Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 1. Las capas verdes #3
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1. Las capas verdes #3

El hombre que estaba sobre la montura junto a la señorita Green, bajó dando un bote. Mary atrajo a su hermano hacia ella. No le harían daño mientras ella estuviera con vida. Sin embargo, recordó, Green había dicho que sólo la querían a ella. Entonces ¿qué planeaban hacer con Sam?

El hombre avanzó dos pasos hacia ellos antes de parar y bajarse la capucha.

—Mahlon West —dijo, y rió; una carcajada breve, ácida—.

Ese es mi nombre. —Su rostro era gris y afilado.

Una mata negra como el petróleo le crecía de la cabeza.

Sus ojos tenían el mismo tono oscuro; sus labios eran del color de una magulladura.

Una cicatriz blanca le cruzaba un lado del rostro, desde la frente, pasando por su ojo (que tenía cubierto con un parche de cuero negro), hasta la comisura del labio.

Vestía ropas negras de los pies a la cabeza, como todo su convoy: una capa pesada, un jubón, guantes y botas de cuero.

Era como una pesadilla. Mary se fijó que también iba armado.

Pero no con una pistola o algo parecido.

De su espalda parecían sobresalir los extremos de un par de… ¿espadas?

¿Quiénes eran estos hombres?

El líder, que decía llamarse Mahlon West, volvió a reír .

—No tengas miedo, preciosa —dijo—. No te haré daño; ni a ti ni a tu hermano.

—¿Qué quieres? —le preguntó Mary, que, con ayuda de su hermano, había conseguido adoptar una postura erguida, lo más parecido a sentarse.

La gruesa tela del vestido se le había desgarrado en un costado, y también había perdido un hombro de la fina blusa de lino; estaba sucia, cubierta de tierra y sangre.

Mechones de cabello negro le surcaban el rostro, encrespados cual nido de pájaros—. ¿Qué…?

—Si vienes con nosotros por propia voluntad, preciosa, tú y tu hermano no serán lastimados —aseguró West, y dio un paso más hacia ellos—. ¿Vendrás con nosotros?

—¿Adónde nos llevarán?

El hombre rió.

—Con tu…

Se oyó un zumbido. Absorto, Mahlon se volvió.

Mary también, alzando pesarosamente la vista, observó cómo una flecha había atravesado la capucha de uno de los hombres a caballo.

Éste cayó inerte al suelo. Su montura se alzó en los cuartos traseros, encabritada, antes de salir huyendo hacia el bosque.

Mahlon tenía una expresión de horror en el rostro.

Con decisión, dio otro paso hacia los hermanos.

Sam se liberó del agarre de Mary y se interpuso entre su hermana y el hombre de la cicatriz, envalentonado como solo un chico de su edad podía estarlo en esa situación.

—¡No, aléjate! —espetó, privado de miedo, y apuntándolo con un dedo—. ¡Aléjate!

Algo —no la advertencia del niño— detuvo a Mahlon West antes de seguir avanzando.

Una flecha apareció en su hombro. El hombre bramó.

Varias sombras encapuchadas comenzaron a salir del bosque, blandiendo armas brillantes y profiriendo rugidos de guerra.

Mary temió que también fueran parte del convoy de West. Qué tonta.

Claro que no. Uno de los recién llegados cargó contra el subordinado de Mahlon que había sacado a Sam del carruaje. Empuñaba una especie de espada o sable.

La escena resultaba confusa. Estaban batallando.

La espada que alzaba y hendía dejaba una estela blanquecina que parecía surgir de la misma hoja.

Mary lo contempló estupefacta. El otro subordinado de Mahlon, que había bajado de su montura, también contendía contra otro de las capas verdes.

Sí, eran verdes, no negras como Mary se había fijado a primera instancia; lo supo cuando la luz de sus espadas las bañó.

El verde de sus capas era tan profuso como el bosque que flanqueaba el camino.

Mary reparó en la postura y el gesto en el rostro de Leila Green: parecía levemente consternada.

Y sorprendida, sí. En otras circunstancias Mary se habría reído.

Mahlon gritó, furioso. Se arrancó la flecha del hombro como quien se quita una pequeña espina del dedo.

Luego se cuadró de hombros, extendió sus brazos hacia atrás y extrajo las dos espadas que Mary le había visto antes.

Ella sintió un estremecimiento al oír el siseo que emitió el metal al contacto con el frío aire.

El ojo del hombre de la cicatriz brillaba de forma animal.

Sam cayó hacia atrás cuando Mahlon pasó precipitado junto a él, antes de abalanzarse hacia uno de las capas verdes.

Ellos eran tres, o al menos esa fue la cantidad que contó Mary fugazmente.

Sam fue hasta ella, trepando hacia atrás, y se resguardó a su lado.

Absortos, siguieron observando la contienda.

En aquel momento, uno de los subordinados de Mahlon hizo caer a uno de las capas verdes, que se arrastraba hacia atrás con los codos.

Había perdido su espada brillante, advirtió Mary; e intentaba alcanzarla.

