2. Una puerta se abre #3
—Sí. La señorita Abigail es la hermana melliza de Andrew —dijo Olee; fruncía el ceño y apretaba los labios de pura concentración, aunque había un brillo divertido en sus ojos; «Sus ojos», advirtió Mary sorprendida; eran color jade, como los de su hermano y los de su difunta madre—.
Ambos fueron acogidos por el señor Katterblack hace algunos años.
—¿Qué les ocurrió? —preguntó Mary—. A sus padres, quiero decir.
—La madre murió en el parto —contestó la criada, aparentemente concentrada en su labor—. El padre se fue hace cinco años. Una noche salió de casa, colado entre las sombras y el silencio, y nadie más lo volvió a ver.
—Qué terrible —musitó Mary.
—Lo mismo pienso. El señorito y la señorita Treddaway apenas tenían doce años cuando despertaron y se encontraron solos en este mundo.
—¿Y ellos viven aquí?
—¿Por qué vivirían aquí, señorita Mary? —replicó la criada con una risita.
—Dijiste que el señor Katterblack los acogió.
Olee rió con los labios apretados.
—Oh, no —repuso alegremente—. Aunque prácticamente los adoptó, los mellizos prefirieron quedarse a vivir en la cabaña que está pasando los jardines de la mansión.
Andrew y su hermana hacen labores de jardinería, y de esa manera pagan la hospitalidad del señor Katterblack, aunque éste, nuestro buen señor, nunca le pide cuenta a nadie a quien brinda su hospitalidad.
—Olee se irguió y miró su trabajo satisfecha—. ¡Listo !
Mary le agradeció con una sonrisa. A continuación, la criada la guio por los extensos pasillos de la mansión.
Mary se maravillaba cada vez más. Y pensó que quizá sus padres debieron de haber estado en aquel lugar alguna vez.
Ahora entendía por qué se habían referido al hogar de los Katterblack como un «castillo».
Inmediatamente le vino el recuerdo de la mirada de su hermano.
El recibidor apareció con majestuosidad ante ella.
Allí la aguardaba la tía Alice, con una radiante sonrisa.
Mary no se había dado cuenta cuándo la había abandonado Olee, pero al ladear la cabeza ya no estaba.
Extrañamente se había sentido más a gusto con la criada que con sus dos primas, Céline y Elise.
Quizá esto cambiaría con el tiempo. Eso esperaba.
—Oh, Mary —exclamo Alice al verla—. Luces preciosa.
—La tomó del brazo y la fue guiando hacia uno de los extremos del recibidor mientras decía—: Has bajado justo a tiempo.
Richard acaba de llegar de una importantísima reunión con el odioso Stephen Reedstter, que pronto conocerás en el baile, y me ha pedido que te envíe con él a su estudio.
—¿Baile? —preguntó Mary.
Alice sonrió.
—Sí. ¿Michael no te habló del baile del solsticio de verano? Es una tradición que lleva realizando la familia Katterblack desde hace casi ochenta años.
—Mi padre nunca lo mencionó. —«Alice vive en un castillo —le había dicho su padre—. Allí se realizan bailes elegantes, colmados de brillo y esplendor, como nunca se han visto». Mary había supuesto que todo hacía parte de una historia.
—Bueno —dijo Alice mientras se detenía—. No podré llevarte hasta allá. Berena Oakwater me espera en el salón del té para continuar con los detalles del baile. —Le indicó el camino que llevaba hacia el estudio del señor Katterblack y luego se fue a toda prisa.
Mary siguió las indicaciones de su tía, temiendo perderse en el trayecto.
Estaba nerviosa. No sabía exactamente por qué.
A lo mejor por su inminente encuentro con el dueño de aquel castillo, que bien podía ser un ogro, como en los cuentos de su madre.
Tal vez por lo que presentía que estaba por descubrir: la verdadera —e increíble— naturaleza de los hechos a su llegada.
Finalmente halló la puerta del estudio. Enfiló.
A medio camino, se detuvo cuando la puerta en cuestión se abrió, y dos personas salieron al pasillo. Mary los reconoció de inmediato.
Andrew y Abigail.
Mary avanzó hacia ellos. Los mellizos la vieron aproximarse con una evidente sorpresa en sus rostros.
La muchacha sonrió inmediatamente. Mary se fijó que era mucho más alta de lo que recordaba (aunque no recordaba mucho), y mucho más bonita también.
La melena rubia le caía suelta a un lado de la cara.
A Mary le sorprendió ver que llevaba puestos pantalones de hombre.
—¡Has despertado! —exclamó Abigail.
