20
El fin de semana dura una eternidad y, a la vez, no lo suficiente.
No he dormido bien y no me siento bien. Me he pasado el domingo mirando el techo de mi habitación y revisando mi móvil a cada quince minutos.
Ni siquiera sé para qué, cuando le he pedido a mi jefe que no me contacte.
Yo misma he insistido en que no tiene sentido que hablemos hasta que se le haya pasado el efecto del hechizo de amor.
Rafaela no ha sacado el tema desde que volvimos del evento, y se lo agradezco, porque no puedo enfrentarme a mis emociones ahora mismo.
Las tengo embotelladas y selladas bajo presión.
Su única mención a todo este desastre llega el domingo por la mañana del último día, cuando me llama al rincón donde tenemos escondido el conjuro de debilitamiento, aprovechando que papá ha salido a dar un paseo.
—¿Qué significa? —Observo el cuenco con una mueca.
El arroz ya no está blanco, se ha vuelto rosa y entre los granos han surgido pequeños brotes pálidos que por su tamaño necesitarían días para crecer. Pero ambas sabemos que ayer no estaban ahí.
—Que el hechizo de debilitamiento se ha completado —responde ella con suavidad—. El conjuro de amor queda anulado.
Asiento despacio, mientras el suelo duele contra mis rodillas. Agradezco ese dolor y trato de concentrarme en él.
—Lo siento, Malu —la escucho decir a mi lado—. Todo esto es mi culpa.
—No tienes nada por lo que disculparte, el plan fue de las dos. Salió mal y ahora ya está arreglado. No hay de qué lamentarse. —Las palabras suenan huecas.
El lunes, cuando me bajo del coche y levanto la vista hacia el edificio de Hayabusa Engineering, noto una energía nerviosa moviéndose por debajo de mi piel.
Es la esperanza. La ridícula esperanza de que todo lo que dijo Rin fuera verdad y no el conjuro.
La ridícula esperanza de que cuando entre en su despacho me diga que sus sentimientos son reales, que quiere que salgamos de verdad.
Improbable, lo sé. Y aun así, mi corazón late como si fuera a recuperar la chispa y a dejar de doler en cuanto cruce esas puertas.
El vestíbulo está igual que siempre. Gente entrando, saludos mecánicos, el sonido de los tacones sobre el mármol. Todo sigue exactamente como lo dejé el viernes. El mundo no ha recibido el memorándum de que hoy se decide si la vida es de color rosa o gris.
Me preparo para otra decepción. La primera ha sido al despertarme y no encontrar un mensaje suyo en el móvil, avisándome de que aún me ama. La segunda cuando he salido de casa y no he visto su Aston Martin aparcado bajo la sombra del cerezo.
Subo en el ascensor con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta de lana.
Mi reflejo en el espejo metálico me devuelve ojeras y labios sin pintar.
Hoy no me he puesto pintalabios rosa y tampoco hay un ramo de tulipanes.
Hoy no hay juegos, solo la ansiedad de querer arrancarme esta tirita cuanto antes y dejar que la herida sangre.
Las puertas se abren en la cuarta planta. Inspiro y recorro el pasillo. Yui levanta la vista al verme pasar, pronto vamos a poder llorar nuestra decepción juntas.
Me detengo frente a la puerta del despacho de Rin y trago saliva antes de llamar. Mi pulso se acelera siguiendo el ritmo de cada golpe.
—Adelante —Su voz trae recuerdos cálidos ahora. Me provoca mariposas y ganas de sonreír. No puede ser. No puede todo haber sido un conjuro. Él va a confirmarme que sigue sintiendo lo mismo y voy a conseguir respirar de nuevo.
Abro. Rin está detrás del escritorio revisando documentos. No levanta la vista de inmediato y ese pequeño detalle me provoca una bola en el estómago.
Cierro tras de mí. El despacho huele igual que siempre. A él, a papel, a la colonia que ya sé identificar a tres metros.
Me acerco un poco y espero.
—¿Sí? —dice sin apartar la vista de la pantalla. Está de vuelta. El antiguo Takeda que no se molesta en mirarme está de vuelta.
—Quería hablar contigo —digo.
—Habla. —Su vista baja al documento que hay sobre su mesa.
¿De verdad va a hacerme esto?
Respiro hondo.
—El hechizo de debilitamiento se completó ayer. —Mis dedos se entrelazan solos—. Supongo que lo has notado.
