23
Estoy sentada frente a Hiroshi Takeda con una copa de champán en la mano, que no he probado todavía, en un restaurante de esos en los que te atienden cinco personas diferentes.
Rin está a mi lado, con un polo amarillo que resalta su moreno y se ciñe en los bíceps.
Cosa en la que no debería estarme fijando en plena crisis.
Rafaela está frente a mí, ligeramente inclinada hacia su derecha.
Hacia la silla que supuestamente está libre.
Solo nosotros tres sabemos que Kenji Watanabe está sentado ahí.
—Esto es inaceptable —dice Hiroshi, su tono es lo suficientemente severo para que no tenga que levantar la voz—. Un piloto que desaparece el día de una carrera clave no tiene cabida en mi equipo.
Siento cómo Rafaela se tensa a mi izquierda y echa un vistazo hacia la silla vacía, seguramente escuchando lo que Watanabe tiene que decir sobre eso.
—Quiero que le despidas inmediatamente —continúa Hiroshi, dando un golpe sobre la mesa.
Una copa de champán se vuelca sola sobre el mantel blanco, justo delante de donde está Watanabe. El líquido dorado se extiende en una mancha inevitable.
Nos sumimos en un silencio absoluto. El camarero se queda congelado a medio paso con la jarrita de agua en la mano. Hiroshi baja la vista muy despacio hacia la copa caída. Luego la levanta y sonríe.
—Sí que estoy fuerte —dice, atribuyendo el accidente a su golpe sobre la mesa.
Rafaela extiende la mano hacia el vacío y me da la impresión de que ha colocado su mano sobre la de él para apaciguarlo.
—Shh —murmura, muy bajito. Su mano se queda ahí.
Hiroshi observa el gesto con una ceja levemente alzada.
—¿Se le ha subido el vino a la cabeza, señorita Aoki?
—No —responde Rafaela. Su semblante se ha vuelto pálido—. Es un tic.
—Si usted lo dice —ríe Hiroshi y, por suerte, no insiste.
Su atención vuelve a Rin.
—Vas a despedir a Watanabe.
—No —replica Rin, y no hay lugar a negociación en su tono.
Hiroshi entrelaza los dedos sobre la mesa manteniendo la calma.
—Dame un motivo.
Se hace un silencio. Miro a Rafaela y ella echa un vistazo al espacio donde está Watanabe, con una mezcla de culpa y preocupación.
—Le ha podido pasar algo —digo, antes de que el silencio se vuelva demasiado pesado—. No es propio de él desaparecer así.
—Eso no es un motivo —responde Hiroshi.
—Lo es —añade Rin—. Es el mejor piloto que tenemos y no toma decisiones irresponsables. Si no apareció, fue porque no pudo.
Hiroshi evalúa en silencio durante un instante. Sus dedos tamborileando sobre la mesa.
—Cuarenta y ocho horas —dictamina al fin—. Si no aparece con una explicación convincente, se acabó.
Me relajo un poco por haber ganado cierto margen, y Rafaela exhala.
Y justo cuando creo que lo más difícil ha pasado, Hiroshi levanta su copa y se prepara para la segunda bomba.
—Ahora, pasemos al siguiente tema.
Ese tono no me gusta nada.
—Rin. Creo que ha llegado el momento de que te cases.
El champán sale disparado de mi boca antes de que pueda impedirlo. No todo, pero suficiente para manchar el mantel en un radio generoso.
Rin pestañea mirando a su padre con la boca abierta.
—¿De qué estás hablando?
Hiroshi sigue completamente imperturbable, al parecer escupir champán y la reacción colectiva de la mesa era exactamente lo que esperaba.
—De lo evidente —dice—. Eres un hombre solitario, Rin. Y es por mi culpa. Esto se debe terminar y la única forma de que lo haga es si te pongo un ultimátum.
—Papá, creo que has estado viendo demasiados k-dramas —dice Rin con suavidad—. En el mundo real no puedes obligarme a casarme.
Rafaela se cubre la boca con la mano para ocultar su risa.
—Necesitas un empujoncito —continúa el dueño de Hayabusa como si nada—. Te observo. Te has metido a ti mismo en una burbujita y te matas a trabajar para no notarlo, pero… estas últimas semanas has vivido un poco. He visto un cambio en ti al que no estoy dispuesto a renunciar.
Su padre me echa un vistazo nada disimulado y a Rin se le marca un músculo en la sien.
—No necesito…
—Tienes miedo —continúa Hiroshi, más bajo—.
Estás aterrado y es por mi culpa. Ahora es cuando subsano mi error.
Porque cuando mi esposa se fue, me vine a bajo en lugar de ser fuerte y ayudarte a sobrellevar el golpe de perder a tu madre.
Te enseñé que el amor puede destrozar a una persona.
