3. Grito en la noche #2
Dentro, recordó que esas eran las mismas cartas que ella había visto hace un rato en el escritorio de Katterblack.
Caminó hacia su cama y se sentó con las piernas cruzadas.
Dejó las cartas en su regazo y cogió la primera.
Sintió la dura textura del papel entre sus dedos y, sin necesidad de llevárselo a la nariz, percibió el olor de lo viejo, lo guardado, lo intensamente atesorado.
Se la pegó al pecho y la abrazó contra sí, cerrando los ojos.
Pensó en todo lo que había descubierto aquella tarde.
Richard Katterblack la había llevado al Arsenal, un cuarto de armas que la horrorizó (al mismo tiempo que maravilló en el fondo), e hizo que le entrara el sentimiento de salir corriendo mientras pedía a gritos «¡ayuda!
» por los pasillos, si era que llegaba viva a ellos.
El señor Katterblack percibió lo que ella pensaba en ese momento, por lo que dijo entonces:
—Tranquila, Mary. No voy a hacerte daño. —Le señaló una silla para que se sentara. Aunque ella había sentido que se iba a desmayar, se negó a hacerlo a pura voluntad—. Está bien. Después te sentarás por ti misma... cuando te diga la verdad.
—¿Qué verdad?
«Soy mitad hada —pensó ella, según las palabras que le había dicho Katterblack—.
Lo soy porque mi madre es una mujer hada de Azur, una de las nueve cortes de los Reinos de Escarcha de los seres hádunos.
Mi padre era un humano que sabía del Mundo Mágico, y se negó a decirme la verdad porque no quería que su familia formara parte de él, para protegernos.
Que Sam, e incluso la señorita Green, eran seres hadas.
Que el mismo Richard Katterblack y toda su progenie eran Seguidores de la Luz, una especie de encantadores practicantes de magia blanca que luchaban por mantener el equilibrio entre la luz y la oscuridad en el mundo».
Al oír todo aquello, Mary se había partido de la risa.
Cuando alzó la mirada, vio el rostro inexpresivo de Katterblack.
De la misma forma, el hombre se había acercado a la única pared que no estaba ataviada de armas brillantes y mortíferas y la atravesó con la mano; un gesto tan simple y sutil, como de alguien metiendo la mano en una cascada de agua sólo para sentir la sensación de vacío al otro lado.
Mary, entonces, sintió que el mundo se venía abajo.
De pronto, todas las historias de su madre habían cobrado tanta vida —más bien sentido — como cuando se las contaba de pequeña.
El Reino de Escarcha existía. Las Hadas existían…
Y también seres que salvaguardaban el preciado balance entre la luz y la oscuridad.
Pero había quienes defendían lo contrario.
Nigromantes.
Richard le había explicado que estos —también llamados Servidores de la Oscuridad, Oscuros, o Grandes Amos, dependiendo del rango de poder que tuvieran—, se creaban a partir de un oscuro y poderoso hechizo que sólo se podía conjurar cuando se tenía dieciocho años y se había aceptado la oscuridad plena de su alma.
«El Conjuro Negro», pensó Mary, con escalofrío.
Más escalofrío sintió cuando supo que los nigromantes se alimentaban de la vitalidad de los seres humanos comunes y de la sangre de los hadúnos.
Mahlon West, le había dicho el señor Katterblack, era uno de esos nigromantes.
Mahlon no era un Gran Amo, no se denominaba así pese a tener en su dominio una horda de subordinados.
Subordinados. Según las palabras de Katterblack, eran aquellos humanos que ligaban sus almas a las de los nigromantes para servirles siempre que su juventud se los permitiera.
Cuando eran demasiado mayores para luchar junto a sus creadores, éstos le extraían la vida y los asesinaban.
Mary pensó en los hombres que la habían sacado del carruaje a arrastras, y en el hombre al que su hermano le había clavado las tijeras.
Todos ellos, incluido los otros dos que habían permanecido sobre sus monturas, habían sido subordinados ligados a Mahlon West.
Acto continuo, rumió sobre los Hijos del Bosque.
El señor Katterblack le explicó que había al menos tres docenas de especies de Hijos del Bosque, entre ellos las hadas, que habían creado su propio mundo para protegerse de las perversidades del mundo humano y el peligro letal que suponían para ellos los Servidores de la oscuridad; que tenían dones mágicos como la sanación de heridas y una destreza inigualable para crear pociones.
Las ninfas, en cambio, que eran sólo mujeres, podían controlar todo lo que crecía de la tierra; los gnomos, a diferencia, eran sólo de género masculino, y vivían aislados y se dedicaban a forjar la metalúrgica que pasaba a convertirse en las armas con las que los Seguidores de la luz se enfrentaban a los nigromantes.