Rin pasa una página, mientras yo estudio su rostro en busca de señales. El sonido del papel en el silencio del despacho es demasiado alto y hace aún más dolorosa la evidencia de su falta de respuesta.
—No va a volver a ocurrir —añado, más bajo—. Te lo prometo.
Un instante se prolonga, demasiado largo. Después deja el documento sobre la mesa, pero no me mira. Solo asiente.
—De acuerdo. —Sus únicas palabras.
Me había preparado para todo: para el enfado, para el reproche, para el despido. No para esto. No para que no pesara nada. Como si lo de las últimas dos semanas no hubiera existido, o importado lo suficiente para merecer ni siquiera su ira.
Asiento también, aunque no sé para qué. Mis ojos barren la estancia hasta que dan con la bolita de pelo blanca que está enroscada en el sofá.
—He pensado que debería quedarme yo con Senna, ya que te obligué a adoptarlo durante… el embrujo.
Rin niega con la cabeza y se pone a rebuscar algo en uno de sus cajones, porque al parecer no puede esperar a terminar nuestra conversación para hacerlo. Me duele, me duele tanto su indiferencia que no puedo ni respirar.
—Senna es mío, no voy a devolverlo, ni a desatenderlo, ni nada por el estilo —asegura, sacando el mando del aire acondicionado y apuntando hacia el aparato para conectarlo.
—De acuerdo, si cambias de idea… —Mis palabras flotan en el aire entre nosotros de una forma desagradable, una referencia a su reciente cambio—. Me pongo a trabajar.
Doy media vuelta y llego a la puerta sin que él añada nada.
—Malu.
Me quedo quieta con la mano en el pomo.
—Gracias.
Mi corazón da un salto estúpido agarrándose a la esperanza de que las cosas no hayan vuelto a ser exactamente igual que antes.
—¿Por qué?
No me giro.
—Por no tener en cuenta las cosas que dije el sábado.
El suelo bajo mis pies se hunde.
Asiento sin poder mostrarle mi rostro, aunque seguro que ni siquiera me está mirando.
¿Las cosas que dije? ¿Así es como llama a dos semanas de citas?
—Claro. —Abro la puerta, salgo y la cierro de forma sigilosa.
Camino en piloto automático. Doblo la esquina al fondo del pasillo.
Y ahí, en ese rincón donde no hay nadie y el zumbido de los ordenadores llega amortiguado desde la oficina abierta, se me rompe la respiración.
Me apoyo contra la pared. Las lágrimas se derraman calientes, sin permiso, con la urgencia de todo lo que he estado conteniendo.
Me tapo la boca con la mano para no hacer ruido.
Es ridículo. Lo sabía. Sabía exactamente que esto iba a pasar. Que el décimo quinto día llegaría y el hechizo se habría ido. Sabía que él sería él de nuevo y yo me quedaría con todo lo que acumulé durante estas semanas sin un lugar donde ponerlo.
Lo sabía. Pero no esperaba lo limpio que iba a ser al respecto. Un cirujano extrayendo un tumor de forma quirúrgica.
Cierro los ojos y respiro. No funciona del todo, pero es lo único que tengo.
—Muy bien, Malu —murmuro, con una risa rota—. Enamorarte de tu jefe embrujado. Muy inteligente.
Me limpio las lágrimas con la manga del abrigo, pero siguen saliendo. Porque hay algo peor que perder a alguien, y es descubrir que lo que perdiste nunca fue tuyo.
Apoyo la cabeza contra la pared fría y trato de recomponer el desastre que yo misma he creado para seguir con mi vida.
No sé cuánto tiempo me quedo ahí, apoyada contra la pared, respirando como si hubiera corrido una maratón. Lo suficiente para que el nudo en la garganta deje de apretar tanto, aunque no para de doler.
Cuando vuelvo a mi mesa, Yui me echa una ojeada y por un momento me da la impresión de que sabe que ahora pertenezco a su club de corazones rotos.
Enciendo el ordenador. Dejo que el ruido familiar del sistema al arrancar me ancle un poco y me sumerjo en el trabajo. Correos, informes, la lista de tareas para la próxima carrera no se va a completar sola. Y ahora que no tengo «novio» el trabajo es lo único que puede ocupar mi mente.
A ratos funciona. Pero de vez en cuando, mi mente hace lo que quiere y me lanza imágenes sin pedir permiso.
Risas compartidas en la azotea del edificio, porque él había triturado el contrato con un actor coreano engreído para que publicitara nuestro último modelo en Corea, y quería que lo grabara lanzando los pedazos por el aire para enviárselo.