—Eso creo. —«Quizá aún esté soñando». Al menos eso esperaba ella, que todo fuera un sueño; una pesadilla que pronto llegaría a su fin. Pero había dormido suficiente y por fin había despertado.
Hubo silencio. Abigail aún la contemplaba con auténtica alegría de verla sana y salva.
Entonces se fijó por primera vez en el hermano de la muchacha, que estaba detrás de ésta.
Mary apenas pudo contener el aliento. Andrew la miraba con sus penetrantes ojos azules.
Cabello rubio como el de su melliza, labios carnosos que mantenían una línea inescrutable en la parte baja de su cara, y un rostro de ángulos y planos perfectos: ese era Andrew.
No era tan alto como su hermana, si bien la diferencia era mínima.
Aunque sí era el suficiente para sobrepasar la baja estatura de Mary.
Ésta parpadeó repetidamente como si no lo hubiese hecho por mucho tiempo.
—Abby, tenemos que irnos —dijo Andrew.
Entonces Mary cayó en la cuenta de que no había disimulado su estupefacción. Andrew era bello, sí. Seguramente lo sabía, y estaba acostumbrado a recibir esa clase de miradas. Su tono fue hosco al hablar.
—El señor Katterblack espera por ti, Mary —indicó Abigail como si no hubiera escuchado a su hermano.
—Sí. —Mary asintió y bajó la vista, al tiempo que los mellizos pasaban junto a ella y se alejaban por el pasillo. Se los quedó mirando, y notó que, casi al final, Andrew volvió la mirada fugazmente antes de desaparecer en el cruce. Mary suspiró hondo; se volvió hacia la puerta del estudio y tocó.
—¿Mary? —la voz de un hombre vino del otro lado. Katterblack, desde luego.
—Sí.
—Oh, vamos. Entra.
Una vez dentro, cerró la puerta y se volvió.
El estudio era una estancia tan amplia como la habitación de la muchacha, aunque el techo era más alto y abovedado.
Las paredes se alzaban con un claro tono amarillo…
salvo las que estaban cubiertas por estantes con libros.
Al fondo se hallaba el señor Katterblack, de pie tras el escritorio, sonriéndole.
Tras éste se enaltecía un ancho ventanal que acababa en un arco con espirales en forma de rizados pétalos de orquídeas y ramas de amaranto.
La luz diurna lo atravesaba con todo su esplendor.
A medida que se acercaba, Mary observaba de reojo que la vi sta daba al jardín trasero de la mansión.
A lo mejor su habitación tenía el mismo paisaje, aunque no había tenido tiempo de averiguarlo.
—Alice tenía razón —soltó el señor Katterblack cuando se detuvo ante él, separados por el escritorio—.
Te pareces mucho a tu madre, excepto por el cabello.
Lo demás es todo de ella. —Mary hubiera querido agregar que sus ojos tampoco eran como los de su madre, sino verdes, como los de su padre, pero el señor Katterblack no le dio tiempo, pues extendió una mano y le señaló el asiento—. Siéntate, Mary.
Mary lo hizo. Luego el propio Katterblack se sentó en su elegantísimo sillón de cuero tachonado.
Sobre el escritorio había un hermoso candelabro dorado, cuyos bracillos se curvaban como serpientes.
También había plumas, un tintero, y una pequeña pila de cartas.
Mary intentó mirar con más atención el dorso de los sobres —la caligrafía en ellos le resultaba levemente familiar—, pero el señor Katterblack comenzó a hablar.
—La última vez que te vi tenías seis años.
Oh, qué pequeña eras entonces. —Sonrió, y sus ojos centellearon.
Richard Katterblack no era la clase de hombre que Mary había esperado encontrar como el amo y señor de toda aquella opulencia.
La verdad, Mary no había pensado qué se encontraría en su lugar.
Quizá a un hombre bastante mayor, con las carnes sueltas, cubierto de arrugas, y los cabellos blancos.
El hombre que estaba ante ella a duras penas sobrepasaba los cuarenta y cinco; la piel seguía tersa, con ligeras arrugas por aquí y allá.
Sus cabellos eran castaños, apenas un amago de blanco en los laterales.
Iba vestido con un traje de tono marrón claro hecho a la medida—.
A Alice y a mí nos hubiera gustado visitarlos alguna vez, a ti, a tus padres y a tu pequeño hermano, a quien nunca conocimos. . .
—¿Y por qué no lo hicieron?—soltó Mary. Era lo primero que decía desde que entró al estudio. Richard, que había estado recostado contra el respaldo de su asiento, se irguió despacio, alzando una ceja y sonriendo de medio lado.