Y como los gnomos, las ninfas y las hadas, habían otras especies —elfos, sátiros, trolls, centauros, ogros (que no eran tan malos como los pintaban las historias) y muchos, muchos más— que convivían juntos en los bosques que cercaban cada pueblo o ciudad del mundo.
Y luego estaban los Hijos de Isidora. El señor Katterblack no le había explicado bien quién era Isidora, pero le refirió con detalle sobre sus hijos : argones, lobos Fenrirs y Snarks.
Por último, le habló sobre El Mundo de las Sombras: lugar a donde eran confinadas las almas de los mortales que obraron mal en vida, y cuya esencia era extraída por los Servidores de la oscuridad convirtiéndolos en sus guerreros — Hombres sombras , los llamaban—, seres traslúcidos que se ocultaban en las tinieblas, y mataban.
Por otro lado, estaba El Submundo, que, como el Mundo de las Sombras, era un plano mágico que encerraba únicamente a los nigromantes y los volvía débiles hasta perecer definitivamente (salvo que otro nigromante, poderoso como el que más, lograra traerlo de vuelta a tiempo).
Asimismo, Katterblack le explicó que tanto los Hijos de Isidora, los Subordinados y los Hombres Sombras, del Mundo de las Sombras, eran los sirvientes más comunes de los Grandes Amos en las batallas contra seguidores de la luz.
Mary lo había escuchado todo atentamente.
Era buena oyendo a las personas; le había puesto la misma atención a su madre cuando ésta le contaba historias sobre Azur y sus alrededores, imaginándose un mundo que en realidad sí existía.
Mary dejó con las demás la carta que estaba por abrir y se levantó de la cama. Había tenido suficiente por un día.
Permaneció en su habitación el resto de la noche.
Olee apareció cuando ella estaba guardando las cartas en el cajoncito de la peinadora.
La criada llevaba consigo una bandeja con un trozo de cordero asado, pan, un cuenco de uvas y leche tibia.
Antes de irse, la criada y Mary se miraron a la cara.
Katterblack le había explicado que los ojos color jade eran un rasgo bastante frecuente entre los seres hadúnos.
Mary había visto los mismos ojos de la criada antes.
.. en su madre y en su hermano. Por primera vez desde que la conoció, Olee no sonreía.
Sonrojada, bajó los párpados y se marchó a toda prisa.
Mary volvió a quedarse sola en su habitación.
Comió, o al menos lo intentó. Luego se desvistió con dificultad, pues no estaba la criada para que le asistiera con el corsé.
Olee era la sirvienta personal de Céline, y Tara, la de Elise.
Alice, seguramente, tenía la suya, y Katterblack tal vez confiaba su cuidado y atención al viejo mayordomo Sutr.
Mientras se colocaba el camisón, recordó lo que le había dicho el señor Katterblack antes de que ella saliera hecha un mar de lágrimas del Arsenal.
—¿Por qué mis padres nunca me lo dijeron ?
Fue lo primero que dijo tras las palabras del señor Katterblack y el silencio que las seguió.
—Michael, tu padre..., no quería que lo supieras —respondió él—. Ésa fue la razón por la que nos dejamos de hablar los últimos diez años. Sylvia...
—Todas las historias que contó mi madre eran verdad —divagó para sí misma en voz alta.
—Tu madre amaba a Michael y por eso decidió callar —siguió Katterblack—.
Pero tu padre era muy obstinado. ¡Vaya que lo era!
No quería decirte la verdad sobre el Mundo Mágico por temor a exponerte a la Oscuridad que hay en él.
Un conocido de nosotros, un hado y su familia, habían sido asesinados y descuartizados por un nigromante despiadado llamado Spyder.
La niña de la pareja había sobrevivido, pero había visto como desmembraban a sus padres ante ella, tras lo que, ese tal Spyder, la había.
.. —Suspiró—. Eso no importa ahora. Tu padre no quería que corrieras el mismo destino, o algo parecido.
Por eso decidió criarte como una humana común, y que toda su familia guardara las apariencias.
—¡Pero no es justo! —Mary se había puesto en pie casi de un salto.
Recordaba haber visto su reflejo en una de las vidrieras de la repisa en la que reposaban aquellas magníficas espadas del cuarto de armas de Katterblack, o como éste lo llamaba «El Arsenal»—.
¡Era mi verdad! ¡Yo tenía que elegir, no él!
—Lo mismo le dije yo, pero, como te dije, tu padre era obstinado...
Y, oído aquello, Mary se echó a llorar y se marchó del Arsenal.
Más tarde no supo cómo llegó a su habitación, ni cómo subió las escaleras con los ojos empañados y el rostro cubierto con sus manos; ni cuándo lo hizo.
Solo que allí estaba en determinado momento: en su cama, llorando a lágrima viva por los padres que había perdido, el hermano que había sido raptado, y la verdad que le había atravesado el corazón como si fuese el filo de un cristal roto.