Pero también es lo que nos hace más fuertes, lo que nos hace florecer y tú estas últimas semanas habías florecido, hijo.
Rin cierra los ojos y se frota la cara con una mano, mientras yo noto que se me suben los colores. Hasta su padre había notado el efecto del hechizo, solo que él piensa que era por mí.
—Papá…
—No puedes hacerme cambiar de idea — le corta, sin brusquedad—, quiero que superemos este miedo juntos. Yo voy a buscar novia y tú vas a casarte.
El silencio que sigue contiene la mezcla extraña de nuestras distintas reacciones.
Mi mirada se cruza con la de Rin un segundo, pero él la aparta como si le quemara. No quiere que me haga ilusiones, no quiere que malinterprete lo que su padre está diciendo de nosotros.
Hiroshi deja la copa sobre la mesa.
—Así que sí. Te vas a casar.
—Papá. —Rin usa un tono de advertencia.
—O te casas o despides a Malu.
Me lleva un segundo reaccionar a lo que acaba de decir. Rin está observando a su padre con la boca abierta y Rafaela tiene el rostro desencajado.
—¿Te has vuelto loco?
—No, estoy más cuerdo que nunca. Este es mi ultimátum, hijo. O te casas con ella o la despides… veamos si tienes agallas de dejarla ir.
Me he quedado completamente paralizada, y aunque mi boca está abierta ningún sonido consigue salir de esta.
—¡Papá!
—Ten agallas por una vez en tu vida, hijo. Ten el valor que has tenido estas últimas dos semanas… ¿qué paso para que reaccionaras? ¿y por qué has vuelto a lo de antes?
Por supuesto nadie le responde, aunque todos los que estamos en la mesa sabemos exactamente lo que ha pasado.
—Esto es una locura, papá —murmura Rin—. Estás asumiendo muchas cosas. Estás asumiendo que ella está interesada.
—Oh, vamos, hijo, esta chica te mira como si fueras la última patata frita de la bolsa desde que te vio la primera vez.
Y a ti se te suben los colores cada vez que ella te mira.
Lleváis seis años siendo ridículamente obvios, pero no iba a meterme.
Al menos, hasta que he visto vuestras sonrisas tontas estas dos últimas semanas.
Rafaela me echa una mirada, que ahora no puedo gestionar, porque tengo el cerebro a punto de explotar.
Hiroshi se levanta.
—Cuarenta y ocho horas —repite y se va sin importarle cómo nos hemos quedado con su bomba atómica.
Después de un momento de silencio anonadado, Rafaela carraspea y da un trago largo de champán. Luego mira a su derecha.
—Sé que necesitáis un momento para procesar… todo eso —dice, con una mueca—, pero hay algo más que necesito contaros.
Ninguno de los dos decimos nada, pero es evidente que estamos deseando que nos distraiga de lo que acaba de pasar, así que Rafaela prosigue.
—Esta mañana, cuando he llegado a casa de Watanabe él… estaba… parpadeando. —Su voz baja un poco—. Como si se deshiciera por momentos y luego volviera.
—¿Qué? —me preocupo— ¿Cómo si fuera a desaparecer del todo incluso para ti?
Ella asiente con una expresión grave.
—Pero cuando le he tocado ha vuelto a verse nítido...
—Entonces, tenemos que traerle de vuelta cuanto antes —concluye Rin.
—Sí —responde Rafaela—. Creo que no podemos esperar los quince días del conjuro de debilitamiento. Tenemos que buscar otra manera.
Miro el espacio vacío junto a Rafaela. Pobre muchacho.
—¿Has encontrado algo en el libro?
—Solo que el contacto conmigo es lo que le está manteniendo anclado a este mundo.
—¿Contacto físico? —indaga Rin.
Mi hermana duda.
—Supongo que todo tipo de contacto, hablar conmigo, que le vea, es lo que le está sujetando aquí.
—Podemos ayudar —digo.
—¿Qué? —pregunta Rafaela.
—Contactar con él también. Tal vez ayude.
Hay un pequeño momento de silencio meditativo.
—Su mano está... —señala— aquí.
Muevo los despacio hacia ese punto en el aire que desde mi perspectiva está completamente vacío.
Rin me agarra del brazo y me lo impide.
—Yo lo hago —dice, y da varias palmadas reconfortantes al lugar donde le ha indicado Rafaela.
—Ah… eso parece —murmura Rafaela de pronto, mirando hacia la silla de Watanabe.
—¿Qué ha dicho? —pregunto.
Rafaela reprime una sonrisita, y parece reacia a comunicárnoslo.
—¿Y bien? —insiste Rin con el ceño fruncido.
—Umm… dice que estás celoso y que deberías hacer lo que dice tu padre y casarte con Malu.
En el silencio que sigue, Rin evita mi mirada y yo no sé qué hacer con las manos.
