Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1)
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PRÓLOGO. River Town, 1892
PRÓLOGO
Hacía frío. Sin embargo, había puesto en la hoguera un par de leños que ardían vivamente.
El calor que desprendían comenzaba a calar las paredes, impregnando el aire con la calidez del hogar.
Bien sabía que por más calor que hiciera no serviría para asentar cómodamente a la invitada que esperaba recibir esa noche.
«Estoy cometiendo una locura», se decía una y otra vez.
Pero ya no había vuelta atrás. La nigromante no tardaba en llegar.
Al menos no había nadie en la taberna que fuera testigo de su encuentro con una servidora de la oscuridad, pensó.
Ya era casi media noche. Los huéspedes del hostal —junto a la taberna que también era suya— estaban entregados a los brazos de Morfeo.
Su esposa e hijos dormían. Henry, la verdad sea dicha, y aunque sus actos demostraran lo contrario, no deseaba poner sus vidas en riesgo debido a la peligrosa gestión que estaba por realizar.
Lo hacía por el bien de su familia. Para que hubiera futuras generaciones de Hornwood, y perdurara el legado que dejó su abuelo, quien combatió con valentía en la Guerra del Eclipse Rojo, en la Batalla del Eclipse Púrpura, y quién sabe en cuántas cruzadas más.
Henry se acercó a la barra, tomó un vaso y se sirvió un poco de ron.
Quizá si se embriagaba, pensó, sería capaz de encarar a la mujer nigromante con la misma valentía que lo hizo su abuelo en vida.
Bebió todo de un sorbo y se volvió a llenar otro poco.
Un par de velas titilaban aquí y allá. El reflejo de la luna atravesaba las amplias ventanas de los costados.
Era una noche fría a finales de un invierno brutal.
En esa época, River Town se cubría de blanco y el viento gélido llevaba consigo una promesa cruel.
Sin embargo, cuando llegaba la primavera, todo aquello quedaba atrás.
Pensar en los colores de la primavera consolaba a Henry; el verde brillante, el alborozado amarillo, el vivo azul, e incluso el insípido marrón de la tierra era reconfortante.
Con todo, en ese momento, sentía que a medida que pasaba el tiempo, más nervioso y sudado se ponía.
Sudaba, sí; pese al frío, tenía rastros de sudor en el cuello, en las axilas, y en el cabello amarillo paja, salpicado ligeramente de gris, que se le pegaba a la frente.
«Maldita sea —increpó, golpeando la barra con el vaso todavía lleno—.
¿Cuándo llegará?» Gotas de ron le salpicaron el rostro; otras se le quedaron en la barba entrecana como perlas traslucidas.
Henry se las quitó airado. Al mismo tiempo una voz vino de las escaleras.
Se tensó como la cuerda de una guitarra.
Oh, no. Esperó que solo fuera un delirio de su precoz embriaguez.
Pero no. Podía escucharlas claramente: pisadas desnudas sobre los rechinantes peldaños de madera; las escuchaba una a una, y aunque tal vez fuera un sonido tanto bajo como el acelerado pálpito de su corazón, Henry lo oía sonante como el redoble de enormes tambores flanqueando sus viejos oídos.
De pronto sus temores se hicieron realidad al oír de nuevo la voz, más nítidamente, antes de que su emisor apareciera a la luz de las velas.
—¿Papá?
Era su primogénito. Iba descalzo, como había anticipado Henry. Éste se irguió más de lo que ya estaba.
—Kenneth —soltó, disimulando una risita nerviosa—. ¿Qué haces despierto ?
Kenneth se aproximó a su padre a paso ligero, emergiendo de las sombras para alzarse ante la febril luz de la vela sobre la barra del bar.
De sus tres hijos, Ken era el que tenía más parecido a él; incluso cuando tenía el rostro entumecido por el sueño, como en ese momento.
Aunque su cabello era de un amarillo más oscuro, como la mostaza, su piel atezada era la misma que la de Henry; también las mismas mejillas altas y la barbilla cuadrada que tantas pasiones provocó en su juventud.
Sus cejas eran más oscuras y pobladas. Era alto y delgado, también fuerte.
Henry lo había iniciado en las artes del combate cuando cumplió los nueve años, una antigua costumbre de los seguidores de la luz.
—Escuché un ruido, padre —respondió—. Supuse que eras tú, y quería saber si todo iba bien.
—Sí, Ken —dijo Henry. Sonrió, en parte para apaciguar la preocupación de su hijo, en parte para ocultar la inquietud que le apretaba la garganta con mano gélida… aunque al mismo tiempo el calor lo agobiaba—. Estoy bien —aseguró.
Ken se estrujó los ojos para eliminar las lagañas. Este era otro rasgo que le heredó Henry a su hijo, sus ojos castaño oscuro.
—No entiendo que haces aquí, padre —dijo el muchacho.
¿Cómo explicarle que estaba esperando a una peligrosa servidora de la oscuridad que lo despojaría de la maldición que había atormentado a día de hoy a tres generaciones de la familia Hornwood?
¿Cómo contarle, además, que invitaría a entrar a esa peligrosa nigromante a su hogar, trasgrediendo así los encantamientos de protección?
