19 #2
—Trabajó en Texas, y le quedó el nombre.
Aunque eso no es lo importante, Malu. —Se acerca un paso y vuelvo a ser golpeada por lo insoportablemente guapo que está esta noche—.
Lo importante es que deberías venir y decirle que quite sus manos de mí.
Que soy tuyo, que vas a sacarle los ojos si se me acerca.
Una risotada incrédula se me escapa de entre los labios.
—Estoy segura de que me despedirías si hiciera algo así con uno de nuestros socios.
—Vale, a lo mejor no tienes que decirle que vas a arrancarle los ojos —concede él, encogiéndose de hombros—, pero podrías haberte acercado para mostrarle de forma sutil que no estoy disponible.
Suelto otra risa seca y me froto la cara.
—Esto es ridículo —murmuro para mí misma.
—No, no lo es —se queja—. Le hubiera roto la luna al coche de Takumi Sato para dejarle claro que eres mía, ¿por qué actúas como si nada cuando otra mujer se me ofrece?
No lo entiende. Claro que no. Para él todo esto llega sin contexto, sin el libro de Rafaela, sin el cuenco con chocolate y la luna brillante.
—Quiero que te importe —dice, acercándose otro paso—. Que te pongas celosa y te vuelvas loca cuando alguien se acerca demasiado. —Su voz baja—. Quiero que seas mi mujer delante de todos.
Se me doblan las rodillas. No puedo soportarlo, es demasiado. Escuchar esas cosas de su boca… Nunca me había arrepentido tanto de haberle dado esa pócima como en estos momentos, porque sé que mi corazón nunca va a recuperarse de todo esto.
—Ella te va mejor —murmuro, notando lo mucho que duele decirlo.
—Joder, Malu. —Rin me toma por los hombros y me mira con una desesperación con la que puedo identificarme—. ¿Por qué me torturas de esta forma?
Respiro hondo, mientras las razones por las que no debería hacer lo que estoy a punto de hacer se suceden por mi mente. Las ignoro todas.
—Te hemos hechizado. —Las palabras caen entre nosotros como granizo.
Rin parpadea.
—¿Qué?
—Mi hermana es bruja, viene de un linaje de brujas brasileñas.
Tiene un libro de hechizos que funcionan de verdad si los preparas bien.
Hicimos un hechizo de amor y lo pusimos en tu café.
—Hago una pausa después de vomitar todas esas palabras de carrerilla—.
Tenía que funcionar con otra persona. Con la chica a la que dedicaras la primera mirada después de tomártelo.
Pero salió mal, y yo fui la primera sobre la que cayeron tus ojos.
En el silencio que sigue lo veo reconstruir todo aquello que no le cuadraba de las últimas semanas.
—El día que fui a cenar con vosotros —murmura.
Parpadeo.
—¿Qué?
—Querías saber si había mirado a Yui en mi oficina…
Asiento, notando que se me parte el corazón en mil pedazos.
—Se supone que tenías que enamorarte de ella.
Rin se echa para atrás y aparta las manos de mis brazos. Inmediatamente siento su ausencia como algo doloroso.
—¿Por qué? —dice tras unos instantes de cavilar en silencio— ¿Por qué querías que me enamorara de Yui?
Mis ojos se cierran conforme mis órganos parecen desintegrarse en mi interior, la culpa, la tristeza y el malestar se mezclan en un cóctel que me arde dentro.
—Pensamos que si estabas más feliz y ocupado nos dejarías salir antes de la oficina.
El dolor relampaguea en sus ojos conforme se mueven por mi cara, analizando mi expresión en busca de veracidad.
Entonces, Rin suelta una risa amarga y agacha la cabeza.
—Yo queriendo verte celosa y resulta que haces conjuros para liarme con otra.
—Rin… —doy un paso hacia él, pero se aparta. Aún no ha terminado de procesar.
Tras un instante de silencio, le veo suspirar y cuadrar los hombros.
