4. La enciclopedia
LA ENCICLOPEDIA
En la sala de estar de la casa Holbrooke había un hermoso piano de cola hecho de madera de roble.
Había sido un obsequio de Lucas Holbrooke a su esposa cuando ambos estaban en la dulce espera de su primogénito.
La imagen más vívida que Philip tenía de su madre era viéndola tocar el piano en las noches, pasada la hora de dormir.
Él se quedaba despierto, sentado en silencio en la escalera, y la escuchaba tocar aquellas suaves —sobre todo melancólicas— melodías de una belleza indescriptible.
Allí, en ese momento, fue cuando empezó su amor por el piano.
Su madre le enseñó cómo debía tocarlo, cuál era el nombre de cada tecla, los distintos sonidos que producían y cómo debía leer las partituras musicales, los diagramas.
.. Philip tenía seis años cuando comenzó a instruirse; había sido un chiquillo muy despierto, y le tomó poco tiempo aprender lo necesario, hasta la muerte de su madre, dos años después, cuando tenía ocho.
Sin embargo, no dejó de tocar. Aquella no era la primera vez que la tragedia asomaba por la ventana de los Holbrooke.
Phil perdió a su padre dos años antes de que su madre falleciera.
Lucas Holbrooke, un hombre valiente como pocos —y un Seguidor de la luz excepcional, decían—, sacrificó su vida defendiendo a River Town durante un brutal ataque cometido por el Amo Blackstarr y su despiadada mesnada de Servidores de la oscuridad.
Murió tal cual vivió: con honor, respeto, valentía, como lo había hecho uno de sus célebres antepasados, Ben Holbrooke.
Phil se preguntó en una ocasión si llegaría el día en que le tocaría sacrificarse como lo habían hecho sus antepasados, y si llegado ese día, actuaría de la misma forma que ellos: con honor, respeto y valentía.
Philip tenía dos hermanos menores. A los que prácticamente estaba criando solo tras la muerte de sus padres.
Jason, de catorce años, tenía el alma de un guerrero vikingo (a veces podía ser despiadado, como muestra) y siempre procuraba ser mejor que Philip en las cinco disciplinas mágicas: combate , conocimiento , conjugación , dominación e idioma .
Aunque en vano, su empeño nunca mermaba.
En cambio, Lucas, el más joven —tenía doce años—, era el más tranquilo y atento de los hermanos, incluido el propio Phil.
También el más curioso. Llevaba el nombre de su padre, que murió cuando apenas tenía dos.
Los tres huérfanos no eran los únicos que habitaban la casa.
El tío Horace, hermano menor del inmolado Lucas Holbrooke, era un hombre extraño, taciturno y ermitaño (y por tanto también brillante , según la señorita Val).
Se suponía que Horace debía velar por el bienestar de sus sobrinos.
Pero Phil podía contar con los dedos de su mano derecha las veces que lo veía a la semana.
Horace había pasado parte de su juventud en Boston —¿fue médico o científico?
No lo recordaba—, pero volvió a River Town tras la muerte de su cuñada.
Desde entonces se apropió del ático de la casa Holbrooke y lo convirtió en una especie de cuarto de experimentos, o, como él mismo decía, «Habitación de investigaciones».
Nadie —salvo el pequeño Lucas, que a veces hacía de su pupilo— sabía realmente qué tramaba Horace Holbrooke en el ático.
Tanto Jason como el propio Philip habían intentado sacarle información a su hermano menor, pero éste apretaba los labios como quien no quiere comerse un delicioso pedazo de pay por miedo a envenenarse.
Esa mañana, Phil, como era habitual, preparaba el desayuno para sus dos hermanos y su tío.
La noche anterior Horace a duras penas le permitió conciliar el sueño; tuvo una velada agitada con estruendos que resonaban cada dos o tres horas contra el techo de su habitación.
Al amanecer, se había erguido con una maldición entre labios y un punzante dolor en la nuca, que se masajeó con la mano.
Bajó a la cocina e inició con sus deberes hogareños.
Lo que más disfrutaba, con todo. Después de tocar el piano y leer —las historias de R.
L. Stevenson eran sus preferidas—, cocinar era una de sus actividades predilectas.
Disfrutaba hacerlo, y más para sus hermanos, aunque pocas veces prestaban atención a lo que se llevaban a la boca.
No obstante, esa mañana debía apurarse, si no, llegaría tarde a la lección de piano de la señorita Katterblack. Maldijo.
—¿Otra vez tarde?
La voz de Jason vino de atrás. Phil no se molestó en volverse; en cambio, actuó como si no lo hubiese tomado por sorpresa y estiró la mano para alcanzar el pan. Jason entró a la cocina y se sentó lánguidamente en la mesa circular que se encontraba en una esquina.
—Todo es culpa de Horace y sus malditas… lo que sea que esté haciendo —soltó Philip, malhumorado.
—Si continúas así, Elise terminará por darte de baja, hermano —siguió Jason, con voz afilada. Phil ya se había acostumbrado a las pullas de su hermano—. Ah, sí, no puede hacerlo.
Philip frunció el ceño.
—¿Por qué? —preguntó. Y enseguida se arrepintió de haberlo hecho.
