Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 3. Grito en la noche
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3. Grito en la noche

GRITO EN LA NOCHE

Céline regresaba a sus aposentos —había pasado una tarde tediosa con su madre y la señora Oakwater escogiendo los aperitivos que cubrirían la mesa de banquetes la noche del baile del solsticio— cuando vio a su prima Mary corriendo por el recibidor y luego subiendo con premura las escaleras.

La oyó sollozar. Le sorprendió que no tropezara con los escalones, pues los subía con tanta prisa que parecía flotar sobre ellos, y cubriéndose la cara con las manos.

¿Qué habría pasado durante el encuentro con su padre?

«Se enteró de la verdad, eso pasó», dedujo.

Céline había estado presente cuando Mary fue traída, bien entrada la noche, inconsciente sobre un caballo negro.

(Abigail le explicó que el animal perteneció a uno de los subordinados de West y que lo acogió para sí, llamándolo extrañamente Sombra ; Céline no se había esperado nada menos de Abigail Treddaway.) Recordaba haber visto a su prima sucia y desparramada, como una las muñecas de trapos de su infancia, y haber pensado que alguien con su atractivo encontraría marido antes de poder siquiera asentarse.

Luego su padre le había contado algunas cosas sobre ella y su origen, y Céline sintió tristeza; después lástima, cuando su padre recibió informes de los recientes acontecimientos (incluida la muerte de Michael y Sylvia Cartwright) sobre Mary y su hermano, que seguía desaparecido.

Céline empezaba a subir los peldaños cuando vio a su padre emerger del pasillo lateral que parecía desembocar en la sala.

A pie enjuto había llevado a la pobre Mary al Arsenal para decirle toda la verdad que el tío Michael había preferido ocultar por temor a perderla.

Su padre, se fijó, parecía un tanto agobiado, tenso.

Céline descendió los escalones que ya había subido, y fue tras él.

—¡Padre! —llamó.

Éste ya estaba abriendo la puerta de su estudio cuando por fin la oyó. No se sorprendió, notó Céline; seguía tan tenso y agobiado como antes. Meneó la cabeza, instándola a que entrara al estudio. Ambos entraron, y ella cerró la puerta a su espalda.

—¿Qué ha sucedido? —lo interrogó ella en cuanto ambos se sentaron.

—Le he contado todo —dijo su padre. Suspiró.

Cuadró más los hombros sentado en el elegante sillón tras el escritorio, con los labios tensos como una cuerda.

Céline lo había visto pocas veces así; la última vez había sido cuando su hermano mayor, Leonard, había anunciado que se marcharía de River Town con su esposa y el niño que ambos esperaban.

—¿Todo? —Céline no creía que su padre le hubiera dicho a Mary toda la verdad de golpe, tomando en cuenta lo alterada que estaba la muchacha tras el suceso con Mahlon West en el camino del bosque.

—No todo. —Su padre se metió las manos entre los cabellos ya canos y bajó la mirada hacia el escritorio.

En éste, como Céline notó apenas ocupó el asiento, había un cúmulo de cartas.

Desde ese ángulo no alcanzaba a leer de quiénes eran—.

Ella… No puede saber toda la verdad, preferiblemente nunca.

Le he hablado sobre los Seguidores de la Luz, lo que mis hijos y yo somos; de los Servidores de la Oscuridad, nuestros enemigos; y de los Hijos del Bosque, lo que ella y su madre son. ..

» “¿Yo?” había dicho Mary. Y se echó a reír como una histérica.

Al ver que yo no lo hacía, frunció el ceño y paró.

Me miró fijamente con aquellos ojos que me recuerdan a su padre.

Aunque probablemente sea solo un encanto propiciado por Sylvia.

Mary, bajo aquel encanto, tiene los ojos de. .. Bueno, eso ya lo sabes...

—¿Y el tío Michael lo sabía?

—¿De los ojos? —Subió los hombros—. Probablemente sí; él era un hombre astuto.

—Pero, Mary… ¿Ella creyó todo lo que le dijiste?

—Cómo te dije, se mostró incrédula al principio.

Después, cuando le di una demostración y atravesé una pared con mi mano, ella bajó la mirada y abrió la boca como si la hubiese pateado en la barriga.

Quizá eso fue lo que sintió, el golpe de la cruda verdad.

Ella estuvo divagando para sí misma en voz alta, diciendo que todas las historias que le había contado su madre eran ciertas.

—Se pasó la mano por el rostro, y suspiró.

Luego continuó—: Le pregunté qué era lo que su madre le había contado, y ella me dio una serie de detalles sobre aquellos cuentos.

Las hadas. El Reino de Escarcha y su entorno.

Las criaturas mágicas y quien sabe cuántas cosas más.

—Pobre —murmuró Céline, imaginándose lo que habría sentido su prima.

La última vez que la había visto, ambas tenían seis años y se habían peleado por una muñeca que el tío Michael le había regalado y que Mary, celosa de que su padre le hubiese dado una muñeca a otra niña, se había lanzado hacia ella con uñas y dientes—. Pobre.. .

