Hechizo de amor para el CEO 27
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Salgo del apartamento de Watanabe antes de que mi hermana pueda arrepentirse de lo que acaba de proponer. O antes de saber si él está de acuerdo con el plan.

Tokio está húmedo y brillante cuando salgo a la calle.

Los neones se reflejan sobre el asfalto mojado, aunque en estos momentos no está lloviendo.

Me ruge el estómago, pero ni en broma pienso regresar a ese apartamento, después de lo que acabo de escuchar.

Así que camino por el barrio de Watanabe en busca de una tienda de conveniencias que esté abierta a estas horas.

Sin poder evitarlo, compruebo de nuevo mi teléfono. Nada. Rin estuvo a punto de confesarse en el coche, antes de ver a su madre. Pero ahora, se ha alejado de nuevo, convirtiéndose en el mismo de siempre.

Las palabras de la chamana vuelven a rondarme la mente. Quizá llevo demasiado tiempo siendo el lugar cómodo al que volver. La persona que está ahí, siempre ahí, exactamente donde él puede tenerme sin arriesgar nada.

Y quizá por eso nunca ha tenido que elegir.

Mi estómago ruge de nuevo, con sus propios dramas. Me detengo frente a un konbini iluminado con fluorescentes blancos. El pitido de la puerta suena cuando entro. El calor artificial me golpea la cara con el olor específico de las tiendas de conveniencia japonesas, café y plástico.

Compro ramen instantáneo y una bebida caliente.

Después, me siento junto a la cristalera mientras espero que el agua hierva.

Afuera empieza a llover, primero suave y luego con fuerza.

El cristal se llena de líneas de agua, que distorsionan los neones en formasque resultan ser más bonitas que los neones mismos.

Apoyo la barbilla en la mano mientras doy vueltas a los fideos.

Qué deprimente. La chica que defendía que el ramen era romántico está cenando sola en un konbini bajo la lluvia.

La puerta automática se abre y varias personas entran apresuradamente. Un oficinista empapado que va directo a los onigiri . Dos estudiantes que se ríen de algo en un móvil. Una pareja que se agita la lluvia mutuamente y no parece importarles salpicar todo.

Y entonces una voz que reconozco dice:

—¿Malu?

Levanto la cabeza.

—¿Daichi?

Daichi Kimura se sacude el agua del pelo y me dedica una sonrisa afable. Va con una gorra negra y una sudadera amplia, pero incluso así tiene la presencia de un deportista famoso.

—Cuánto tiempo. —Se acerca a la barra donde estoy sentada con un café recién comprado— ¿Puedo?

Señala el taburete de al lado.

Asiento.

—¿No cenas con Rin esta noche? —Sus ojos brillan de curiosidad conforme se acomoda—. Vi fotos en la prensa de los dos juntos en el parque.

Algo se me encoge en el pecho.

—No estamos juntos.

Daichi pestañea.

—Ah, ¿no?

Niego y mis ojos regresan a la lluvia en el cristal.

—Sigo siendo solo su secretaria.

—Vaya. —Suelta una risa suave—. Por un momento creí que por fin le había echado huevos a la vida y se había confesado a nuestra Hikari.

Mi cabeza gira hacia él de golpe.

—¿Hikari?

Daichi asiente con media sonrisita juguetona.

Parpadeo.

—¿Hikari la chica que le gustaba hace años? —Estoy confusa.

Daichi empieza a reírse.

—Se podría decir así.

—¿Qué tiene que ver ella? —insisto, preguntándome si Daichi la conocía y si puede hablarme de ella. Siento una curiosidad malsana por la mujer que consiguió rondar los pensamientos de mi jefe durante sus borracheras.

—Espera. ¿Tú pensabas que Hikari era otra persona?

Mi estómago aletea furioso, y ni siquiera sé por qué.

Daichi se apoya en la barra. Me dedica la sonrisa de quien está a punto de decir algo que no puede creerse que sea necesario decir.

—Malu, Hikari eras tú. Siempre fuiste tú.

—Trato de buscar señales en su rostro de que me está gastando una broma, pero no los veo por ninguna parte—.

Rin y yo te llamábamos así porque eras como una luz en el paddock .

Siempre corriendo de un lado a otro, arreglando nuestros desastres sin perder el ánimo, iluminando el caos. Nuestra chica sol.

El suelo parece moverse bajo mis pies, y no estoy segura de cómo sigo de pie.

Daichi me dedica una sonrisa nostálgica.

—Sabía que le gustabas, pero como no se decidía, me lancé yo y te besé con el subidón de la victoria. Luego me sentí mal porque lo de Rin contigo era bastante más profundo. Aunque si me dices que después de seis años sigue sin dar el paso, voy a replantearme esa decisión.

El mundo se queda completamente quieto. Incluso la lluvia parece bajar de volumen. El ramen se me enfría en el cuenco. La tienda sigue siendo exactamente la misma que hace treinta segundos, y sin embargo todo parece haber cambiado de escala.

Me viene un recuerdo de aquella noche. Rin borracho tirado en una hamaca de la piscina del hotel donde se celebró el evento, abrazado a una botella de champán.

La herida en el labio después de la pelea con aquel piloto belga.

Yo limpiándosela mientras creía que estaba demasiado borracho para enterarse.

El momento en que tiró de mí hacia él y quedé tumbada sobre su cuerpo.

