Hechizo de amor para el CEO 30
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Por la mañana me despierto con el olor a café y el sonido de la televisión baja en el salón.

Abro los ojos despacio y durante unos segundos me cuesta recordar qué hay un hombre durmiendo en mi sofá.

Cuando salgo del baño veo una pierna larga sobresaliendo de la manta azul.

Los detalles de la noche anterior me golpean de pronto: su mano cerrada sobre mi muñeca, el «no me dejes» susurrado en la penumbra.

Rin está boca abajo con un brazo colgando hacia el suelo y el pelo completamente aplastado de un lado. Se va a levantar con un buen dolor cervical.

Me apoyo en el marco de la puerta y le observo unos segundos sin hacer ruido. Es extraño verle así de relajado y humano.

Papá aparece detrás de mí con una taza de café en la mano.

—Sigue vivo —murmura.

—¿Por qué has puesto la televisión?

—Ni se ha enterado —resopla divertido, y se va a la cocina—. Está teniendo dulces sueños ahora que te tiene cerca.

Pongo una mueca de vergüenza porque no quiero que mi padre haga comentarios románticos sobre mi vida.

Justo cuando voy a acercarme, Rin se mueve ligeramente y entreabre los ojos. Tarda unos segundos en enfocarme y veo exactamente el instante en que recuerda dónde está.

Mi salón, con mi manta. Yo mirándole en pijama a las siete y media de la mañana.

Se incorpora con la lentitud de quien ha dormido de verdad por primera vez en días, frotándose la cara con una mano.

—Buenos días —murmura. Su voz ronca del sueño provoca cosas que no deberían ser legales antes de las ocho de la mañana.

—Mi padre ha hecho café —informo. No sé por qué de pronto me siento tan vergonzosa. Debe ser la luz del día que lo hace todo diferente, bastante más real y con consecuencias.

Parpadea un par de veces como procesando la información.

—Lo necesito en vena —bromea, evitando mi mirada también. Parecemos dos chiquillos en su primer flechazo.

Cuando entramos en la cocina, mi padre levanta la vista del periódico.

—Buenos días, Rin.

Él se queda quieto un segundo.

—Sí, cuando duermes en mi casa pierdes los honoríficos.

Me tapo la boca para esconder una sonrisa.

Papá señala la cafetera con el periódico.

—Sírvete. Aquí no hay asistentes.

Rin abre la boca en un reflejo automático, pero enseguida agacha la cabeza y baja los hombros.

—Sí, señor.

Es surrealista. Rin Takeda, obedeciendo instrucciones domésticas mientras lleva una camiseta vieja de mi padre.

No voy a fijarme en la forma en que el algodón dado de sí abraza sus músculos, ni en cómo el fino pantalón de pijama lo marca todo.

Me siento en la mesa mientras él se sirve café, de probablemente la primera cafetera italiana que ve en su vida.

—¿Has dormido algo?

—Un poco.

Papá dobla una página del periódico.

—Ha hablado dormido.

La taza de Rin se congela a mitad de camino.

—¿Qué? —dice, muy despacio.

Mi padre se carcajea y pasa de página.

—Nada interesante —murmura, mientras esboza una sonrisita de broma privada a su periódico.

—No nos queda miso, y no hay arroz hecho —Le informo poniéndome de pie— ¿Te importa desayunar tostadas con mantequilla?

—No, pero no esperes una buena puntuación después. —La broma va acompañada de una sonrisa torpe.

Le acribillo con la mirada.

—Seguro que eres de los que le ponen una estrella a las reseñas de los hoteles.

—Solo si no tienen sábanas de algodón egipcio y un mayordomo que me abanique mientras duermo. —Rin deja la taza sobre la mesa con un tintineo suave.

—Ya veo —continúo—. ¿Te gusta que vaya enmascarado mientras te observa?

Papá nos mira alternativamente con cara de que quiere esfumarse o golpearnos con el periódico, una de dos.

Después del desayuno me acuerdo de que tengo cita en el taller para hacerle una revisión al coche que me regaló Hiroshi. Quiero dejarlo perfecto antes de llevárselo a su dueño.

