25
El desayuno ocurre fuera, porque nadie quiere volver a desayunar ramen y eso es todo lo que el apartamento de Watanabe contiene.
Acabamos en una cafetería pequeña cerca de la estación, con mesas de madera y ventanas con persianas francesas. Nunca he estado en Francia, así que me siento como una turista en mi propia ciudad.
La camarera deja los platos sobre la mesa y antes de que pueda tocar nada, Rin aparta los tomates del mío en un gesto automático.
Me quedo perpleja y él también parece sorprendido de sus propios actos.
—Los odias —se excusa finalmente, sin levantar la vista.
Asiento, igual de despacio.
Normalmente a Rafaela le divertiría ver que nos comportamos como una pareja, pero ahora mismo solo parece exasperada.
—Bueno —dice, dejando la cuchara—. Tenemos un problema.
—Varios —corrijo.
—Uno principal. —Señala el asiento vacío—. Tengo que enamorarme de él, de verdad, sin trucos ni hechizos. Y eso es imposible.
La señora mayor, de la mesa de al lado, nos echa un vistazo, que mezcla confusión y diversión.
—¿Por qué es imposible? —Rin da un sorbo a su café—. Es atractivo y exitoso.
Rafaela baja la mano despacio.
—No estoy interesada en esas cosas.
—También es rico —añade Rin, haciéndome poner los ojos en blanco.
—Y todos sabemos que esa es la base del amor verdadero. Tenemos a Melania y a Trump como ejemplo.
—Necesitamos acelerar el proceso —prosigue Rin, haciendo oídos sordos a mi sarcasmo.
—¿Perdón?
—¿Qué hace que la gente se enamore?
Rafaela le mira.
—No es mala idea, Rafaela —intervengo, sin sentir una pizca de culpa por ponerme de parte de nuestro jefe. Al fin y al cabo, el hilo rojo ya la unía a Watanabe, se supone que están hechos el uno para el otro—. Pensemos en las cosas que funcionan en las novelas románticas.
—¿Disculpa?
—El «de enemigos a amantes», la «proximidad forzada», el «solo una cama», el «chico rico y su asistente», el «grumpy vs sunshine»… eh, acabo de darme cuenta de que todos esos ya se cumplen… Deberíais estar enamorados ya.
Rafaela pone cara de que quiere ahogarme con sus propias manos.
—El caso es que no lo estamos —gruñe.
—Ummm… —Quiero decirle que no es tan indiferente como le gusta aparentar, pero lo cierto es que si estuviera enamorada todos podríamos ver a Watanabe, así que tengo la prueba de que no lo hace delante de mis narices—. Vale, quizá necesitamos algo más.
—¿Qué proponéis? —Rafaela se muestra dispuesta, aunque de mala gana.
—En Fatalidad a tu servicio montan varias escenas típicas para que ella se enamore de Fatalidad —empiezo.
Rin me mira con esa expresión de paciencia calculada.
—¿De qué estás hablando? Las palabras que salen de tu boca no tienen sentido.
—Es un drama coreano —le explica Rafaela, y ella sí parece tenerlo en cuenta como una buena propuesta.
—Deja de usar dramas coreanos como referencia.
—¿Y tú qué propones, señor el-ramen-no-es-romántico?
—Sigo teniendo razón con eso.
—Discrepo.
—¿Es que querías desnudarme anoche cuando preparé la cena? —Rin me reta con la mirada.
Pero tengo la venganza perfecta: la sinceridad.
—Siempre quiero desnudarte, jefe —confieso con una sonrisa, sosteniéndole la mirada.
La expresión chocada de Rin y el leve endurecimiento de su mandíbula me dicen que he ganado esta ronda.
Rafaela golpea la mesa con los nudillos.
—Por favor. Dejad de coquetear delante del fantasma y yo.
—No estamos coqueteando —decimos los dos a la vez.
Quiero desaparecer. Rin extiende la mano para alcanzar su taza de café, pero tira la botella de agua sin querer. Rafaela suelta una risotada, y no intenta disimular el hecho de que se está riendo de nuestra incomodidad.
—Vale —digo, sacando el móvil para cambiar de tema antes de que la situación empeore—. Lluvia de ideas para enamorarse.
—Citas, supongo —dice Rafaela, con esa resignación de quien está aceptando un tratamiento médico desagradable.
—Mirarse a los ojos durante treinta segundos —añado.
—Eso no funciona de verdad.
—Sí funciona, aumenta la intimidad emocional. Lo vi en un estudio.
—¿En TikTok? —dice Rin.
—En TikTok basado en un estudio.
—¿Cómo no fiarse?
—También podéis bailar juntos —continúo, ignorando el tonito de mi jefe—, compartir un paraguas bajo la lluvia, ver fuegos artificiales, actividades con adrenalina…
— Kabedon —añade Rafaela, completamente seria.
Me atraganto con el café.
—Así que te va el Kabedon ¿eh? —Le dedico una sonrisita maliciosa a mi hermana, cuando me recupero. Normalmente no es nada romántica y ni siquiera ve películas si la trama contiene romance, a no ser que yo le insista, como es el caso de Fatalidad a tu servicio , que, por cierto, le encantó.
—¿Alguien puede explicarme qué significa eso? —interviene Rin, y me da la impresión de que se está divirtiendo con nosotras, aunque no lo admitiría ni bajo tortura.
