Hechizo de amor para el CEO 26
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El trayecto hasta el templo es incómodo.

No porque Rafaela vaya en el asiento de atrás manteniendo una conversación con alguien invisible.

A eso ya me he acostumbrado. Es incómodo porque Rin no ha dicho de pasar a buscarnos, que es lo que hubiera hecho normalmente.

Llevo sin verlo desde anoche, cuando se marchó sin decir nada, mientras yo le chillaba a la interesada de su madre.

El templo está escondido en una zona arbolada, y el suelo está embarrado porque lleva lloviendo toda la mañana. Los farolillos rojos en la entrada y el humo de incienso que sale por las ventanas en espirales, nos mete en el ambiente de inmediato.

—¿Ese es el chamán? —Rafaela señala a un gato blanco que se resguarda de la lluvia bajo el tejado del templo y nos observa con apatía.

—Muy graciosa.

Saco mi móvil del bolso para llamar a Rin y avisarle de que ya hemos llegado. Pero antes de que pueda hacerlo, me encuentro con un mensaje suyo:

Rin Takeda:

Ha surgido algo de trabajo. No puedo ir.

Y ya está, sin pedirme que le llame cuando salga ni nada.

—Kenji dice que hueles a ansiedad. —Mi hermana enarca una ceja y baja la vista al móvil que sostengo entre mis manos— ¿Ocurre algo?

—Él no huele a nada.

—Ha respondido que técnicamente es nada.

Me guardo el móvil en el bolso y trago saliva.

—A Rin le ha surgido algo en el trabajo, podemos entrar sin él.

El interior del templo está repleto de campanas de distintos tamaños y tiras de papel con símbolos colgando del techo.

Y en el centro de todo eso, sentada sobre un cojín morado con la espalda completamente recta, hay una mujer diminuta con un kimono amarillo chillón y el pelo cardado al estilo tradicional japonés.

Nos observa entrar sin moverse y entrecierra los ojos.

—Ahhhhhh —su grito repentino, nos hace dar un salto—. Vosotras sois las del hombre roto.

Rafaela se detiene.

—¿Cómo lo sabe?

La mujer se señala la sien con una uña larguísima pintada de dorado.

—Soy chamana.

—Ya… —La voz de mi hermana está cargada de incredulidad.

—Y además él está aquí.

Eso logra que intercambiemos una mirada.

—¿Puede verle? —pregunto.

La chamana pone los ojos en blanco con cara de que está harta de ser subestimada.

—Claro, está apoyado junto a esa pared intentando parecer intimidante.

Rafaela gira la cabeza hacia el rincón vacío y por su expresión impresionada veo que la mujer dice lo cierto. Se me eriza la piel, pero mi momento de emoción mística es roto bruscamente por una palmada de la chamana que resuena en toda la sala.

—¡Bien! Contadme el drama.

Nos sentamos frente a ella en cojines que huelen a incienso y a ácaros. Durante los siguientes diez minutos, Rafaela resume nuestra situación, mientras la mujer asiente con expresividad exagerada, bebe té de una taza con un dragón dibujado y de vez en cuando murmura cosas como:

—¿A quién se le ocurre arrancarse el hilo rojo?

Cuando Rafaela termina, la chamana suspira satisfecha con la cantidad de información que le ha dado.

—La respuesta es obvia.

—¿Puede ayudarle o no? —pregunta Rafaela.

La mujer la señala con esa uña dorada.

—Tu libro decía lo cierto. Solo volverá del todo si le quieres.

—Eso ya lo sabíamos… ¡Eso es lo que estoy intentando!

—No. —La chamana le dedica una sonrisa de condescendencia—. No puedes intentar que te guste alguien, eso crea el efecto contrario.

La boca de mi hermana se cierra de golpe y la mujer se inclina hacia delante.

—Solo permítete sentir, y empieza por los detalles: ¿Te parece guapo? ¿Te gusta cómo huele? ¿El sonido de su voz?

Rafaela abre la boca y se tensa. La veo concentrarse en no mirar hacia el lugar donde se supone que está Watanabe.

—Yo… —El silencio se estira—. Sí.

Le tiene que costar la vida reconocer esos detalles tan particulares delante de él, porque suenan mucho más reales que un simple: enamórate.

—¿Puedes desarrollarlo un poco?

Rafaela parece querer desaparecer en el cojín morado inmediatamente después de haberlo dicho.

—¿Qué quiere que diga exactamente?

—Lo que te gusta de él. Dame detalles.

—¿Bromea?

—En absoluto.

Ella suelta un bufido y duda por un momento.

—Yo… me gusta… —murmura de mala gana.

—¿Sí? —La chamana la alienta a seguir con un movimiento de mano.

—Dios… esto es humillante…—Se tapa la cara con las manos.

La chamana hace vibrar la campana que tiene en la mano.

—Vamos, niña, para amar hay que ser valiente.

—De acuerdo, de acuerdo. —Rafaela alza las manos en el aire para que la mujer deje de sacudirla en su cara—.

