Hechizo de amor para el CEO 28
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Mi plan de quemar toda mi ansiedad y frustración en el gimnasio fracasa.

Pensaba que correr hasta que me ardieran las piernas serviría para apagar algo de lo que llevo dentro desde anoche, pero resulta que las emociones no salen por el sudor.

Solo te dejan agotada y triste al mismo tiempo, que es una combinación bastante ofensiva.

Cuando llego a casa todavía tengo el pelo húmedo de la ducha del gimnasio y las zapatillas colgando de una mano.

Papá está en la cocina. El sonido del cuchillo sobre la tabla y el olor a ajo sofrito me reciben antes de verle. Lleva las gafas viejas sobre la nariz y corta verduras con una habilidad que yo no he heredado.

—Has vuelto tarde —comenta sin girarse.

—Había mucha gente.

—Mmm.

Dejo la bolsa junto a la entrada y me apoyo en la encimera, observándolo. Siempre me olvido de lo sólido que parece hasta que paso un rato en silencio a su lado.

—¿Qué cocinas?

—Curry.

—Te quiero.

—Lo sé.

Sonrío un poco. La primera vez en todo el día.

Él sigue removiendo la olla y luego me lanza una mirada lateral.

—¿Problemas con el jefe?

Casi me atraganto.

—¿Cómo sabes que es por él?

—Cuando estás triste por otras cosas comes helado. Cuando es por él haces mucho ejercicio como si estuvieras preparándote para echarle una carrera.

Me dejo caer en una silla.

—He dejado la empresa.

Ahora sí se gira.

—Vaya. —No suena enfadado, solo sorprendido. Supongo que nadie esperaba que me fuera de Hayabusa después de seis años.

—Entonces supongo que puedo volver a llamarle niñato arrogante sin miedo a que te despida.

Suelto una risa cansada.

—Todavía puede despedir a Rafaela.

Apaga el fuego un momento y se apoya contra la encimera con los brazos cruzados.

—¿Le quieres?

De todas las cosas que podía decirme, esa es probablemente la última que me esperaba.

Miro la mesa sin ganas de mentirle.

—Sí.

Por la forma en la que asiente, probablemente lo sospechaba desde hace tiempo.

—Entonces, entiendo por qué te has ido.

Parpadeo.

—¿Lo entiendes?

—Claro. A veces quieres tanto a alguien que seguir cerca empieza a hacer daño.

—¿Te pasó con Renata?

Su expresión cambia un poco y por un momento le veo más viejo.

—Con las dos.

El curry sigue humeando en el fuego apagado. Fuera, algún vecino camina por la calle con pasos que se alejan. Me gustaría pensar que es él, pero sé que Rin es incapaz de darme su amor y que prefiere pasarse toda la vida guardándoselo en la caja fuerte.

—Tu madre biológica era el amor de mi vida —dice, y sé que su serenidad ha llevado mucho tiempo de conseguir—. Y murió, sin aviso, sin preguntar si estaba preparado para vivir sin ella.

Trago saliva.

—Luego conocí a la madre de Rafaela y pensé que quizá el amor podía construirse distinto. Y durante un tiempo fue bonito también.

—Pero os divorciasteis.

—Sí. —Sonríe un poco—. Porque querer a alguien no siempre significa que podáis quedaros juntos.

Me abrazo las rodillas sobre la silla.

—Eso no es muy esperanzador.

—La parte esperanzadora viene ahora. —Me señala con la cuchara—. Sobreviví a las dos cosas y seguí teniendo una vida feliz.

Le observo en silencio.

—La gente cree que enamorarse es encontrar a alguien y ya está. Pero el amor también consiste en elegir. Elegir quedarse. Elegir arriesgarse. Elegir hablar, aunque dé miedo.

Me viene un flash de Rin abriendo la boca en el umbral de su apartamento y no saliendo nada.

Papá vuelve al fuego.

—Si ese chico te quiere de verdad, acabará entendiendo que no puede tenerte a medias.

El nudo de mi garganta se afloja un poquito.

—¿Y si no lo entiende?

—Entonces dejará espacio para alguien que sí sepa hacerlo.

El móvil vibra encima de la mesa, interrumpiendo nuestro momento profundo con una videollamada entrante de Rafaela.

La acepto, pero casi se me cae el teléfono de la mano al ver que está en el baño de Watanabe con un conjunto de lencería negra bastante provocativa. Lleva el pelo suelto, sus bonitos rizos le caen a un lado de la cabeza y el efecto está potenciado por un maquillaje suave pero intenso.

—No grites —susurra ferozmente.

—¡RAFAELA!