—Malu puede mostrártelo cuando estéis a solas —dice Rafaela. Por la cara que pone nuestro jefe, debe estar imaginándose algo mucho más pervertido de lo que es en realidad.
—Significa «golpear la pared» y viene del manga, normalmente cuando un chico pone la mano en la pared y atrapa a la chica con su cuerpo —le explico para que no crea que estamos hablando de cosas peores.
Él parece algo decepcionado por la inocencia de la descripción.
Rafaela, resignada, se gira hacia el asiento vacío.
—Podemos intentar lo de mirarnos fijamente.
Watanabe debe responder afirmativamente, porque se queda mirando el punto en el aire frente a ella con una intensidad perturbadora, para el que no sepa que hay alguien ahí.
Al principio la expresión de mi hermana es impasible, pero poco a poco su muro empieza a desmoronarse, puedo ver como se le dilatan las pupilas, se le entreabren los labios y se le sonrojan las mejillas, hasta el punto en el que siento que tengo que apartar la vista y darles intimidad.
Mi hermana traga saliva, perdida en los ojos del piloto.
—¿Seguimos con la lista? —le susurro a Rin
Juntos apuntamos varias actividades románticas de las que nunca pensé que hablaría con mi jefe.
Dos horas después estamos en el acuario porque es el número dos de la lista que hemos elaborado entre los cuatro.
Hay mucha gente. Niños corriendo, parejas haciéndose fotos.
La luz azul de los tanques reflejándose sobre el cristal y sobre todas las caras, con esa calidad de otro mundo que tienen los acuarios.
Rafaela camina por delante, hablando con Watanabe.
Varias personas le lanzan miradas de reojo al verla conversar con el espacio.
—Piensan que estoy loca —murmura.
Pausa de escucha.
—No me tranquiliza que pienses que parezco adorable hablando sola.
Rin me toma del brazo y ralentiza nuestro paso.
—Vamos a dejarles espacio —sugiere. Por un momento les perdemos de vista porque el lugar está a reventar.
Cada vez que alguien pasa empujando, Rin me protege automáticamente con su cuerpo. Mi corazón se retuerce cada vez que lo hace.
Llegamos al túnel oceánico. La luz azul cubre todo, los tiburones pasan despacio sobre nuestras cabezas, y el lugar tiene esa calidad irreal que convierte momentos ordinarios en algo diferente.
Observo a Rafaela desde lejos, que se detiene frente al cristal.
Está negando con la cabeza hacia el vacío, pero sonríe.
Y entonces parpadea el aire a su lado y diviso una figura difuminada, apenas un instante.
Lo suficiente para ver la forma de sus hombros, el ángulo de su cabeza, inclinado hacia mi hermana. La imagen desaparece.
Watanabe. Me quedo sin respiración.
Rafaela sigue charlando con él inconsciente del cambio.
—¿Has visto eso? —susurro.
Rin alza una ceja.
—¿El qué?
Rafaela está poniendo los ojos en blanco, mientras sonríe sin querer.
Lo entiendo todo de golpe. Está enamorándose. No de la forma en que se enamoran los personajes de los libros, de golpe y con música de fondo. De la forma real, esa que ocurre despacio y que de repente está ahí, cuando ya es demasiado tarde para decidir si querías que estuviera.
—Creo que está funcionando —le susurro a Rin, sin apartar los ojos de mi hermana—. Has tenido una buena idea, este es el lugar perfecto para enamorarse.
Para darme la razón, un grupo de turistas pasa por una zona estrecha y empujan a Rin por la espalda, que estaba justo delante de mí.
Quedo atrapada entre él y el acuario. Su cuerpo está muy cerca del mío, mientras los tiburones pasan, con total indiferencia al otro lado del cristal frío contra mi espalda. Aunque lo que estoy sintiendo con su proximidad es mucho más peligroso que ellos.
Nos quedamos completamente quietos mientras pasa el grupo. La luz azul del acuario le cae de lado, marcándole los pómulos, y está tan cerca que puedo ver todos los detalles que amo en sus ojos.
Los veo bajar a mis labios y sé que está pensando en lo mismo que yo. En lo bien que se sentían nuestras lenguas enroscadas.
Me noto arder, y debo tener las mejillas a la temperatura de Marte.
—Perdón —murmura él, sin moverse.
—No pasa nada —respondo.
El grupo se dispersa, pero él no se aparta. Sus labios están a una distancia que no tiene excusa.
—Rin…
—Lo sé —confiesa, muy bajito—. Algo ha fallado con vuestro conjuro de debilitamiento, porque no consigo controlarme como antes.
—¿Controlarte? —Me falta el aliento al hablar.
Un niño pasa corriendo entre nosotros y el hechizo, que irónicamente no es ningún hechizo, se rompe.
Rin pestañea, retira las manos del cristal y da un paso atrás. Y tan rápido como había caído en ese mágico instante de intimidad azul, el muro que usa como armadura se alza de nuevo.
Después del almuerzo, damos un paseo por el parque. Allí, Rafaela y Watanabe se hacen las treinta y seis preguntas para enamorarse de Arthur Aron, bajo una lluvia de pétalos rosas. El siguiente destino es la feria nocturna del puerto.
Las luces de los puestos iluminan la calle con una calidez anaranjada, y el aire huele a takoyaki y algodón de azúcar.