32
Lo primero que noto a la mañana siguiente es calor. Muchísimo calor, del tipo que tiene peso y forma y que pertenece a otra persona. Luego el brazo alrededor de mi cintura.
Abro los ojos despacio, todavía atrapada entre el sueño y la memoria de la noche anterior, y durante unos segundos la habitación desconocida no tiene explicación.
La sábana azul enredada en las piernas. La luz que entra sesgada por las contraventanas.
El olor a algo que reconozco, aunque no debería notar sobre mi propia piel.
Entonces me vienen todos los recuerdos por orden: La piscina, el whisky, los besos en el borde del agua. El pasillo, la puerta cerrándose…
Dios mío.
El corazón me da un vuelco.
Rin sigue dormido detrás de mí, completamente pegado a mi espalda.
Tiene la cara medio hundida en mi cuello y una respiración profunda que me roza la piel cada vez que exhala.
Una de sus piernas está entre las mías y la mano que descansa sobre mi cintura parece seguir sujetándome, aunque no sepa que lo hace.
Le observo todo lo que me permito, antes de que sea demasiado.
Es ridículamente guapo también dormido. Sin ninguna de las capas que se pone para salir al mundo. Solo él, con el pelo aplastado, esos labios insolentes y unas pestañas injustamente largas.
Genial. Las circunstancias son las siguientes: Después de seis años de tensión no resuelta, un hechizo, la bendición (y financiación) de su padre y mucho wiski, me he acostado con mi emocionalmente inalcanzable jefe.
Y no fue un polvo a oscuras y en silencio…
la vergüenza me aplasta cuando empiezo a recordar con total claridad cada cosa que dijimos e hicimos anoche.
Cierro los ojos. No puedo creer que le permitiera a mi jefe que me reclamara como suya. Al hombre que intenté que se enamorara de otra persona.
Bueno, exjefe. Creo. Ni siquiera sé qué somos ahora.
Intento moverme despacio, pero en cuanto cambio mínimamente de postura el brazo se aprieta.
—No huyas —murmura, todavía dormido.
Mi corazón deja de colaborar con el resto de mis órganos.
Rin abre los ojos y su confusión al verme junto a él dura tres segundos, el tiempo exacto que tarda en que le vuelva la memoria. Lo veo suceder en su cara en tiempo real y transformarse en horror existencial.
Sus ojos se abren del todo. Yo no me muevo, aguardando a su reacción.
Rin aparta la mano de mi cintura despacio, con cara de que no sabe si puede tocar o no. Se incorpora en la cama. La sábana resbala. Yo miro hacia la ventana.
—Buenos días —dice, con la voz ronca que se espera después de una noche movida.
—Buenos días.
Un silencio incómodo se instala entre nosotros. Nuestras miradas se cruzan y las apartamos de golpe, pareciendo recordar a la vez algunas de las escenas de anoche.
Mientras él procesa, yo tiro de la sábana, enredadísima en él, de forma torpe, tratando de cubrirme antes de saltar de la cama. Él me ayuda en vista de que estoy pegando tirones como una posesa.
—Malu…
—Fue el whisky —murmuro, dándole la salida que sé que quiere. Aunque ni yo me la creo. Busco mi ropa por el suelo y me la llevo hecha una bola al baño de su cuarto, sin mirar atrás.
Cuando salgo vestida y aseada, él también se ha puesto la ropa de la noche anterior. Está sentado a los pies de la cama, esperándome con cara de no saber cómo abordar la situación.
Abre la boca para decir algo, pero estoy demasiado resacosa para tener una conversación de este tipo ahora.
—Necesito comer algo —le interrumpo.
Parpadea sorprendido por mi salida, pero acaba por asentir y ponerse de pie.
Hiroshi está ya en el comedor cuando llegamos. Levanta la vista cuando entramos y nos mira a los dos de arriba abajo. A Rin con el pelo revuelto y la camisa de ayer, y a mí con el pelo recogido en una coleta y la ropa arrugada.
Parece que quiere decir algo, pero acaba cambiando de idea mientras sonríe hacia su taza con satisfacción.
—Café —dice, señalando la cafetera.
Rin me sirve una taza sin decir nada y me siento junto a Hiroshi. Senna aparece desde algún rincón de la casa y me ladra notando el olor de los platos que hay sobre la mesa.
Desayunamos los tres en silencio. Y doy gracias por la presencia de Hiroshi.
—¿Puedes venir a la carrera de hoy? —Rin es el primero en romper el silencio cuando terminamos de desayunar.
—Ah… —dudo, sin tener ni idea de cuál es mi postura después del «Eres oficialmente mía ahora, Aoki» de anoche. ¿Me sigo haciendo la difícil? ¿Vuelvo al trabajo? No tengo ni idea de dónde estamos. Solo que casi no puedo mirarle a la cara después de todo lo que nos dijimos e hicimos anoche.
—Por favor —insiste él, con una expresión de angustia.
Asiento a sabiendas de que va a ser la segunda carrera sin Watanabe y que es un golpe tremendo para Hayabusa, y es culpa de las hermanas Aoki.
Rin parece respirar de nuevo cuando por fin accedo.
—Bien, si ya habéis terminado con el desayuno anti resaca, daros una ducha y os llevaré al circuito —dice Hiroshi poniéndose de pie—. Espero que estéis preparados para despedir a Watanabe por fin, esté donde esté.
Rin y yo intercambiamos una mirada pesarosa, porque ni siquiera sabemos si Watanabe sigue vivo.