31
La mansión de Hiroshi es tan grande que cada vez que entro me siento como una repartidora de Amazon.
El coche cruza el portón automático y avanza por el camino de piedra mientras el cielo se vuelve anaranjado sobre los tejados.
—Estás a tiempo de no devolverlo —dice Rin por quinta vez.
Me limito a poner los ojos en blanco y sacudir la cabeza.
Senna aparece el primero, corriendo por el pasillo con sus patitas cortas y ladrando entusiasmado con nuestra llegada. Se lanza contra mis piernas y yo me agacho a cogerlo mientras se retuerce entero de alegría.
—Tú eres su favorita —saluda Hiroshi desde el salón.
Está en uno de los sofás enormes con una copa de vino y aspecto tranquilo.
—Buenas tardes —saludo.
—¿A qué debo el honor de tu visita?
Rin deja las llaves sobre la mesa. Senna, que ha cumplido con sus obligaciones de bienvenida, se dirige ahora a lloriquearle a los pies.
—Voy a darle la cena antes de que llame a una protectora de animales.
Desaparece hacia la cocina con el perro siguiéndole a tropicones.
—¿Has venido a devolver el coche? —pregunta Hiroshi en cuanto estamos solos.
—Sí.
—No pienso aceptarlo.
—Hiroshi…
—Ya no trabajas como secretaria para Hayabusa, es cierto. —Bebe un sorbo con total ecuanimidad—. Pero sigues haciendo algo mucho más importante.
Eso fue justo lo que le dijo a recursos humanos, y me temo que sé a qué se refiere.
—Tu trabajo ahora es curarle el corazón a mi hijo. Arreglar lo que yo rompí.
Me quedo callada un momento.
—¿Te dijo Rin que contacté con Kaori? —Mi rostro se retuerce en una mueca de culpabilidad.
Hiroshi asiente, sereno, y baja la vista a su regazo por un instante.
—Tenías esperanzas con ella, y no te culpo. Yo también las tuve durante mucho tiempo. —Aunque mantiene la sonrisa, hay una tristeza inequívoca en sus ojos.
—Lo siento mucho —murmuro, con el corazón encogido por ambos.
Desde la cocina llega el ruido de un ladrido de entusiasmo.
—No tienes nada que sentir, Malu —Hiroshi se inclina hacia delante y toma mi mano en la suya para darme un apretón—. Me alegra que mi hijo te tenga después de la madre que le tocó.
Sus palabras hacen que se me retuerza un nudo en el estómago.
—Estoy cansada de sus dudas —digo, más bajito—. No sé si puedo hacer lo que quieres que haga. No se si tengo la confianza suficiente como para aguantar sus rechazos.
Hiroshi deja la copa sobre la mesa de la lámpara y se pone serio.
—Cuando Rin tenía diez años, Kaori quiso volver a casa.
No digo nada, solo escucho.
—Cinco meses después de irse. Llamó llorando y me dijo que había dejado a su amante, que se había equivocado.
El salón se queda muy quieto y casi parece que hasta el viento de fuera se ha detenido para escucharle.
—Rin estaba…— Sonríe, apenas, y le dura muy poco—. Ilusionado. No creo haberle visto así de feliz hasta que empezó a salir contigo.
Algo se aprieta en mi pecho porque sé que se refiere a cuándo estaba hechizado. A cuando la magia difuminó sus miedos y aflojó el peso sobre sus hombros.
—Hizo una lista de atracciones de Disney. Quería subirse primero a Space Mountain porque decía que un piloto no podía tener miedo a una montaña rusa. Hasta hizo una lista de dulces para que probara su madre, porque Kaori es muy golosa.
Hiroshi cierra los ojos un segundo.
—La mañana del vuelo nos dejó plantados porque había vuelto con él. Llamó para decírnoslo, ni siquiera vino en persona.
Desde la cocina, se oye el sonido metálico de un cuenco llenándose.
—Intenté que no importara. Le dije a Rin que podíamos ir igualmente. Que sería divertido los dos solos. —Su voz tiembla recordando algo que lo emociona demasiado—. Pero creo que vio las lágrimas en mis ojos, porque me miró y dijo que le dolía el estómago. Que prefería quedarse en casa.
Dios.
—Los dos sabíamos que mentía.
Miro hacia la cocina sin querer. La imagen de un niño de diez años fingiendo dolor de estómago, para quedarse en casa y cuidar a su padre, me destroza de una forma para la que no estaba preparada.
—Debí llevarlo igualmente —musita Hiroshi. Debí ser más fuerte. Demostrarle que, aunque alguien te abandone, la vida sigue teniendo cosas bonitas que merece la pena no perderse.
Sus ojos se clavan en mí.
—Pero no fui lo suficientemente resiliente. Rin aprendió que querer a alguien es darle las herramientas para destruirte.
No tengo respuesta para eso porque no hay nada que pueda consolarle.
Hiroshi se termina la copa.
—No le excuses demasiado —dice entonces—. Sigue siendo un idiota arrogante.
Una risa pequeña y triste sale antes de que pueda filtrarla.
—Sí. Eso ya lo había notado.
—Pero está intentándolo. —Sus ojos tienen algo que no había visto antes en ellos—. Y para mi hijo, lo que está haciendo ahora mismo contigo ya es el Everest.
Rin aparece desde la cocina con Senna en brazos. El perro lleva comida en el hocico y él no se ha dado cuenta. Le dice algo bajito al animal y lo suelta, ajeno a la conversación que acabamos de tener.
