camisón bajo la bata de color pergamino que se había puesto la noche anterior para dormir.

Se sintió levemente mareada y se masajeó las sienes con los dedos.

Cuando el dolor se mitigó parcialmente, se deslizó fuera de la cama, sus pies descalzos tocaron el cálido tacto del suelo.

Se estremeció. Reinaba un silencio inexorable. Alzó la mirada .

Entonces se fijó en el título de uno de los volúmenes que estaban en el estante que vio hace un instante.

Las palabras resaltaban en dorado en el lomo del libro —la cubierta de cuero era de un denso marrón—, al leerlas Mary recordó lo que Elise le había dicho antes de que su madre y Céline la interrumpieran.

Así que esa era la Enciclopedia de la que había hablado en aquel momento, pensó.

Se acercó al estante para cogerla. Su peso cayó sobre ella, igual que el de cinco biblias juntas.

En la cara frontal del libro también se leía el título en letras rectas más grandes y doradas.

LAS CRÓNICAS DE LA LUZ Y LA OSCURIDAD

Mary murmuró las palabras, sin darse cuenta.

Acto seguido, se volvió —olvidando por completo que estaba en la casa de algún desconocido, quizá un asesino en serie como el que mató a sus padres—, y se sentó en el borde de la cama con el libro sobre el regazo.

Pasó la yema de los dedos por el material de la cubierta y sus letras.

Recordó todas y cada una de las palabras de Richard Katterblack en el Arsenal y lo que había sucedido esa noche antes de quedar inconsciente.

Ahogó un grito. Su madre… Había visto a su madre.

Bajó la vista y abrió el libro. Allí tal vez encontraría una explicación de lo que sucedió la noche anterior.

Sobre fantasmas o lo que sea que vio. Las páginas del libro eran suaves como la seda, de un color amarillo claro.

En la primera, que en otrora hubiera estado vacía, alguien había escrito una nota en una hermosa caligrafía cursiva. Mary la leyó en voz baja:

—Después de toda oscuridad hay luz.

Continuó. Repasó las primeras páginas, que hablaban de la historia de los Seguidores de la Luz: sus inicios, sus linajes más importantes, y sus historias, sus armas y rituales…

Mary leyó, leyó, leyó. Mientras más leía, más se maravillaba.

Había muchos detalles que Katterblack no le había dicho sobre los suyos, sobre las cinco disciplinas que debían aprender si querían llevar una vida abnegada a combatir a los nigromantes y demás seres oscuros que habitaban veladamente en el mundo.

Así pues, descubrió que hace menos de ochenta años se prohibieron los matrimonios entre seguidores de la luz por alguna especie de profecía del Liberador…

Mary se sobresaltó cuando oyó un siseo metálico, y pensó que alguien había entrado a la habitación para atacarla.

Movió la cabeza de un lado a otro rápidamente, y advirtió un raro destello sobre la mesa que estaba junto a la ventana.

Dejó el libro a un lado y, despacio, fue hasta ella.

Hubo otro destello. Mary logró ver lo que era a medida que se acercaba.

La luz entrante hendió la hoja del puñal y éste destelló otra vez.

No, se dijo ella, porque lo había leído y visto en una ilustración en la Enciclopedia supo que no era un puñal ordinario. Era una daga.

Mary estiró la mano y la tomó. Era liviana; la hoja era simple, afilada y brillante; el puño estaba envuelto en cuero negro.

La examinó con fascinación, y recordó las inmensas espadas de luz que habían blandido las capas verdes contra Mahlon West y los subordinados que atacaron el carruaje durante su arribo, seis noches atrás.

Aquellas se llamaban daxarus , y, según había leído, se valían mejor en pareja.

La que Mary tenía en sus manos era más pequeña y práctica.

En la Enciclopedia decía que era el arma más comúnmente utilizada por los Seguidores de la luz.

— nuxus —murmuró ella .

Y la daga se encendió en sus manos. Mary abrió mucho los ojos.

No lo podía creer. Brillaba. De pronto la puerta se abrió, y dejó caer el arma mágica.

El metal repiqueteó contra el suelo de madera.

Andrew estaba de pie en el umbral. Fruncía el ceño.

