PRÓLOGO. River Town, 1892 #2
—Lo que vamos a hablar sólo nos concierne a nosotros dos —replicó Henry, con un tono de voz firme que su padre se habría sentido orgulloso de él en ese momento, pese a lo que estaba por hacer.
Una ráfaga hendió cruelmente, llevando al interior de la taberna una vaporosa cortina de nieve.
Henry apenas pudo evitar estremecerse de frío (¡por fin lo sentía! ¡Frío, cruel y despiadado frío!).
Sin embargo, los nigromantes ni se alteraron ni se crisparon, solo sus capas se agitaron hacia adelante.
Cateryna Dur sonrió.
—Tienes razón —dijo. Se volvió hacia sus servidores, que seguían con las capuchas puestas y los rostros en la absoluta oscuridad—. Fogrum, Sachwell, aguarden por mí aquí. —Se giró de nuevo hacia Henry—. Esto no tardará demasiado, o al menos eso presumo .
Henry se hizo a un lado y dejó que la mujer entrara antes de cerrar la puerta. El frío también entró.
—Está un poco oscuro aquí —observó Dur con una risita.
—¿Creía que a los nigromantes les gustaba la oscuridad?
—A veces, sí. —Cateryna se quitó la capa y la dejó caer al piso con un movimiento etéreo—. Pero otras veces es aburrida.
—¿Aburrida? —A Henry no le interesaba lo que le resultaba aburrido o no a los nigromantes, pero no quería ser descortés con la mujer cuyo conocimiento dependía el futuro de su descendencia.
Con premura, recogió la capa, la puso en el perchero junto a la puerta, y acompañó a Cateryna hasta la única mesa que tenía una vela en ella.
—Sí. A diferencia de la luz, la oscuridad preexiste —comentó mientras se sentaba—.
Si yo apago una vela, ahí está. Oscuridad.
La luz como el calor se hace, pero la oscuridad es natural, siempre prevalece, siempre reina.
—Sonrió a Henry de forma descarada y poco obsequiosa—.
Estamos rodeados por ella todo el tiempo, querido Henry.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó éste a la nigromante.
—Me pareció haber olido un poco de ron en tu aliento cuando pasé junto a ti —dijo—. Y me ha provocado, sí.
—No creí que a los de tu clase les gustara el ron —comentó él, intentando hacer un esfuerzo por controlar sus nervios.
Henry caminó hacia el bar, cogió una botella y un par de vasos.
No se atrevió a echar un vistazo bajo la barra donde Kenneth estaba oculto, pues sintió los ojos de Cateryna puestos en él todo el tiempo—. Mucho menos que a ti te gustaría.
Mientras volvía para reunirse con ella, la vela comenzó a titilar, creando sombras que embellecían su rostro.
Cateryna tenía una melena roja intensa como la sangre fresca; su piel era pálida como la nieve recién caída —típico de los nigromantes—; tenía labios carnosos y seductores, y sus ojos que eran como monedas de oro resplandeciente.
Lucía un vestido gris ceniciento, de encaje negro y pedrería violeta.
Había tanta belleza en ella que Henry pensó por un momento que una mujer así, aparentemente frágil, no podría contra él si se enfrentaban en un combate cuerpo a cuerpo o con armas.
«Pero hay bellezas mortales», se recordó.
Y como prueba de sus palabras, cuando Henry se acercó más, se fijó que llevaba una vaina de cuero negro sujeta al cinturón de su vestido; de ella sobresalía el brillante y curvado pomo metálico de una espada.
Henry sabía que sólo los nigromantes ancianos o muy poderosos poseían espadas familiares.
Era la primera vez que estaba cerca de una.
Aunque, ciertamente, también había de esas espadas legendarias entre las familias de seguidores de la luz en River Town.
Por ejemplo, los Startclyde y su gloriosa espada Sohorogrys .
Se preguntó cuál sería el nombre de la espada de los Dur.
—¿Por qué lo dices? —Cateryna sonrió—. ¿Por qué aparento ser una dama distinguidísima, que sólo toma vinos de las mejores cosechas y champagne burbujeante, como las detestables señoras de sociedad?
—¿Acaso no lo eres? —Henry puso los vasos y la botella en la mesa. Luego se sentó. Cateryna lo observó con una ceja arqueada—. No esperarás que te sirva, ¿o sí?
La mujer nigromante se enderezó, la sonrisa seguía inmutable en sus labios.
—Querido Henry, al menos podrías hacer eso por la persona que preservará el futuro de tu progenie, ¿no?
