Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 2. Una puerta se abre
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2. Una puerta se abre

UNA PUERTA SE AbrE

—Despertará pronto. Solo necesita recuperar energías después de lo sucedido.

—Pobres chicos. No puedo creer que esto le haya ocurrido a mis sobrinos, Richard. ¿Qué vamos a hacer?

—Calma, cariño. Sawyer ha enviado a varios de sus hombres a los derredores del pueblo. Mahlon West no pudo haber huido tan lejos con el chico. Y ya escuchaste a Vallery, Mary estará bien...

—¿Cuándo va a despertar? Han pasado dos días.

«Dos días —pensó Mary. Quiso abrir los ojos y levantarse, apartar aquel fárrago de sábanas que la envolvía.

No podía: su cuerpo estaba entumecido; sus parpados pesaban como rocas sobre sus ojos; su boca estaba rígida; su corazón, frágil y adolorido, como su cabeza.

Tenía que levantarse por su hermano—. Sam. Sam. Sam».

—La señorita Val asegura que despertará pronto, Elise. Sé paciente.

—Lo soy. Pero es que estoy preocupada, aún no dan con el paradero del pequeño Sam.

Padre ha tenido que convencer al señor Startclyde de que se quede en el pueblo porque es el único doctor, propiamente dicho, que tenemos.

En cuanto Startclyde se enteró que había sido West quien atacó el coche donde iban Mary y Sam, quiso unirse al convoy de búsqueda del nigromante. ..

«Nigromante». El agotamiento llegó de súbito, abrumador, y Mary no volvió a oír nada más.

—Tres días, y aún nada. Deberíamos recurrir de nuevo a Val.

—Tranquila, querida, aún respira.

—Richard, ¿qué le diré cuándo despierte? Mi hermano y su esposa nunca le hablaron sobre…, ya sabes. Mary observó todo lo ocurrido, incluidas las armas que portaban Andrew y su grupo. Habrá preguntas, seguramente, sobre todo por el paradero de su hermano. ¿Qué le diré entonces?

—La verdad.

—Pero…

—Es la única manera. En River Town no hay lugar para los secretos, y es imposible que le ocultemos la verdad a Mary si a partir de ahora va vivir con nosotros.

Michael cometió un terrible error al esconderle su naturaleza.

No podremos engañarla a ella y a su hermano como lo hicieron sus padres.

Michael debió de hacerme caso cuando le dije que tendría que contarles la verdad algún día.

—Y ahora Michael y su esposa están muertos, Richard. Ya nada más importa...

Oscuridad. Solo había oscuridad en aquella larguísima caída al vacío. Después, estalló la luz.

Entonces despertó. El fulgor era incandescente, intenso, lastimoso para sus ojos acostumbrados a la penumbra de sus párpados.

Tuvo que mantenerlos entrecerrados hasta que se aclimataron a la luz.

Sentía un sabor salado en la boca. Se escudriñó los ojos para eliminar las lagañas.

Cuando intentó incorporarse el cuerpo entero le flaqueó.

Parpadeó. El brillo cesó, y pudo contemplar su entorno.

Por un momento olvidó dónde estaba, luego lo recordó. La mansión Katterblack.

—Una pesadilla, ¿eh? —dijo una voz femenina.

Mary se sobresaltó y giró la cabeza.

Una chica se hallaba sentada en el pequeño sillón junto a la cama.

Era menuda, con un rostro de proporciones perfectas como el de las muñecas que había recibido en Nochebuena en lo que parecía hace una eternidad a Mary.

Supuso que debía tratarse de la menor de sus primos Katterblack.

Su hermoso cabello castaño claro hacía juego con el color de sus finas cejas; su nariz era pequeña y respingona; sus mejillas rosadas sobre el blanco de su piel, aunque aquello parecía producto de la situación en la que se encontraba; y ojos de un azul intenso brillaban alegremente.

Lucía un sencillo vestido color rosa pálido con encaje en los hombros y en el cuello.

—No te vi, lo siento —se disculpó Mary. Notó su propia voz áspera.

—No lo sientas. —La chica sonrió—. Es mi culpa; no debí entrar de esta manera a tu habitación. Y mucho menos tomarme el atrevimiento de abrir las cortinas.

—¿Tú... ?

—Soy Elise. —Había supuesto bien, pensó Mary; sabía que la menor de sus primos Katterblack se llamaba así—.

Céline y mi madre se reunirán con nosotras en un momento.

Presentí que despertarías hoy. He pasado toda la mañana aquí, sentada.

Imaginé que estarías un poco desorientada al recobrar la consciencia. Han pasado cinco días.

—Cinco días —murmuró Mary. No acababa de creérselo.

—Sí.

Mary pensó que era raro. Se miró de arriba abajo.

No se sentía terriblemente hambrienta tras cinco días de profundo sueño, ni mucho menos.

Además… no estaban sus heridas. Ahogó un grito.

Entonces lo recordó todo: el carruaje volcado, el cochero aplastado, el hombre de la cicatriz y la fría mirada de la señorita Green; las capas verdes; los caballos negros huyendo, encabritados; los grandes ojos de su hermano. ¡Sam!

Esta vez no se pudo contener, y gritó. Desesperada y afligida, apartó el amasijo de sábanas.

Su hermano. Tenía que encontrar a su hermano.

Todo era confuso. Elise se levantó, fue hasta ella y la tomó por los brazos.

