24
Al día siguiente, después del trabajo, nos reunimos en el apartamento de Watanabe para investigar juntos.
La cálida iluminación y la decoración acogedora no ayuda a contrarrestar el hecho de que el salón está hecho un desastre.
Libros abiertos sobre la mesa, hojas con anotaciones que se superponen unas a otras, bolígrafos sin capucha, tazas de infusiones frías.
Rafaela está sentada en el suelo con las piernas cruzadas hojeando el grimorio, a una velocidad que cuesta creer que esté leyendo nada.
Frente a ella, hay un espacio vacío donde supuestamente está Watanabe.
Sigo sin acostumbrarme del todo. A veces casi puedo imaginarlo ahí, sobre todo cuando Rafaela reacciona a cosas que ninguno vemos.
—Eso no ayuda —murmura al aire.
Una pausa.
—Pues descansa más rápido.
Rin levanta la vista desde el sofá.
—¿Qué le pasa?
—No le gusta que Malu ponga los pies en la mesa de café.
—Dile que me cae mejor invisible —respondo, pero los retiro.
—Te escucha —me recuerda Rafaela justo antes de poner los ojos en blanco con la resignación de un intérprete
—Dice que opina lo mismo de ti.
Sonrío antes de poder evitarlo.
La tensión de ayer sigue ahí, pero esta noche está cubierta por el agotamiento, o tal vez, es la sensación de hermandad porque compartimos una crisis.
Rin está sentado a mi lado en el sofá. Nuestras rodillas se han rozado al cambiar de postura y casi me provoca un cortocircuito, a pesar de que debería estar concentrada en la lectura.
Hemos fotocopiado el libro para poder analizarlo todos a la vez, pero está en portugués lo que dificulta la interpretación por parte de los chicos.
Los chicos… me río pensando que parecemos dos parejas, pero que es ridículo que mi hermana y yo «estemos» con dos hombres en esas circunstancias. ¿No podíamos tener novios de la forma tradicional?
—¿En cuántos hechizos se menciona el hilo rojo? —pregunta Rin interrumpiendo mis pensamientos.
—Sesenta y tres —dice ella sin levantar la vista.
—Buff… —intervengo yo, pensando que vamos a estar aquí toda la noche— ¿Cuántos has revisado ya?
—Unos diez.
—Genial —murmuro, mi tono cargado de ironía.
Mi estómago elige ese momento para recordarnos a todos que a las necesidades básicas de mi cuerpo les trae sin cuidado nuestras crisis existenciales.
Rafaela levanta la cabeza, pareciendo fijarse en ese instante de que ya ha caído la noche y se estira.
—Ah, cierto, es la hora de la cena.
—De nada de parte de mi estómago.
Rin cierra el libro con un suspiro, se pone de pie y desaparece hacia la cocina. Escuchamos abrir armarios durante unos segundos, luego cajones, luego más armarios.
—¿Watanabe solo tiene ramen instantáneo?
—Sí —confirma Rafaela.
—Umm, interesante —murmuro.
Rin me echa un vistazo curioso desde la cocina.
—Eso prueba que es un romántico. —Me apoyo en el respaldo del sofá.
—¿El ramen? —replica él, su tono cargado de incredulidad.
—Claro, en los k-dramas siempre comen eso cuando están ligando.
—El ramen instantáneo es sodio y glutamato —responde Rin—. Eso no es muy romántico.
Rafaela, desde el suelo, oculta una sonrisita.
—Watanabe quiere que os diga que no es un mujeriego y que definitivamente no invitaría una chica a comer ramen para llevársela al catre.
—Sí, seguro que es a nosotros a quien va dirigido ese mensaje —dice Rin.
Rafaela se pone roja y yo no puedo evitar sonreír.
Observo desde el sofá mientras pone el agua a hervir. Lleva las mangas remangadas hasta los antebrazos y el pelo un poco menos ordenado de lo habitual, después de pasarse las manos por él toda la noche.
Suspiro sin querer.
—Discrepo —murmuro—. Creo que un hombre preparando ramen para una chica es lo más sexy del mundo.
Él gira la cabeza y nuestros ojos se cruzan durante un segundo demasiado largo como para ser neutral.
Una alarma nos interrumpe. Es del móvil de Rafaela y lleva sonando una vez a cada hora desde que hemos llegado.
—Hora del contacto —dice ella, y levanta una mano hacia el espacio vacío a su derecha, sin dejar de mirar su libro.