—Tu padre y yo tuvimos... algunas diferencias —replicó él—.
Me dijo que mientras siguiera pensando que lo mejor era…
Bueno, eso no importa ahora. Michael era un gran amigo.
Por un tiempo pensé que no me perdonaría por haberme casado con su hermana.
—Sonrió como si un recuerdo le destellara ante los ojos en aquel momento—. Pero lo hizo.
—Tía Alice dijo que iba a decirme algo —comentó Mary—. Que iba a contarme algunas verdades. Sobre mi familia.
Katterblack no se inmutó ante sus palabras. Asintió.
—Así es.
—Entonces, ¿me dirá?
—Estás aquí por eso, ¿no?
—¿Esa verdad tiene que ver con mis padres? —Mary temía la respuesta. A veces, solo a veces, éramos menos infelices cuando las personas nos engañaban, que cuando no lo hacían..., o al menos eso había leído en alguna parte.
—Sí —contestó él—. Con tu madre, sobre todo.
—¿Mi madre?
—También con tu hermano y el hombre (si se le puede llamar así) que lo raptó.
—¿Por qué? ¿Qué era él, si no es humano?
Katterblack frunció el ceño.
—Mahlon West —dijo, y sólo el nombre bastó para ensombrecer la estancia—. Él no es un ser humano ni mucho menos.
—¿Qué es? —repitió Mary. La voz le salió endeble.
Hubo un instante de silencio.
—Nigromante —dijo finalmente Katterblack .
«Nigromante». Mary había oído esa palabra antes, aunque no recordaba exactamente dónde.
—¿Qué? —dijo ella.
Katterblack soltó un suspiro y se puso en pie.
Se volvió hacia la ventana, dándole la espalda a Mary, uniendo las manos detrás.
Ella observó cómo su pecho se hinchaba otra vez al proferir otra honda exhalación.
Sabía que la palabra «nigromante» quería decir brujo que practicaba magia oscura.
Lo sabía por las historias que le había contado su madre cuando era pequeña.
—Luz y oscuridad —oyó decir al señor Katterblack—. De eso se compone nuestro mundo.
Mary no pudo evitar hablar.
—¿Qué quiere decir con eso?
Richard Katterblack se volvió hacia ella.
Tenía una expresión inescrutable en el rostro.
Mary pensó en su padre, mirándola algunas veces con una fijeza estremecedora, como si quisiera decirle algo inquietante.
Así era como la miraba el señor Katterblack, con fría y estremecedora fijeza; le temblaban las comisuras de los labios.
Rodeó el escritorio y fue hasta la puerta, mientras Mary se ponía en pie, confundida.
—Ven, muchacha —dijo el señor Katterblack antes de salir—. Acompáñame.
Ella quiso preguntar adónde, pero ya era demasiado tarde, él ya había salido del estudio.
Mary lo siguió. Caminaron por una serie de pasillos y bajaron estrechas escaleras hasta otro corredor.
Allí, continuaron por otro pasaje más angosto que los demás hasta una puerta pequeña y de madera, al final.
El señor Katterblack se detuvo ante ella, se volvió hacia Mary, extendió su mano hacia la perilla y abrió.
Dentro, se encontró en una versión diminuta del estudio de Katterblack en la parte superior de la mansión.
Las paredes eran de un gris descolorido como un cielo encapotado.
Había un escritorio de madera oscura y, detrás, un amplio estante con libros de colores vivos y pequeñas lámparas de gas que lo flanqueaban.
Richard entró y cerró la puerta. Luego rodeó el escritorio. Mary permaneció inmóvil donde se había quedado al entrar. Su corazón latía velozmente en su pecho, un palpitar que la ahogaba.
—Lo que estoy por mostrarte, Mary —empezó a decir Katterblack—, no es algo que muchos hayan visto.
Lo que estoy por mostrarte es un secreto familiar; pero lo que estoy por contarte es un secreto que sólo concierne a los Seguidores de la Luz como yo, y a los Hijos del Bosque, como tu madre… y como tú.
—¿Cómo yo?
Katterblack asintió. Se volvió y sacó del estante un libro.
Cuando la luz de las lámparas cayó sobre las palabras de la cubierta, Mary consiguió leer Hamlet antes de que Richard lo dejara boca abajo sobre el escritorio.
Luego hubo silencio, frío y tenso; después, se oyó un sonido mecánico, como el de la maquinaría de un gran reloj antiguo: cadenas, engranajes, metal oxidado.
El estante y todos sus libros se deslizaron hacia un lado, dejando a la vista un acceso tan oscuro como las fauces de un lobo.