Hermoso, con su cabello dorado, sus ojos azules y sus ángulos perfectos. Parecía tan desconcertado como ella.

Céline estaba mirándose en el espejo ovalado de cuerpo entero de su habitación mientras oía los ensayos de piano de su hermana con Philip Holbrooke.

La melodía del piano sonaba distante. En su momento había pensado que su hermana fue demasiado astuta al persuadir a su padre para que concertara a Phil como su maestro de piano y de esa forma poder tenerlo cerca —bien sabía que Elise estaba enamorada de Holbrooke desde hace algunos años—, pero hasta ahora no se había atrevido a hablarle.

Por supuesto, Elise carecía del carisma y la coquetería de Céline para atraer la atención de los jóvenes casaderos del pueblo. Al menos de los que despertaban su interés.

La puerta se abrió de golpe, y Olee entró precipitada. Parecía agobiada.

—¿Qué sucede, Olee?

La rolliza criada la miró con ojos asustadizos y respiró profundamente antes de hablar.

—La señorita Mary —dijo, con el aliento entrecortado—. No está en su habitación…

—¿Que no está?

—Fui a llevarle el desayuno, y no estaba. —Aspiró hondo antes de agregar—: Busqué en todos lados pero no hay rastro de ella, señorita .

Céline tuvo un mal presentimiento. De inmediato salió de su habitación y cruzó el pasillo hacia la de Mary.

En efecto, su prima no se hallaba en ella.

La cama estaba casi intacta, y la atmósfera era fría y densa.

Su corazón empezó a latir rápidamente. Debía calmarse.

Era precipitado pensar que tal vez Mahlon West la había raptado.

Ordenó a Olee que indicara al resto de la servidumbre que buscara algún rastro de la muchacha en los derredores de la casa.

Lo que sea. Acto seguido, Céline interrumpió la lección de piano.

—¡Céline! —profirió Elise, exaltada, como hacía siempre que la pillaba observando a su joven y apuesto tutor, que, como era habitual, estaba demasiado concentrado en la lección de piano para advertir el embeleso de la más joven de los Katterblack.

Philip se volvió y también la miró con el ceño levemente fruncido—. ¿Qué haces aquí?

Céline estaba extenuada tras bajar de prisa y corriendo las escaleras del recibidor. Le faltaba el aliento.

—Mary... —dijo con un hilo de voz— ha desaparecido.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Andrew. No había apartado los ojos de la daga que brillaba a los pies de Mary como una estrella caída.

—Yo estaba... —empezó a decir ella.

Andrew alzó una mano para que hiciera silencio.

Atravesó la habitación dando un par de zancadas y recogió la daga del suelo.

Mary seguía inmóvil en el mismo lugar donde había permanecido el último minuto desde la aparición de Andrew.

Éste murmuró algo en voz baja. Quizá el nombre de la daga, que dejó de brillar en un visto y no visto .

—¿Tienes hambre? —inquirió de repente Andrew, en tanto devolvía la daga al lugar donde Mary la había conseguido. Al hacerlo, levantó los ojos. Eran azul profundo.

Mary habló.

—Sí. Un poco. —Andrew se volvió y le hizo un gesto con la mano para que lo alcanzara; ella lo siguió—. ¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí? —preguntó mientras emergían del dormitorio hacia un breve pasillo que terminaba en una cómoda salita de estar de lo que parecía una cabaña.

—Estás en... Bueno, nuestro hogar. Mío y de Abigail —respondió Andrew—. Aunque, en realidad, la propiedad pertenece a los Katterblack.

En la misma estancia estaba la cocina, separada de la salita por una mesa cuadrada de madera.

Copiosamente iluminada por una cálida luz blanquecina, propia de una época veraniega, que vertían las ventanas alrededor; la estancia contaba con juego de muebles de tapiz floral gastado, y una rústica mesita de centro.

Las paredes tenían un color beis insípido, y el piso estaba cubierto con una fea moqueta de piel de alce.

El aire era cálido; olía a menta, a serrín, y a betún.

—¿Qué hago aquí? —repitió Mary, mirando alrededor al tiempo que Andrew se movía de un lado a otro en la cocina.

—¿No lo recuerdas?

—Está claro que no. Te lo estoy preguntando.