Hechizo de amor para el CEO 31 #2
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31 #2

—La comida ambulante que me has dado podría estar contaminada —me recuerda, con una sonrisa traviesa—. Has dicho que querías pasarla sin miedo, pero pareces nerviosa.

Se me calientan las mejillas, y antes de que pueda negar lo evidente, su mano aparta mi cabello rosa con firmeza y se inclina hasta que sus labios rozan mi oreja.

—Deberías estar nerviosa, Malu… —Su aliento caliente me eriza la piel—. Porque he tenido seis años para planear todo lo que quiero hacerte.

Me besa el cuello con suavidad primero. Cuando nota que me rindo e inclino más hacia él, sus labios se vuelven más insistentes, chupando fuerte, marcándome.

Un gemido se me escapa. Mis dedos torpes intentan desabrochar su camisa, pero él me agarra las muñecas con una sola mano y las sujeta por encima de mi cabeza contra la pared.

—No te olvides tan pronto de quién es el jefe —ordena—. Aún no te he dicho que puedes tocarme.

Suelto una risa seca, pero sueno demasiado excitada como para que él me tome enserio. Todo lo contrario, sabe que me está gustando su actitud mandona. Su forma de inmovilizar mis brazos hace que note como la humedad brota entre mis piernas.

Con la mano libre termina de quitarse la camisa y la lanza al suelo. Luego me mira con los ojos brillantes.

—Quítame el cinturón, Aoki —ordena con voz baja y ronca.

Mis manos tiemblan ligeramente mientras obedezco.

Desabrocho el cinturón, luego el botón y la cremallera de sus pantalones.

Meto la mano dentro y rodeo su miembro duro y caliente.

Empiezo a acariciarlo lentamente, subiendo y bajando por toda su longitud, pasando el pulgar por la cabeza hinchada, donde ya noto su humedad.

Rin gruñe, cerrando los ojos un segundo.

—Aprieta más, asfíxiame con esa mano que he imaginado tantas veces dentro de mis pantalones.

Mierda, en lugar de estar chocada por sus palabras, estoy muy excitada.

Obedezco, moviendo la mano con más decisión, apretando justo como sé que le gusta.

Disfruto del calor, de su suavidad sobre su dureza y de cómo palpita contra mi palma.

Rin jadea empujando ligeramente las caderas hacia mi mano, y apoyando un brazo en la pared para sostenerse.

—Joder, Malu… —maldice entre dientes. Su respiración se acelera en jadeos cortos, hasta que me agarra la muñeca con fuerza y detiene mis movimientos.

—Espera —ruega con voz áspera—. Si sigues así voy a correrme antes de tiempo.

Me toma de las caderas y me da la vuelta, presionando mi pecho contra la pared fría. Me levanta el vestido hasta la cintura de un tirón y pega su cuerpo duro contra mi espalda. Siento su miembro desnudo, caliente y húmedo por mis caricias, presionando contra mi culo.

—Buena chica —susurra contra mi oído. Su olor habitual me llega mezclado con algo de wiski, mientras una de sus manos grandes se cuela entre mis muslos, por encima de la ropa interior. Le escucho inhalar al notar mi humedad—. Mira cómo estás… ardiendo y empapada para mí.

Sus dedos empiezan a frotarme por encima de la tela fina. Presiona justo sobre mi clítoris, haciendo círculos lentos y firmes. Gimo y me remuevo contra su mano. La tela mojada crea una fricción deliciosa que me vuelve loca.

—Te gusta eso… —murmura con satisfacción oscura, aumentando la presión—. ¿Cuánto tiempo llevas palpitando por mí, Malu? Dime que mientras me tocaba pensando en ti, tú también fantaseabas conmigo.

Cada una de sus palabras me lleva más al borde, porque son verdad, son mi verdad de seis años explotando en un instante por fin.

—Rin… por favor… —jadeo, apoyando la frente en la pared y el culo contra su entrepierna.

Él se ríe bajito, con satisfacción, y entonces desliza dos dedos por debajo del borde de mis bragas. En cuanto toca mi carne desnuda y resbaladiza, gruñe de aprobación.

—Joder, estás más que lista.

Introduce dos dedos de golpe sin encontrar ningún tipo de resistencia, porque nunca he estado más excitada en mi vida.

Suelto un grito al notar la perfecta invasión y me arqueo contra él.

Rin los curva expertamente hacia arriba, buscando y encontrando ese punto que me hace ver estrellas.

Empieza a frotarlo al ritmo que necesito, entrando y saliendo mientras su palma golpea contra mi clítoris con cada movimiento.

—Ahí está… —gruñe contra mi cuello, mordiéndome—. Ahora sé cómo hacer que te deshagas entre mis brazos... Pero no te dejes ir aún, Malu. Quiero sentir cómo palpitas a mi alrededor.

Mis piernas tiemblan. Me froto descaradamente contra su mano, buscando más fricción, más profundidad. Mis gemidos llenan la habitación mientras él sigue penetrándome con los dedos, rápido, profundo y preciso. Cada vez que los curva contra ese punto, un placer eléctrico me recorre toda la columna.

De pronto saca los dedos. Escucho el sonido de tela rompiéndose y siento cómo me baja la ropa interior de un tirón que la hace crujir.