—Le he explicado lo del hechizo de amor —añade mi hermana.
—Rafaela… —la regaño, aunque no sé por qué. Watanabe es invisible por uno de sus conjuros, ¿qué importa que sepa lo que le hicimos al jefe?
—Quédate con él todo el tiempo —ordena Rin, entonces—. No os separéis y asegúrate de tocarle de vez en cuando.
Mi hermana trata de mostrarse impasible, pero se nota que está mortificada. Aun así, asiente, sabiendo que todo esto en parte es culpa suya y que no puede permitir que Watanabe se desvanezca en el olvido.
El trayecto de vuelta es más incómodo que ver una escena de sexo en una película con tus padres. Todo lo que nos han dicho en el restaurante se ha quedado suspendido en el interior del coche, ocupando cada centímetro disponible entre los dos asientos.
Rin conduce con una mano en el volante y la otra cerca de la palanca de cambios. Sus dedos rozan mi muslo accidentalmente, y aunque es inocente, mi cuerpo se incendia.
Parece relajado en la superficie, pero no ha dicho ni una sola palabra en todo el camino.
No me atrevo a mirarle demasiado, y casi no respiro.
Cuando llegamos a mi calle, aparca frente a la puerta y apaga el motor. Ahora sí que estamos en silencio. Y me gustaría que Rafaela estuviera con nosotros, pero se ha llevado mi coche al apartamento de Watanabe, donde va a quedarse hasta que le traigamos de vuelta.
Estamos solos. Me desabrocho el cinturón, pero no abro la puerta.
—Rin.
—¿Umm?
Me giro lo suficiente para mirarle.
—¿Por qué estabas celoso?
La pregunta aterriza sin adornos, sin la capa de ironía que a veces uso para hacer que las preguntas directas parezcan menos directas de lo que son.
Exhala despacio. Apoya la cabeza un segundo contra el respaldo, concediéndose un momento antes de responder.
—¿De qué hablas?
—De que no me has dejado tocar a Watanabe ni para mantenerle con vida —murmuro—. Y de que mandaste a Sato a revisar los neumáticos tres veces durante la carrera.
Se mantiene en silencio durante un instante corto.
—Dos.
Le miro.
—De acuerdo, le hiciste revisarlos dos veces.
La comisura de su boca se mueve apenas, pero más que de mí, parece que quiere reírse de sí mismo.
—Tal vez mi cabeza todavía piensa que eres mi novia.
Sus ojos se clavan en los míos con una intensidad que me hace contener el aliento.
—¿Sí?
Cuando su atención baja un momento a mis labios, se me acelera el pulso. Puedo ver los detalles de sus ojos desde aquí. La forma en que respira. Esa tensión contenida en la mandíbula que llevo semanas aprendiendo a leer como el indicador más honesto de lo que está pasando debajo de la superficie.
Se inclina apenas y el aire del coche se caldea. Dios, he echado tanto de menos tenerlo cerca. La textura de sus labios, el calor de su boca…
—Lo siento.
Eso no es lo que quiero escuchar. No quiero que me pida perdón por mostrar celos, quiero que confiese que tiene sentimientos reales por mí.
—No lo sientas, solo dime qué significa.
—No puedo. —Se aparta y mira hacia afuera.
Me quedo quieta un momento. Procesando su reacción, porque es cierto que tiene celos, porque acaba de mirarme como si él también quisiera volver a besarme. De eso estoy segura.
—Tu padre —digo.
El cambio en su postura es inmediato.
—¿Qué pasa con él?
—Lo que ha dicho esta noche. Sobre tu madre. —Dudo un segundo—. Creo que quizá verla podría…
—No —me interrumpe tajante—. No tienes ni idea de lo que estás diciendo.
—Necesitas zanjar ese asunto… —Lo sé por experiencia propia, porque yo misma estuve enfadada con mi madre durante mucho por haber muerto.
—No —repite, y esta vez hay algo debajo que no es solo rechazo. Está enfadado—. No vuelvas a sacar ese tema.
No deja espacio para el debate.
Asiento.
—Vale.
Me quedo mirando el salpicadero un momento. Hay una fotocopia del grimorio doblada en el asiento de atrás que ninguno de los dos ha recogido.
Abro la puerta y salgo, percibiendo que mis huesos pesan más.
—Buenas noches, Takeda-san.
Los seis años de trabajo comprimiéndose en dos palabras formales, que esta noche suenan a exactamente lo que son: una puerta cerrándose entre nosotros.
No miro atrás mientras camino hacia mi casa. Rebusco las llaves en mi bolso y las encuentro al segundo intento.
Y durante todo el tiempo noto dos cosas, su mirada en mi espalda y ese tirón en el pecho. Más fuerte que de costumbre, como si fuera a llevarse mi corazón con él, arrastrado y sangrante por el asfalto de Tokio.