Sus labios… su cuerpo, obviamente. Me gustan sus manos, la forma en que le cae el pelo sobre la frente, me gusta el olor de su ropa, la curva de su cuello cuando inclina la cabeza contra el respaldo del sofá, me gusta como hace bromas de todo y su resiliencia.

No puedo creer que no me haya increpado ni una sola vez por volverle invisible…

La chamana se pone de pie y sacude la campanita otra vez.

—¿Es suficiente? —pregunta Rafaela desesperada.

—Dímelo tú, yo no necesito esa información para nada, solo quería que te lo admitieras a ti misma.

Se pone de pie de un salto que resulta sorprendente para alguien de su edad y su kimono, casi tirando una vela en el proceso. Me inclino rápido y la levanto antes de que salgamos todos ardiendo y esto se convierta en un lugar maldito.

—¡Ritual de compatibilidad espiritual! —Da una palmada fuerte en el aire otra vez.

—Eso suena caro —murmuro.

La mujer empieza a dar vueltas alrededor del espacio vacío donde está Watanabe, agitando campanitas y un manojo de amuletos que suenan como un accidente en una joyería.

—Energía masculina fuerte… un pequeño trauma también, como todo el mundo… ah, sí, muy controlado por fuera, pero se ve que arde en cuanto se apagan las luces…

La chamana alarga entonces una mano hacia el aire y aprieta algo.

—Vaya. —Parpadea.

—¿Qué está tocando? —pregunto, despacio.

La chamana carraspea.

—Los pectorales están en su sitio, sí señor.

Rafaela parece a punto de hundir el rostro en el cojín polvoriento.

—¿Es esto necesario? —Arrugo la nariz.

—Bueno, sería más beneficioso si lo hiciera su hermana, pero… ya que no se decide ella...

Suelto una risa seca y sacudo la cabeza, sin poder creer lo que estoy viendo.

La chamana sigue con su exploración con una concentración admirable.

—Mucho gimnasio, eso apunta a que es muy disciplinado y ambicioso. —Y entonces baja la mano considerablemente más.

—¡Señora! —Rafaela pega un grito que hace maullar al gato de fuera.

—Las personas tenemos mucha energía en esa zona.

—Pero, no puede tocarle ahí —protesta mi hermana, dispuesta a salir del templo y llevarse a su fantasma con ella.

La chamana se aparta con expresión de agravio.

—¿Cómo voy a interpretar la tensión espiritual completa sin una exploración exhaustiva?

Tengo que taparme la boca para ocultar la risa.

Resignada, la chamana vuelve a sentarse finalmente con la dignidad intacta.

—Hay sentimientos…

—De acuerdo… —digo cuando pasa un momento sin que nadie añada nada.

—Pero son inestables. —La señala—. Tú sigues frenándote.

—He hecho todo lo que está en mi mano, me he mudado a su casa, hemos pasado un día entero de citas.

La chamana resopla.

—¿Qué tal es el sexo?

Rafaela se queda helada. Yo también.

—¿Qué?

—¿Qué parte no entiendes, niña? El ñacañaca —repite, como si nos creyera irritantemente ignorantes— ¿Es satisfactorio para ambas partes?

Mi hermana la fulmina con la mirada, pero la chamana es completamente inmune.

Abro la boca para informarle de que no ha habido nada de eso, pero la vuelvo a cerrar, porque realmente no puedo estar segura.

—¿Y bien? —insiste la mujer, sacudiendo la campana de nuevo hacia Rafaela, que parece a punto de hacer algo muy violento.

—No nos hemos acostado.

—¿Disculpa? ¿Y dices que has hecho todo en tu poder? —La mujer levanta ambas manos en el aire, y parece darnos por perdidos—. ¿En qué clase de compromiso no hay sexo?

Mi hermana baja la mirada y tiene la mandíbula tan tensa que le va a doler mañana.

—No pensé que fuera necesario.

—¿Para amar a este hombre? —La chamana lo señala indignada—. La piel es importante, mi niña. El amor son muchas cosas, pero esa es de las básicas.

Durante un segundo Rafaela deja de parecer irritada. Ahora solo parece cansada.

—¿Entonces qué hago?

La chamana sonríe.

—Afianzar el vínculo. Compromiso emocional. Intimidad… Confianza.

—No estará insinuando…

La carcajadade la mujer hace temblar las campanas del techo.

—El sexo debería bastar.

El silencio absoluto y la expresión de mi hermana anima a la mujer a continuar con sus argumentos.

—El vínculo físico genera anclaje emocional cuando ya existen sentimientos previos. —Parece convencida de que esa es la solución—. Total, por la tensión que hay en este cuarto, diría que las dos partes llevan días pensando en ello.

Rafaela aprieta los dientes y mantiene una expresión cáustica.

—¿Va a cobrarnos por esa mierda de consejo? —suelta mordaz.

La chamana parece orgullosísima de su trabajo.

—Mi diagnóstico aquí ha terminado.

Nos levantamos con distintos grados de trauma emocional. Antes de que lleguemos a la puerta, la mujer me llama.

—Tú, María Luiza. —No sé cómo sabe mi nombre. Cuando me giro, ha dejado de agitar las campanitas.

