Hechizo de amor para el CEO 27 #2
82%

27 #2

—Dice que me estoy forzando para salvarle. —Se cruza de brazos—. Que no quiere que lo haga por obligación.

Pienso en Watanabe, eligiendo no tomar algo que quiere porque le importa más cómo llega que el hecho de llegar.

—No me extraña, saltaste a una piscina para que no se te acercara.

Ella aparta la vista.

—Sí, pero ahora es diferente porque si no nos acercamos va a morir —dice bajito.

—Ya… es que eso no suena muy alentador —murmuro, pensativa—. No sé si podría acostarme con alguien que lo hace solo para salvarme la vida.

—Eso es una tontería, ya escuchaste mi discurso en el templo cuando enumeré algunas de las cosas que me gustan de él. Es obvio que… —Rafaela se aclara la garganta y sus siguientes palabras salen en un murmullo casi ininteligible—. No es un sacrificio precisamente para mí.

—No me tienes que convencer a mí de eso, si no a él.

—Necesito lencería.

Me atraganto con el café.

—¡¿Qué?!

—¡No grites!

—¿Para qué la quieres?

—¡Tengo un hombre desapareciendo en mi salón!

—¡La lencería no va a hacer que aparezca más!

—Quizás haga que quiera aparecer más deprisa.

Me río tan fuerte que me duele el costado.

Ella pone los ojos en blanco, pero no consigue mantener la cara seria del todo.

—Por cierto, ¿qué haces aquí a estas horas?

El café se enfría entre mis manos.

—He dejado la empresa.

Rafaela se queda quieta durante un segundo completo.

—¿Qué has hecho qué?

—No quiero hablar de ello.

—Joder Malu, tengo prisa. ¿No podías esperar a que termine mi drama existencial para empezar con el tuyo?

—No, el mío lleva seis años desarrollándose.

Rafaela suspira, coge la bolsa y se acerca a besarme la frente porque ambas sabemos que no podemos hablar de esto ahora mientras Watanabe se desvanece.

—No hagas ninguna estupidez mientras no estoy.

—Lo mismo te digo.

Se marcha apresurada, y diciendo algo de que más le vale a Watanabe estar en el coche cuando salga.

Mi hermana se marcha. Me siento en el sofá y empiezo a preguntarme si he cometido el error más grande de mi vida adulta, cuando vuelven a llamar.

—¿Qué has olvidado? —murmuro, levantándome.

Abro y el aire abandona mis pulmones como si alguien los hubiera apretado de golpe.

Rin está parado en el rellano, con un jersey remangado, el pelo revuelto y la respiración ligeramente alterada.

—¿Por qué no has venido a la oficina?

Suelto una risa seca e incrédula.

—Te lo explico en la carta que te di anoche —respondo con cierta guasa, aunque me tiemblan las manos y me cuesta respirar con calma.

Él se saca mi carta arrugada del bolsillo del vaquero.

—No puedo tomarme esto en serio.

Me cruzo de brazos.

—¿Por qué está escrita a mano? —dudo—. Te enviaré una digitalizada por e-mail.

Él sacude la cabeza con una mezcla de incredulidad y enfado.

—No puedes irte. —La voz le sale rota de una forma que no le había escuchado en seis años.

Parpadeo despacio.

—Rin…

—No voy a aceptarla.

—No es una petición.

Da un paso dentro antes de que pueda impedirlo, y de repente el salón se vuelve más pequeño todavía.

—Malu, por favor.

Esa palabra, por favor, en seis años de reuniones y despachos y distancia calculada, nunca la había escuchado en su boca y con ese tono de ruego.

Aprieto los dedos contra el marco de la puerta para mantenerme donde estoy.

—¿Por qué? —pregunto.

Él abre la boca, pero no sale nada. Solo ese silencio, que muestra su incapacidad de encontrar las palabras, para decir algo que le da demasiado miedo.

—Sabes por qué —murmura y sus ojos muestran desesperación genuina.

Mi primer instinto es acercarme y decirle que no importa, que está bien, que me quedo, porque necesito aliviar el tormento que veo en sus ojos, pero ese instinto es exactamente el problema.

Trago saliva.

—No lo sé, Rin. Cualquiera puede hacer mi trabajo… no necesitas que sea yo. —Hago el amago de cerrar la puerta, pero él alarga la mano y la estampa contra la superficie evitando que lo haga.

—Sí que lo necesito —susurra, implorándome con los ojos que deje de torturarlo.

—¿Por qué?

—Porque necesito saber que voy a verte todos los días —comienza con visible esfuerzo—. Necesito saber que estás a pocos pasos y que no vas a irte a ninguna parte.

Mis labios se abren y mi pulso se acelera.

—Esas palabras no suenan a la descripción del puesto de una secretaria —musito, notando que se me humedecen los ojos.

Los suyos también brillan.

—Malu… no me hagas esto ahora. —Nunca le he visto rogarle así a nadie. Estoy tan chocada que casi no puedo cerrar la boca.

—No quiero ser solo tu secretaria, Rin… No quiero verte solo en la oficina, ni quiero tener que aguantarme cuando Miss Gasolina tontea contigo en el paddock. ¿Recuerdas cuando estabas hechizado y me pediste que mostrara mis celos, que te reclamara? Pues eso es lo que quiero ahora…

El silencio que sigue dura demasiado. Entiendo que no va a venir nada más. Que sigue sin poder decirlo, aunque lo sienta. Doy un paso atrás.

—Adiós, Rin. —Cierro la puerta y me apoyo contra ella en el silencio de mi casa.

De primeras no escucho nada, pero un instante después sus pasos resuenan en las escaleras cada vez más lejanos. El motor de su coche me indica que se está marchando.

Las lágrimas llegan solas, sin dramatismo.

Me siento en el sofá y las dejo caer.

Le quiero y sé que él también. Y a veces querer a alguien significa dejar de ser el sitio donde se esconde. Aunque duela.