21
Unos días después, la rutina ha hecho su trabajo.
No ha arreglado nada, pero lo ha cubierto todo con una capa lo suficientemente gruesa como para poder respirar sin que duela a cada segundo.
Trabajo, gimnasio, casa, supermercado… Las redes sociales llenan mi cabeza de ruido en los momentos entre actividades, para que no queden huecos para pensar.
El almuerzo cae tibio en mi piel gracias a un soleado día de primavera.
Estoy sentada en una manta para picnics, rodeada de pétalos rosas que el viento arrastra en dirección a nuestra comida.
Los cerezos están en su punto máximo. El mundo ha decidido ponerse bonito exactamente cuando menos lo necesito, porque al mes de abril le importa una mierda mi estado de ánimo.
—Odio la primavera —murmuro, apartando un pétalo de mi túper.
—Mentira —responde Rafaela, estirando las piernas sobre su manta—. Solo estás deprimida.
No respondo porque tiene razón y no tengo energía para discutirlo.
El parque está lleno de gente de oficina. Corbatas aflojadas, tacones hundiéndose ligeramente en la tierra, conversaciones que suben de volumen al salir del edificio. Todos metidos en una cotidianidad que de pronto me parece sin sentido.
Mastico sin ganas y entonces escucho un ladrido que me suena.
Levanto la vista y veo que Senna viene corriendo hacia nosotras, una pequeña bola blanca atravesando el mar de pétalos sin miedo. Se lanza directamente a mis piernas.
—¡Eh! —suelto, sorprendida, justo antes de que empiece a lamerme las manos con una devoción que no ha perdido intensidad desde la última vez que nos vimos—. ¡Senna!
Su cola es un ventilador descontrolado y sus patitas no paran. Es pura felicidad destilada en un cuerpo de cuatro kilos.
Rin se detiene a unos metros con la correa suelta en la mano. Lleva una camiseta blanca de manga corta, su versión de mediodía. Observa la escena, a Senna prácticamente subiéndoseme encima y yo riéndome. Su mirada recorre mi cuerpo con lentitud.
—Lo siento —dice, acercándose un par de pasos—. No suele irse corriendo cuando le suelto.
—Está bien —respondo, intentando apartar al perro sin demasiado éxito—. Creo que me ha echado de menos.
Rin aparta la mirada y observa el horizonte del parque. El comentario queda flotando sobre los pétalos y el almuerzo y todo lo demás.
Rafaela interviene antes de que el peso de ese silencio se vuelva insostenible.
—Por favor, siéntese señor Takeda —dice, señalando el espacio libre en la manta frente a nosotras.
Rin duda un segundo. Lo suficiente para que sea visible, pero no lo suficiente para ser una negativa.
Se sienta demasiado cerca. Su rodilla roza la mía accidentalmente y ninguno de los dos se aparta.
El contacto envía una descarga eléctrica por mi muslo.
Levanto la vista y lo pillo mirando la abertura de mi camisa. Aparta los ojos rápidamente.
Senna, que no entiende de hechizos ni rupturas, se acomoda entre los dos con la cabeza en mi muslo. Un nexo de unión.
—¿Quiere? —Rafaela le ofrece su túper.
—No, gracias.
—No es kaiseki precisamente. —Trato de que suene a broma, pero el efecto es distinto.
—Es solo que no tengo hambre —se apresura en decir él.
Nos quedamos en silencio entonces y ni siquiera el canto de los pájaros hace que sea agradable.
—Watanabe —dice Rin de pronto.
Rafaela se queda quieta con el tenedor a mitad de camino.
—¿Qué? —responde, demasiado rápido para ser casual.
—Tengo entendido que eres… que tienes… ciertos poderes y llevas semanas actuando raro cada vez que está cerca. —Su tono es tranquilo, sin acusación—. Y teniendo en cuenta lo que me contaron sobre tus hechizos, pensé que podría estar relacionado.
Rafaela gira la cabeza despacio hacia mí y me contempla con los ojos muy abiertos.
—Sí, se lo he contado —confirmo.
A ella le lleva un momento procesarlo.
—Ya veo… —Su forma de decirlo me avisa de que más tarde, cuando estemos solas, me va a caer una buena bronca.
Se pasa una mano por los rizos y enfrenta a Rin con resignación.
—No es exactamente un hechizo —empieza—. Existe algo llamado el hilo rojo. Una conexión entre dos personas destinadas a enamorarse. Normalmente no puedo verlo pero…
Mientras habla, vuelvo a notar ese tirón extraño en el pecho, la clase de sensación que normalmente uno descartaría como indigestión si no estuviera en este contexto específico. No es lo mismo que ver. Es solo una presión.
Mis ojos se cruzan con los de Rin y me pregunto si él también lo ha notado.
Aparto la vista primero. Su mirada sobre mí es pesada, cargada.
Como si estuviera recordando todas las veces que me tocó, me besó, me susurró cosas que ahora parecen prohibidas.
Aprieto los dientes y finjo concentrarme en mi comida.
—En el caso de Watanabe —continúa Rafaela, ajena o fingiendo serlo— puedo ver el hilo, saliendo de su pecho.
—¿Y a quién le lleva? —pregunta Rin.
—A nadie todavía. Está… buscando. —Hace una pausa y noto que se sonroja.
Rin tarda un instante en procesar toda esa información.
—¿Buscando?
—Sí. Se mueve y trata de… unirse a… —Rafaela es incapaz de terminar la explicación, pero a nuestro jefe no le hace falta.
—A ti —completa por ella—. Por eso huyes de él.
Rafaela asiente y baja la cabeza. Rin medita lo que ha dicho durante un instante. Durante el cual, las dos le observamos igual de cohibidas, aunque por distintas razones.
