25 #2
Rafaela y Watanabe van unos pasos por delante. O Rafaela va unos pasos por delante hablando con el espacio a su lado. Aquí resulta todavía más visible que en el acuario, pero ella ya ha superado la vergüenza de parecer una demente.
Rin camina a mi lado con mis bolsas en la mano. En algún momento me las quitó sin preguntar, a pesar de mis protestas. ¿Cómo se supone que debo superar nuestro romance falso, si no vuelve a comportarse como el jefe egocéntrico de antes?
Ahora se inclina hacia mí sin previo aviso y sin que haya gente empujándole, y mi corazón da un salto desbocado.
—Creo que le he visto por unos segundos —murmura bajito con la vista al frente, tal vez con miedo de gafarlo.
—¿A Watanabe?
Él asiente y me echa una mirada de reojo. Parece un poco cohibido ahora que estamos al aire libre.
—¿Me lo habré imaginado?
—No, yo también le he visto en el acuario.
Rin suspira aliviado. Está más preocupado por lo de Watanabe de lo que creía. Con esa capacidad de esconder sus sentimientos… ¿puede que algo de lo que me dijo estando hechizado fuera cierto?
—Entiendo por qué tiene miedo —dice Rin, sin que yo haya preguntado nada.
Le miro. Su expresión se ha vuelto distante, perdido en recuerdos.
—El divorcio de su madre y nuestro padre fue muy duro para ella —explico—. Rafaela no cree en el amor.
Él tarda unos segundos en responder mientras caminamos entre el gentío de los puestos.
—No es que no crea, es que le tiene miedo —dice al fin. Y por su forma de hablar creo que se refiere a sí mismo también—. Querer a alguien y acostumbrarte a tenerle en tu vida te pone en una posición muy vulnerable.
La tristeza en su voz hace que se me retuerza el corazón.
Me viene a la memoria el retrato detrás de la pared.
En lo que dijo Hiroshi aquella noche: la amé más de lo que debía , y él lo vio todo.
Pienso en los ojos que no le gustan porque son los de ella.
Y entiendo, de la forma en que se entienden las cosas cuando ya se tiene toda la información, que la herida de Rin no es la distancia.
Es que asumió la distancia como protección y ya no sabe estar sin ella.
Mi móvil vibra en el bolsillo. Lo saco distraídamente. Y el corazón me sube a la garganta al ver de quién se trata.
Kaori Takeda:
He estado pensando en lo que dijiste. Puedo verle hoy si crees que es buena idea.
Miro la pantalla y después a Rin, que sigue caminando a mi lado sin saber nada, con mis bolsas en la mano porque no es tan egoísta como yo pensaba. Veo la tristeza que asoma por detrás de su belleza y su arrogancia, y tomo una decisión. Tecleo antes de que pueda pensármelo demasiado y arrepentirme.
María Luiza Aoki:
Perfecto. Te mando la dirección.
Guardo el móvil. Y cuando él mira el gesto con curiosidad, no digo nada.
Ya es noche cerrada cuando Rin se detiene frente a mi casa.
Los lugares que hemos visitado, las conversaciones de antes, todo ha dejado esa calidez específica que se instala entre dos personas cuando han pasado demasiado tiempo juntas, y los bordes se han ablandado sin que nadie haya dado permiso.
El coche se sume en el silencio cuando el motor se apaga. Esta vez él no hace el gesto de arrancar inmediatamente.
Se queda con la mano en el volante y me echa una mirada de duda, que hace que mi corazón de un salto mortal en mi pecho.
—Tengo un problema, Malu —empieza a decir en un tono grave e íntimo que me eriza la piel, y se me abre la boca. Su mirada lo registra y le brillan las pupilas—. Todas estas citas para que tu hermana se enamore de Watanabe me están…
Me inclino un poco más hacia él, no porque quiera si no porque su cuerpo es un imán y yo soy el polo opuesto.
Y entonces algo cambia en su expresión. Se endurece gradualmente, enfocada al otro lado de una ventana.
Sigo su mirada hasta una mujer frente a mi portal.
Tiene esa clase de elegancia que hace que te sientas una rata de cloaca por comparación. Lleva un abrigo abotonado hasta arriba a pesar de que no hace tanto frío. Las manos juntas delante, dan la impresión de que lleva un rato esperando.
Debe ser Kaori.
Rin se queda inmóvil y todo el calor del coche desaparece de golpe.
—¿Qué hace ella aquí? —pregunta. Su voz ha perdido todo lo que tenía hace treinta segundos.
Bajamos del coche. Mi plan sonaba considerablemente mejor en mi cabeza, pero, con su reacción, me lo estoy replanteando.
Kaori nos ve y esboza una sonrisa tensa.
—Rin…
Él no responde al saludo.
—Pensé que quizás necesitabais hablar —digo, con cautela. Su expresión enfurecida hace que me arrepienta del todo.
La mujer da un paso hacia él.
—Sé que probablemente estás enfadado, pero solo quería…
—¿Qué haces aquí? —la corta él, sin una pizca de calor.
Ella vacila y esa reacción me dice que no tiene la voluntad de arreglar las cosas.