De pronto la veo hacer una pequeña inclinación hacia delante, casi como si hiciera una reverencia. Y se queda completamente quieta. Sus ojos se abren mucho y encoge los hombros, mientras el rubor le cubre las mejillas.
Aunque no veo a Watanabe sé con seguridad que la está abrazando por detrás.
Rin aparece desde la cocina con cuatro cuencos humeantes en una bandeja.
—Listo, ¿alguien por aquí tenía hambre?
—Kenji suéltame —protesta Rafaela, echando un vistazo por encima de su hombro.
Silencio.
—No, no es necesario para mantener el vínculo —murmura mi hermana poniéndose de pie.
Rin deja los cuencos sobre la mesa ignorándola y toma asiento.
Yo me muerdo el labio inferior para no reírme.
—Alguien se está aprovechando de la situación —susurro, divertida.
Rafaela, que sigue roja, se recoloca el pelo fingiendo que está sola en el salón.
Me inclino para coger dos palillos y una servilleta de la bandeja, y entonces Rin se acerca a mí por detrás.
—Espera.
—¿Qué?
No responde. Simplemente me recoge el cabello en un moño y lo ata con algo que ha debido encontrar en la cocina. Sus dedos rozan mi cuello apenas un instante al apartar un mechón. Siento su aliento cálido en mi cuello y tiemblo.
He hecho ese gesto mil veces delante de él antes de comer, pero nunca pensé que se ofrecería a hacerlo por mí.
Rafaela nos observa con los ojos muy abiertos.
—Odio que se te meta el pelo en mi comida —se explica él, de pronto incómodo por nuestra reacción. Baja la vista y coge su propio cuenco.
—Gracias. —Mi voz sale un poco aguda. El aleteo en mi pecho corrobora mi teoría sobre que el ramen siempre acaba siendo romántico.
Rafaela rompe el momento.
—Vale, esto va a ser humillante para todos.
La observo coger los palillos con una concentración exagerada.
—¿Qué haces?
—Kenji no puede comer solo. A no ser que yo haga de enlace entre él y la comida.
Mis cejas se alzan, aunque trato de ocultar mi reacción.
—Ah —digo.
Rin se tapa la boca con la mano y me echa una rápida mirada de diversión.
Con resignación, Rafaela toma ramen con los palillos y lo acerca cuidadosamente al aire.
—Abre la boca —murmura—. No voy a hacer el avioncito.
Los hombros de Rin se sacuden por la risa silenciosa y yo oculto la mía detrás de una servilleta.
—¿Está bueno? —consigo preguntar.
—Umm —dice Rafaela, seca—. Dice que se nota que Rin le ha echado doble ración de amor.
Nuestro jefe le lanza una servilleta arrugada al aire y nosotras nos reímos conscientes de que esta es la cena más extraña de nuestras vidas.
Después de la cena, nos movemos al sofá. Bueno, tres personas y una presencia fantasmal que solo confirma su existencia cuando Rafaela le responde.
Rin hojea sus fotocopias del libro apoyado contra el respaldo. Yo estoy a su lado con las piernas dobladas bajo una manta, leyendo por encima de su hombro y traduciendo lo que no entiende del portugués, que en el caso de un grimorio es casi todo. Rafaela discute con el aire de vez en cuando.
—Conjuro de lengua bífida —lee Rin, deteniendo el dedo en una página—. ¿Le habéis hecho esto a alguien?
—No le des ideas —advierto.
—Conjuro de los cien forúnculos… —continúa él—. Recuérdame que no vuelva a enfadarla.
—Tarde —murmura Rafaela, sin levantar la vista.
Las horas pasan y mi visión se vuelve borrosa. Me froto los ojos mientras Rafaela bosteza. El cansancio va ganando terreno gradualmente. Rafaela acaba medio dormida en una esquina del sofá, con el libro en el regazo y la mano extendida hacia el lado derecho de una forma que ya es automática.
—No estoy dormida —murmura.
Pausa.
—Cállate.
Otra pausa y luego ella esboza una sonrisa pequeña, casi involuntaria.
Al final Rafaela se queda dormida en el sofá, con el brazo extendido y la mano en forma de garra porque debe estar enganchada a la de Watanabe.
Es la única manera de que puedan dormir sin ponerse una alarma a cada hora.
Así que apagamos la luz y Rin y yo nos desplazamos al dormitorio, con un montón de fotocopias entre los dos y la mejor intención de seguir trabajando.
La cama no es individual, pero tampoco es lo suficientemente amplia para abarcar a dos personas que se odian, se necesitan, han salido juntas y han roto.
