Hechizo de amor para el CEO 22
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La electricidad que recorre mis nervios hoy no viene de la carrera. Viene de él.

No hemos hablado más de lo necesario desde el parque.

Correos, instrucciones, todo muy profesional, exactamente lo que debería ser entre un jefe y su secretaria de dirección.

Aunque cada vez que pasa por mi mesa siento su mirada quemándome la nuca.

Es la misma mirada de antes del hechizo…

pero ahora sé exactamente cómo se siente su boca contra la mía, y eso lo hace mil veces peor.

Cuando lo veo al otro lado del box con el mono medio bajado en la cintura y el auricular colgándole del cuello, mi cuerpo me traiciona. Recuerdo cómo se sentía esa piel bajo mis manos, cómo gemía cuando lo tocaba. Me muerdo el labio y aparto la vista, pero ya es tarde: él me ha pillado.

—No le mires así —murmura Rafaela a mi lado.

Aparto la vista demasiado tarde. Rin ya ha notado mi escrutinio, seguramente porque, como él mismo dijo, nota mis ojos perforándole el cráneo. No hace nada visible con esa información, no sonríe ni cambia de postura. Pero su atención me calienta las mejillas.

—Voy a revisar la lista de invitados —digo.

—Vale —responde Rafaela, distraída.

Camino hacia la zona VIP con la tablet en la mano.

Samantha, la directiva de Nippon Flow, que lleva semanas siendo una presencia en los eventos de la empresa, aparece a su lado con un bonito vestido lila y unas gafas de sol enormes.

—Takeda-san —dice, inclinándose ligeramente hacia él—. Confío en que hoy cumple su promesa.

—Depende de Watanabe —responde él, tranquilo—. Si gana, tendrá su vuelta en el coche.

Ella ríe y le toca el brazo de forma innecesaria. No es profesional y además no sabe si a él le sienta bien el contacto físico. O tal vez sí lo sabe porque ya se han acostado, dice esa voz puñetera en mi cabeza cuando veo que él no se aparta.

—Malu. —Takumi Sato aparece a mi lado con el mono manchado de grasa y una sonrisa relajada—¿Todo listo por arriba?

—Siempre —respondo, echándole otro vistazo a la pareja.

—Entonces deberías relajarte un poco. —Se acerca un paso—. Esta es la parte en la que tú te diviertes porque no tienes que preocuparte de piezas y averías.

Asiento. Y entonces hago algo que ni siquiera sé de dónde sale, me acerco un paso más hacia él.

—Pero un mecánico de tu talla lo tiene todo controlado.

Sato levanta las cejas, gratamente desconcertado.

—Gracias por la confianza —baja un poco la voz—. Aunque creo que ahora estoy más nervioso que cuando solo quería impresionar al jefe.

Suelto una carcajada y le toco el brazo sin pensar. No necesito mirar para saber que Rin nos está viendo. Siento ese tirón en el pecho cada vez que lo tengo cerca.

Cuando levanto la vista, confirmo que está mirándome directamente. Sus ojos bajan a mi mano sobre el brazo de Sato y me da la impresión de que tensa la línea de la boca. O es lo que mi imaginación quiere creer.

Durante los siguientes dos minutos, me concentro en Sato y en no volver a mirar hacia él y Miss Gasolina.

—Takumi, el señor Takeda quiere que revises la temperatura de los neumáticos. —Uno de los mecánicos aparece a nuestro lado y parece incómodo por tener que interrumpirnos.

—Lo he hecho hace un rato —descarta Takumi, volviendo su atención hacia mí.

Pero el piloto no se mueve.

—Ha insistido en que vuelvas a revisarlos —concluye, cruzándose de brazos.

Sato frunce el ceño, desconcertado por la peculiar petición.

—¿Qué mosca le ha picado? —farfulla, pero ya se está dirigiendo al automóvil.

Rin aparece a mi lado sin que le haya visto acercarse.

—Necesito que acompañes a Samantha al baño.

Quiero responderle que debería hacerlo él, en vista de que son tan íntimos, pero me contengo en el último momento.

—Están allí mismo —señalo la puerta a quince metros de la que tenemos buena visibilidad.

Su mano se cierra alrededor de mi muñeca, sin hacer daño, pero con la suficiente firmeza para que no pueda negarme.

—Es importante que la tratemos bien, está a punto de concedernos un descuento increíble en carburante.

Me arrastra hacia el pasillo detrás del box que está casi vacío. El ruido del paddock llega amortiguado, una capa de sonido que hace que este espacio se sienta más apartado de lo que es.

En cuanto giramos la esquina, suelta mi muñeca, pero el calor de su mano permanece sobre mi piel.

—No es mi compañía la que ella quiere —señalo.

—¿Qué?

Me cruzo de brazos notando que me arde la cara de enfado.

—Creo que es obvio lo que quiere que hagas a cambio de ese descuento.

Su forma de evaluarme me dice que no lo tiene tan claro como creo.

—¿Estás celosa?

Una risa seca que no suena nada divertida sale de mi garganta.

—Por favor, lo único que me da es pena —digo tratando de sonar sincera.

Sus ojos se clavan en los míos durante un segundo completo.

—Mantente alejada de Sato —gruñe, y se va sin más.

—Ja —Mi indignación se topa con su espalda que cada vez está más lejos, así que alzo la voz sin pensar en que alguien nos puede estar escuchando—. Tú sí que estás celoso.

No me responde, ni siquiera da señales de haberme escuchado. Me quedo en el pasillo un momento, con el fantasma de sus dedos aún alrededor de mi muñeca y más agitada que el velocímetro de un Fórmula 1.