—Mientras sigas siendo su refugio, nunca serás su elección.

Se me corta la respiración.

—¿Qué?

—Creo que sabes de lo que hablo.

El corazón me golpea las costillas. Sí, creo que lo entiendo.

Sonríe, no con la teatralidad de antes sino con algo más parecido a la compasión.

—A veces la persona que necesitas dejar ir eres tú misma. —Y entonces vuelve a ser la chamana del kimono amarillo—. Ahora largaos. Tengo una maldición intestinal a las cuatro.

Cuando volvemos al apartamento de Watanabe ya es de noche.

Por la violencia con la que Rafaela tira el bolso sobre el sofá, está imaginando que es la cara de la chamana.

—Cien mil yenes a la basura.

—Nos dijo cosas útiles —ofrezco.

—Esa pervertida nos ha cobrado por manosear al hombre invisible.

—Podía verle, no es una farsante.

—No importa porque no ha solucionado nada

Me dejo caer en el sofá, derrotada. Llevo todo el trayecto con las palabras de la chamana instaladas en algún sitio entre el pecho y la garganta, donde no terminan de acomodarse.

Mientras sigas siendo su refugio, nunca serás su elección.

Miro el móvil para comprobar si Rin ha contestado mi mensaje, pero ni siquiera lo ha leído.

El vacío en mi pecho amenaza con tragárselo todo dentro de mí.

Rafaela sigue refunfuñando mientras abre el grifo y llena un vaso de agua.

—¿Qué clase de solución es «acuéstate con él»? Eso no es espiritualidad. Eso es ser una pervertida.

Tras una pausa, mira hacia el aire.

—¿Qué ha dicho?

Silencio de escucha.

—¡No estoy celosa de una vieja!

Más silencio.

—¡Pues claro que me puse roja! ¡Cualquiera se pondría roja!

Les observo desde el sofá.

—Necesito subtítulos para Watanabe —murmuro y Rafaela me acribilla con la mirada.

—Es una pena que mi propia hermana se divierta con mi sufrimiento —se queja Rafaela, cruzada de brazos y con cara de dolida.

—¿Sabes lo que es una pena? —contrataco con calma para que le moleste más—. Que mi hilo rojo no vaya con el de Kenji, así seríamos una pareja feliz, mientras tú y Rin huis del amor en direcciones opuestas.

Watanabe ha debido coincidir conmigo, porque mi hermana mira al espacio a su lado con una mueca.

—Necesito una ducha —gruñe y se dirige hacia el baño.

Watanabe debe responder algo a eso porque ella le muestra el dedo de en medio sin girarse a mirarlo.

Es extraño quedarme a solas con un fantasma, pero como nuestras opciones de comunicación son nulas, me pongo a toquetear mi móvil. Ojeo mis redes sociales, mientras finjo que no estoy pensando en Rin.

No sé cuánto tiempo pasa, pero de pronto escucho la voz de mi hermana por el pasillo.

—¿Kenji? —aparece en el salón con el pijama puesto y pelo mojado sobre una toalla blanca, que descansa en sus hombros— ¿Kenji?

La veo asomarse a la zona de la cocina que no es visible desde el salón, y hay cierta urgencia en sus movimientos.

—Esto no tiene gracia, Watanabe —su voz se vuelve más y más apremiante—. Deja de jugar.

Me levanto también, aunque no hay mucho que pueda hacer por encontrarle.

Rafaela cruza el salón, abre la puerta del baño, recorre el pasillo y enciende la luz del dormitorio. La sigo por el apartamento mientras llama su nombre en distintos tonos, con una desesperación creciente.

Nuestras miradas preocupadas se cruzan al ver que tampoco está en el cuarto de invitados. Y vamos corriendo hacia la terraza, el único lugar donde aún no hemos mirado.

—¡Kenji! —Su voz ya no tiene ni pizca de ironía.

Me tapo la boca con la mano, temiéndome lo peor. Que hemos asesinado a Kenji Watanabe, que ha desaparecido para siempre, por culpa de nuestro maldito libro de hechizos.

Y entonces, se detiene frente a la pared del salón y se queda completamente quieta. Sus ojos se llenan de algo que creo indetificar como alivio.

—No estabas… —murmura sin aliento. Da dos pasos rápidos y abraza el aire.

Solo que ya no parece aire. Por un segundo, por un instante breve y tembloroso aparece Watanabe. Su imagen nítida y real como antes de que nada de esto sucediera.

Se está dejando envolver por Rafaela con una expresión petrificada. No quiere mover un músculo para no romper el hechizo de que ella lo esté abrazando.

Se me corta la respiración.

—Rafaela.

Ella gira la cabeza hacia mí y se aparta de él, y en cuanto el contacto se interrumpe, él vuelve a desaparecer.

—Le he visto —murmuro.

Rafaela baja la mirada hacia el lugar donde deberían estar los ojos de Watanabe. Algo se mueve en su cara, y se transforma en determinación.

Traga saliva y se aparta un mechón de pelo detrás de la oreja con torpeza. Y entonces, dice hacia el espacio donde acabo de ver a Watanabe.

—Acostémonos.