Nos sentamos apoyados contra el cabecero y seguimos leyendo. A cada poco él me pregunta qué significa una palabra. A veces nuestras piernas se rozan al alcanzar más folios. Ninguno comenta nada.
—Aquí habla de vínculos emocionales —murmuro.
—En el mío solo explica cómo petrificar la comida de tu cocina para que nada se te ponga malo.
—Buen truco de ahorro.
Rin deja escapar una risa cansada, y yo noto que me escuecen los ojos, así que los cierro un momento. Lo último que recuerdo es el calor de su hombro contra el mío y los dibujos exotéricos del libro danzando en mi mente.
Cuando abro los ojos a la mañana siguiente, tardo unos segundos en entender por qué estoy tan cómoda. Luego noto el peso y me quedo completamente inmóvil.
Estoy pegada al pecho de Rin y su brazo rodea mi cintura. Siento su erección mañanera presionando contra mi muslo y un calor líquido se acumula en mi vientre.
Rin abre los ojos y tarda un instante en enfocar. Me mira.
—¿Esto es un sueño? —susurra.
Durante un instante ninguno se aparta. Nuestras caras están demasiado cerca y puedo ver que hay una fotocopia doblada debajo de su hombro. La luz de la mañana entra oblicua por la ventana, y cae de una forma preciosa en el dormitorio de Watanabe a las siete de la mañana.
Luego los dos reaccionamos a la vez y nos separamos con una torpeza rápida.
—Perdón —dice él, con la voz todavía media dormida.
—No pasa nada.
El silencio incómodo se extiende como un chicle.
—Creo que nos dormimos.
—Sí.
Salimos del dormitorio tratando de evitar que se crucen nuestras miradas.
Rafaela está en el sofá con el libro abierto sobre las piernas y una expresión que me borra toda la vergüenza residual de golpe.
—¿Qué pasa? —pregunto.
Levanta la vista hacia mí, y luego de vuelta al libro, evaluando cuánto tiempo tiene antes de tener que decirlo.
—Creo que he encontrado la solución. —La buena noticia no cuadra con su tono funesto.
Le quito el libro con suavidad y ojeo el párrafo que estaba señalando con el dedo. Lo leo en voz alta.
—«Cuando un alma queda suspendida entre planos debido a la ruptura forzada de un hilo del destino…» —frunzo el ceño mientras las palabras llegan— «…solo un nuevo vínculo emocional genuino podrá restaurar su existencia física en el plano material».
Rin se acerca y lee por encima de mi hombro.
—¿Qué significa eso? —pregunta.
Sigo leyendo.
—«La persona que rompió el hilo deberá establecer un vínculo emocional sincero y no forzado con el afectado, para anclarlo de nuevo. Dicho vínculo no puede ser simulado ni inducido mágicamente. Solo el amor genuino actúa como ancla suficiente».
Miro a Rafaela que tiene expresión de llevar un rato procesando la información sin mucho éxito.
—O sea —digo, despacio, para asegurarme de que he entendido bien— que para traer a Watanabe de vuelta…
—Tengo que enamorarme de él —termina Rafaela, en voz tan baja que casi no la escucho—. Y no puedo usar el hechizo de amor, tiene que ser de verdad.
Qué ironía. La única forma de salvarlo es hacer justamente lo que le da miedo.
—¿Cuánto tiempo tienes? —pregunta Rin y si está chocado o preocupado por la noticia no da muestras de ello.
Rafaela mira el libro.
—El texto dice que cada vez que el hilo se debilita más, el desplazamiento se vuelve más permanente. —Su voz es completamente plana—. Si no se restaura antes de que el vínculo se disuelva del todo…
No termina la frase… pero todos entendemos las consecuencias a la perfección.
Desde algún punto invisible del salón, algo cae al suelo. Una taza de café que Watanabe ha debido lograr mover, y que resuena en el silencio de la mañana de forma estridente.
Rafaela mira hacia ese punto en el aire con una expresión afligida.
—Lo he oído —dice, en voz baja.
Hay una pausa en la que él debe responder algo.
—Lo sé, Kenji… No, no vas a morir. —Rafaela se frota la frente—. Vamos a encontrar una solución, ¿vale?
Rin y yo intercambiamos una mirada grave.
No he dudado ni un momento de que mi hermana pudiera solucionar este desastre de una forma mágica, pero ahora que sé que para salvar a Kenji Watanabe tiene que permitirse a sí misma amarle…
empiezo a dudar de que vaya a ser posible salvar a nuestro piloto del olvido.