—Me da igual.
Parpadeo.
—¿Perdón?
—He dicho que me da igual. —Su voz no tiene duda—. No importa cómo haya empezado.
—Eso es el hechizo hablando.
Pasa una mano por su cara.
—¿Y si no lo es?
—Rin.
—¿Y si solo me empujó a dar el paso? —Acorta la distancia entre nosotros y me arrincona contra la barandilla de piedra.
Niego con la cabeza, porque sé que la voz me fallaría.
—Es cierto que he cambiado de actitud contigo desde que me distéis la pócima. —Sus ojos se clavan en los míos con intensidad—. Entiendo que dudes por eso, pero lo único que ha hecho el hechizo es darme un empujón hacia donde yo ya quería ir. Llevo años soñando contigo, pero el miedo…
Mi respiración se vuelve irregular.
—No es verdad, el hechizo te está confundiendo.
Sus rápidas inhalaciones parecen acompasarse con las mías.
—¿Sabes por qué dejé de competir?
Mi curiosidad se activa, siempre he querido saber por qué dejó las carreras cuando era el mejor y parecía amarlo tanto. Así que niego con la cabeza.
—Mi padre me lo pidió. Tenía miedo de que me sucediera algo cuando soy lo único que le queda —explica, su tono cargado de anhelo y tristeza—.
No quería parar, amaba la Formula 1, pero había visto sufrir mucho a mi padre cuando ella se fue, y no quería causarle ese dolor yo también. Así que decidí retirarme.
Me quedo quieta. Detrás de él, las luces de la ciudad siguen a lo suyo.
—Pero lo primero que se me pasó por la cabeza es que dejarías de trabajar conmigo y no que estaba abandonando mi sueño.
Sus palabras me golpean, pero trato de recordar que el hechizo tal vez esté poniendo recuerdos irreales en su mente. Una parte de mí se siente tentada de creerle, pero otra tiene miedo de hacerlo y después descubrir que es como la carroza de cenicienta que desaparece a media noche.
—Yo… No sé…
—¿Recuerdas el día que te pedí que fueras mi secretaria? —continúa él, tomando mi mentón entre sus dedos para obligarme a mirarle.
—Te presentaste en mi casa a las seis de la mañana porque venías de fiesta —respondo recordando lo mucho que me irritó su comportamiento en aquel momento.
Rin niega con la cabeza.
—Dejé que pensaras que venía de fiesta, pero la verdad es que venía de mi casa, de dar vueltas entre las sábanas sin poder dormir.
Porque haber zanjado nuestra relación laboral me había dejado con un agujero en el pecho y una ansiedad de caballo.
Por eso salté de la cama y fui antes de que saliera el sol en un impulso loco.
—¿Qué? ¿En serio? —Decir que estoy anonadada es poco.
—Malu. —Su frente baja para posarse contra la mía—. No quiero volver a antes. No quiero que el miedo vuelva a importar más que ser feliz.
Mi corazón da un vuelco.
—Puede que no tengas elección —murmuro.
—¿Por qué? —pregunta al fin.
—Porque ya hemos hecho un conjuro para revertirlo y está a punto de surtir efecto.
Silencio.
—Páralo —dice.
—Rin.
—Dime que no has sido feliz estos días y te dejaré en paz…
No puedo decirlo, porque no es verdad. He sido ridículamente feliz con él estas últimas semanas, pero eso no quiere decir que debamos dejar el hechizo activo.
—No puedo estar con un hombre hechizado, lo entiendes ¿verdad?
—Sí puedes si yo estoy de acuerdo. —Sus ojos no se mueven de los míos.
Niego con la cabeza despacio, notando que esto nos duele a los dos aunque sea por razones distintas.
—El lunes estarás libre de conjuros y entonces puede que descubras que no sientes lo mismo, pero al menos serán tus pensamientos reales. Y nos merecemos eso. Nos merecemos amar de verdad.