—¡He dicho que no grites!

Papá me mira desde la cocina. Le hago un gesto vago para que no se preocupe y me retiro al pasillo.

—¿Qué te has puesto?

—Internet dice que los hombres son criaturas visuales.

—Internet también dice que el agua con limón cura enfermedades graves.

—¡No tenía más opciones! —Mueve el móvil y me enseña la encimera del baño llena de productos abiertos—. He usado como diez distintos.

Lo que para alguien que normalmente solo se echa crema hidratante de noche y brillo de labios es mucho decir.

—Estoy orgullosa y aterrada simultáneamente —le digo boquiabierta—. Se suponía que yo era la hermana ligona, pero creo que es porque nunca lo has intentado.

—Necesito ayuda.

Frunzo el ceño sin entender con qué, cuando es evidente que ha conseguido un look de película ella sola.

—Sabes que no tengo mucha experiencia con los hombres —admite, ansiosa.

—Tampoco es que yo sea una experta en seducción.

—Malu, hace dos semanas Takeda y Sato estaban peleándose por ti delante de toda la empresa.

—Ya, bueno, se te olvida que uno de ellos estaba embrujado.

Eso hace que mi hermana hunda los hombros en redición.

—Bueno. ¿Qué quieres que haga exactamente?

Rafaela baja la voz al máximo.

—¿Cómo camino sexy?

La carcajada me sale tan fuerte que papá asoma la cabeza al pasillo.

—¡No te rías! ¡Estoy sufriendo!

—Vale, vale. —Intento recomponerme—. Trata de relajarte, ¿vale? No tienes que sentir confianza, solo fíngela. No encorves la espalda, camina como si tuvieras el cielo entre las piernas.

Rafaela pone una mueca que me hace carcajearme. Lo siento mucho por ella, pero todo esto es muy divertido. Si ignoro la parte en la que «su chico» está en peligro de muerte, claro.

—Relaja la cara, pareces un sicario aproximándose a un objetivo.

—¡No puedo relajarme! ¡Kenji Watanabe está sentado en el salón posiblemente semidesnudo!

—¿Cómo sabes que está semidesnudo?

—He puesto la calefacción a tope.

Me río tanto que me duele algo.

—Escucha, deja de pensar en «seducirle». Solo habla con él.

—Eso ya lo hacemos.

—No, habla de verdad, dile lo que sientes.

Mi hermana guarda silencio un momento, parece más asustada con esa idea que con la de salir en lencería negra y tirarse a su cuello como una depredadora vestida de encaje.

—¿Y si desaparece mientras lo intento? —Suena derrotada.

—No va a desaparecer.

—No lo sabes.

—Creo que todo se arreglaría si te sinceraras con él.

Ella se pone la sudadera de cremallera encima y suspira.

—Deséame suerte.

—Todo va a ir bien.

Cuelga antes de que pueda seguir.

La cena con papá es tranquila. El sabor del curry tiene algo que me reconforta. Cuando empiezo a recoger la mesa, miro el móvil por primera vez en una hora. Las notificaciones se han acumulado, pero ninguna es de él.

Primero leo el e-mail de recursos humanos.

Estimada Señorita Aoki:

El señor Takeda nos ha informado de que no debemos tramitar su renuncia aún, y el señor Hiroshi Takeda nos ha pedido que le mantengamos el sueldo de momento. Dice que está haciendo un trabajo más importante que el de secretaría. ¿Tiene idea de a qué posición se refiere exactamente?

Esperamos su respuesta.

Atentamente

Yuki – RR.HH.

Querida Aoki:

Tu jefe da más miedo de lo habitual cuando no estás. ¿Cuándo vuelves?

Haruto – Marketing

Después compruebo los mensajes a mi móvil personal con un peso en el estómago.

Keiko:

Malu, por favor vuelve. Ha rehecho una presentación cinco veces por las comas.

Kenta:

Hola Malu, ¿cómo va el descanso? Por cierto, ¿cuándo vuelves? El señor Takeda solo ha tomado dos cafés y cero comida durante todo el día. No tiene buena cara.

Bloqueo el móvil y me quedo mirando la pantalla negra.

Papá recoge los últimos platos sin decir nada.

Siempre me ha gustado que sea una persona con tacto que sabe cuando necesitas silencio y espacio.

Quizá por eso sigo viviendo en casa. Por eso y porque, si en algo tenía razón la madre de Rin, es que los precios de los alquileres en Tokio son terroríficos.

Me encierro en mi cuarto y cierro los ojos un momento, tratando de decidir cómo me siento al descubrir que Rin se está viniendo abajo sin mí, al punto de que toda la empresa está notando mi ausencia.

