Hechizo de amor para el CEO 29
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Papá levanta la vista cuando entro seguida de Rin y tarda unos segundos en evaluar la situación. Tiene el paño de cocina sobre el hombro y una cerveza en la mano. Nos observa, primero a mí, en pijama y sudadera. Luego a Rin, despeinado, agotado, y con la ropa arrugada.

Esboza media sonrisa.

—Ah, el niñato arrogante.

Rin, que en cualquier otra circunstancia respondería con algo elegante pero devastador, baja la cabeza.

—Sí, señor.

Papá parece satisfecho con esa actitud.

—Vaya, sí que estás mal.

—Papá…

—¿Qué? Llevo seis años esperando que alguien le bajara los humos y no a su coche de Fórmula 1 precisamente.

Rin ni siquiera parece tener energía para ofenderse, lo cual me preocupa más que cualquier otra cosa que haya pasado esta noche.

Papá hace un gesto hacia la cocina con la cerveza.

—Bueno, pasa antes de que los vecinos crean que trafico con empresarios rotos.

Rin entra despacio. Es muy extraño verle en mi casa, su sola presencia desentona con la antigüedad del mobiliario. Y aun así, cuando se quita los zapatos en la entrada sin que nadie se lo haya pedido y se remanga el jersey, me da la impresión de que está encantado.

—¿Has cenado? —pregunta papá, ya moviéndose hacia la olla.

—No mucho.

—Estás de suerte, Rafaela no ha venido a cenar. Está cuidando de una amiga enferma.

Rin me echa una ojeada, pero, por suerte, no lo corrige.

Cinco minutos después, está sentado a nuestra mesa con un bol de curry delante, mientras papá le sirve una segunda porción sin que él se lo haya pedido.

—De verdad, es suficiente.

—Estás demasiado delgado para discutir conmigo.

—Papá, mide uno ochenta y ocho de puro músculo.

—Pues por eso tiene que comer —Le echa otra cucharada más—. Y tú deja de mirar sus músculos, que eso es lo que te pierde.

Me gustaría que la tierra me tragara ahí mismo, en la cocina de mi casa.

Rin acepta la comida. La escena tiene algo tan absurdamente doméstico que me cuesta ubicarla en la realidad.

Rin Takeda, heredero de Hayabusa Engineering, ex piloto que incendiaba ruedas de prensa, hombre capaz de congelar una sala de reuniones con una sola mirada, sentado en nuestra cocina mientras mi padre le obliga a comer y él lo acepta sin rechistar.

Y lo más extraño de todo es que parece relajarse. Muy poco, pero lo suficiente para que se note en sus hombros.

Me siento frente a él con una taza de té y le observo comer sin contenerme.

Tiene las mangas remangadas hasta los antebrazos.

El pelo ligeramente revuelto de haber dormido en un coche.

Sus movimientos siguen siendo elegantes y eficientes incluso agotados.

Cuando papá le hace una pregunta sobre el taller de Hayabusa, responde con atención genuina, pero hay algo distraído en él al mismo tiempo.

Está mirando alrededor. La cocina, las fotos familiares en la pared, el imán de la nevera que es un racimo de bananas que pone Bahía.

La forma en que papá protesta porque he puesto mal una cuchara en el lavavajillas.

La taza con el asa rota, que ninguno de los dos tira, porque estamos acostumbrados a las cosas viejas.

Le tiendo una servilleta a Rin justo cuando alarga la mano para cogerla. Sus ojos se quedan en mi mano y luego suben a mi cara. Brillan de una forma que me hace sonrojar.

Papá sigue contando lo del cliente de la silla coja, pero ninguno de los dos le estamos escuchando del todo. Nuestras miradas no paran de chocarse y la temperatura de la habitación ha subido varios grados.

Cuando se termina la comida, mi padre recoge su plato y Rin empieza a levantarse para ayudar.

—Quédate sentado.

—Puedo hacerlo yo.

—Las visitas no friegan.

—No me importa, vivo solo. Estoy acostumbrado a recoger mi propia cena —dice Rin.

—Si estás intentando hacer méritos para dormir en el cuarto de mi hija, no te molestes —responde mi padre.

Me escondo en la cocina antes de que mi cara me delate.

Coloco los platos en el lavavajillas. Desde aquí llegan sus voces en el salón, bajas a propósito porque no quieren que los escuche.

—Siento haber aparecido de esta manera —dice Rin.

—Malu te ha traído a casa. Eso ya me dice bastante.

Una pausa.

—Mi hija soporta mucho por la gente que quiere. —La voz de mi padre se mantiene en calma—. A veces demasiado y durante demasiado tiempo.