—¿Quiere decir eso que estáis destinados a estar juntos o algo así? —cuestiona al fin.
Rafaela se pone completamente roja.
—No lo creo —murmura—. Tal vez existan varias personas con las que podemos unir nuestro hilo rojo, seguro que aparecerá alguien más para él.
Los tres nos quedamos muy quietos, sopesando esa información. No puedo evitar bajar la vista al pecho de mi jefe y concentrarme, tratando de visualizar algo que sé que no puedo ver.
—Por favor, no le diga nada a Watanabe de todo esto —le pide Rafaela con un tono demasiado autoritario para quien habla con su jefe.
—No voy a hacerlo —asegura él—. Lo último que quiero es distraer a mi piloto justo cuando está a punto de coronarse como el mejor.
—Gracias —musita ella—. Además, estoy trabajando en solucionarlo.
—Rafaela. —Frunzo el ceño— ¿Qué significa eso exactamente?
—Que no os preocupéis. Lo tengo controlado.
No me gusta nada ese tono, porque es el que precede al clavo sin consagrar y a los cuencos con agua de lluvia y al dolor de corazón.
Abro la boca para insistir, pero ella me interrumpe.
—Voy al baño —dice, levantándose con prisa—. Os veo en la oficina.
La vemos alejarse por el sendero entre los cerezos y la gente del almuerzo, hasta que desaparece en algún punto donde ya no puedo seguirla con la vista.
En el silencio relativo del parque, siento que me pesa hasta el aire. El sonido de los pájaros, el viento moviendo los pétalos y la conversación lejana de dos personas en el banco de al lado, no previenen la incomodidad entre nosotros.
—¿Por qué dejas que nos vayamos a nuestra hora? —pregunto, porque necesito llenar el vacío y porque me puede la curiosidad.
Se toma un segundo.
—Desde que me di cuenta de que mis empleados estaban dispuestos a hechizarme para recuperar su tiempo libre.
Una risa pequeña sale antes de que pueda filtrarla. Senna escoge ese momento para ladrarle a las palomas.
—Y —añade, más bajo, sin mirarme— tener algo de ocio fuera del trabajo no es tan mala idea.
Lo dice hacia los cerezos, pero lo dice. ¿Está hablando de nuestras citas? ¿Le han hecho replantearse su estilo de vida? ¿Él también las echa de menos?
Sería muy divertido si se buscara una novia a raíz de nuestro hechizo. Divertido por no decir otra cosa que suena bastante peor.
—Más te vale —respondo, intentando mantener el tono ligero—. O igual te cae un tercer conjuro.
Su expresión cambia a más seria.
—¿Tercero? ¿Ha habido otro?
Parpadeo. La he cagado.
—No. —Pausa—. Bueno, el primero que hicimos no funcionó, así que no te preocupes.
Rin frunce el ceño.
—¿Para qué era?
¿Por qué no me he mordido la lengua?
—Era una tontería pequeña. —Hago un gesto con el dedo índice y el pulgar para restarle importancia—. Intentamos que fueras un poco menos… guapo.
Rin se aclara la garganta.
—¿Por qué?
—Porque nadie con tu personalidad debería tener esa… pinta. No está bien.
El silencio que se instala entre nosotros tiene una textura diferente a los anteriores, es un pelín más ligero.
—¿Fue idea tuya? —Algo pasa en su expresión. No una sonrisa exactamente, pero podría serlo si él no la estuviera conteniendo.
—¿Vas a despedirme? —Mi pregunta es en sí misma una afirmación.
—Debería. —Una pausa—. Pero no voy a hacerlo.
No digo nada. Él tampoco. Senna decide ese momento para lanzarse a perseguir una paloma y los dos le seguimos con la mirada, agradecidos.
Entonces, Rin se levanta cuando el césped empieza a vaciarse y el camino se llena de gente regresando a sus oficinas.
—Tengo que volver —me informa.
—Sí. Yo también.
Caminamos juntos de vuelta al edificio. No hablamos mucho, porque vamos pendientes de Senna y de nuestros pensamientos. Tal vez más parecidos de lo que creemos.
El edificio aparece delante con su cristal y su acero y sus líneas limpias. Cuando entramos, el vestíbulo huele a la comida de mediodía, pizza, como todos los viernes. Porque el mundo sigue su rutina sin saber lo mucho que ha cambiado todo en tan poco tiempo.
Dentro del ascensor, Rin pulsa el cuatro y las puertas se cierran. El espejo nos devuelve la imagen de dos personas incómodas en el silencio absoluto.
Mi mirada se desvía, inevitable, hacia su perfil. La mandíbula, la línea del cuello y los lugares exactos donde la semana pasada posé mis labios rosas. Han pasado solo unos días y, sin embargo, me parece increíble haberle tocado.
Él se da cuenta de que le estoy mirando y su boca se tensa de forma casi imperceptible.
—Lo siento —dice de pronto.
Mis cejas se alzan.
—¿Por qué?
—Por haberte presionado. Por las cenas, las apuestas, por… —Hace una pequeña pausa—, por no haber considerado que tú tenías razones para mantener la distancia que yo no veía.
El aire del ascensor cambia de consistencia.
Abro la boca para decir que no me presionó. Las palabras se quedan atascadas en algún sitio entre la garganta y la boca. Porque si digo eso, va a sonar muy mal. Va a sonar a que me gustaba y me aproveché de la situación.
El ascensor se detiene, las puertas se abren y Rin sale.
—Nos vemos —murmura, y se va por el pasillo hacia su despacho, con Senna trotando a su lado, sin mirar atrás.
Yo me quedo dentro del ascensor un segundo más, con las palabras que no he dicho flotando en el espacio donde él estaba.