En fin, ¿cómo decirle a su hijo que estaba a punto de ponerlos a todos en una situación de vida o muerte?
—No podía dormir —mintió. Lo correcto o no, sabía que lo estaba haciendo por una buena razón. Luego se lo agradecería.
Kenneth sonrió y clavó los ojos en el vaso y la botella sobre la barra.
—No dudo que tardes en hacerlo —comentó—. Pero si mi madre descubre que estás bebiendo …
—No tiene por qué saberlo, ¿o sí? —Alzó una ceja, apretó la boca y levantó las comisuras izquierdas de sus labios para sonreír de medio lado.
Si bien quería transmitirle una advertencia, Henry sabía que no necesitaba actuar con tanta firmeza ni brusquedad con ninguno de sus hijos.
Además, los amaba tanto que ni siquiera era capaz de alzarles la voz salvo que fuera estrictamente necesario.
Ken asintió.
—No lo sabrá, claro.
—Bien. Porque no me gustaría que… —empezó a decir Henry, pero se interrumpió cuando varios golpes resonaron contra la puerta. Abrió mucho los ojos y lanzó una mirada a su hijo. Rodeó la barra y fue hasta él—. Vamos, Ken, vuelve a tu habitación.
—¿Quién toca? —preguntó Ken, frunciendo el ceño, inalterable. Se había cuadrado de hombros.
—Vuelve a tu habitación —insistió Henry, más firme.
—Padre, ¿sabes…?
—Sí, lo sé.
Kenneth lo miró fijo, luego asintió e hizo ademán de girar sobre sus talones para marcharse de la estancia medio oscurecida.
Aunque ya le daba la espalda, Henry alcanzó a oír cómo su hijo olisqueaba el aire —debió percibir el olor característico que delataba la presencia de los servidores de la oscuridad—, y maldijo.
Escucharon otra serie de golpes, más estrepitosos, contra la puerta de la taberna.
—¿Hueles eso? —Ken se volvió hacia su padre.
Éste estaba paralizado.
—No —contestó. Lo cierto era que sí lo había olido. Hollín.
—¡Hornwood, ¿estás ahí?! —dijo la voz de una mujer al otro lado de la puerta.
Henry se tensó. Ken tenía la mirada clavada en su padre, un brillo inquisitivo relucía en los ojos como un lucero distante .
—Nigromantes —le oyó decir en un murmullo.
—Derribaré la puerta —amenazó la voz de un hombre.
Henry —como los propios nigromantes— bien sabía que, aunque derribaran la puerta, no lograrían pasar.
Encantamientos de protección salvaguardaban el edificio.
Y la única forma de vulnerarlos era si uno de los dueños invitaba adentro a la oscuridad por propia voluntad.
Esto, exactamente, era lo que estaba a punto de hacer Henry.
Pero no mientras su hijo estuviera allí.
—¿Qué quieren, padre? —preguntó Ken.
Henry se miró las manos brevemente. Casi estaba desvariando; por lo visto, el ron que se había tomado hace un instante ya estaba surtiendo efecto. Más golpes contra la puerta.
—Escóndete —le dijo a Kenneth, llevándolo de la mano hacia la barra—. Escóndete, y no salgas hasta que sea seguro.
—Pero no podrán entrar, padre —insistió Ken, alterado y confundido.
—Entrarán —susurró Henry—. Yo los dejaré.
—¿Por qué lo harías?
Henry extendió su mano y acarició la suave barbilla de su muchacho. Cuánto lo quería.
—Pronto lo entenderás.
Más golpes.
Henry sabía que debía apresurarse, o la próxima en bajar sería su mujer o alguno de los pequeños.
—Vamos, escóndete.
Kenneth obedeció por fin y se ocultó tras la barra.
Henry apagó las velas que estaban en la vidriera para que espesas sombras cayeran sobre su hijo y lo resguardaran del peligro al que estaba por enfrentarse.
En la estancia solo quedaron tres velas encendidas: una cerca de la ventana; otra, en una mesa; y una más en una lámpara junto a la puerta.
—Voy, ¡ya voy! —se apresuró a decir Henry, encaminándose, al mismo tiempo que más golpes embestían la puerta .
Finalmente, abrió.
Al otro lado, los Servidores vestían capas de terciopelo negro, de mangas holgadas y capuchas sumían sus rostros en profundos pozos oscuros; todos estaban cubiertos por una fina película de nieve, que se precipitaba lánguida y continuamente sobre los nigromantes.
Eran tres, observó Henry, aunque presumía que cerca, ocultos en alguna parte —sobre los techos o en los oscuros callejones circundantes del centro de River Town, tal vez—, habría muchos más.
La nigromante sonrió; Henry vio cómo sus labios se curveaban en la tenue opacidad que vertía la capucha sobre su rostro.
—¿Y bien? —dijo—. ¿Me invitarás a pasar?
Henry asintió.
—Estás invitada, Cateryna Dur.
Al escuchar su nombre, la mujer deslizó los dedos por el borde de la capucha y la bajó.
—¿Qué hay de mis servidores? —preguntó Cateryna—. ¿No los dejarás pasar a ellos también?