Él murmuró contra mi oreja algo que yo entendí como el nombre de alguien a quien no podía superar.

Hikari: Luz

Yo creyendo durante años que hablaba de otra mujer. No hablaba de otra mujer. Hablaba de mí, me abrazó a mí.

—No lo sabías —dice Daichi, observando la procesión de sentimientos que sin duda están pasando por mi rostro.

Niego tan despacio que apenas es un movimiento.

Dios mío. Todo este tiempo creyendo que era otra, que yo nunca le había gustado…

Daichi exhala algo entre risa e incredulidad.

—Ese hombre va a matarme por decirte esto.

—No, tranquilo, no voy a contárselo. —Me pongo de pie tan rápido que el taburete protesta—. Necesito hacer algo.

—Eso parece.

Voy directa al mostrador.

—¿Tiene papel y bolígrafo?

El dependiente parece algo exasperado con mi petición, y el hecho de que tiene una cola de compradores que solo quieren resguardarse de la lluvia, pero me entrega ambas cosas sin comentarios.

Y allí mismo, en la barra de un konbini mientras llueve sobre Tokio, escribo mi carta de renuncia a mano tratando de que no se note que me tiembla el pulso.

Porque la chamana tenía razón, Rin nunca va a elegirme mientras yo siga siendo el sitio al que puede volver sin consecuencias. Y si quiero que eso cambie, tengo que quitarme de en medio. Aunque me cueste todo. Aunque me aterre.

Cuando llego al edificio de Rin estoy completamente empapada. El agua chorrea de mi chaqueta en el portal y el pelo rosa se me pega a la cara. El papel de la carta está húmedo en las esquinas, aunque lo haya guardado dentro del bolso.

El portero automático suena y tarda menos de un minuto en abrir. Para cuando salgo del ascensor él ya tiene la puerta abierta. Se queda inmóvil al verme.

—¿Malu? —Me observa de arriba abajo, viendo lo calada que estoy— ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Lleva ropa cómoda, el pelo algo despeinado, ojeras que dicen que tampoco ha dormido bien. Durante un segundo casi olvido por qué he venido, pero me obligo a avanzar.

Saco la carta del bolso con las dos manos y se la entrego.

Él baja la vista, la abre y lee. Su rostro pierde el color y parece chocado.

—¿Qué es esto?

—Mi renuncia.

Levanta los ojos hacia mí.

—¿Qué?

—Dejo la empresa.

—Malu...

Da un paso hacia fuera del piso, con una urgencia que no ha calculado y que es lo más honesto que ha hecho esta semana.

—Gracias por todo este tiempo, Takeda-san.

Intento hacer una reverencia profesional, pero me tiembla el cuerpo y me caen gotas de agua por todas partes, así que debe resultar un tanto patética. Él ni siquiera procesa el gesto. Sigue con la carta en las manos, mirándome anonadado.

Me voy antes de que pueda reaccionar, y convencerme de algo que me va a dejar estancada en un lugar demasiado doloroso.

Bajo en el ascensor sin mirar atrás y noto que estoy jadeando. Me concentro en el número de planta bajando. El vidrio empañado de la recepción y la ciudad mojada están esperándome fuera. Conforme camino siento que he cometido el peor error de mi vida y que he hecho lo correcto al mismo tiempo.

Lo que acabo de hacer no tiene vuelta atrás y puede que le pierda para siempre.

Si Rin no reacciona ni siquiera le veré como su secretaria, no le veré en absoluto y eso me asusta tanto que me tiemblan las piernas.

Trato de convencerme de que era necesario y que duele de todas formas porque necesario y sin dolor nunca han sido lo mismo.

Ocurre algo curioso cuando llevas seis años seguidos trabajando, y es que descubres que tu casa tiene una vibración diferente en horario de oficina.

Papá está en su taller, Rafaela está cuidando de Watanabe…

con lo que sea que eso significa. Trato de no imaginármelos teniendo sexo en la cama de Watanabe serios e incómodos, sabiendo que no es diversión si no una situación de vida o muerte.

La casa tiene mucha luz a estas horas, pero no el ruido de los fines de semana y esa combinación extraña es lo que hace que la sienta diferente.

Pongo la tele en volumen bajo para que me haga compañía y me siento en el sofá para terminarme mi té y leer un libro. Sigo en pijama a pesar de que son casi las once, pero es mi primer día como desempleada y puedo permitírmelo.

No llego a sumergirme en la lectura, porque llaman a la puerta y mi corazón da un vuelco. Me levanto, diciéndome que probablemente sea papá que viene a picotear algo, Rafaela o algún vecino. Cuando abro me encuentro a mi hermana con una bolsa enorme y cara de que lleva un mes sin dormir.

Intento tragarme la decepción o un rinconcito muy recóndito de mi interior.

—¿Cómo está? —pregunto.

—Ayer volvió a desvanecerse unos segundos. —Suspira y entra apresurada—. Y sigue convencido de que acostarse conmigo sería aprovecharse de la situación.

Parpadeo.

—¿Lo intentaste? —La sigo hasta su habitación.

—Solo intenté crear el ambiente adecuado.

—¿Eso que significa?

—¡Me acerqué un poco y él entró en crisis!

No puedo evitarlo, la risa sale antes de que pueda filtrarla.

—¿Kenji Watanabe te ha rechazado cuando su vida depende de ello?