Mary halló su mirada. Comenzó a sollozar mientras ladeaba la cabeza de un lado a otro. Solo veía sombras por doquier.

—¿Dónde está Sam? —preguntó con desesperación.

—Mary..., ¿no recuerdas lo que pasó?

Mary permaneció quieta, cavilando. Sus recuerdos estaban fragmentados como cristales, esparcidos en un rincón oscuro y vacío de su mente.

Su corazón latía rápidamente. Solo recordaba la última mirada de su hermano.

Respiró profundo. Alzó la vista. Elise la observaba como si sintiera la misma agitación, y pese a ello, aún mantenía la calma.

—Yo… —empezó Mary .

—Ven. Siéntate. —Elise la tomó amablemente por los brazos y la instó a sentarse en la cama.

Mientras lo hacían, Mary estudió con más atención la habitación, su amplitud; la armonía de los colores crema y blanco; el brillo blanquecino de la mañana atravesando las elevadas ventanas.

El techo, Dios… Mary no había visto un raso tan hermoso como ese, pintado con los colores del cielo diurno: un azul claro hacía de fondo a pomposas nubes blancas—.

Sé que tienes muchas preguntas y que quieres ir a por tu hermano, pero. ..

—Se lo ha llevado —susurró Mary.

—Entonces sí lo recuerdas. —No era una pregunta; Mary lo notó por su tono, dulce como la voz de una niña—. Padre me advirtió que no te dijera nada, que él te explicaría todo cuando despertaras.

—Explicar ¿qué? —soltó Mary.

—Lo que ocurrió.

—Yo sé lo que ocurrió.

Elise alzó ligeramente una ceja.

—¿Ah, sí?

Una vocecita en su cabeza le hizo esa misma pregunta, y, asimismo, cuánto recordaba.

La fría e impasible mirada de la señorita Green seguía clavada muy adentro de ella, en su corazón.

Luego el rostro desfigurado del hombre, cuyo nombre no recordaba.

Hubo un destello, y del bosque aparecieron las capas verdes con…

con armas llenas de luz propia. La salvaron a ella y a su hermano.

Pero el hombre de la cicatriz… Zumbó una flecha…

Mary parpadeó. Contrajo el rostro cuando el dolor hendió su cabeza.

—¿Estás bien? —le preguntó Elise.

Mary la miró y asintió.

—¿Qué eran? —preguntó—. Sus armas, quiero decir. Brillaban .

Elise abrió la boca, y luego la cerró. Se levantó y le dio la espalda.

Por un momento Mary pensó que su prima se arrojaría por la ventana, atravesando el cristal, por la manera tan decidida con la que avanzó hacia ella.

No lo hizo, gracias a Dios. Mary se tragó su corazón de vuelta cuando Elise se detuvo.

—Padre dijo que no dijéramos nada. —Elise seguía dándole la espalda—.

Que él te lo diría llegado el momento. No sé por qué.

Tal vez no quiere que te asustes. —Hablaba con nerviosismo, sensación que compartió a Mary.

«¿De qué está hablando?», pensó ésta—. Le he dicho que podría mostrarte el Arsenal y explicarte lo demás con ayuda de la Enciclopedia de las Crónicas de la Luz y la Oscuridad.

Pero se negó. —Agitó las manos mientras se movía de un lado a otro, eufórica—.

Es que mi padre parece haber olvidado que aquí. ..

Las puertas se abrieron de par a par, resonando.

—Oh, Mary, ¡has despertado!

Mary no había visto a su tía desde que tenía seis años, pero la reconoció en seguida.

La mujer que entró por la puerta y avanzó hacia ella de prisa y corriendo; la seguía una joven que debía ser la prima Céline.

Mary se había puesto en pie. La tía Alice la abrazó afectuosamente.

A Mary se le anegaron los ojos, y no pudo evitar pensar que ojalá Sam estuviera allí con ella en ese momento.

Alice se apartó y la examinó de arriba abajo.

—Eres toda una señorita —dijo en tono alegre—.

¿Qué edad tenías la última vez que te vi, cinco, seis?

No importa. Estás aquí, y eres idéntica a tu madre.

—Su voz se tornó triste—. Oh…, lamento lo que ocurrió con ellos.

No sabíamos, de verdad que no. Richard envió una carta a Boston.

Nadie respondió. Más tarde, uno de sus contactos investigó al respecto y nos informó de la muerte de Sylvia y Michael .

—¿No sabían que veníamos? —inquirió Mary, anonadada.

—Ni siquiera sabíamos que tus padres habían muerto.

—Asesinados —corrigió Mary.

Alice abrió mucho los ojos. Tenía el mismo cabello castaño oscuro que su hermano; hoyuelos que se formaban en sus mejillas al sonreír; un largo y esbelto cuello, y una manera grácil de mover las manos al andar.

Alice Cartwright-Katterblack era mayor que su padre, aunque la diferencia de edad parecía casi inexistente; no había una sola arruga o línea en su perfecto rostro de tez clara.

Sus ojos eran color jengibre, lo que quizás fuera el único rasgo que la diferenciaba de su hermano, que en vida tuvo ojos verdes como el pasto en primavera.

Mary había heredado esos ojos verdes. «Verdes como el pasto en primavera», o al menos esas habían sido las palabras que pronunció su padre en una ocasión para elogiarlos.