Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 1. Las capas verdes #2
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1. Las capas verdes #2

Su hermano apenas tenía nueve años, pero ¡vaya que era muy avispado!

De los dos, él era más parecido a su padre, aunque ambos habían heredado de éste su oscuro cabello, el mismo perfil y los labios carnosos.

Sam, sin embargo, tenía los mismos ojos color jade que su madre (y que la señorita Green).

Su sonrisa era fácil de extraer, como si viera elfos voladores, de los que tanto su madre les habló, jugueteando alrededor de él casi constantemente, y Mary no lograse verlos.

Sam no había reído con la misma luz que antes desde que supo de la muerte de sus padres.

Mary había tenido que darle la noticia, y en la vida sintió un dolor tan grande en el corazón como aquel al ver el rostro de su hermano después de articular las palabras: «Se han ido para siempre».

Mary ladeó la cabeza. Miró por la ventana, la misma por la que observaba su hermano.

Se fijó que comenzaban a transitar un camino flanqueado de árboles y postes con lámparas de gas relumbrando.

También se fijó que el coche no traqueteaba como hace un instante; más bien, parecía deslizarse.

Un escalofrío la recorrió al divisar la opacidad que había más allá de los centinelas.

—Estamos cerca —indicó la señorita Green.

Seguramente había echado un vistazo con el rabillo del ojo, pues, cuando Mary se volvió hacia ella, la mujer seguía insertando la aguja en la tela y jalando el hilo dorado, culminando la última «k» del apellido Katterblack—.

He terminado —anunció. Suspiró, cortó el hilo con una tijera punta roma de metal y luego lo dejó todo en un estuche de mimbre tejido.

No contempló su trabajo finalizado ni dejó que Mary lo viera.

Exhaló hondo y se inclinó hacia atrás con los ojos cerrados.

Mary continuó observando el bosque, el mismo que su hermano. Lo oyó reír.

—¿Qué sucede?

Sam se volvió.

—No vas a creer lo que he visto —dijo.

—Vamos, dime.

—La verdad no sé lo que era. —Sam volvió la vista con el ceño fruncido—. Era como un... elfo, creo.

Mary sonrió. Su hermano tenía razón: no le creyó.

A lo mejor era una señal de que todo cambiaría en el nuevo hogar que los aguardaba.

La esperanzó más al oír la risa de su hermano.

Hacía mucho que no lo escuchaba sonreír de esa forma, aunque solo fuese por una absurda ilusión de su mente infantil.

Mary se volvió, y vio que la señorita Green estaba muy erguida, dándoles la espalda, observando por la otra ventana.

—Yo también los veo —afirmó, y dejó ulular una risita—. En el bosque.

Mary plegó el ceño, suspicaz. Se acercó a la ventana por la que miraba su hermano.

Súbitamente, ambos se sobresaltaron cuando vieron pasar un par de sombras veloces al lado del coche, y adelantándolo.

Mary ahogó un grito, llevándose las manos a la boca.

Sam dio un bote hacia atrás, cerrando el pesado cortinaje que cubría la ventanilla.

No eran solo sombras, se dijo Mary, presa del pánico.

Eran —logró distinguir antes de que su hermano cerrara la cortina— al menos tres hombres de negro cabalgando monturas también negras.

Mary temió lo peor, temió que fueran asaltantes.

Con suerte, pasarían de largo. Eso esperaba.

—¿Qué sucede? —La señorita Green miraba a los hermanos con ojos ligeramente crispados y brillantes. Era evidente que no había visto lo que ellos sí.

De pronto, el coche se tambaleó violentamente, arrojando a los pasajeros a todas direcciones.

Mary se lanzó hacia su hermano para resguardarlo con su cuerpo.

Por un instante, mientras aferraba a Sam entre sus brazos, le pareció que el carruaje patinaba sobre el camino de tierra, inclinándose hacia adelante, como si hubiese perdido una —o dos— de las ruedas frontales.

Después oyeron un estruendo espantoso, como si el suelo se resquebrajara, y el mundo entero, con él.

Por último, Mary escuchó el grito de un hombre. Luego, nada. Nada, salvo los fuertes latidos de su corazón. Y así fue por lo que pareció una eternidad .

Sam estaba sollozando entre sus brazos. El interior del coche había quedado sumido en la completa oscuridad. En ella, alguien se movió. La señorita Green. Parecía que intentaba salir de allí.

—¿Adónde vas? —inquirió Mary, estirando la mano para tomar la de Green e impedir que cometiera una locura.

La mujer hizo un ademán brusco y, sin mediar palabras, se liberó del agarre de Mary. Abrió la puerta maltrecha, y su silueta, negra sobre el opaco azul del atardecer, se dibujó tenebrosamente ante los hermanos. La mano de la señorita Green estaba helada justo antes de soltarla.

—Lo siento, Mary —murmuró ésta, y emergió.

Al cerrar la puerta, Mary y su hermano fueron engullidos de nuevo por la oscuridad.

El sollozo de Sam, bajo y contenido contra su pecho, empezaba a disminuir.

