Hechizo de amor para el CEO 19
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El salón de gala del hotel brilla como si alguien hubiera decidido encapsular la ciudad dentro de un techo de cristal.

Lámparas suspendidas como constelaciones, mesas perfectamente alineadas, copas que reflejan luz dorada en todas las direcciones posibles.

El logo de Hayabusa Engineering preside el fondo con su elegancia minimalista.

Todo está perfecto. Yo lo sé porque lo he organizado hasta el último detalle. El catering, la disposición de las mesas, el orden de los discursos, la iluminación que cambia en tres momentos concretos de la noche, para dar la sensación de que el espacio evoluciona sin que nadie tenga que notarlo.

Y aun así, siento un nudo en el estómago que ninguna inhalación profunda consigue deshacer.

—Respira —murmura Rafaela a mi lado, ajustándose el vestido—. Si te desmayas, hazlo cerca de alguien rico.

—Gracias por el consejo, muy útil.

—Para eso estoy.

Lleva el pelo recogido de una forma que le he visto pocas veces, más formal de lo habitual, y sostiene la copa con tanta fuerza que temo que la rompa. Cuando levanta la vista hacia la entrada, lo entiendo. Watanabe acaba de entrar.

Va con un traje oscuro, sin nada debajo de la chaqueta, con ese equilibrio sexy entre formal y salvaje. Sus ojos recorren la sala con la calma de un simple invitado, y cuando encuentran a Rafaela, ella aparta la mirada.

—¿De qué habláis cuando os mandáis mensajitos? —cuchicheo a su lado—. «Hola, ¿qué tal va tu hilo rojo?» «Bien, y ¿y el tuyo?» «Fatal, se me ha enredado en una verja». «Bueno, mientras que no se enrede con el mío...».

—Muy graciosa —dice entre dientes, sin mirarme.

—Seguro que es algo así.

—Recuérdame que no te cuente más mis secretos.

Abro la boca, pero antes de que pueda responder nada una voz cálida interrumpe desde mi izquierda.

—Malu. —Hiroshi aparece a mi lado e intercambiamos reverencias.

—Está todo perfecto —dice, analizando el salón.

—Gracias, espero que disfrute de la velada.

—Estoy seguro de que sí. —Asiente despacio—. ¿Cómo va el coche?

Me observa con atención.

—No he tenido mucha oportunidad de usarlo, a su hijo le ha dado por hacer de chófer —Me arrepiento de decirlo en cuanto veo la forma en que se alzan sus cejas.

—¿A sí? —Su sonrisa incipiente va acompañada de un brillo animado en los ojos.

—Quiere asegurarse de que llego a mi hora a la oficina.

—Claro, debe ser eso —murmura él, pero la sonrisita taimada no desaparece.

—Es parte del trabajo de ser jefe —añado, porque el silencio suena incómodo después de ese comentario.

—¿Y sabes cuál es el trabajo de un padre? —La atención de Hiroshi se pierde en algún punto del centro del salón—. Asegurarse de que su hijo progresa hacia la felicidad.

Hiroshi me mira de reojo y siento ese comentario en un sitio más profundo de lo que esperaba. Y entonces, con esa soltura suya que convierte las bombas en observaciones, añade:

—Serías una buena elección. Para él.

Parpadeo.

—Señor Takeda, espero que no haya malinterpretado mi comentario…

—No tienes que explicarme nada. —Levanta la mano despacio—. Solo estoy diciendo que, por primera vez en mucho tiempo, le veo diferente. Contento.

Mi pecho se tensa. No sé si reírme o llorar.

—Ahí está Rin —Su tono de voz se llena de cariño.

Me doy la vuelta y lo diviso cerca de la barra.

Apoya el peso de su cuerpo en el taburete, una pierna larga extendida y la otra flexionada.

En la mano que descansa en el muslo, sostiene el móvil mientras lee la pantalla.

Se me corta la respiración al ver lo sexy que está esta noche.

Lleva un traje negro que no es del todo convencional: la tela cae fluida y está salpicada de pequeños bordados de flores que rompen la seriedad y le dan un toque original.

Tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia abajo, el cabello oscuro cayéndole sobre la frente.

No puedo apartar los ojos de él, pero tampoco puedo acercarme porque me cuesta respirar.

