2. Una puerta se abre #2
Entonces sintió un estremecimiento terrible.
—Lo sé, Mary. Lo siento. —Alice le acarició la mejilla con el fin de quitarle las lágrimas—. Si lo hubiéramos sabido antes, Richard habría enviado a por ti y tu hermano a hombres de confianza. —Suspiró—. Al parecer la mujer que los acompañaba en el carruaje estaba involucrada en el asalto de...
Mary lo recordó de pronto.
—Mahlon West.
La atmósfera se tornó sombría con la mención de aquel nombre; también helada. Elise seguía cerca de la amplia ventana, una silueta lúgubre a contra luz, y compartía una extraña mirada con su madre. Ésta también la había visto, si bien fugazmente, antes de volver su atención hacia Mary.
—No invoques al diablo si no puedes contener sus llamas.
—Céline apartó a su madre educadamente. Se acercó a Mary y la abrazó como si fueran amigas de toda la vida que habían quedado para beber el té—.
Lamento que todo eso haya ocurrido. Mi padre y los demás atraparán a West y hallarán a tu hermano.
Mary no había tenido tiempo de devolverle el abrazo, pues el contacto con su prima Céline fue muy breve siquiera para dar un par de exhalaciones.
La cabellera oscura le caía a ambos lados del rostro en forma de corazón.
Sus labios tenían un color tan rosa que casi parecía irreal (quizás era un artificio hecho con maquillaje).
El color de sus ojos era una extraña mezcolanza entre azul y castaño, algo que Mary no había visto antes.
Lucía un sencillo vestido rosado pálido con encaje en los hombros y el cuello.
Muy elegante, como se esperaba de la hija de uno de los hombres más acaudalados del estado de Georgia.
—Imagino que querrás algo de comer, ¿no?
—Céline no aguardó respuesta; Mary tuvo la impresión de que nunca lo hacía—.
Madre ha ordenado a Sutr que suba el desayuno a tu habitación.
Además, me he tomado el atrevimiento de registrar los baúles que fueron rescatados del coche volcado, con todas tus pertenencias dentro.
Me habría gustado deshacerme de todo, pues no hay una sola prenda que valga la pena…
—¡Céline! —la cortó Alice, apretando la mandíbula y alzando una mano en señal de alto—.
No es el momento indicado para eso. —Volvió los ojos hacia Mary y esbozó una sonrisa—.
Mary, cariño, sé que no hay palabras que puedan consolar tu dolor por las pérdidas que has tenido que padecer.
Pero Richard me ha asegurado que no descansará hasta encontrar a mi querido sobrino; a tu hermano.
—Le dio otro abrazo a Mary—. No imagino el terror que debe sentir el pobre chiquillo en este preciso instante.
Al separarse, Mary se pasó el dorso de las manos por las mejillas y miró fijamente a su tía .
—¿Quién era ese hombre? —le preguntó—. El de la cicatriz. Mahlon West.
Alice enmudeció. Fue la mayor de sus hijas quien contestó.
—¡Un monstruo! —soltó Céline—. Hace mucho tiempo llegó a este pueblo con sed de poder, provocando desgracia a su paso.
Esa horrible cicatriz que viste en su desaborido rostro no podrá compararse a lo que le va a suceder cuando Startclyde le ponga las manos encima.
Tiene muchas cuentas que saldar con ese nigroma. ..
—¡Céline! —la cortó su madre.
Mary no tenía ni la menor idea de qué hablaba. Observó que Elise seguía muy quieta, con la vista desenfocada, dándole la espalda a la ventana.
—¡Es cierto, madre! —insistió Céline a pesar del tono de advertencia de la tía Alice—. Creo que debería saberlo, ¡Mary debe saber la verdad sobre este pueblo y quienes lo habitan!
—¡No es el momento! —reafirmó su madre a viva voz—. Tu padre...
—Mi padre no tiene nada que ver con Mary. Deberías ser tú quien le diga la verdad sobre su madre.
«¿De qué está hablando?», pensó Mary.
Elise salió corriendo de la habitación con las manos en la cara.
Céline miró salir a su hermana, boquiabierta, antes de resoplar y marcharse también.
En el amplio dormitorio —que ahora era de Mary—, solo quedaron Mary y la señora Katterblack.
Ésta parecía profundamente consternada ante el comportamiento de sus hijas.
Al cabo suspiró y volvió a sonreír. Cuando se disponía a hablar, alguien tocó la puerta.
—Sí, Sutr. Entra —dijo la señora Katterblack.
Mientras el mayordomo, de ochenta y tantos años, o tal parecía, dejaba sobre la mesa del rincón una bandeja metálica con emparedados y té de manzanilla, cuyo aroma flotó hacia la nariz de la chica como una suave y cálida estela aromática, que la hizo estremecer.
La tía Alice se volvió hacia ella y añadió—: Sé que al principio será difícil de considerar esta casa tu hogar, pero eso será para ti a partir de ahora, y no dejaremos que nada te haga daño otra vez. —La besó en la frente antes de irse.
