1. Las capas verdes
LAS CAPAS VERDES
—¿Cuándo llegaremos?
Mary, recostada y con la vista al frente, le dirigió a su hermano una mirada airada.
—No falta mucho.
—Me has dicho lo mismo las últimas seis horas.
—Bueno, si me hicieras otra clase de pregunta yo te respondería algo distinto, ¿no crees?
Marchaban en carruaje. El constante traqueteo de las ruedas sobre el abrupto suelo de tierra ya era razón suficientemente insoportable para que Mary se sintiera bastante impacientada por el largo viaje.
No tenía ánimo de escuchar al quejica de su hermano, que no hacía más que preguntar «cuándo llegarían» cada tanto.
Mary le había respondido de buena gana, siempre apretando los labios y exhalando pausadamente antes de darle la misma respuesta una y otra vez.
No quería recibir otra regañina de la señorita Green.
Ésta la había observado de reojo para asegurarse de que no le hiciera una mueca despectiva al chico antes de volver la atención a su costura.
Mirar cómo la señorita Green bordaba sus pañuelos había sido el único entretenimiento que había tenido en las últimas tres horas, tras hacer una breve parada en un pueblo medio abandonado llamado Collin’s Meadow .
Mary fijó su atención en el sombrío panorama que proveía la ventana a su lado.
Oscurecía. Una atmósfera opaca se cernía sobre el campo que estaban atravesando en aquel momento.
Arriba, el cielo exhibía un azul deslucido —no del todo oscuro, no del todo azul— con un rastro de nubes amarillas con bordes fucsia brillantes.
Un conjunto de aves negro a contra luz lo surcaba en una alineación con la forma de una flecha que parecía apuntar hacia el mismo destino que ellos iban.
Mary suspiró. El fucsia de las nubes le trajo recuerdos de las historias que solía contarle su madre.
De niña, su madre le había contado sobre un reino mágico de cielo rosa y fastuosas nubes blancas como algodón; tenía, además, un bosque habitado por criaturas fantásticas, y un bellísimo paraje, llamado Myur, que limitaba con cinco de los nueve reinos que conformaban aquel mundo de fantasía…
, donde el tiempo avanzaba lentamente, y sus habitantes eran seres casi inmortales. El Reino de Escarcha.
Mary se preguntó si su nuevo hogar sería tan vistoso como aquel del que versaban las historias de su madre.
Recordó el brillo en su mirada y el tono de su voz cuando le contaba sobre el Reino de Escarcha (como si hubiera estado allí, pensándolo ahora), y entonces había creído posible su existencia.
«Solo son cuentos. El Reino de Escarcha no existe —se decía así misma después, pero nunca en voz alta.
No quería romper las ilusiones de Sam, que sí los había creído y le había rogado a su madre que lo llevara allí algún día—.
Pobre. Cuando sea mayor, como yo, descubrirá por cuenta propia que aquel Reino y la magia no existen».
Sam, sentado frente a ella, profirió un largo suspiro y volvió la vista a la ventana.
Su pequeño e inocente hermano, que no le prestaba atención.
Mary intentaba no ser dura con él la mayor parte del tiempo, o demasiado severa, mucho menos después de perder a sus padres.
Este era el doloroso motivo que los llevaba hacia aquel pueblo del que apenas había escuchado. Su nuevo hogar.
River Town.
Allí vivía la tía Alice, hermana de su padre, que se había casado con uno de los hombres más adinerados del estado de Georgia, según la señorita Green, al que le había dado tres vástagos.
La última vez que Mary vio a sus parientes lejanos fue hace diez años.
Sam ni siquiera había nacido. Dos de los tres hijos de la tía Alice eran chicas, más o menos de su edad.
Mary se preguntó si ellas serían como las jóvenes de alta sociedad de Boston, que alzaban la nariz y torcían los ojos cuando osabas decir cosas tales como que había asuntos más importantes que buscar marido a los quince años; o cuando con un ademán le quitabas importancia a los típicos chismorreos sobre infidelidades o una concepción fuera del matrimonio, y así.
Con todo, Mary había hecho amistades allí que extrañaría, y aún más, echaría de menos su antigua casa, la vida que dejaba atrás.
—Dime ¿por qué no podemos quedarnos contigo? —le había preguntado Mary a la señorita Green, entre sollozos, en una ocasión.
Green, ante el berrinche, cruzó los brazos sobre el pecho y la miró con profunda decepción.
Era evidente que había esperado que Mary comprendiera mejor la noticia de su partida; que fuera un ejemplo para su pequeño hermano.
En absoluto, entonces, Mary sentía que estuviera actuando de forma equivocada.
Aunque una parte de ella —muy en el fondo— opinaba lo contrario.
Bajó la mirada avergonzada .
—Lo siento —había dicho después—. ¡Pero no es justo!
