Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 1. Las capas verdes #4
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1. Las capas verdes #4

Después sobrevino un largo silencio. Mary se llevó las manos a la cara y, por fin, empezó a llorar.

Escuchó cascos de caballos que se acercaban al cabo de una corta eternidad.

Apenas les prestó atención. Estaba hecha trizas.

Sentía como si alguien le hubiese atravesado el corazón con un trozo de cristal.

Le costaba respirar. Lloraba. ¿Qué más podía hacer?

Alguien puso una mano en su hombro y se sobresaltó .

—¿Estás bien?

Era la voz de una joven. Mary, al volverse, la vio de pie a su espalda. También iba ataviada con una capa de oscuro verde, aunque no tenía puesta la capucha. La melena dorada le surcaba el rostro tan blanco como el de un fantasma. Mary se echó para atrás como una criatura aterrada.

—No tengas miedo —murmuró la joven. Mary se fijó que llevaba un arco en la mano; de la espalda le asomaban puntas de flechas, que a pie enjuto llevaba en un carcaj—. No te haremos daño.

«¿Cómo sé si es cierto?», pensó Mary. Luego reparó en que los jóvenes que se habían enfrentado a Mahlon West y a sus hombres estaban requisando a los cadáveres.

—¿A-Adónde ha ido? —preguntó Mary con voz febril.

—No lo sé —respondió la muchacha—. No muy lejos; aunque sí lo suficiente para escapar de nosotros. Los de su clase no tienen la capacidad de trasladarse a lugares tan distantes como ellos quisieran.

«¿Los de su clase?»

—¿Cómo pudo esfumarse de esa forma? ¿Quién, o qué, era ese hombre? ¿Adónde se ha llevado a Sam? —Las preguntas salieron como un torrente de la boca de Mary.

La joven arquera curvó los labios y alzó las cejas. Como si no le hubiesen hecho esas preguntas antes.

—Oh —dijo por fin—. No sabes lo que eran Mahlon y sus secuaces.

—Por su tono, Mary supo que no era una pregunta—.

Y tampoco lo que era la mujer. —Volvió los ojos hacia el cuerpo de la señorita Green, con la flecha en el cuello y los ojos abiertos carentes de vida—.

Bueno, tarde o temprano lo sabrás. En River Town no hay lugar para los secretos, eso dicen .

Mary intentó incorporarse, pese a lo aturdida que estaba. Casi resbaló hacia atrás, pero la otra muchacha la tomó a tiempo por la mano.

—¿Quiénes son? —preguntó Mary.

—Mi nombre es Abigail —contestó la arquera—.

Y ellos son mis… compañeros. —Los fue señalando con un movimiento de mentón a medida que los iba nombrando—.

Él es Lloyd. —Se refería al muchacho que estaba requisando el cuerpo de uno de los hombres de Mahlon—.

Ése es Ulises. —Apuntó al chico, el más joven del grupo, que inspeccionaba el cadáver del cochero y el coche volcado.

Como si intentase determinar cómo habían terminado Mary y su hermano en aquella espantosa situación—. Y ése de ahí es mi hermano…

En aquel instante el caballo negro relinchó y se elevó sobre los cuartos traseros como había hecho antes de salir huyendo al bosque. El joven de cabello dorado que había luchado contra Mahlon West trataba de sosegar al alterado animal que tomaba por las correas.

—Abby, ¿podrías ayudarme?

El caballo no dejaba de moverse; intranquilo, quizás. Asustado. Como Mary, parecía querer salir corriendo de allí cuanto antes.

La aludida se volvió hacia a Mary y le dedicó una sonrisa amable, que en otro momento la hubiese confortado.

—¡Abby! —insistió el joven.

La muchacha soltó un resoplido y acudió a su hermano. Prácticamente le arrebató las riendas de las manos y comenzó a acariciar el largo semblante del caballo, susurrando frases tranquilizadoras. Al cabo, el animal se apaciguó.

—Excelente puntería, Abby —decía el que estaba cerca del carruaje. Ulises—. Aunque yo esperaba que le dieras a Mahlon West .

—Bueno, lo cierto es que ella acabó con más subordinados que tú —comentó otro en tono de broma. Lloyd, si mal no recordaba Mary—. Sin contar a la mujer.

—Además, mi hermana te salvó el pellejo —dijo el hermano de Abigail, cuyo nombre Mary aún desconocía—.

Otra vez. —Entonces, éste volcó su atención en ella.

El muchacho, con el rostro cubierto por las sombras de la noche, tenía profundos ojos azules y brillante cabello dorado como el de su hermana.

Eran los dos únicos rasgos que Mary podía distinguir en ese momento.

El joven avanzó hacia ella, lento pero decidido.

Mary reculó al instante.

—¿Qué…? —empezó a decir, pero él ya estaba demasiado cerca.

—Estás herida —dijo el hermano de Abigail, y estiró el brazo hacia el rostro de Mary.

Mary sintió un pinchazo en la ceja cuando él la tocó.

—¡Ay!

—Te has cortado en…

—No importa —lo interrumpió Mary—. Mi hermano. Se lo ha llevado.

—Lo sé.

—Debemos ir al pueblo, buscar ayuda y enviar a que recojan los cuerpos y todo el desastre antes de mañana —repuso Abby, que se había subido al espinazo del caballo negro—. Aquí no hay nada más que hacer.

El hermano de Abigail se volvió hacia Mary.

—Pero ¿y mi hermano? —empezó a decir ésta.

—Buscaremos a tu hermano —le aseguró el joven—, pero antes debemos llevarte a la mansión Katterblack para que te curen esas heridas.

—Se inclinó y le subió la falda a Mary hasta las rodillas.

Ella, absorta, lo apartó con un fuerte ademán y le propinó una bofetada.

Hubo un instante de conmoción. Después, Abigail y los demás rompieron en carcajadas.

—Te lo has ganado, Andrew —se burló Lloyd entre risas.

—También te has raspado las rodillas —indicó el aludido, con una mueca dolorida, mientras se frotaba la mejilla abofeteada.

—Lo siento, no quise… —intentó disculparse Mary. De repente se sintió inmensamente mareada, exhausta, aturdida.

—Descuida. Lloyd tiene razón.

Andrew sonrió, y esa fue la última imagen que conservó Mary antes de desvanecerse en sus brazos.