Tenía razón. De mala gana, Henry sirvió a ambos en los vasos.
Cateryna se inclinó hacia adelante con elegancia, y tomó el suyo.
Sus movimientos eran etéreos y seductores, observó Henry.
Toda ella era seductora, hecha para levantar las más ávidas pasiones entre los más débiles de los mortales.
Y la mayoría era débil. También lo fue Henry alguna vez.
Pero aquellos tiempos quedaron atrás cuando conoció a la madre de sus hijos.
(¿A quién quería engañar? Ni siquiera eso lo había detenido.)
Cateryna echó la cabeza hacia atrás y dio un profundo trago. Acto seguido puso el vaso en la mesa y clavó sus ojos dorados en Henry.
—Respondiendo a tu pregunta —repuso la nigromante—: Es que sí lo soy; soy una dama con gustos exquisitos, elegante y pretenciosa como la que más.
—Sonrió levemente. Luego bajó la vista, como si de pronto hubiese notado una araña caminando sobre la mesa entre ambos.
Henry le siguió la mirada—. ¿No beberás conmigo?
Él parpadeó.
—Oh, sí. —Volvió a servirle a Cateryna—. Salud —dijo, y se llevó el vaso a la boca al tiempo que ella lo hacía.
Ambos profirieron risueñas exhalaciones al dejar sus vasos en la mesa.
Cateryna cruzó las piernas bajo el vestido. Henry se irguió hacia atrás y cruzó los brazos sobre el pecho. Las llamas en la chimenea comenzaron a chisporrotear. Pronto tendría que poner más leños.
—¿Y bien? —dijo Henry—. ¿Has traído lo que convenimos?
—Sí. He traído la manera definitiva para liberarte del maleficio de una vez por todas.
—¿Cómo lo conseguiste? —quiso saber Henry.
Aquella maldición había sido impuesta a su abuelo, Frank Hornwood, hacía muchos años, por una líder banshee que se hacía llamar Hermana Mayor (o al menos eso le había dicho a él su padre).
Henry no tenía manera de comprobarlo, las últimas banshees habían sido asesinadas en Roma, hace casi un siglo, por el mismo Frank.
—Helio Mormont —respondió Cateryna Dur—. A quien sirvo. Él lo ha hecho posible .
—Ya —asintió Henry—. Dime, ¿cómo lo obtuviste?
—Está bien. —Cateryna borró la sonrisa burlona de sus labios y adoptó una postura más erguida, recia—. Te haré una pregunta, Henry: ¿Sabes dónde están preservados los grandes maleficios y conjuros más inicuos de todos los Gran Amos Nigromantes de nuestra historia?
Henry lo sabía.
—El Grimorio.
—En efecto —dijo la nigromante con una larga sonrisa—. Gracias al Grimorio pude conseguirlo.
—Creí que el libro Blanco era el que poseía los hechizos que rompían los maleficios del libro Oscuro. Además, la maldición fue impuesta por una banshee. Nada tienen que ver con los servidores de la oscuridad y su maldito libro.
—Te equivocas. El libro Oscuro puede ser de mucha ayuda, querido Henry, en las manos correctas —le aseguró Cateryna.
«Es decir, las manos de Mormont». Henry sintió un escalofrío.
—¿Cómo?
—Verás, una maldición solo puede ser revocada por aquel que la impuso. En este caso, una banshee.
—Pero ella está…
—¿Muerta? Lo sé. Conozco la historia. Pero ese no es el punto, Henry. El Grimorio contiene poderosos conjuros para traer a casi cualquier criatura de entre los muertos. Banshees incluidas.
—¿Quieres decir que debo alzar de la tumba a la banshee que maldijo a mi abuelo?
—No. —Cateryna se apartó un mechón rojizo que le caía sobre el rostro y se lo metió tras la oreja—.
Mi Amo ya hizo ese trabajo. Hermana Mayor fue devuelta a la vida por un breve momento y, contra su voluntad, reveló la conjugación mágica que te librará a ti y a los tuyos de la maldición para siempre .
Johan Hornwood, poco antes de morir, les había contado a sus hijos, Weston y Henry, sobre el mal que caería sobre uno de ellos cuando él pereciera.
Recordó el febril movimiento de los labios de su enfermizo padre cuando éste le contó cómo su propio progenitor, Frank Hornwood, había acabado con la última legión de banshees en el mundo, y cómo había sido maldecido por su líder.
Henry no había sido capaz de decir nada a Kenneth, que era muy joven e inocente, aspirando algún día dar con el hechizo que finalmente lo liberasen a él y a las siguientes generaciones de Hornwood.