—Hace tanto que no hablamos… —murmura—. Quería saber cómo te iba.
Rin suelta una carcajada amarga e incrédula.
—Por favor, nunca te ha interesado saber cómo me va —replica mordaz—. Dime la verdad.
—Hijo…
A eso, Rin suelta un bufido.
—¿Cuánto quieres? —espeta, sacándose el móvil del abrigo.
Mi cuello gira hacia él sin poder creer que haya dicho eso.
—Rin —le regaño.
—Los alquileres están por las nubes hijo, me gustaría quedarme en Tokio y verte a menudo, pero con los precios de la ciudad me temo que tendré que marcharme.
Mi ceño se frunce al escuchar lo que sale de la boca de la mujer que le dio la vida a uno de los hombres mejor hechos del país.
—¿Qué quiere decir? —intervengo.
—Te he preguntado que cuanto quieres —repite Rin haciendo caso omiso a mi pregunta.
—Con unos diez millones de yenes podría dar una entrada para una casa en algún lugar barato de la ciudad —murmura ella con la cabeza gacha, haciéndose la víctima.
—Pero… ¿de verdad le está pidiendo dinero? —Mi voz va aumentando conforme crece mi indignación—. ¿Lleva años sin verle y eso es lo primero que se le ocurre decir?
Ella se lleva una mano al pecho.
—¿Cómo vamos a arreglar las cosas si tengo que marcharme de la ciudad? ¿O quieres que viva en la calle mientras mi hijo, al que di la vida, tiene un imperio?
Estoy tan indignada que de primeras no puedo responderle nada.
—Pero será desalmada… —comienzo a chillarle. Doy un paso hacia ella. Rin me rodea la cintura antes de que pueda llegar.
—No te acerques mucho o te demandará por daños físicos, aunque no existan —me advierte él, apartándome de su madre.
Ella se hace la ofendida.
—Rin, yo quería verte, de verdad, pero también hay una situación con mi casero… Quiere subirme el alquiler a una suma que no puedo afrontar. Y no hay nada… los alquileres están imposible. Me están echando de la ciudad.
—Usted es increíble. —Sacudo la cabeza profundamente decepcionada y dolida por él—. ¿Solo ha accedido venir aquí para eso?
—Es mi hijo, si no me ayuda él, ¿quién va a ayudarme?
—Ni se te ocurra contactar a mi padre para esto —gruñe Rin—. Te daré el dinero yo.
—¿Qué? ¡No! —me opongo, sintiéndome responsable. Soy responsable.
Rin hace caso omiso de mi protesta.
—¿Cuánto necesitas?
Ella baja la mirada al suelo y le da una cifra.
Rin teclea en su teléfono y le hace una transferencia sin condiciones, ni siquiera la juzga. Su falta de enfado me rompe el corazón aún más.
Kaori intenta añadir algo. Una explicación, una disculpa para llenar el espacio entre el dinero que acaba de recibir y la persona que se lo ha dado.
Él ya está retrocediendo. La mira un segundo con una expresión de quien ha visto exactamente lo que esperaba ver y aun así le duele.
Kaori le da las gracias y promete llamarle, pero Rin no reacciona a esas promesas. Me hace sospechar que ya las ha escuchado otras veces.
La mujer se da la vuelta para marcharse. La decepción me invade. Hasta el último instante, había anhelado que mostrara señales de que le importa su hijo.
—Un momento, señora Takeda —grito a su espalda. Ella se detiene y me mira solo de lado, como si le estuviera quitando un tiempo que no tiene—. Creo que no es consciente de lo que está perdiendo con esa actitud. ¿Sabe por qué su hijo era el más rápido de la pista?
Kaori no responde, pero tampoco se retira, así que aprovecho para seguir hablando.
—Porque Rin Takeda es cien por cien eficiencia.
Porque antes de salir recorría la pista a pie y se aseguraba de memorizar cada curva, cada bache.
Y esa es la forma en la que lo hace todo en su vida.
Por eso hizo florecer la empresa de su padre en tiempo récord.
Si le dedicara media hora de su apretada agenda a pasar algo de tiempo con él, vería que merece la pena.
Rin lo da todo y acaba siendo el mejor piloto, el mejor CEO y podría ser el mejor hijo, y usted se lo está perdiendo.
Pero ni siquiera le importa porque tiene el corazón seco.
Después de soltar todo eso, noto cierto alivio, sobre todo cuando veo un brillo de duda e incomodidad en los ojos de ella, que me llena de satisfacción.
Kaori no responde nada, porque simplemente no tiene una buena contestación a la verdad.
Al final, tras un instante de duda, baja la cabeza y se aleja por la calle con paso lento, pero firme.
Cuando giro para enfrentarme a Rin, descubro que ya no está detrás de mí. Ha entrado en su coche
Doy un paso hacia el vehículo, pero entonces el motor arranca y el Aston Martin desaparece por la calle sin que el conductor mire atrás.
Me quedo sola frente a mi puerta, y noto un peso en el estómago. La he cagado, y esta vez no hay hechizo que pueda solucionarlo.