Sus interrupciones a media mañana para que le acompañara al parque para sacar a Senna a dar un paseo.
Los almuerzos en Kingen Zen, donde pedíamos demasiado y nos reíamos de cosas que no eran tan graciosas.
Cuando me vienen esos recuerdos, aprieto los dientes, vuelvo a la pantalla, y elijo el correo más aburrido de la bandeja de entrada.
El día avanza a trompicones y el esfuerzo de fingir que estoy bien y que no me falta nada, me deja drenada de energía. Mi cabeza pesa dos toneladas, y noto un pellizco en el corazón cada vez que refresco la bandeja y veo que no tengo uno de sus e-mails tonteando.
Soy incapaz de conectar con las conversaciones a mi alrededor, y el entusiasmo de los demás me sienta mal. Preferiría que estuvieran todos callados.
Cuando el reloj se acerca a la hora de salida, la energía en la oficina cambia como es habitual.
Sillas moviéndose, ordenadores apagándose.
Las conversaciones que han estado contenidas durante la última hora empiezan a surgir en voz baja.
Aún no saben que lo mío con Rin ha terminado y que Oni está de vuelta.
—¿Tienes planes hoy? —pregunta Keiko, con una sonrisa pletórica.
Kenta aparece detrás de ella, cargando con una caja llena de folios.
—¿A dónde te lleva Takeda-san a cenar hoy?
Las palabras caen una detrás de otra, ligeras y sin mala intención. Cada una como una aguja pequeña en el mismo sitio.
Rafaela aparece a mi lado antes de que pueda responder.
—Dejadla en paz —dice cortante.
—Eh, solo preguntábamos… —Keiko levanta las manos.
—Pues dejad de hacerlo.
El silencio que sigue es incómodo. Siento las miradas curiosas sobre mí y me entran ganas de llorar de nuevo. No puedo sostener el peso de todos esos ojos esperando.
Levanto la vista.
—Hemos roto. —Lo suelto sin adornos y sin la voz firme que habría querido usar. Al menos mi tono es definitivo, porque lo último que quiero es que me anden preguntando si lo hemos arreglado.
El efecto es inmediato. Yui se queda quieta con los dedos todavía sobre el teclado. Antonio carraspea y dirige la mirada hacia algún punto neutro del techo.
Nadie dice nada. El murmullo de la oficina sigue al fondo, completamente ajeno, pero aquí alrededor de mi mesa el aire se ha quedado suspendido.
—Ah… —empieza Keiko.
Rafaela apoya una mano en el respaldo de mi silla para mostrar que está a mi lado.
La puerta del despacho se abre y todos miramos. El instinto de miedo es colectivo e inmediato. Si ya no tiene novia significa que volvemos a las jornadas largas de trabajo y lo saben.
Rin sale con un gesto sereno que me pregunto si es ensayado o de verdad el hechizo funciona así, con ese nivel de indiferencia y calma.
Sus ojos recorren el grupo. No es la mirada de estas semanas, pero tampoco es exactamente la de antes. Estamos ante una tercera versión de Rin Takeda y no tengo ni idea de qué esperar.
—Ya es la hora —dice, con el tono neutro de siempre—. Podéis iros a casa.
Nadie discute. Keiko es la primera en moverse, casi como si tuviera miedo de que el jefe cambie de idea.
—Sí, bueno. Mañana más —canturrea Kenta, con una sonrisa complacida.
Antonio murmura algo en español y Yui recoge sus cosas y las mete en su bolso despacio.
El grupo se dispersa y la planta recupera ese murmullo ordinario de fin de jornada.
Rafaela me aprieta el hombro una vez para instarme a despertar.
—Vamos —murmura.
Asiento, aunque me quedo un momento más, con los dedos sobre el teclado y la pantalla del ordenador en proceso de cierre, fingiendo que necesito terminar algo.
Cuando levanto la vista, Rin ya no está en el pasillo, pero la puerta de su despacho no está del todo cerrada.
Esa rendija de luz que sale por el umbral no debería significar nada.
Es una puerta. Las puertas se cierran mal a veces.
No hay ninguna razón para que ese detalle concreto se me instale en el pecho.
Me quedo mirándola un rato, esperando que salga y me confirme que es una invitación. Luego apago el ordenador, recojo el bolso y camino hacia el ascensor con la sensación de que algo está tirando de mi corazón.
Quizás es solo que mi hermana lleva días hablándome de hilos rojos del destino.
O quizás no.