El hecho de que Hiroshi quiera patrocinar mi ataque terrorista contra su hijo, quiere decir que alguien más piensa que he hecho lo correcto. Incluso aunque sea el hombre que pretendía casarnos a la fuerza. No estoy sola, le tengo en mi equipo. Los dos queremos «curar» a Rin de su miedo.

Cuando me preparo para acostarme voy a correr las cortinas de mi habitación y entonces lo veo. El Aston Martin negro de Rin está aparcado frente a la casa.

Mi corazón se para durante un instante.

Bajo las escaleras casi corriendo y salgo a la calle con la sudadera encima del pijama. La noche está fría y húmeda, lo noto en el aire que se me mete por el cuello.

Me acerco despacio y veo que Rin está dentro, con el asiento ligeramente reclinado, una mano sobre el pecho y los ojos cerrados.

¿Qué mierdas está haciendo ahí?

Hay vasos de café vacíos en el asiento del copiloto y un envase de comida para llevar medio aplastado, con palillos sobresaliendo. ¿Es que ha cenado ahí?

Se me rompe el corazón por verle así. Golpeo suavemente la ventanilla.

Sus ojos se abren al instante, completamente alerta de inmediato, y se incorpora de golpe.

Baja el cristal.

—¿Qué haces aquí? —susurro.

Tarda un segundo en responder. No porque no sepa qué decir, sino porque está eligiendo cómo.

—¿Molesto?

—Eso no es lo que he dicho. Te he preguntado por qué estás aquí, aparcado en frente de mi casa.

Me mira con esas ojeras marcadas y el pelo ligeramente aplastado de un lado.

—No podía dormir.

—¿Y has conducido hasta aquí para pasar la noche en la puerta de mi casa?

Una sonrisa cansada aparece un instante y desaparece.

—Lo siento, no creí que me verías.

Me aprieto más los dedos contra las mangas.

—Esa no es la cuestión, Rin. La cuestión es… ¿por qué necesitas estar aquí?

El silencio que cae entre nosotros empieza a sonar redundante. Tomo una profunda inhalación tratando de llenarme de paciencia.

—¿Has dormido algo desde ayer?

No contesta nada y eso es suficiente respuesta.

—Rin, no puedes…

—No sé hacer esto bien —susurra y me quedo quieta.

Él baja la mirada al volante con una expresión contrariada. Es evidente que no se entiende a sí mismo. Parece un hámster dando vueltas en una rueda de la que se ha cansado, pero de la que no sabe cómo escapar.

—¿Podéis volver a hechizarme?… —aprieta la mandíbula.

—¿Qué? —murmuro.

—Todo era más fácil cuando estaba hechizado. —Se interrumpe y respira—. El miedo no estaba, solo quedaba la otra parte.

—¿Qué otra parte?

—La parte en la que me gustas, en la que siento que se ilumina la habitación cuando entras, las ganas de estar contigo sin que el miedo lo esté oscureciendo todo.

Levanta la vista hacia mí.

—Cuando me diste la carta sentí… —prosigue—. Sentí pánico. Sentí que me estaba ahogando, Malu. Y ahora no sé qué hacer. Tengo tanto miedo a que te vayas de mi vida, y sé que si te dejo acercarte aún más ese miedo va a crecer. Va a doler más.

Mi respiración se vuelve inestable.

Él suelta una risa que no tiene nada de alegre.

—Ridículo, ¿verdad? Un hombre de treinta años entrando en crisis porque una persona deja su trabajo.

—No es por el trabajo.

Sus ojos suben hasta los míos.

—No —susurra—. No, no es por el trabajo. El trabajo es la forma en la que te tengo en la distancia justa para equilibrar mi miedo con mi apego.

El silencio que sigue a esa confesión tiene algo mágico.

La luz de farola brilla preciosa sobre el asfalto y hace relucir su chasis, el aire nocturno trae el aroma de las flores de jazmín de unos árboles cercanos.

Mi pecho está removiendo algo en su interior que parece un hechizo de amor en sí mismo por cómo me estoy sintiendo.

—Entra —digo—. Papá ha hecho curry y me han dicho que no has comido mucho hoy.

Rin me mira y en su cara veo puro alivio mezclado con miedo.

—¿Segura?

—No —respondo—. Pero entra de todas formas. Además, no voy a dejar que duermas en el coche. Eres demasiado pijo para eso.

Rin abre la puerta del coche. Se pone de pie frente a mí, y esta vez, cuando doy un paso hacia la puerta, él me sigue.