Hechizo de amor para el CEO 33
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Hiroshi aparca junto al hospitality de Hayabusa. Rin sale primero y rodea el coche mientras termino de guardar el móvil en mi bolso. He estado llamando a Rafaela todo el camino, pero no me lo coge. Estoy de los nervios.

Antes de que pueda accionar la palanca, Rin abre mi puerta desde fuera. Me bajo, y le echo una mirada sorprendida, pero él parece tan confuso ante su gesto caballeroso como yo.

—Gracias —murmuro, bajando rápido.

Él inclina la cabeza demasiado serio.

—Gracias a ti por venir.

Hiroshi se aclara la garganta detrás de nosotros. Tiene la sonrisa boba y satisfecha de un hombre que ha estado esperando este momento durante años y no tiene ninguna intención de disimular que lo está disfrutando.

Nada más ingresar en el circuito de Suzuka noto las miradas.

Y no, no es paranoia. Mi equipo ha detectado algo diferente sin saber exactamente qué es.

Tengo la sensación de que todos saben lo que hicimos anoche, hasta me pregunto si las manos de Rin han dejado marcas en mi piel.

No sería tan descabellado, porque yo aún noto el fantasma de sus caricias.

Keiko aparece en cuanto cruzamos el paddock y se detiene en seco al verme.

—Buenos días, jefa. —Sus ojos se desvían hacia Rin con un brillo travieso—. Takeda-san, está diferente hoy.

—Tengo una resaca terrible. —Rin se frota la cara con la mano.

Keiko entrecierra los ojos e intercala su atención entre ambos.

—¿Tú también tienes resaca, Malu? —Ojea la botella de agua que acabo de abrir con un brillo travieso en la mirada—. Hay fiestas que hacen que la resaca merezca la pena.

Kenta aparece detrás de ella cargando con carpetas.

—¿Qué fiesta? —protesta el becario con el ceño fruncido—. Nadie me ha invitado.

La carcajada de Keiko es de lo más incriminatoria. Agarra al muchacho por la camiseta y se inclina para hablarle al oído.

—Una privada —clarifica, mirando con descaro el cuello de Rin.

Me atraganto con el agua al ver que Rin tiene una marca… de mis dientes.

Rin, imperturbable por fuera, continúa caminando.

—Vamos Aoki, tenemos briefing en diez minutos.

Escucho la risita de Keiko a mi espalda y no puedo mirar a nadie.

Entramos al hospitality y le pido un café a Rin antes de darme cuenta de lo que estoy haciendo. Ya no sé si soy la novia, la secretaria, la amante... o nada. Se lo tiendo y él lo acepta. Los dos nos quedamos quietos porque ya no sabemos cómo comportarnos el uno con el otro.

De vuelta en el box , el ambiente cambia de golpe. El asiento de Watanabe está vacío. El mono de competición cuelga en su taquilla y el casco descansa sobre la mesa. Las pantallas muestran telemetrías incompletas y datos del coche secundario sin piloto asignado.

Intento llamar a Rafaela de nuevo, sin éxito. Estoy empezando a temer lo peor. Watanabe ha desaparecido y Rafaela está en algún sitio demasiado conmocionada para coger la llamada.

Rin se queda quieto frente al casco de Watanabe y agacha la cabeza.

Me acerco.

—No es tu culpa —murmuro.

—Anoche estábamos emborrachándonos… —dice, muy bajo—. Y él puede estar muerto.

Le pongo una mano en el hombro.

—No podíamos hacer nada, todo depende de ellos dos —le recuerdo—. Lo único que podemos hacer es tenerlo todo preparado para cuando vuelva.

Rin asiente, aun con la cabeza baja.

Alguien grita desde el otro lado del box sobre la actualización del reglaje aerodinámico, y yo contesto sin pensar, porque he hecho esto mil veces.

Rin me dedica una sonrisa pequeña.

—Estás de vuelta —susurra, y parece tan consolado por la idea que no puedo negárselo.

