Epílogo
Un año y medio después
El cielo gris de Londres se siente como una cúpula sobre nuestras cabezas.
Las ventanas de cristal de la nueva filial europea de Hayabusa están cubiertas de gotas, mientras veinte ejecutivos observan la presentación en silencio absoluto.
En la pantalla principal gira lentamente el nuevo modelo de la marca.
Hayabusa Vespera X. Negro obsidiana y líneas agresivas. El coche parece diseñado para seducir y provocar accidentes por distracción al mismo tiempo, lo cual, pensándolo bien, describe perfectamente a la familia que lo ha creado.
Rin permanece de pie a la cabecera de la mesa con una mano en el bolsillo y la otra sosteniendo el mando de las diapositivas.
Lleva un traje oscuro porque para las reuniones importantes, sí que se digna a llevarlo con un corte más clásico.
Aunque a mí me sigue gustando más el que se puso con bordados para el aniversario de Hayabusa.
Es un hombre demasiado especial para llevar ropa tradicional, aunque continúa siendo aterradoramente atractivo se ponga lo que se ponga.
Tal vez más ahora que lleva mi alianza y sé que es mío.
No debería seguir afectándome después de un año y medio. Y sin embargo, estoy imaginando cómo voy a abrir cada botón de esa camisa de un tirón, más tarde.
—La campaña internacional arrancará en otoño —prosigue—. Hemos cerrado con Hyun Bin como imagen principal para Asia y Europa.
Varios asistentes asienten satisfechos. El actor coreano es la imagen de elegancia que queremos asociar con el nuevo Vespera X.
Y entonces yo hablo.
—Y con Tom Hiddleston para el mercado occidental.
La sala entera gira hacia mí con sincronización.
Rin se queda completamente inmóvil. Muy despacio, baja el mando de las diapositivas.
—No —dice, mirándome directamente con ese tono de sala de reuniones que lleva once meses sin funcionar conmigo—. Ya hemos discutido esto. La inversión no justifica contratar a ambos para la misma campaña.
Cruzo las piernas con absoluta calma.
—Sí la justifica. El mercado va a responder a la colaboración de los dos actores de una forma que los números del tercer trimestre van a agradecer. Y ya tengo el visto bueno de Hiroshi.
El músculo de la mandíbula de mi marido se tensa. Los ejecutivos alrededor de la mesa empiezan a mirar sus tabletas y revolverse en sus asientos. Nadie quiere existir en el radio de esta discusión.
Rin inspira despacio.
—Todos fuera. Menos mi esposa.
Oh, no.
Los demás salen pitando porque nadie quiere escuchar a Oni repetir su orden.
Aunque desde hace tiempo es más un gatito que un ogro.
El último en salir, Matthias König, el CEO alemán de la firma que nos asesora financieramente, me dedica una mirada divertida antes de cerrar la puerta con discreción.
Se lo perdono porque su mujer es medio japonesa y nos hemos hecho amigas estas semanas.
Ambas compartimos algo más que nacionalidad, y es que ella también solía ser la secretaria del señor König.
Hasta que una actriz británica despechada le dijo a la prensa que él era gay.
Para tranquilizar a sus padres, Matthias le pidió a ella que fingiera ser su novia y…
bueno, se ve que les gustó demasiado fingir porque llevan dos años casados, y aún la mira como si le faltara el aire cuando ella se aleja unos pasos.
Rin espera unos segundos en silencio. Luego pulsa un botón y las persianas automáticas empiezan a bajar sobre los ventanales y las cristaleras que comunican con los pasillos. La lluvia de Londres desaparece detrás del metal oscuro. La sala queda en penumbra.
—Qué miedo das —murmuro, reprimiendo una sonrisa.
—Y aún así decidiste casarte conmigo.
Se acerca despacio a la mesa, moviéndose de esa forma que sabe que me altera y se sienta en el borde frente a mí.
—Aunque seas socia —dice, mirándome desde arriba—, no puedes llevarme la contraria delante de toda la junta.