—No vas a devolverlo —dice Rin por cuarta vez, mientras me pongo las zapatillas.

—No puedo quedármelo si ya no trabajo para Hayabusa.

—Mi padre tiene dos Ferraris que no conduce.

—Eso no tiene nada que ver conmigo.

—¿Qué tengo que decir para que aceptes quedártelo?

—La gente normal no acepta coches de lujo como regalo.

—Tú no eres gente normal —se le escapa, y nos quedamos mirándonos en el silencio del vestíbulo de mi casa—. Eres parte de Hayabusa, incluso si no… vienes a la oficina ahora mismo.

—¿Si no voy a la oficina? —Suelto una risa seca—. No te queda otra que aceptar mi dimisión, Rin.

Su respuesta es apretar los dientes tanto que casi los escucho crujir.

Terminamos yendo juntos al taller. El mecánico, un hombre de unos cincuenta años con mono azul, sale al exterior cuando aparcamos y suelta un silbido largo al ver el Hayabusa Sora 3.

—Joder… —murmura, rodeándolo—. Esto sí que es una belleza.

Le dedico una sonrisa mientras apoyo la mano en el techo que es casi una despedida.

—Necesita una revisión completa. Frenos, suspensión, y quiero que revisen el turbo porque hace un ruido específico al subir de vueltas en frío.

El hombre me mira por encima de las gafas. Y me dedica esa sonrisa condescendiente que todas conocemos bien. La de «esta chica no tiene ni idea de lo que está diciendo, pero es mona.»

—Claro, claro. Tú déjalo en mis manos, preciosa, que esto requiere un diagnóstico completo.

Rin, a mi lado, mete las manos en los bolsillos.

Yo sonrío más.

—¿Qué cree que tiene exactamente?

—Difícil saberlo sin abrirlo. Pero seguramente haya que revisar el sistema completo.

—¿El sistema completo? —Asiento despacio. Creo que quiere aprovecharse, porque piensa que estoy forrada.

Se rasca la barbilla, echándole otro vistazo al chasis.

—Te llamo en cuanto sepa algo, ¿de acuerdo?

Cuando salimos del taller, Rin le echa un vistazo considerativo al cartel.

—¿Alguien te ha recomendado este lugar?

—Google… ¿Tu también crees que quiere timarme?

—Quiero verle intentarlo —dice, sacándome los colores.

—¿Por qué no lo has llevado a nuestro taller? —continúa.

Suspiro.

—Por enésima vez, porque ya no trabajo en Hayabusa, pero eh, tómate tu tiempo para aceptarlo.

Eso le hace quedarse callado un momento y mirar al suelo mientras andamos. Ahora me siento mal por haberlo dicho de esa forma.

—Tal vez debería, Takumi es el mejor con los motores de Hayabusa —lo provoco, solo para que no parezca tan decaído.

Funciona, su rostro se endurece.

—No vayas al taller —decide.

—¿Por qué no? —Mis pestañas suben y bajan con inocencia fingida—. Pagando, claro. Seguro que Takumi me hace un precio especial de amiga.

Rin se detiene de golpe. La calle está llena de la actividad normal de un sábado por la mañana. Gente con bolsas de la compra, niños, alguien paseando un perro enorme. Un ciclista aparece desde una esquina a una velocidad imprudente, obviando que la acera no es un carril bici.

La mano de Rin se cierra sobre la mía antes de que yo haya procesado que el ciclista existía. Me aparta hacia él con sus reflejos de piloto élite.

El ciclista pasa, pero Rin no me suelta.

Me doy cuenta de sus dedos entrelazados con los míos al mismo tiempo que él lo hace. Baja la vista a nuestras manos. Se queda ahí un segundo, evaluando algo que solo él puede ver.

—No vayas al taller —repite, en un susurro.

—¿Por qué? —sueno sin aliento, aunque estamos parados. El calor de su mano, su proximidad, y esa petición susurrada me han disparado el pulso.

—Porque si lo haces tendré que despedir a Takumi y realmente es el mejor con nuestros motores —reconoce de mala gana.

Suspiro, sin lograr entenderle.