Ella, por otro lado, sentía una terrible jaqueca, producto del golpe que recibió en la cabeza con el pomo metálico de la puerta.

Ambos temblaban; Mary no sabría decir si era por miedo, por frío, o por consternación.

Quizás las tres. ¿Qué acababa de suceder? ¿A dónde había ido la señorita Green?

Entonces escuchó voces.

—¿Dónde está la muchacha? —preguntó una voz fría como el hielo. Era de un hombre; Mary estaba segura.

—Adentro —replicó otra voz. Mary reconocería a la señorita Green donde fuera—, con el chico.

—Bien. Tráiganla —ordenó la voz anterior.

Un instante después, la puerta del coche se abrió de nuevo.

Una luz azulada se vertió al interior: luz de la noche.

Como en una pesadilla, una silueta oscura se superpuso ante aquel haz nocturno y extendió sus garras hacia dentro.

Mary gritó. Un par de manos —no garras — la tomaron por la cabellera y la izaron hacia fuera.

Sam intentó aferrarla, pero al final se agazapó en un rincón del maltrecho carruaje.

Mary emergió del coche, eufórica y lanzando puntapiés al aire como poseída.

Su corazón latía desbocado. Veía todo borroso, y notaba el sabor de la sangre en su boca.

Y, Dios, le dolía terriblemente la cabeza.

La arrojaron al suelo de tierra. Se afincó en un codo, y se irguió de lado, para ver a sus atacantes.

No eran tres, como había visto antes. Eran al menos cinco.

Tres de ellos aún sobre sus monturas, y dos a pie cumpliendo las órdenes del que iba a la cabeza.

Allí estaba Leila… Sí, ése era su nombre, recordó Mary de pronto. Leila Green.

—Señorita… —Mary la miró suplicante, desde el piso, alzando febrilmente una mano hacia ella.

La señorita Green la soslayó con indiferencia. Estaba sentada a espaldas del hombre encapuchado que daba las órdenes. Éste meneó la cabeza.

—Traigan al chico también.

—¡No! —gritó Mary.

Ésta divisó cómo los otros dos hombres encapuchados se metían a medio cuerpo en el coche volcado; quiso ponerse de pie, pero estaba débil y aporreada.

Uno de los hombres que intentaba sacar a su hermano, se apartó del carruaje profiriendo un rugido bestial que hizo eco en el bosque.

Todos miraron. Con horror, Mary se fijó que tenía unas tijeras clavadas en la cuenca del ojo derecho.

El rufián perdió el equilibrio mientras pugnaba con el objeto en su ojo, y cayó hacia atrás, retorciéndose de dolor como un gusano.

Para cuando quedó inerte, el otro ya había conseguido sacar a Sam del coche. Sam, con aparente mejor estado que su hermana, echó a correr hacia ella y se arrojó al suelo a su lado .

—Qué imagen más enternecedora —soltó el hombre que daba las órdenes. Tras él, la señorita Green seguía impasible, distante, como una estatua de mármol—. Leila, qué criaturas más tiernas las que me has traído.

—A ti no, cariño. No son tuyos.

—Cierto. Qué lástima.

—Darkling sólo quiere a la muchacha.

—Y el chico ha resultado ser todo un diablillo —comentó, risueño y sombrío—. Ha asesinado a mi subordinado con unas tijeras. Vaya, vaya. —Se echó a reír—. ¿Eran tuyas, cariño? Las tijeras.

—Sí. Estaba haciendo un obsequio para el señor Katterblack.

—La mirada jade de la señorita Green estaba clavada en Mary y en el niño, como si no los conociera, como si no los hubiera cargado en sus brazos cuando éstos no eran más que unos críos, o no los hubiera cuidado en los últimos meses tras la muerte de sus padres.

¿Quién era aquella mujer? ¿Qué había pasado con la dulce señorita Green?

Sam tenía el rostro salpicado de lágrimas, y gotitas de sangre, pero más allá no daba muestras de haber llorado o querer hacerlo.

Mary no había tenido tiempo de sollozar.

Todo seguía dando vueltas en su cabeza. Estaban a mitad de un camino que atravesaba el bosque; los árboles se erguían a los lados, altos y sombríos como centinelas.

También estaban los postes de luz que alguien se había molestado en encender antes del desastre como por arte de magia.

La noche se cernía ante ellos, oscura, sin rastro de estrellas o de la luna.

El carruaje volcado y destrozado estaba a poco menos de tres metros de Mary y su hermano; el cochero, sobre un reguero de sangre, yacía aplastado bajo la única rueda frontal.

La sangre salpicaba su ropa a la altura de la cintura, como si la rueda lo hubiese seccionado a la mitad.

Mary, despavorida, ahogó un gemido. Recordó, de pronto, haber escuchado el grito del pobre hombre mientras era arrollado y destripado, y dominó un estremecimiento.

Entonces puso su atención en quienes lo causaron. Estos vestían de negro de la cabeza a los pies. Capas negras les hondeaban a la espalda con movimientos fantasmales, sus rostros ocultos en las sombras de las capuchas parecían las fauces de un lobo. También eran negras sus monturas.