—Porque Elise Katterblack adora el piso por el que caminas, Philip —se mofó Jason—.
Por eso no lo hará. Y aunque quisiera, su padre no la dejaría.
El señor Katterblack sabe cuánto necesitamos su cochino dinero; además porque, a pie enjuto, invirtió una fortuna en un piano y debe esperar que su hija lo utilice más que un par de veces.
—¡Cierra el pico, Jason! —espetó Philip, sabiendo de antemano que su hermano haría caso omiso.
—Lo siento, Phil —se disculpó Jason entonces; por poco, su tono marchito lo convenció—.
Tampoco he dormido por culpa de Horace —añadió suavemente.
Jason había heredado los ojos de su madre, ojos jade que eran una característica frecuente del pueblo haduno.
Tenía un rostro fino, mejillas altas y afiladas y labios estrechos, nariz aguileña y mentón partido.
Sus cabellos eran de un amarillo casi blanco: otro rasgo de su lado materno—.
Y Lucas ha pasado otra vez la noche entera sirviendo a Horace como su lacayo mojigato.
—¡¿Qué…?! —estalló Philip—. ¡Le dije que no lo involucrara más en sus faenas nocturnas! Lucas es muy joven. —Odiaba ver a su hermano trasnochado con grandes bolsas oscuras bajo los ojos y bostezando cada cinco minutos—. ¡Voy a matarlo!
Hizo ademán de salir de la cocina, cuando, de pronto, Lucas entró. Lo hizo bostezando y estrujándose el ojo izquierdo con el dorso de la mano. Philip se calmó. Lucas parecía adormilado, pero más descansado que otras veces. Seguramente.. .
Jason estalló en carcajadas; entonces Phil lo comprendió.
—¿Qué sucede? —preguntó el menor de los hermanos.
—Nada, Lucas —dijo Phil con voz suave, y lo instó a que se sentara en la mesa mientras él terminaba de hacer el desayuno—. Jason y sus bromas, otra vez.
—Lo siento, de verdad —dijo el aludido entre risa y risa—, pero hubieras visto tu cara.
—La próxima, tú morirás en lugar de Horace —gruñó Philip.
Una amenaza vacía, y Jason lo sabía. Phil sería incapaz de hacerles daño a sus hermanos aunque ellos (Jason, sobre todo) minaran su paciencia.
Una vez abofeteó a Jason por soltar un improperio a Lucas, tras lo que sintió que el corazón se le caía a los pies.
Jason se parecía mucho a su madre. En cambio, Philip siempre había pensado que él lucía más como su padre: el mismo cabello cobrizo como el café oscuro; las mismas cejas pobladas, las mejillas curvadas, los labios carnosos y los ojos marrón claro.
No heredó nada de su madre salvo su amor por el piano—.
No has vuelto a pasar otra noche ayudando al tío Horace, ¿verdad, Lucas?
—No, Phil. —Lucas negó con la cabeza, sonriendo de oreja a oreja con los labios apretados.
Si Jason era como su madre y Philip como su padre, Lucas tenía un poco de ambos; el cabello cobrizo del papá, los ojos jade y la naricilla de la mamá; un pequeño lunar sobre la ceja derecha que Phil recordaba haber visto en su padre sobre la ceja izquierda.
Era más bajo que la mayoría de los niños de su edad; y pese a poseer un apetito insaciable, era de huesos finos y extremidades delgadas.
Resultaba difícil abrazarlo y no preguntarse si se rompería o algo—.
Horace dice que serías capaz de derribar la puerta del ático .
—¿Y por qué Horace no querría que Philip derribara la puerta del ático? —preguntó Jason. Ya no reía.
—No lo sé —contestó Lucas. Se encogió de hombros. Otro intento fallido de Jason por sacarle información al chico sobre lo que sea que intrigaba Horace en el ático.
Philip sonrió para sus adentros.
Acabó de hacer el desayuno, y les sirvió a sus hermanos.
Lo mismo hizo en un plato para llevarle de comer a Horace.
Una vez allí, Philip tocó la puerta del ático al final del pasillo de las habitaciones en la segunda planta.
Por infortunio, para llegar hasta aquella ensombrecida estancia había que subir al menos docena y media de escalones, lo que impedía que pudiera echar un vistazo al misterioso proyecto de su tío.
Aún no recordaba si Horace había hecho de científico o médico durante su estadía en Boston. Daba igual.
La puerta se abrió —apenas una rendija—, y un brazo velludo salió del interior.
Philip le entregó el plato a Horace, que lo tomó y en seguida cerró la puerta, sin decir «gracias por darme de comer» o, siquiera, «buenos días».
No era que lo necesitara, claro; pero tenía que admitir que sobrellevaría mucho mejor esa extraña experiencia si recibiera esas simples cortesías.
Cuando volvió a la cocina, Jason estaba atacando su pan frito como una bestia a su presa, y Lucas llevaba su plato al lavatrastos.
—¿Y bien? —inquirió Jason con la boca llena.
—¿Qué? —Phil lo miró con el ceño fruncido.
—¿Has logrado ver algo inusual, o no?
Philip suspiró.