—Eso parece —respondo, pero una sensación desagradable se aloja en mi estómago. ¿Y si estar de vuelta como su secretaria significa que pierdo la oportunidad de ser otra cosa para él?

No puedo permitirme pensar en eso ahora que hay tanto en juego. Así que tomo la tablet de Antonio que está a la vista y reviso todo.

—Ese horario está mal —le digo a Kenta—. Si la prensa entra a las doce coincide con el cambio de neumáticos.

Los ojos del muchacho se abren en alarma.

—¿Qué hacemos? —palidece.

No respondo porque ya estoy recolocando acreditaciones.

Luego le doy a Rin el auricular justo cuando gira la cabeza para pedirlo. Nuestros dedos se rozan y su mirada cae a mi mano, después sube a mis ojos. Algo vulnerable le cruza la cara.

Tal vez, es porque los dos acabamos de entender lo mismo al mismo tiempo, que yo sigo encajando aquí perfectamente. Y que encajo en su vida personal tan bien como en la laboral.

Cuando faltan menos de cuarenta minutos para la salida, el paddock entero se detiene. Hay movimiento en la entrada, voces y alguien corre.

Rafaela aparece primero, con el pelo recogido a toda prisa y gafas de sol enormes, probablemente para cubrir las ojeras de no dormir. Y detrás de ella entra Kenji Watanabe. Visible para todos y muy vivo.

El box entero se queda inmóvil medio segundo y luego explota. Los mecánicos hablan todos a la vez, Kenta grita algo incomprensible y Keiko llora directamente, murmurando algo de que lo daba por muerto.

Mi hermana tiene pinta de haber sobrevivido a algo que la ha cambiado para siempre.

Noto varias cosas al observarlos unos segundos: La forma en que ella evita mirar a Watanabe directamente.

La manera en que él se coloca ligeramente delante de ella cuando se acerca demasiada gente, un pequeño gesto protector.

Rin llega hasta Watanabe en tres zancadas y le da un abrazo, de esos que incluyen palmadas fuertes en la espalda que podrían romper una costilla.

—Bienvenido de vuelta —dice, con la voz rota.

Watanabe sonríe y parece completamente agotado.

—¿Me has echado de menos? —provoca a su amigo, pero su humor es un poco forzado.

—No debería competir —murmura Rafaela a mi lado, observando al piloto con los dientes apretados—. No ha dormido mucho.

—¿Cómo habéis…

—Ahora no —me corta ella y se aleja, perdiéndose de vista.

Watanabe termina de responder preguntas y mira hacia el lugar donde estaba Rafaela hace un momento. Sus ojos recorren la zona al ver que ya no está.

Watanabe conduce como un hombre que quiere recuperar el tiempo perdido. Gana por cuatro décimas.

El paddock explota y las cámaras invaden el pitlane .

Los patrocinadores aparecen de la nada como siempre ocurre cuando hay algo que celebrar.

Pero Watanabe, al bajar del coche, no va primero hacia ninguno de ellos.

Busca entre la multitud en cuanto se quita el casco hasta que sus ojos dan con Rafaela y entonces parece relajarse un poco.

Da un paso hacia ella que se interrumpe porque las cámaras están por todas partes y él es el protagonista de la jornada.

La rueda de prensa es más difícil de lo habitual. Watanabe tiene que esquivar con toda la elegancia que puede cualquier pregunta sobre su desaparición. Los otros pilotos hablan de la carrera. Hay risas y tensión, y mucho agotamiento.

Y luego le toca a Rin. Se sienta frente a los micrófonos con la calma fría que lleva encima en estos contextos. Los periodistas se enderezan. Las cámaras se reorientan. Porque todos recuerdan que Rin Takeda es el caramelito de la prensa.

Le hacen preguntas sobre Watanabe, el motor nuevo y el futuro de Hayabusa.