Desayunó en la cama, mientras barría con los ojos el amplio espacio que comprendía su habitación, intentando apartar los recuerdos de la otra noche.
«Cinco días han pasado desde entonces», pensó Mary mientras mordisqueaba el emparedado.
Extraño, se dijo; ¿cómo la habían alimentado todo ese tiempo?
La piel seguía tersa sobre sus huesos; no suelta, como sería propio de una persona al borde de la inanición.
Minutos después, entraron dos sirvientas vestidas de negro con delantales blancos y cofias sobre sus llamativos cabellos, pulcramente recogidos.
Una de ellas tenía el cabello rosado, brillante y singular; los cabellos de su compañera eran de un tono blanco con reflejos verdes.
Ambas se mostraron muy sonrientes y serviciales.
La de cabello rosa y cara regordeta se llamaba Olee, según ésta misma le dijo; la otra se llamaba Tara.
Ésta última era muy elocuente, soltando comentarios agudos sobre «el enorme trasero de Olee», que suponía un auténtico problema cuando ambas se disponían entrar a una habitación al mismo tiempo, o sobre «la glotonería de Adler», el cocinero de los Katterblack, que apenas daba abasto a las despensas de sus señores.
Mary rió ante cada comentario. No recordaba la última vez que había reído así.
A menudo fue su padre quien la había hecho reír hasta perder el aliento .
Las criadas le prepararon un baño con agua tibia en una enorme tina en su propio cuarto de baño.
Se preguntó si los dormitorios de sus primas o de los mismos señores serían iguales o más grandes que el suyo.
La mansión Katterblack hacía que su modesta casa en la avenida Rowe’s Field, en Boston, pareciera el cuchitril de una familia de ratones.
Mary hubiera preferido mil veces seguir viviendo en aquel cuchitril, con sus padres y su hermano, que en aquella jaula de oro.
Tras el baño, Mary se sintió vivificada.
Tenía el cabello oscuro húmedo y pegado a la cabeza.
Tiritó. En ese momento reparó que el viejo baúl con sus cosas estaba justo ante la cama.
Se acercó a él, se inclinó y lo abrió; los olores de su antiguo hogar escaparon de su interior. Mary inhaló, entrecerrando los ojos.
Al abrirlos y ver sus cosas, no se llevó ninguna sorpresa al encontrarlo todo revuelto, objetos y prendas en un mismo amasijo.
Alice le había dicho que se reuniría con el señor Katterblack tan pronto ella estuviera más lúcida.
Con ayuda de Olee, hurgó entre sus cosas, buscando una muda adecuada que ponerse.
Mary suspiró. Olee intentó consolarla. Después, el rostro de la criada se iluminó como si acabara de recordar algo.
La tomó de la mano y la llevó hasta un enorme armario de madera de cedro con fino acabado y detalles florales tallados en las puertas.
—La señorita Céline ordenó que trajeran algunos de sus vestidos aquí la segunda noche tras su llegada, señorita —iba diciendo Olee mientras abría el armario de par a par.
Luego le fue mostrando los modelos. Mary quedó extasiada por la calidad y belleza de los vestidos—.
La señorita Elise también trajo algunos de sus vestidos.
No tienen idea de cuáles son sus medidas, señorita.
Aunque puede que tenga la misma edad que la señorita Céline, creo que los de la señorita Elise se adaptarán mejor a su figura, ¿no cree?
Mary no estaba segura, pero asintió. Más tarde descubrió que Olee estaba en lo correcto.
Optó por un sencillo vestido gris plomo de blusa manga larga y botones de latón en el pecho.
Un cinturón de cuero negro en torno a la cintura le acentuó la silueta.
Cuando se admiró en el espejo de cuerpo completo, no pudo evitar pensar en las palabras de la tía Alice: «Eres idéntica a tu madre».
Mary no lo había visto así hasta ese momento.
Excepto por el color de sus ojos y el cabello, Mary era idéntica a su madre.
Ambas eran de baja estatura, esbeltas, menudas, de piel rosada, con mejillas altas y pestañas voluminosas.
—Escuché que el señorito Andrew la salvó de esos terribles rufianes —comentaba Olee en ese instante, mientras le cosía uno de los botones del pecho que se le había desprendido en el ajetreo—. También estuvo el señorito Blackfell y el señorito Witheford.
Mary apenas recordaba a Andrew, ángulos y sombras, dorado y negro, de pie ante ella, y luego, subiéndole la falda para escrutar las heridas en sus piernas. «Dios no». Se sintió avergonzado al recordar el bofetón que le dio al joven que le salvó la vida.
—Es muy guapo, ¿no lo cree? —suspiró Olee, enamoradiza—. Muchas darían lo que fueran por caer en desgracia en sus juveniles brazos.
Y eso había ocurrido: Mary se había desmayado entre los brazos de Andrew, pero habría dado lo que fuera para que eso —y los eventos que habían sucedido previamente, como el rapto de su hermano—, no hubiesen sucedido nunca. Mary no se sentía afortunada en absoluto. Todo lo contrario .
—La joven... —comenzó a decir, pero la criada la interrumpió antes de que terminara de decir la frase.