Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 3. Grito en la noche #3
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3. Grito en la noche #3

Se colocó la bata y se acercó a la ventana.

Recordó que, estando en el estudio de Katterblack y observando la vista que daba el gran ventanal a sus espaldas, se preguntó qué panorama tendría desde su dormitorio.

Suspiró profundo. Lo primero que miró fue el cielo, negro y desnudo de estrellas, y le provocó un escalofrío.

Cuando vivía en Boston, ella se sentaba largas horas en la noche sobre el baúl que estaba junto a la ventana a contemplar el cielo estrellado tras haber tenido una pesadilla. Después dormía mejor.

No había estrellas en el cielo de River Town.

Y pensó que tal vez la luna sería su consuelo.

La buscó, y la encontró distante y sombría.

Sintió más frío que antes. Se apartó un mechón de cabello del rostro.

Bajó la mirada. La vista también daba hacia el jardín trasero aunque desde otro ángulo.

Los setos podados parecían hombres que caminaban entre las sombras, pero igual de inmóviles que los árboles que había al fondo.

Divisó un sendero de piedra que zigzagueaba entre los arbustos y se encontraba con una fuente, también de piedra, al final; y de aquella fuente partía un segundo sendero en dirección al bosque.

Tras el cristal, Mary no podía oír el sonido del exterior, del viento agitando las copas de los árboles o el canto de las bestezuelas nocturnas, pero podía utilizar la imaginación o los recuerdos de algo que ya había oído antes y superponerlos al lúgubre y silente exterior.

Abrió los ojos y volvió a bajar la vista, con el sentido de la imaginación encendido .

«¿Qué...?» Se sobresaltó. Ahogó un grito, llevándose ambas manos a la boca. El corazón le trepó a la garganta súbitamente.

¿Cómo no la vio antes?

Se trataba de una mujer. Caminaba por el sendero que iba de la casa hasta la fuente.

La cubría un brillo blanquecino, y vestía únicamente un camisón.

Su cabellera y la parte baja del camisón hondeaban hacia atrás con las ráfagas de viento.

Mary creyó poder ver a través de la imagen, y eso fue lo que la asustó aún más.

El señor Katterblack no había mencionado nada de «fantasmas» entre las deificaciones mágicas.

Pero Mary supuso que, en un mundo donde vivir eternamente y rodearse de seres mágicos era normal, ¿por qué no serían posibles los fantasmas?

Gracias a su madre, Mary no les temía. «No son los muertos los que matan —le había dicho una vez—.

Son los vivos los que hieren. No lo olvides».

El fantasma de la mujer llegó hasta la fuente, se inclinó y metió las manos en el agua.

La estatua que había en medio era una trucha que escupía un arco de agua hacia el estanque circular que la rodeaba.

La mujer se irguió y se volvió hacia Mary, de un modo escalofriante que le heló la sangre de los pies a la cabeza.

Así pues, reconoció aquel rostro aun envuelto por las sombras de la noche.

Su madre.

Mary sintió que algo le bajaba por el rostro.

Lágrimas. Echó a correr, cruzó su dormitorio y luego el pasillo de las habitaciones, lo más rápido y callada que pudo.

Bajó las amplias escaleras del recibidor, agarrada del pasamano para no caer, y corrió por otro pasadizo.

Si había un mundo donde podía ver a su madre —incluso estando ésta muerta— Mary se aferraría fuertemente a él.

No supo cómo, pero llegó a la puerta de la cocina que daba al patio trasero y al jardín.

Abrió y salió. La noche la recibió con un abrazo frío.

Siguió avanzando apresuradamente por el camino de piedra hacia la fuente.

Iba descalza; el frío le atravesaba la planta de los pies.

Mary no prestó atención a la gélida brisa.

Ni siquiera pensó en las sombras que se podían levantar de sus lechos y asesinarla como le había contado el señor Katterblack.

Fuera podía ver y oír el viento susurrando a las hojas de los árboles y arbustos; el canto de los insectos de la noche; el chapoteo del agua de la fuente. ..

Y allí seguía ella. Su madre. No se lo había imaginado, era ella, en su forma tenuemente antinatural.

El cabello color plata le hondeaba como antes, igual que el camisón.

Su rostro era tan parecido al suyo. Sus ojos.

.. Los ojos brillaban en el rostro como dos estrellas atrapadas en sus cuencas; así y todo, Mary echó a correr hacia ella —¡hacia el fantasma de su madre!

—, la fría piedra bajo sus pies desnudos.

Observó que su madre también extendía sus brazos fantasmales para abrazarla, y que asimismo, avanzaba hacia Mary.

Se preguntó cómo sería abrazar a un fantasma.

En lugar de piel sobre huesos, Mary sintió que se estampaba contra un muro de yeso.

No cayó hacia atrás, sino que quedó inmóvil, de pie.

Notó una potente corriente de energía recorriendo su cuerpo, dolorosamente.

Le ardieron los ojos. Por fin, sus rodillas cedieron y se desplomó en el frío sendero de piedra, temblando, gritando…