Sin embargo, le había escrito una carta, se dijo como único consuelo; en ella le contaba todo.
La había escrito hacía unas noches por si su empresa con la nigromante Cateryna Dur no salía como esperaba.
—Como sea. —Henry hizo un ademán para quitarle importancia—. ¿Qué quieres a cambio de darme lo que deseo?
—Hay una cosa que el Amo quiere, sí.
—¿Qué es?
La sonrisa volvió a los labios de la nigromante.
—La Gema de la Muerte.
El padre de Henry también le había contado que el abuelo Frank le había arrebatado a la Orden de las banshees las gemas de la corona de Isidora.
Henry sabía lo importantes e invaluables que eran aquellas gemas, y era un precio que estaba dispuesto a pagar con tal de ver librada a su familia de la maldición de Hermana Mayor.
—Te la daré —le dijo a Cateryna Dur—, en seguida me proveas del hechizo que rompe la maldición.
La nigromante se puso en pie.
—Está en mi capa —dijo, y señaló hacia el perchero junto a la puerta con su mano enguantada en seda oscura.
Henry se levantó, precavido e inseguro .
—¿Cómo sé que funcionará? —cuestionó.
—Podemos probarlo aquí y ahora —sugirió Cateryna, sonriendo—. Vamos, ve a por él.
Henry se levantó y fue hacia el perchero.
Hurgó en la capa y encontró un pequeño rollo de pergamino en uno de los bolsillitos.
Acto seguido —no podía creer que estuviera ocurriendo—, quitó la cinta que lo cerraba en un nudo, y comenzó a abrirlo…
De pronto, escuchó un sonido seseante, como la brisa atravesando las rendijas de una ventana.
La nigromante estaba detrás de él. Henry no tuvo tiempo de decir una palabra.
La hoja de una espada le cortaba el habla. Cateryna le sonrió al oído.
—Te dije que sabía cómo liberarte de aquel maleficio de una vez por todas, ¿no?
Se oyó el sonido de una botella que se rompía.
—¡Padre!
Ken salió de las sombras, hizo ademán de correr hacia ellos pero Henry levantó a duras penas su mano para que se detuviera en la marcha.
Kenneth paró a menos de diez pasos de distancia de su padre y la nigromante.
Henry distinguió en los ojos de su hijo un brillo lleno de miedo y furia.
Sabía que Cateryna podía matarlo a él si quisiera…
, a ambos. Ken avanzó otro paso. Cateryna apretó la espada.
—Se llama Bloodish , muchacho —le dijo—, y si no te alejas, tú también la apreciarás. ¿Eso quieres?
—NN-No —espetó Henry con la voz estrangulada.
—Padre… —murmuró Kenneth, mirándolo a los ojos.
—Cuéntale, Henry —dijo Cateryna, con tono jocoso—, cuéntale a tu hijo qué le sucederá cuando mueras.
—Padre, ¿de qué habla? —barbotó Ken—. ¿Qué maldición?
«Carta —quiso decir Henry a su hijo—. Carta. Todo está en la carta». Pero las palabras estaban aferradas a su garganta .
—¡Vamos, Henry! —decía Cateryna, pese a que lo tenía enmudecido con la espada; reía como lunática—. Cuéntale a tu retoño sobre Darkling…
Kenneth dio otro paso, y Cateryna apretó más la espada contra la garganta de Henry.
Henry sintió la sangre cálida bajándole por el cuello como hilitos.
Se fijó otra vez en los ojos de su hijo; quiso decirle cuánto lo sentía, que cuidara a su madre y a sus hermanos, pero las palabras no salieron de sus labios.
Si abría la boca, estaba perdido. Kenneth avanzó un paso, desafiante. Ni siquiera estaba armado.
—Te lo advierto, muchacho —vociferó Cateryna—. Aléjate.
Henry sentía el corazón como un ave atrapada en su pecho, agitado; volvía a sentir el mismo calor que antes.
Pero sabía que estaba a pocos instantes de ser envuelto por los fríos brazos de la muerte.
Cateryna le reía al oído. El muchacho miraba a su padre con desesperación, y a la nigromante, con ardiente furia.
Henry tenía que hacer algo, ¡y pronto…! Entonces se le ocurrió.
Como pudo, golpeó el rostro de Cateryna Dur con la parte posterior de la cabeza; y mientras ella oscilaba hacia atrás, bramando, Henry se zafó brevemente del roce de la espada.
—¡Hazlo, Kenneth —gritó a su hijo, con el último aliento que le permitió la Bloodish —, revoca su invitación!