—Sí. —Su padre lucía más repuesto, como si le hubiesen quitado una carga de encima—.

Le dije a Michael que le dijera la verdad, que él era un buen padre y que ella lo aceptaría tal cual.

Se negó. Me dijo que mientras yo no cambiara de opinión, lo mejor sería poner distancia.

Siempre pensé que si volvíamos a vernos, y nuestras familias se reunían, Mary acabaría sabiendo la verdad, y Michael también lo pensaba… Así que acepté.

—¿Qué has sabido de la mujer que acompañaba a Mary y al pequeño Sam en el carruaje?

—Nada importante —contestó su padre. Tras él, Céline vio por la gran ventana que el cielo se matizaba de un azul grisáceo y las nubes se iban despejando.

Apenas había un amago de sol en el horizonte, tan débil como la luz de una vela que estaba por extinguirse—.

La mujer, se llamaba Leila Green, se había hecho amiga de la familia Cartwright, muy cercana a Sylvia.

Cuidó de Mary y Sam cuando sus padres fueron hallados cruelmente asesinados en su casa.

Al parecer fue la misma Green quien encontró la escena del crimen: aquel día había llevado a los niños a dar un paseo al parque y cuando volvieron, fue la primera en entrar y ver el desastre de sangre.

—¿Crees que esté relacionada con Mahlon? —preguntó Céline, superado el momentáneo impacto de aquella revelación.

—Es evidente que sí. —Su padre suspiró profundo y se recostó contra el respaldo del sillón—. Mi pregunta es: ¿qué quería lograr Mahlon al hacerse con Mary y su hermano?

—Extorsionarte, tal vez —aventuró Céline.

—Sí, quizás. Aunque se pudo haber llevado a Mary y al niño cuando quería —Sonrió—. Creo que todo eso fue parte de un teatro para hacer su gran entrada …

—¿Incluyendo las muertes del tío Michael y su esposa? —Céline empezaba a inquietarse.

—Oh, cariño —dijo su padre con voz inexplicablemente dulce—, no conoces a Mahlon West y de lo que es capaz de hacer.

Ya te conté la historia, cuando fuiste lo suficiente mayor para soportar las partes escabrosas.

Cuando West atacó a River Town en busca del poder que se dice yace en estas tierras, y cómo arrasó con cientos de vidas (hijos del bosque, seguidores de la luz y gente común) a su paso.

Por entonces, tú aún estabas en el vientre de tu madre.

En efecto, Céline ya conocía esa historia.

Los que peor salieron fueron los Startclyde y los Treddaway.

Por si aquello no fuera lo suficiente trágico, Mahlon West había escapado con vida y solo se había llevado consigo, como único recuerdo de la devastación que causó, una herida que le cruzaba el rostro.

—Intuyo que hay algo más tras la llegada de Mahlon —meditó su padre—. Tal vez se ha aliado con algún Gran Amo, ¿quién sabe?

Céline habría podido pasar más tiempo con su padre, pero recordó que esa noche tenía una visita y antes tenía que acicalarse. Así pues, se levantó y se despidió. Cuando estaba a punto de cruzar la puerta, el señor Katterblack la llamó con extraña urgencia.

—Casi lo olvido —dijo. Le tendió el manojo de cartas en el que ella había reparado antes.

Céline las cogió, insegura, y por fin pudo leer lo que decía la hermosa caligrafía en el reverso—.

Llévaselas a Mary. Eran de su padre. Nos escribíamos una carta cada año a pesar de nuestros pueriles desacuerdos.

Michael y yo nunca volvimos a hablar, ni siquiera en cartas, sobre la verdadera paternidad de Mary.

—¿Mi padre ?

Mary cogió las cartas que Céline le tendía.

Le ardían los ojos por el llanto contenido.

Acababa de descubrir que había estado viviendo en una mentira toda su vida, y que la magia, por más irreal que pareciera, formaba parte de ella.

Al ver a Céline, Mary pensó que su prima estaba allí para reconfortarla y apoyarla e intentar excusar dulcemente el hecho de la verdad que le había ocultado su padre.

Pero no. Su prima solo se limitaba a tenderle las cartas.

—Sí —contestó ella—. Mi padre olvidó dártelas. Al parecer, el tío Michael y él se escribían cada año a pesar de las diferencias que los distanciaron.

—Ah.

Hubo silencio.

—Buenas noches —acabó diciendo Céline. Se volvió, caminó algunos metros y entró a su habitación.

«Adiós al consuelo», pensó Mary. ¿Realmente quería ser consolada?

Lo único que consolaría su lastimado corazón sería el regreso de su hermano, en lo que el señor Katterblack no había hondado en detalles.

Ningún detalle, de hecho. Mary, avergonzada en su fuero interno, debía admitir que con todo lo que Richard Katterblack le había contado, olvidó preguntar sobre los avances en la búsqueda de su hermano.

Se preguntó cómo se tomaría Sam la noticia de que él era mitad haduno. Se volvió y cerró la puerta.