Antes de salir al jardín, Hiroshi insiste en abrir una botella de Yamazaki de dieciocho años. Rin protesta, pero termina aceptando un vaso. Yo no sé como negarle nada a Hiroshi, así que me lo bebo también. El segundo nos entra más fácil, y el tercero nisiquiera notamos que lo ha rellenado.
Dos horas más tarde, Rin y yo nos movemos al borde de la piscina, con la botella de pinta cara, y mucho calor en las mejillas. Hiroshi se ha retirado a dormir, y estamos lo suficientemente borrachos para que el alcohol afloje la tensión y nuestras lenguas.
La noche es tibia, o me lo parece en mi estado.
El agua refulge iluminada por una tira de luces que la rodea.
Estamos sentados con los pies en el agua.
Mis sandalias descansan a un lado. Rin tiene los antebrazos apoyados en las rodillas y lleva un rato callado de una forma que me hace preguntarme si quiere que me marche.
—¿Qué harías si supieras que hoy es tu último día? —pregunta de pronto, sorprendiéndome.
Echo un vistazo a su perfil bajo la luz tenue, la camisa de lino abierta negra y el pelo oscuro moviéndose apenas con la brisa.
—Vivir sin miedo —respondo.
Gira la cabeza despacio hacia mí.
El agua se mueve alrededor de nuestras piernas y el chapoteo es el único sonido suave en la tranquilidad del jardín.
—¿Y tú? —pregunto.
Me mira de frente, tiene los ojos brillantes y se nota que el wiski le ha aflojado los tornillos.
—Dejar de huir.
Ninguno aparta la mirada.
Y entonces se inclina muy despacio hacia mí, pero mantengo mi rostro hacia el frente por cautela. A estas alturas, los trozos de mi corazón se sostienen por tiritas y tengo la impresión de que cualquier roce puede quebrarlo en pedazos.
Sus dedos rozan mi mandíbula para girar mi cara hacia él, y el gesto atrevido me provoca cosquillas en el estómago.
Me besa una sola vez, de forma breve y provocativa, dejándome la miel en los labios con sabor a wiski caro. Su respiración se corta contra mi boca y el sonido me hechiza. Y entonces salgo a su encuentro de golpe. Toda mi contención de años explotando a la vez.
Rin me sujeta la cara con las dos manos y el beso cambia de tentativo a hambriento. Sus pulgares se deslizan por mi mandíbula hasta mi cuello. La presión de su boca diciéndome cosas que él aún no se atreve.
Me acomodo sobre sus piernas casi sin darme cuenta, con las rodillas a los lados de sus caderas, y él suelta un sonido ronco contra mi boca que sale directamente de su garganta.
—Malu —susurra mi nombre como una plegaria.
Sus manos bajan por mis costados, tomando nota de cada centímetro, y cuando llegan a mi cintura se cierran con una firmeza que tiene poco de duda.
Le beso el cuello, el ángulo de la mandíbula y ese punto debajo de la oreja, que aprendí hace semanas que hace que su respiración se vuelva irregular, de una forma que me hace sentir poderosa.
—Se nos ve desde la casa —murmura en mi oído, aunque sus manos no se retiran ni un centímetro.
—Mierda. —Trato de apartarme, pero él no me deja.
Me mira con los ojos oscuros y la respiración descontrolada. Hay una desesperación incendiaria en su mirada.
Se pone de pie conmigo, levantándome con una facilidad increíble, y me besa otra vez antes de hablar. Un beso largo y lento.
—¿Te he enseñado alguna vez mi antiguo cuarto? —susurra contra mi cuello.
Todo mi cuerpo reacciona de forma efusiva a su invitación, así que dejo que me guíe por la casa con todo el sigilo que podemos. Nos reímos al tropezar en uno de los escalones a la planta alta porque, el wiski ha hecho más daño del que creíamos.
Cuando llegamos a la puerta, Rin se queda mirándome durante un segundo.
—¿Estás segura? —pregunta.
Pongo una expresión de inocencia fingida.
—Llevo seis años esperando que… me enseñes tu dormitorio de adolescente —respondo, dejando que el doble sentido se intuya en mi tono.
Él sonríe y abre la puerta, tirando de mí hacia el interior.
Una vez dentro y con la puerta cerrada, me embarga un repentino sentimiento de vergüenza. No sé dónde poner las manos y no encuentro una postura relajada, así que me pongo a ojear los detalles de su cuarto.
—Pensé que tu dormitorio estaría lleno de maquetas de coches, no tablas de surf —comento frunciendo el ceño hacia la tabla colgada en la pared y la lámina con «La gran ola de Kanagawa»—. ¿Seguro que este era tu cuarto?
Rin suelta una risa baja, mientras acorta la distancia hasta que mi espalda choca contra la pared.
—Mi primo ha estado quedándose aquí mientras estudia en la Universidad de Tokio —explica, y su voz suena tan grave que se me eriza la piel—. Pero esta noche nadie va a venir aquí.
Trago saliva. Su cuerpo grande me enjaula sin tocarme todavía.
—¿No había otro dormitorio en esta mansión para tu primo?
Su mirada recorre mi cuerpo con un hambre tan desnuda que me hace estremecer.
—Este es el que tiene las mejores vistas —murmura, sus ojos bajan a mis labios y después a mi escote—. Mejor no pasemos nuestra última noche hablando de mi primo.
—¿Quién dice que es nuestra última noche?