Hechizo de amor para el CEO 22 #2
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—No está —suelto antes siquiera de llegar a él—. Rafaela no está en casa, no contesta, se fue en mitad de la carrera y se llevó el libro. No sé qué ha hecho, pero ha hecho algo, Rin. Porque estaba haciendo cosas muy extrañas en el box y…

—Para. —Se incorpora despacio—. Respira y explícame todo desde el principio.

Doy varias respiraciones profundas antes de hablar.

—Se ha arrancado el hilo rojo —explico, consciente de que suena absurdo—. Hizo un conjuro para seccionar la conexión con Watanabe y algo ha salido mal.

—Vale —me corta, y abre la puerta del copiloto—. Vamos a buscarla.

Su templanza me tranquiliza. Me alegra haberle contado lo del libro de hechizos y poder compartir esto con él ahora.

Primero vamos al parque de mi barrio donde solemos ir a tomar el sol y pasear. Los cerezos han llenado el suelo de pétalos rosas, hay niños en los columpios y parejas en los bancos, pero Rafaela no está.

Nuestra siguiente parada es la oficina. La cuarta planta tiene las luces apagadas, aunque nos cruzamos con algún rezagado haciendo horas extras o recogiendo algo olvidado el viernes. Su mesa está vacía, el ordenador en reposo, el bolígrafo en el sitio exacto donde lo deja siempre.

Nada. La casa de nuestra tía, que es el tercer sitio donde Rafaela podría ir.

—No, cariño —responde ella al telefonillo—. Aquí no ha venido. ¿Está bien?

—Sí —miento—. Debe estar en casa. Gracias.

Volvemos al coche. Rin conduce concentrado para ir lo más rápido posible sin ser detenidos, de vuelta a mi casa.

Su móvil vibra sobre el salpicadero y lo coge sin apartar los ojos de la carretera.

—Takeda. —Escucha unos instantes y su rostro se tensa—. No, seguid buscando. Avisadme con lo que sea.

Cuelga.

—Watanabe sigue sin aparecer —me informa con una expresión grave.

El semáforo se pone en rojo y un pelotón enorme de gente cruza por el paso de peatones.

—No puede ser casualidad —murmuro.

—No. —Me echa un vistazo rápido—. Está relacionado con tu hermana.

Tomo una profunda inhalación y me revuelvo en el asiento, preguntándome si esta vez hemos llegado demasiado lejos con ese libro de hechizos y hemos hecho daño a alguien.

—Su casa —decimos, casi a la vez.

El edificio de Watanabe está en una calle tranquila del sur de la ciudad. Subimos sin hablar, demasiado preocupados para entablar conversación.

Rin llama a la puerta y pasan los suficientes segundos como para que creamos que no hay nadie en casa.

Entonces, la puerta se abre y aparece Rafaela, con los ojos hinchados y las marcas del rímel corrido dibujando dos líneas oscuras bajo sus ojos.

Tiene el libro apretado contra el pecho con las dos manos.

El alivio de verla y la preocupación por su cara llegan al mismo tiempo, y se mezclan en algo que me cuesta gestionar.

—¿Rafaela? —Doy un paso hacia ella— ¿Qué haces aquí?

—Yo… —su voz tiembla—. He venido a buscarlo.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

Rin se tensa ligeramente a mi lado, y sus ojos caen sobre el libro.

—¿Para qué has traído eso aquí? —pregunto, despacio.

Rafaela baja la cabeza.

—¿Tienes algo que ver con que haya desaparecido? —pregunta Rin sin rodeos.

Mi hermana se rompe.

—La he cagado —susurra, entre lágrimas.

El sonido es pequeño, pero ocupa toda la habitación.

Doy el paso que faltaba y la abrazo. Ella se aferra al libro y a mi hombro al mismo tiempo.

—Rafaela —digo, con más calma de la que siento— ¿Qué ha pasado?

Se aparta lo suficiente para mirarme, con los ojos todavía brillantes.

—Tenía que arrancármelo con él cerca, cuando se tensara para salir al encuentro del suyo —dice—. Quería hacer el conjuro antes de la carrera para que él estuviera distraído. El libro decía que la conexión cambiaría de plano.

—¿Cambiar de plano? —repito.

—Que dejaría de ser visible en este. —Hace una pausa para secarse las lágrimas con la manga.

Rin, que ha estado escuchando desde el umbral sin moverse, da un paso dentro.

—¿Pero lo que ha desaparecido ha sido él? —deduce.

Rafaela le mira.

—No… Sí.

—¿Dónde está mi piloto, señorita Aoki?

Rafaela se aparta un poco más de mí y señala a su derecha. A un punto en el espacio que desde mi perspectiva está completamente vacío.

—Está aquí —dice, en voz baja—. Ahora mismo. Me siguió desde el circuito.

Mi piel se eriza de una forma que empieza en los brazos y sube.

Miro ese espacio. El aire entre la lámpara y la ventana, que parece vacío y normal.

—Watanabe —digo, en voz baja, sintiéndome completamente ridícula y sin poder evitarlo.

Nada visible ocurre, pero Rafaela exhala despacio, como si algo hubiera cambiado.

—Dice que entréis —murmura.

Rin, desde detrás, habla con la calma de quien ha aceptado que esta conversación es real.

—¿Puede oírnos?

—Sí.

—¿Puede comunicarse?

Rafaela mira el espacio durante un momento.

—No le escucháis —se lamenta.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —pregunto.

—Desde el box . —Su voz se quiebra un poco—. Lleva horas así.

Pienso en Watanabe. En su serenidad elegante. Me pregunto qué se siente estar en el umbral entre este plano y el siguiente y no poder decirle a nadie que estás ahí.

—Tenemos que arreglarlo —digo.

—Lo sé.

—Rafaela. —La miro directamente—. Dime que hay algo más rápido que el conjuro de debilitamiento.

—No lo sé —repite, echándole una mirada a donde se supone que él está—. No me dejáis leer.

Rin le quita el libro y avanza para ir a sentarse en el sofá.

Yo entro también y Rafaela me sigue. De camino al salón me detengo un momento, y miro de nuevo ese espacio vacío que no está del todo vacío.

—Lo vamos a arreglar —le digo al aire.

Rafaela exhala.

—Ya no está ahí. —Apunta hacia el sillón.

Me doy cuenta de la ironía de la situación. El hombre al que mi hermana quería evitar a toda costa… y ahora ella es su único enlace al mundo real.