Mis manos se detienen sobre un plato mojado.

—Pareces un hombre inteligente, así que me ahorro el discurso. —Se escucha otra pausa—. Pero si vas a entrar en su vida de verdad, entra del todo, porque quedarse a medias también hace daño.

Hay un silencio vacilante después de eso.

—Lo sé —admite Rin con una voz tan rota que tengo que cerrar los ojos por un instante.

Termino de recoger despacio, dándoles el tiempo que necesitan, aunque ya haya escuchado todo.

Cuando vuelvo al salón, papá está levantándose.

—Voy a dormir. Sed responsables o al menos silenciosos.

—¡Papá!

—¿Qué? Soy moderno.

Desaparece por el pasillo silbando y con la conciencia tranquila.

Rin se pasa una mano por la cara.

—Es tarde, debería irme.

—Creí que querías dormir cerca.

Eso le hace guardarse lo que estaba a punto de añadir.

Miro la hora. Es tardísimo y él tiene ojeras.

—Quédate esta noche.

Levanta la vista.

—¿Qué…

—Ibas a dormir en el coche. Mi sofá no puede ser peor.

—No quiero incomodar.

—Mi padre ya te ha adoptado, puedes venir a cenar todos los días. —En cuanto lo digo me arrepiento, porque lo último que quiero es activar su fobia al compromiso, pero en lugar de rechazo lo que leo en su rostro es esperanza.

Le preparo el sofá. Él se cambia en el baño con ropa vieja de papá que le queda ajustada en los hombros y corta en las piernas, de una forma cómica y adorable a partes iguales.

—No digas nada —dice al salir.

—Todo millonario debería pasar por este ritual de humildad.

—Voy a irme.

—Ya sabes dónde está la puerta. —Le doy la manta.

Él se deja caer en el sofá agotado y creo que nunca le había visto tan vulnerable en mi vida. Ni siquiera aquella vez que curé su labio partido mientras dormía la borrachera en la hamaca de una piscina, justo antes de que me abrazara y me llamara «luz».

Apago la lámpara principal y la luz de la lamparilla pequeña queda tenue y cálida.

—Buenas noches, Rin.

Me mira desde el sofá.

Hay algo en su cara que lleva un momento ahí, creo que es alivio.

—Buenas noches —murmura al fin.

No consigo dormirme. Soy demasiado consciente de que está al otro lado del pasillo. Demasiado consciente de todo lo que hay entre el sofá y mi cama.

Cerca de las tres de la mañana escucho un ruido suave. Salgo de la habitación adormilada y veo que Rin se ha movido mientras dormía. Está mal apoyado contra el brazo del sofá, con la cabeza en un ángulo que va a dolerle mañana, y la manta en el suelo.

Me agacho a recogerla y la extiendo sobre él con cuidado, Me recuerda a Senna cuando se destapa sin querer, un ser indefenso.

La camiseta gris se le ha subido un poco durante la noche y deja al descubierto parte de su abdomen firme, la línea marcada de sus caderas y la piel cálida que contrasta con la oscuridad del sofá.

El pelo negro le cae desordenado sobre la frente y dormido así, con las facciones relajadas y la boca apenas entreabierta, parece mucho más joven, el chico del que me quedé prendada.

Solo que más maduro y corpulento. Me hace querer acariciarle la cara y besarle la comisura de los labios solo para comprobar si suspira mi apodo otra vez dormido.

En cuanto la manta le roza el pecho, su mano sale de debajo y atrapa mi muñeca. Me quedo completamente inmóvil. Sus ojos están cerrados y su respiración es regular y profunda. Está dormido, pero sus dedos rodean mi muñeca con una presión firme.

Porque cuando Rin Takeda está despierto puede controlar todo lo que deja ver.

—No me dejes —murmura, con la voz espesa. Frunce levemente el ceño, luchando contra algo en sueños—. Por favor.

Mi corazón galopa salvaje. Me quedo ahí de pie sin moverme, con su mano alrededor de mi muñeca y la oscuridad del salón y el sonido de su respiración, pensando que he pasado seis años creyendo conocer a este hombre por todo lo que hace cuando está despierto.

Y que quizás lo más real de Rin Takeda es lo que hace de forma inconsciente.

Aferrarse a mí, tirar de mí, pedirme que no me vaya de su lado.

Lo que hace cuando no sabe que lo está haciendo.

No me aparto. Me siento en el suelo, apoyada contra el sofá, con su mano todavía en mi muñeca.

Y me quedo ahí hasta que la respiración de los dos se vuelve lenta y regular y la noche se convierte en esperanza sin que ninguno haya tenido que confesar nada.