Cuando regreso al paddock hay cierto revuelo.

—No está —dice uno de los ingenieros, apareciendo a mi lado con la cara de quien acaba de descubrir que falta una pieza importante.

—¿El qué? —Me preocupo. Espero que no sea algo necesario para la carrera.

—Watanabe. No está en el box , no responde al teléfono y nadie le ha visto desde hace cuarenta minutos.

Rin llega en ese momento y se cruza de brazos.

—Id a buscarle, vamos, repartíos —grita.

En menos de treinta segundos el ambiente del box pasa de expectación a tensión pura. Nos movemos como patos mareados de un sitio a otro, mientras Rin trata de llamarle.

—La parrilla se cierra en veinte minutos —dice alguien cuando regreso al box y veo que sigue sin aparecer.

—Podemos declarar enfermedad —propongo—. Pero necesitamos justificante médico.

—Y asumir la penalización —añade el director de equipo.

Rin se masajea el puente de la nariz.

—Seguid intentando localizarle —ordena. Después se gira hacia mí—. Preparamos comunicado y activamos protocolo de sustitución.

—¿Qué ocurre? —La voz de Rafaela suena detrás de mí

—Watanabe no aparece —resumo, con el semblante serio.

—¿Qué? Pero si… —Mi hermana levanta el dedo, pero se queda paralizada de pronto mirando el espacio frente a ella— ¿Qué?

Se pone pálida antes de girar el rostro de vuelta a mí y señalar delante de ella.

—Watanabe… —murmura.

—¿Qué ocurre?

Su ceño se frunce aún más ante mi reacción y vuelve a girar la cabeza al espacio a mi lado.

—¿Qué mierdas…?

De pronto se sacude como si estuviera teniendo una convulsión.

—¿Rafaela? —grito—. ¿Qué te pasa?

Su cabeza gira de nuevo hacia mí, pero hay algo muy extraño en su comportamiento.

Le pongo una mano en el hombro y su rostro se desencaja conforme baja la vista a mi brazo, abriendo mucho los ojos.

—No puede ser…

—¿Qué pasa? —Aparto la mano de ella porque no sé qué le está ocurriendo.

Su atención viaja de nuevo al espacio que está a mi lado, pero cuando sigo la dirección de sus ojos no veo nada.

—Rafaela me estás asustando, ¿qué ocurre?

—Yo… no lo entiendo, solo me lo he arrancado. —Le habla al aire a mi lado en lugar de a mí.

—¿El qué te has arrancado?

Esta vez sí que regresa su atención a mí.

—El hilo… me lo he arrancado.

—¿Qué has hecho qué?

La arrastro para apartarnos unos metros, lo suficiente para que el ruido del box cubra lo que vamos a decir.

—¿Te has arrancado el hilo rojo del pecho? —pregunto.

Duda, echando otro vistazo por encima de mi hombro.

—Rafaela.

—La he cagado —concluye.

—¿Qué has hecho?

—Un hechizo para… cortar la conexión. —Traga saliva—. Pero el libro no mencionó este efecto secundario.

—¿Qué efecto secundario?

Rafaela cambia el peso de un pie a otro, agitada, y se frota la frente, tratando de memorizar algo que ha leído en ese maldito libro de hechizos.

—Tengo que irme —dice, y sale corriendo.

—Rafaela —grito, pero no se detiene. No puedo ir tras ella y dejarles tirados con la complicación de la ausencia de Watanabe.

Pero nuestro piloto no aparece por ningún lado y la carrera sigue sin él.

El suplente cubre su baja. Rin dirige desde el box con cara de que el estrés está a punto de hacer que le salga vapor por las orejas.

Por suerte, Gogatsu llega en tercera posición y el suplente en quinta, lo que mantiene a Hayabusa en un puesto decente del ranking, que aún puede ser salvado por Watanabe cuando aparezca.

Me largo en cuanto termino la carrera porque estoy preocupadísima por mi hermana, que no me coge el teléfono desde hace más de dos horas.

Salgo del circuito casi sin despedirme. El ruido de la gente celebrando, los flashes, los comentarios sobre la carrera, todo me da igual. Solo hay una idea repitiéndose en bucle: debería haberla detenido, debería haberla seguido.

Para cuando llego a casa, mis manos están temblando.

—¿Rafaela? —llamo nada más abrir la puerta.

Pero la casa está en silencio. Dejo el bolso caer en el sofá y recorro el lugar en dos minutos.

Salón, cocina, su habitación con la cama hecha y la ventana entreabierta.

El baño. El pequeño cuarto donde guardamos los trastos y la plancha.

El hueco donde esconde el libro está vacío. Se lo ha llevado.

Saco el móvil y la llamo de nuevo. Me sale el buzón de voz de inmediato, como si el teléfono estuviera apagado.

—Joder, Rafaela.

Empiezo a caminar en círculos, cargada de energía inútil que no tiene a donde ir. La ansiedad me sube por el pecho.

Entonces suena el teléfono. Pero no es ella la que me está llamando sino Rin.

Contesto antes del segundo tono.

—¿Sí?

—Estoy fuera.

Me giro hacia la ventana

—¿Qué?

—He visto que te has largado en cuanto ha terminado la carrera. —Su tono es engañosamente tranquilo—. Sal un momento.

Me acerco a la ventana y aparto la cortina. Ahí está. Apoyado contra el Aston Martin mirando hacia la casa.

Salgo casi corriendo.