—Somos tres socios. Hiroshi y yo hemos votado que sí. —Levanto una ceja. Hasta su nueva novia está de acuerdo—. Mayoría simple, mi amor.
Rin frunce el ceño.
—Habéis actuado a mi espalda.
Me encojo de un hombro sin una pizca de remordimiento. He tenido la suerte de que a Hiroshi le encanta Avengers y en particular Loki, así que cuando le dije que había hablado con el agente de Tom Hiddleston le hicieron los ojos chiribitas.
—Tu padre me dio el voto antes de que despegara el avión. Con mucho entusiasmo, además.
—Claro que sí. —Suspira con resignación. Lleva año y medio perdiendo estas batallas y creo que ya ha encontrado la paz en ello—. Mi padre vota sí a todo lo que tú dices.
—Tiene buen criterio.
—Lo que tiene es predilección por ti.
—Porque te ve feliz conmigo. —Deslizo una mano despacio por su pierna y su expresión cambia al instante. El CEO de Hayabusa Engineering desaparece y aparece el hombre que soy capaz de desestabilizar completamente con un gesto.
—Malu —protesta, en voz baja. Una advertencia que suena un poco débil y desesperada.
Sonrío.
—Estoy negociando.
Mis dedos suben por su muslo firme, sintiendo cómo se tensa el músculo bajo la tela. Llego hasta el cinturón y, sin apartar la mirada de sus ojos, lo desabrocho con lentitud.
Rin se tensa visiblemente.
—Eso es trampa… —gruñe, pero su voz ya suena ronca, sin aliento.
Sonrío con malicia y bajo la cremallera. Meto la mano dentro de sus pantalones y rodeo su pene, que ya está duro y caliente. Él suelta un jadeo bajo y se recoloca ligeramente en el borde de la mesa, abriendo más las piernas para facilitármelo.
—Joder, estamos en la oficina… —susurra, cerrando los ojos un segundo mientras empiezo a masajearlo despacio, apretando justo como sé que le gusta.
Su respiración se vuelve pesada. Puedo sentir cómo late en mi mano, cómo se pone aún más duro con cada movimiento. No dura mucho, de pronto pierde la paciencia.
Con un gruñido bajo me agarra de la cintura, me levanta como si no pesara nada y me gira. Me sube la falda hasta la cintura de un tirón y me empuja contra la mesa, dejándome de espaldas a él.
—Eres una provocadora —masculla.
Siento la cabeza de su miembro, frotándose contra mi entrada empapada, solo un segundo antes de que me penetre de una sola embestida brusca. Gimo y me agarro al borde de la mesa.
Rin empieza a penetrarme con estocadas duras, casi castigadoras, sujetándome las caderas con fuerza. Cada embestida me empuja contra la madera fría y hace que mis pechos se aplasten contra la mesa.
—Esto es lo que querías, ¿no? —gruñe, moviéndose más rápido—. Negociar en mi mesa de reuniones.
—Sí… —jadeo, empujando hacia atrás para recibirlo más profundo.
Una de sus manos baja entre mis piernas y empieza a frotar mi clítoris en círculos rápidos y precisos, mientras sigue penetrándome sin piedad. El peligro de estar en pleno día, en la oficina, con gente al otro lado de la puerta, solo hace que todo sea más intenso.
—Rin… me voy… —jadeo, sintiendo que ya no puedo más.
—Hazlo —ordena con voz rota—. Córrete en mi como la buena esposa que eres.
El orgasmo me golpea con fuerza. Aprieto los dientes para no gritar y me contraigo alrededor de él. Rin gruñe, me embiste unas cuantas veces más y se corre dentro de mí con un gemido ahogado, llenándome mientras sigue frotando mi clítoris para prolongar mi placer.
Los dos nos quedamos temblando un momento, con las respiraciones agitadas.
Rin sale de mí con cuidado, me da la vuelta y se coloca el pantalón antes de caer sentado en la silla ejecutiva. Tira de mí para sentarme encima de él. Me abraza con fuerza contra su pecho, mientras recupero el aliento con la cara enterrada en su cuello.