La chica no creía que lograse llegar a ella a tiempo; pues el hombre de negro estaba levantando su arma para darle la estocada mortal…

Una estrella brillante zumbó hacia el subordinado de West, que se dobló hacia atrás.

Una flecha, tal parecía salida de la nada, le había dado.

Seguramente eran más de tres, pensó Mary.

El chico de la capa verde —porque ya no llevaba la capucha puesta y Mary podía ver su pálido rostro— dio con su espada brillante y la blandió contra su adversario.

Lo atravesó por el pecho. A Mary, incomprensiblemente, le pareció hermoso ver como la hoja fulgurante le brotaba por la espalda.

—Sabía que Greystar había puesto oteadores en el camino del bosque —declaró Mahlon, del otro lado, combatiendo con otro de las capas verdes.

También era un chico, advirtió Mary, cuando la luz de su propia arma le iluminó el rostro brevemente—.

No creí que fueran tan jóvenes. —El hecho de que lo fuesen parecía divertir a Mahlon.

Quizá pensaba que por ello tenía ventajas—.

Si alguno de ustedes sobrevive, díganle a Startclyde que he regresado —rugió. Y cargó contra su adversario.

«No es justo —pensó Mary—. Mahlon está armado con dos espadas». Casi sentía compasión por el joven adversario que se enfrentaba a West. Aquella compasión duró poco al vislumbrar la asombrosa destreza con la que aquel muchacho esgrimía su única espada brillante.

Mary todavía se sentía dolorida por el accidente de coche.

Se miró los codos, con la piel pelada como una mandarina, y roja, y arrugó el rostro de dolor.

Samuel estaba a su lado, temblando, mirando todo con fascinación y miedo.

Él también se había desgarrado la ropa, y tenía las mejillas llenas de tierra y lágrimas.

Los caballos negros que montaban Mahlon y sus hombres se movían inquietos.

La señorita Green le lanzó una mirada que le heló la sangre.

Luego oyó un siseó insufrible. Otro de los hombres de Mahlon había caído por uno de las capas verdes.

En aquel instante, cuando Mary volvió la vista, el subordinado de West se desplomaba en el suelo en dos partes: primero la cabeza, luego el cuerpo.

Mary apretó a su hermano contra sí y le tapó los ojos con la mano al tiempo que, del cuello cercenado, comenzaba borbotar un basto chorro de sangre. Ella sintió nauseas.

—Ríndete, West. Todos tus hombres han caído.

El muchacho que combatía contra Mahlon se bajó la capucha.

Los tres de capas verdes y espadas brillantes rodeaban a West, que más parecía divertido que preocupado por su desventajosa situación; Mary lo notaba en la soltura de sus hombros, el brillo frío de su ojo y el terrible gesto de su boca esbozando una sonrisa amplia y sanguinaria.

—Treddaway —dijo Mahlon West—. Aquellos rasgos fieros y bellos son inconfundibles; ya he matado a Treddaways antes.

—Cierra la boca —increpó el muchacho. Alzó la espada centelleante como advertencia.

Mahlon no se amilanó; carcajeó a viva voz sin bajar la guardia. Después, lentamente, se volvió hacia Mary y Sam y les clavó su fría mirada.

—Cógelo, Leila.

Mary apenas tuvo tiempo de reaccionar. La señorita Green estaba justo detrás de ellos; nadie la vio acercárseles.

Tomó a Sam por el cuello y lo izó, apartándolo de su hermana.

Ésta gritó y se levantó. Leila la abofeteó y Mary cayó de nuevo al suelo, con la mejilla entumecida.

Aunque la vista se le nubló, logró advertir que Green le puso una daga en el cuello a su hermano .

—Si se acercan, ella lo matará —advirtió West—. El niño y la muchacha pertenecen a la familia de Katterblack. —Sonrió—. Y no querrán que los Katterblack sufran tan terrible pérdida, ¿verdad?

Mary contempló, con gran desilusión, cómo los muchachos ataviados con capas verdes bajaban sus armas, que parecieron perder su luz, tal como Mary la esperanza de salir sanos y a salvo de aquella situación…

Y, de súbito, otra flecha salió de la nada y alcanzó el cuello de Leila.

Leila soltó el puñal y llevó las manos al asta de la flecha (por un momento Mary temió que se la arrancara como había visto a West hacer antes), sangre escarlata surgía de entre sus dedos.

Pálida y atónita, se desplomó. Aún tenía los ojos abiertos.

—¡Sam! —gritó Mary.

Su hermano, que había contemplado sórdidamente el deceso de la señorita Green, pareció despertar de un sueño.

Parpadeó y la miró. Sus grandes y brillosos ojos jade le recordaron la última mirada de su madre, una mirada que evocaba una despedida aunque no lo fuera.

Mary estiró sus brazos y Sam echó a correr hacia ella…

Pero Mahlon se adelantó y se arrojó sobre el chico.

Lo siguiente que vio Mary fue como una nube negra de hollín y ceniza se tragaba tanto al hombre de la cicatriz como a su hermano.

—¡NOOOOOOOOOO! —chilló Mary.