Cuando ya parece que va a terminar, un periodista le dedica una sonrisa maliciosa.

—Takeda-san, los fans siguen fascinados con su época como piloto. Especialmente con ciertos momentos que se volvieron legendarios.

—Eso suena a pregunta trampa —dice Rin.

La sala se llena de risas.

—No, solo nostalgia. ¿Qué opina ahora, después de cuatro años, de aquella vez que mordió un micrófono durante una entrevista? ¿Se arrepiente?

Más risas. Yo me tapo la cara con la mano porque recuerdo aquel instante a la perfección, y todavía tengo guardados los mejores memes.

Rin se inclina ligeramente hacia delante.

—Para nada, lo hice para sonrojar a mi agente.

El silencio se alarga mientras la sala entera procesa esa frase.

El periodista parpadea.

—¿Su agente de entonces?

Rin gira la cabeza y me mira directamente entre el público. Toda la prensa sigue la dirección de sus ojos, una sincronización de bandada perfecta.

—¿Le gustaba su agente? —pregunta alguien desde el fondo.

Las cámaras se orientan hacia mí, y parpadeo por las luces, micrófonos y decenas de ojos apuntándome.

Y Rin, que lleva toda la vida construyendo muros alrededor de su corazón, y que sé que aún tiene miedo, dice con una determinación que sacude el suelo bajo mis pies:

—Me gusta tanto que espero que acepte ser mi esposa.

El mundo deja de hacer ruido durante unos segundos de silencio absoluto.

Y luego todo regresa a la vez. Los periodistas hablando, los flashes multiplicándose hasta que la sala parece un circuito eléctrico.

Alguien grita una pregunta en inglés. Otro en chino.

Hiroshi, desde algún punto de la sala, suelta una carcajada limpia y profunda que suena a victoria y a felicidad.

Rin me sigue mirando desde el estrado sin apartar los ojos con cara de que ha saltado a un precipicio y no sabe si hay colchoneta esperando.

Alguien me acerca un micrófono y toda la sala contiene el aliento. Estoy de pie entre la multitud con cientos de cámaras apuntando hacia mí. Tengo el corazón en algún sitio entre la garganta y el estómago, y seis años de amor y odio atascados en el pecho.

—Va a necesitar pedirlo mejor que eso —digo.

La sala estalla en vítores y aplausos.

El rostro de Rin se convierte en una mueca de alivio, y me doy cuenta entonces de que ha estado conteniendo el aliento a la espera de mi respuesta.

Se levanta, cruza la sala, y la prensa le abre paso, sin querer interrumpir este momento.

Se planta frente a mí, mucho más cerca de lo que solía hacerlo cuando era solo mi jefe. Mete la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Y saca una cinta de washi con peces koi que compramos en la papelería pequeña del barrio.

Me la tiende sobre la palma abierta.

—No tengo anillo —dice—. Pero llevo esto encima desde que lo compramos. Quería devolvértela, y a la vez no quería separarme de ella.

Miro la cinta y después los ojos más bonitos que he visto en mi vida.

—¿Aceptas? —dice, en voz baja. Solo para mí, como si los demás no existieran.

Cojo la cinta.

—Aún eres un jefe insoportable —digo.

—Lo sé.

Me río, aunque es más de mí misma.

—Supongo que por eso me tomó por sorpresa que seas tan buen novio —admito con media sonrisita.

—Dicen que los buenos novios hacen buenos maridos —grita Keiko desde algún lugar de la sala que no tengo localizado.

Aprieto la cinta entre los dedos.

—Supongo que tendré que comprobarlo —digo.

La gente explota de nuevo en una celebración.

Rin me rodea la cintura y tira de mí hacia su cuerpo. Me besa delante de toda la prensa deportiva de Japón y sus cámaras. Porque morder un micrófono se le ha quedado pequeño y aun quiere ser el caramelito de la prensa.

Y ahora… Rin Takeda, piloto polémico y CEO implacable, también es mi caramelito.