—Estoy más que feliz —susurra—. Estoy en el cielo contigo.
Nos quedamos así un rato, abrazados, sus manos acariciándome la espalda por debajo de la blusa. Nadie va a pasar porque todo el mundo sabe que no deben molestarnos.
Es el momento, el momento que he estado aplazando ha llegado.
—¿Rin?
—¿Umm?
—¿Recuerdas que hace unos meses me sentó mal la pizza que comí con unas amigas y estuve unos días enferma?
Él se aparta para mirarme con el ceño fruncido y una expresión ansiosa.
—¿Por qué? ¿Te pasa algo? Ayer devolviste el desayuno… ¿es que has ido al médico o algo?
—Ah… —No tengo ni idea de cómo se va a tomar lo que estoy a punto de decirle—. ¿Sabías que cuando tienes una intoxicación alimentaria la píldora anticonceptiva puede… perder su efecto?
Rin parpadea.
—¿Qué?
Me tenso un poco. Nunca hemos hablado de tener hijos. No de forma directa. Ha surgido de refilón alguna vez, una referencia, una broma de Hiroshi sobre nietos que los dos hemos esquivado porque no estabamos listos para la conversación, pero sin querer cerrar la puerta.
No sé lo que quiere. O sí lo sé, pero no sé si lo sabe él.
—La intoxicación que tuve en marzo —digo, despacio—. Los tres días de caldo y miseria y tú cuidándome sin descanso.
—Me acuerdo perfectamente.
—Pues resulta que esos días el cuerpo no absorbe bien ciertos medicamentos.
Guardo silencio un momento para dejarle procesar.
Veo el momento exacto en que los puntos se conectan en su cara.
—Malu…
—Sí.
—¿Estás…?
—Sí.
Otro silencio que se me hace eterno.
Me obligo a no apartar los ojos de los suyos, aunque cada segundo que pasa sin que diga nada hace que mi corazón se encoja.
Porque sé que Rin Takeda aprendió de pequeño que querer es prepararse para que te abandonen.
Sé todo eso. Y aun así estoy aquí, en esta sala de juntas londinense bajo la lluvia, esperando a que este hombre acepte montar una familia conmigo.
Aparta la mirada un segundo hacia la ventana. Luego me mira y en su expresión no hay pánico, solo asombro.
—¿Cuánto tiempo llevas sabiendo esto? —pregunta, en voz baja.
—Cuatro días.
—¿Cuatro días? —Frunce el ceño— ¿Y has esperado cuatro días para decírmelo?
—Necesitaba procesarlo yo primero.
—¿Y lo has procesado?
—Más o menos.
Una risa pequeña y extraña sale de él.
Me toma las manos, las mira y luego me mira a mí.
—¿Tú quieres esto? —pregunta, cauteloso.
Su duda me coge por sorpresa, aunque no debería. Porque eso es exactamente lo que hace este hombre desde que salimos, preocuparse de que estoy bien, satisfecha, antes incluso de atreverse él a sentir.
—Sí —digo—. ¿Y tú?
Rin se separa de golpe y se me borra la sonrisa.
—Acabamos de…
—Sí.
—Y yo te he…
—Ya.
Su cara palidece con una velocidad que en otras circunstancias sería cómica.
—Malu, ¿y si le he hecho daño?
Me echo a reír tan fuerte que tengo que agarrarme a su chaqueta para no perder el equilibrio.
—Rin, no funciona así.
—He sido brusco.
—Me gusta cuando eres brusco.
Sus ojos se oscurecen peligrosamente durante un segundo, antes de que el pánico paternal vuelva a ganar.
—No, espera. Necesitamos ir al médico y que lo revisen. —Su mano se extiende sobre mi vientre con sumo cuidado.
—Estoy embarazada de cinco semanas, no hay nada que revisar. Es del tamaño de una lenteja.