—¿Qué creías que iba a pasar? —Doy un tirón, pero el muy cabezota no suelta mi mano—. ¿Qué iba a ser tu secretaria soltera hasta jubilarme? ¿Que nunca me casaría ni montaría una familia?

La expresión culpable de su rostro me dice que es justo eso lo que planeaba.

—Creí que con todo lo que trabajábamos, no tendrías tiempo para eso.

—Buen plan, Oni —ironizo. Es increíble. He estado secuestrada durante seis años sin saberlo.

Después de sacudir la cabeza en un gesto de profunda decepción, continúo caminando y él viene detrás, aún resistiéndose a soltar mi mano.

El sol de mayo rebota en el asfalto de la calle, obligándome a encoger los ojos. La gente pasa por nosotros ajenos a que sus dedos entrelazados con los míos suponen una crisis existencial para ambos.

No tengo ni idea de lo que significa el gesto.

Si está trabajando en sus miedos o si es su forma de mantenerme atada a Hayabusa físicamente.

Intento que mi corazón no se haga ilusiones, pero es tan perfecto pasear con él por la calle, cogidos de la mano, que el corazón ignora mis instrucciones completamente.

Tenemos que matar el tiempo hasta que me llamen del taller. Así que decido entrar en una papelería pequeña, escondida entre una tintorería y una tienda de reparación de paraguas, que debe ser una tapadera de la Yakuza.

Rin tiene que agacharse para pasar bajo el dintel, y sus hombros anchos quedan atrapados entre dos estanterías de cintas de washi, porque el local es básicamente un pasillo.

—¿Qué hacemos aquí?

—¿Aquí en el paraíso? —Las cintas están organizadas por colores en espirales que van del blanco al negro pasando por todos los tonos de azul que existen y algunos que probablemente no tienen nombre oficial.

Hay sellos de madera con motivos de cerezos y grullas y nubes y ese tipo específico de montaña que solo existe en Japón.

Cuadernos con tapas de tela y bolígrafos originales.

Rin me suelta la mano para coger una libreta de tapa de cuero oscuro y pasarla entre los dedos.

—¿Por qué no usas Google Calendar?

—Oh —exclamo como si me hubiera disparado y me abrazo a la agenda de Los Bridgerton que tengo en la mano.

—No le escuches, no lo dice de verdad —susurro, acariciando la bonita encuadernación, y Rin sacude la cabeza como si me encontrara ridícula.

Pero cuando dejo la libreta de vuelta en su sitio, él la coge sin decir nada y se acerca al mostrador a pagarla.

Debería protestar, pero esas cantidades de dinero son calderilla para Rin Takeda. Además, me debe mucho más en horas extra, o (secuestro laboral) como voy a empezar a llamarlas ahora.

Ya fuera de la papelería, junto a un templo pequeño que cabe entre dos edificios de oficinas como un recordatorio de que Tokio tiene sus capas, nos cruzamos con un señor mayor que lleva una nevera portátil.

Vende taiyaki recién hechos, esos pastelitos con forma de pez rellenos de pasta de judías, cuyo olor viaja por toda la calle.

Me detengo. Rin también, porque ha vuelto a cogerme de la mano.

—No irás a comprar eso, ¿verdad?

—Por supuesto.

El señor nos tiende dos sin preguntar. Rin paga antes de que yo saque el monedero, aunque no parece muy conforme.

—Es un vendedor ambulante, no sabes si cuenta con todas las medidas de seguridad e higiene, o si se ha lavado las manos siquiera.

—Lo descubriremos mañana, si seguimos vivos —me burlo.

Comemos caminando.

Rin muerde el taiyaki con cautela y luego se queda quieto un segundo.

—Está bien.

—¿No sabe a salmonella?

—Muy graciosa.

Pasamos por el lado de una paloma que ha decidido que el centro de la acera es su territorio y no cede ni un centímetro. Rin tira de mi mano para que la rodee.

—Tenía pinta de chunga —susurra cerca de mi oreja, fingiendo que está asustado—. Me ha mirado fijamente a los ojos.

—No temas, le puedo a esa paloma. —Flexiono el bíceps y pongo cara de matona.