—Ya no eres una niña, Mary. —La voz de la señorita Green había sonado sumamente dulce, maternal, algo que no había oído en lo que le parecía un siglo—.
En un par de años cumplirás los dieciocho, y Sam necesitará de ti en ausencia de sus padres.
Eres la única familia que le queda, Mary; y sé que es difícil, pero debes ser fuerte por él… y por ti.
«Ojalá fuera tan fácil».
—Quise a tu madre —continuó diciendo Green—.
Mucho. Como una hermana. Tú familia era como la mía propia.
Por esa razón decidí hacerme cargo de ustedes tras su muerte y la de Michael.
No quería dejarlos solos; que se los llevaran a un albergue para huérfanos, y los separaran.
—Le había acariciado la cabellera oscura con dulzura—.
Así que escribí una carta a la única familia que les quedaba.
Los Katterblack. Tu madre me había hablado de ellos, de la hermana de tu padre.
—¡¿Por qué lo hiciste?! —chilló Mary. En aquel momento comprendió que, en efecto, se estaba comportando como una niña de cinco años, y de nuevo bajó la mirada.
—Mira a tu alrededor, Mary. —La señorita Green extendió sus brazos para que ella viera la humilde residencia que habitaban: eran un lugar pequeño, sí, con muebles viejos, descoloridos; paredes húmedas y llenas de filtraciones; ventanas enmohecidas, y un techo carcomido por termitas, al borde del colapso—.
A penas puedo con los expendios. Lo cierto era que tu madre me ayudaba bastante, y esto es lo mejor que puedo ofrecerles a ti y a Sam.
—Es lo que queremos —insistió Mary.
—No, no es así. —Arrugó el ceño y se levantó, indignada—.
La hermana de tu padre está casada con un hombre adinerado, y viven en una mansión en Georgia.
Ella y su esposo han aceptado recibirlos.
Ellos pueden darles una vida agradable, la que merecen y a la que ambos están acostumbrados.
Así tu madre lo hubiese querido; no esto. —Y alzó de nuevo los brazos.
Esa vez, Mary no miró. No hizo falta. Guardó silencio mientras la mujer salía de prisa y corriendo de la sala para que no la viera llorar.
—¿Qué estás bordando? —preguntó Mary a la señorita Green.
Ésta llevó fugazmente la mirada hacia ella, sin dejar de bordar y sonreír.
—Termino un pañuelo para el señor esposo de tu tía —respondió—. Dirás que lo has hecho tú, claro está. Será una forma de agradecerle por… recibirlos en su hogar. Espero haberlo escrito bien. El apellido, quiero decir.
Suspiró.
—Richard es un nombre común —siguió diciendo la señorita Green.
Era una de esas personas que no aparentaban su edad, como la madre de Mary.
Ésta le calculaba a Green unos treinta y tantos (ella no se habría atrevido a preguntárselo; no le parecía correcto ni de buena educación), pero aparentaba cuatro años más que Mary.
Tenía una mata de rizos castaños claros, y grandes ojos color jade que a Mary le recordaban, extrañamente, a su madre.
Tenía un rostro anguloso y labios muy finos, propensos a las sonrisas—. Richard Katterblack.
Mary y su hermano siempre se habían referido a ella como «la señorita Green», y a Green no parecía molestarle.
Ya ni siquiera recordaban su nombre de pila.
Mary conocía a la señorita Green desde que tenía memoria: era una de las amigas más íntimas de su madre —su única amiga, que recordase—, quizás fueron familia, aunque su madre le había dicho que no cuando le preguntó al respecto.
Empero, esos enormes ojos jade que ambas compartían eran desconcertantes…
—Mejor hubieras hecho el pañuelo para la tía Alice —comentó Mary, volviendo la mirada hacia Sam.
Sam guardaba silencio, como pocas veces.
Al parecer estaba absorto contemplando el exterior desde la ventana.
El coche traqueteó. Una fuerte sacudida los zarandeó: Mary dio un bote; la señorita Green se sobresaltó riendo; Sam apenas se inmutó.
Quiso preguntarle si estaba bien. Pero se abstuvo.
Supuso que tal vez pensaba en sus padres muertos y lo mucho que los extrañaba. A ella le pasaba a menudo últimamente.
—¿Crees que tía Alice nos querrá? —oyó decir a su hermano, que seguía con la vista en el interminable campo abierto. El cielo era más oscuro que hace un rato.
Mary pestañó y esbozó una sonrisa.
—Si no nos quisiera, no hubiese aceptado recibirnos en su hogar —dijo ella—. Padre una vez dijo que Alice vivía en un castillo.
—No creo que haya castillos aquí, Mary —dijo Sam, riendo, sin mirarla—. Y con aquí me refiero a América.
—Puede que tengas razón. —«¿Puede?» Como si lo estuviese dudando.