—Pero es mi lenteja —se indigna él, y rompo a reír.
—Rin.
—¿Cuándo tienes cita? ¿Has cogido cita? ¿Has comido bien hoy? ¿Cuánto café has tomado?
—Tengo cita el jueves, he comido bien, y el café lo dejé hace tres días cuando el olor me empezó a dar náuseas, así que irónicamente el bebé ya me está cuidando más de lo que me cuido yo.
Él me mira durante un instante.
—Náuseas —repite—. Llevas tres días con náuseas y no me habías dicho nada.
—Esperaba el momento.
—El momento era antes de que te tomara sobre la mesa —se enfada. Después se cubre la boca y me mira el vientre.
—Creo que no te ha escuchado —me carcajeo.
Rin frunce el ceño y me aparta con un cuidado exagerado. Me sienta en la silla y por la forma en la que lo hace debe pensar que soy de cristal.
—Hace un momento no has sido precisamente delicado.
Él pone una expresión de horror y entonces se arrodilla frente a mí.
Rin Takeda arrodillado en una sala de juntas, tocándome el vientre con una delicadeza que va contra su naturaleza. Una calidez deliciosa invade mi pecho.
—Es ridículo lo feliz que me hace estar casada con un ogro —murmuro.
Alza la vista hacia mi rostro y sonríe. Una sonrisa pequeña que lleva año y medio siendo solo mía y que espero que siga siendo solo mía el resto de mi vida, aunque entiendo perfectamente que a partir del jueves voy a tener competencia.
—Es porque tú también eres una ogra —dice.
—Lo soy —confirmo, sin ningún conflicto. Le acaricio el pelo.
—¿Puedo contárselo a mi padre? —Sus ojos brillan de emoción.
—Sí, pero deberíamos esperar al segundo trimestre. Solo para estar seguros y que no se ilusione para nada.
Rin asiente y su rostro se contrae como si él mismo estuviera concentrándose mucho para no ilusionarse demasiado.
—Todo irá bien —le digo justo antes de darle un beso en el ojo—. Estará sano y tendrá tus ojos. Y aprenderás a amarlos como los amo yo.
La sonrisa temblorosa y la mirada húmeda que me devuelve hace que se me encoja el corazón de ternura.
—Pasé muchos años pensando que querer a alguien era darle las herramientas para destruirte —dice, muy bajito, con esa voz que solo existe cuando no está construyendo nada—.
Y entonces llegaste tú con el pelo rosa y un hechizo mal hecho y seis años de paciencia que no merecía… Gracias por no rendirte conmigo.
Me río, aunque me escuecen los ojos. Agarro mi colgante de Fórmula 1 en un gesto incosciente.
—Gracias a ti por dejarme quererte.
Me besa con ternura.
—Vamos a ser la familia que siempre quise —murmura bajito, con los ojos brillantes y una sonrisa esperanzada.
Asiento efusivamente y le rodeo con mis brazos.
—Iremos a Disney. Reescribiremos cada recuerdo triste en algo tan bonito que vas a sonreír como un bobo y a llenar la oficina de fotos.
Sus brazos me rodean con mucha fuerza hasta que recuerda que ahora cree que soy de cristal y se aparta con una mueca de preocupación.
Vaya nueve meses me esperan envuelta en algodones por culpa de este hombre. Pero eso es lo que tiene estar casada con el ogro con el corazón más tierno de Japón.
Rin levanta la vista hacia mí.
—¿Qué nombre le ponemos? —pregunta.
Me río.
—Acabas de enterarte hace cuatro minutos.
—Ya. —Una pausa pensativa— ¿Hikari?
Se me corta la respiración. Hikari. Luz.
Rin sonríe.
—Desde el primer día, encendiste luz en mi oscuridad. Y ahora soy una polilla que no puede vivir sin ti —confiesa, porque ha perdido su miedo a admitirlo.
—Y todo gracias a un hechizo que salió mal —digo bajito entre risas.
Él niega con la cabeza.
—Salió perfecto.