—Te compraré cien pares más —promete con voz ronca mientras coloca la cabeza de su miebro contra mi entrada resbaladiza—. Porque pienso romperte todas las que te pongas a partir de ahora.

No digo nada, porque su plan me parece perfecto. Noto como la ola de placer está llegando a la culminación.

—Voy a… —aviso en un jadeo.

—No, no —niega él dejándo de masajear mi clítoris.

Suelto un lloriqueo de frustración.

Rin me gira de nuevo para enfrentarle y le acribillo con la mirada.

—Estaba a punto.

—Lo sé, pero ya te he dicho lo que quiero.

Trato de coger su pene para guiarlo a mi interior, pero él me agarra de la muñeca y aprieta lo suficiente como para que no pueda mover la mano.

—Ahora te toca a ti decirlo —exige, colando las manos entre mis piernas para presionar mi clítoris despacio e intenso y torturarme aún más—. Dime que me quieres dentro de ti.

—Quiero… te quiero en mi interior —gimo, avergonzada y excitadísima al mismo tiempo.

Rin suelta mi muñeca y me levanta por las caderas para conducirme a la cama. Sin darme tiempo a nada, me abre más las piernas y frota la cabeza de su pene contra mi entrada.

—Mírame, Malu —ordena.

En cuanto mis ojos se encuentran con los suyos, empuja con pequeñas embestidas que hacen que me retuerza, buscando más. Hasta que levanto las caderas y él se hunde en mí, llenándome por completo, justo como lo necesito a estas alturas. Grito de placer.

—Joder —gruñe, penetrándome con estocadas fuertes y controladas—. Eres mejor de lo que soñé.

Me agarra las caderas con fuerza, y encontramos un ritmo que va más profundo. Su forma de mover golpea ese punto perfecto una y otra vez. Sus ojos no se apartan de mi cara, disfrutando cada expresión de placer que le regalo.

—Rin… joder… —gimo, clavándole las uñas en la espalda.

—Siempre has sido para mí —dice entre dientes, acelerando el ritmo—. Lo sé desde hace años.

—Sí… —respondo, sollozando de placer.

Sus embestidas son implacables. Pero es cuando hunde, una de sus manos entre nuestros cuerpos y empieza a dibujar círculos rápidos, que el orgasmo me golpea. Tan fuerte que Rin tiene que colocar una mano sobre mi boca, y acallar el escándalo.

—Buena chica… —gruñe, cuando capto el mensaje y bajo un poco el volumen—. Ahora vas a correrte otra vez mientras te muestro cuántas ganas te he tenido todo este tiempo.

Sus embestidas se vuelven más profundas, más brutales, casi desesperadas.

El sonido de nuestra piel chocando llena la habitación junto con mis gemidos entrecortados.

Me frota el clítoris sin piedad y el segundo orgasmo se prolonga de froma deliciosa.

Me arqueo con fuerza, apretándolo dentro de mí mientras grito su nombre como una plegaria rota.

Rin gruñe contra mi cuello, embistiendo una, dos, tres veces más antes de alcanzar su propio clímax con un gemido largo y ronco. Siento cómo se derrama dentro de mí, caliente y abundante, mientras sus caderas siguen moviéndose con lentitud, no queriendo que termine nunca.

Los dos nos quedamos temblando, respiraciones agitadas, cuerpos pegados y sudados.

Rin se deja caer sobre mí con todo su peso, enterrando la cara en mi cuello. Su respiración es pesada, caliente contra mi piel. Por un momento solo se escucha el sonido de nuestras inhalaciones intentando volver a la normalidad.

—Joder, Malu… —ríe, claramente borracho—. ¿Qué has hecho conmigo? Me siento como un adolescente.

Su risa me contagia, pero en mi caso solo sale un sonido cansado y ebrio. Mis dedos se enredan en su pelo oscuro, acariciándolo con suavidad.

—Estás borracho —susurro, besando su sien.

—Tú también —responde, sonriendo contra mi cuello—. Tu olor me vuelve loco.

Se mueve con torpeza, saliendo de mí con un gruñido de protesta, y rueda a un lado llevándome con él. Me abraza con fuerza, pegando mi espalda contra su pecho. Una de sus piernas se enreda entre las mías, posesivo incluso medio dormido.

—Quédate aquí… —murmura, la voz cada vez más baja—. No te vayas a ninguna parte. Nunca más.

Se que lo está diciendo porque está borracho; y es que el Rin Takeda ebrio se parece mucho al hechizado.

Su mano busca la mía y la entrelaza sobre mi estómago. El gesto me resulta sorprendentemente tierno.

—Eres oficialmente mía ahora, Aoki… —susurra, acomodando su pierna sobre la mía. Noto su nariz frotarse contra mi nuca antes de que suspire—. Mi secretaria, mi mujer, mi almohada, mi Malu…

Sonrío con los ojos ya cerrados, el cuerpo pesado y satisfecho. El alcohol, el cansancio y el calor de su cuerpo me arrastran.

—Duérmete, Rin… —murmuro, apretando sus dedos.

Él emite un sonido bajo de conformidad y me aprieta más contra él, como si tuviera miedo de que desapareciera.

Minutos después, su respiración se vuelve profunda y regular contra mi pelo. La mía le sigue poco después.

Los dos nos dormimos enredados y desnudos, con su brazo rodeándome como si yo fuera lo único que necesitara en el mundo.