Él sonríe y da el último bocado, que parece estar disfrutando más de lo que esperaba.

—¿Qué harías hoy si supieras que es tu último día? —aprovecho para acrecentar su paranoia, en vista de que se lo ha comido todito.

—¿Criogenizar mi cuerpo para que me despierten más adelante? —propone él.

—Eso no vale.

Llegamos a una calle de tiendas de segunda mano sin que ninguno lo haya propuesto exactamente. Tokio tiene ese efecto, que cuando caminas sin rumbo la ciudad decide el itinerario por ti.

—No sé, dar un paseo por la playa, despedirme de mi padre y darle las gracias por… haberse quedado. — Esas últimas palabras me hacen detenerme un momento frente a un escaparate, fingiendo que miro algo. Entiendo cuánto daño le hizo Kaori.

A continuación, le obligo a entrar en una tienda de ropa vintage, solo porque quiero ver su cara de pijo al oler las caóticas prendas colgadas de las perchas.

Le obligo a probarse un a chaqueta vaquera con remiendos. Él accede estoico, pero nada entusiasmado. Me fastidia lo bien que le queda, considerando que es ropa de otra década.

—¿Te la compro? —pregunto para ver cómo reacciona.

—¿Es para la beneficencia?

—No.

Rin ojea el lugar desde una perspectiva nueva.

—¿Por qué se compraría alguien algo aquí si no es por caridad?

El señor de la tienda nos mira desde detrás del mostrador con el ceño fruncido y me entra un ataque de risa, mientras se la quito rápido y le saco a empujones de la tienda.

No puedo evitar notar un pinchazo de decepción cuando recibo la llamada del taller, avisando de que ya puedo ir a por el coche.

Hacemos una última parada accidental de camino al taller. Una señora mayor tiene una mesa plegable frente a su casa con flores cortadas del jardín que vende por cantidades que no tienen ninguna lógica. Cien yenes por un ramo de cosmos rosas. Doscientos por uno de girasoles pequeños.

Rin se detiene.

La señora levanta la vista hacia Rin y sonríe.

—Para la novia —dice, señalando los cosmos.

Rin no la corrige sobre mi estatus y me pongo tan nerviosa cuando da un paso hacia ella, que me interpongo en su camino y saco el monedero.

—¿Quién dice que él me las tiene que comprar a mí? —Cojo el ramo y se lo tiendo a Rin, mientras la señora me contempla extrañada, pero satisfecha con haber timado a alguien—. Actualice sus métodos de marketing a los tiempos de hoy, ¿eh? Woman power y todo eso.

Después de pagar a la mujer, me doy cuenta de que Rin se está riendo.

—¿Qué? —protesto, aun sintiéndome azorada. Aunque verle sosteniendo el ramo con toda la dignidad que puede, funciona como alivio cómico.

—Nada, es genial ver cómo le das consejos de marketing a una vendedora ambulante anciana.

Me encojo de hombros, fingiendo que mi reacción no ha sido fruto del pánico y él se ríe incluso más.

De vuelta en el taller, el mecánico me suelta una explicación muy confusa y nada coherente de porqué va a cobrarme una millonada.

—Qué interesante, pero si ese es el caso entonces habría que cambiar el turbocompresor, aunque el problema sea de presión en la válvula de descarga, ¿verdad?

El hombre pestañea.

—Bueno, yo…

—Porque si fuera el turbo en sí ya habría pérdida de potencia medible en altas revoluciones —continúo—, y el coche no la tiene. El ruido es de válvula, no de compresor.

Silencio.

Rin está intentando no reírse a mi lado.

—Además este modelo tiene una gestión electrónica bastante específica. Un fallo real en el sistema requeriría diagnóstico OBD antes de abrir nada.

Se le abre la boca al timador.

—¿Sois mecánicos o algo?

—Peor —respondo—. Expiloto de Formula 1 y agente explotada.

Rin suelta una risa.

Por la expresión del mecánico, está recalibrando la situación.

—Vale. Creo que ha habido una confusión.

—Efectivamente —digo, con toda la satisfacción del mundo. Y media hora más tarde me marcho de allí con una factura tres veces más económica.