En ese momento, ella aparece y le coloca una mano en el hombro, haciendo que Rin levante la vista. Es preciosa, elegante y perfecta para este tipo de eventos. La reconozco de otras reuniones, trabaja para una de las petroleras que nos patrocina.

Se inclina levemente hacia Rin cuando le habla y coloca la mano en su brazo, sin molestarse en disimular que su interés por él es algo más que profesional.

No puedo culparla. Yo intentaría lo mismo en su lugar.

Rin responde educado, sin apartarse, pero sin dar señal de que el interés sea mutuo.

—¿Quién es? —No puedo evitar la pregunta.

—Es directiva en Nippon Flow —responde Hiroshi—. La petrolera con la que estamos asociados.

Vamos, que sería la novia perfecta para alguien como él.

Observo cómo ella vuelve a tocarle el brazo. Rin dice algo y ella se ríe otra vez, inclinándose un centímetro más hacia él.

Algo se retuerce en mi pecho, que se parece mucho a un cuchillo serrado entrando en mi corazón. Genial, ahora estoy celosa, como si yo tuviera posibilidades con él una vez se acabe el hechizo.

Nos sentamos para la cena con puntualidad, que para eso llevo dos semanas planeándola.

Hiroshi y Rin presiden la mesa a ambos lados, y por supuesto Miss Gasolina se sienta al lado de Rin.

Me sorprende que no se haya sentado encima, aunque supongo que está planeando eso para más tarde cuando haya menos gente alrededor y menos ropa entre ellos.

Rafaela está sentada junto a mí, toqueteando las etiquetas con los nombres de los comensales a su alrededor. Creo que está haciendo una comprobación de que están todos correctos, hasta que veo que coge la etiqueta de la persona que va a sentarse frente a ella y la mira con horror.

Kenji Watanabe, dice la etiqueta.

—Te dije que pusieras a Watanabe cerca de Rin —regaña a Yui, sacudiéndola delante de sus narices.

—No, dijiste Gogatsu —replica Yui, arrugando el ceño y sin parecer muy convencida.

Watanabe aparece justo en ese momento. Con un traje gris antracita cuya textura es de lo más interesante. También lo es el hecho de que parece que no lleva camisa debajo, así que se intuyen unos desarrollados pectorales por la abertura.

Sin inmutarse, le quita el papel con su nombre a Rafaela. Ella hace el amago de levantarse, pero él la frena con un gesto de su mano.

—No se moleste, señorita Aoki —dice sin mirarla y se aleja hacia el extremo de la mesa, donde le susurra algo a Gogatsu al oído. Este nos echa un breve vistazo y se levanta para venir a ocupar el lugar de Watanabe.

—Buenas noches, señoritas —saluda Gogatsu con una sonrisa de oreja a oreja—. Kenji quiere estar cerca del señor Takeda para hacerle la pelota, pero yo prefiero estar con las mujeres más guapas de la mesa.

Yui suelta una risita, Rafaela está mirando a Watanabe al otro lado de la mesa con una mueca de culpa y yo, en mi ridícula obsesión, me estoy preguntando si eso significa que los hombres no opinan que Miss Gasolina es la más atractiva de la sala. Nada enfermizo.

—¿Es que le has contado lo del hilo rojo? —le susurro a Rafaela cuando Gogatsu y Yui entablan una conversación.

Ella niega con la cabeza, obligándose a apartar la vista de él.

—¿Entonces él simplemente ha aceptado que no le quieres cerca, sin saber la razón?

Rafaela se recoloca la servilleta de tela sobre el regazo y asiente.

—Guau —comento—. Eso debe ser un golpe para su autoestima.

—Estoy segura de que su autoestima está bien, teniendo en cuenta… —Rafaela deja la frase sin acabar, y parece un poco azorada.

No puedo evitar torturarla un poco.

—¿Teniendo en cuenta… —la aliento a seguir, haciéndome la inocente.

—Que es un hombre atractivo y deportista de élite —murmura ella de mala gana.

Le echo un vistazo a Watanabe que está levantando una copa de champán, en esa mano sexy con anillos y brazaletes. Se la lleva a unos generosos labios que son aún más sexys.

—Atractivo es quedarse un poco corta, ¿no crees? —suspiro.

Alguien me está perforando con los ojos. Deslizo la vista hacia la derecha de Watanabe y descubro que Rin me está acribillando con la mirada.

Aparto la vista y trato de ocultar mi sonrisa en un vaso de agua. Mi corazón hace una coreografía de k-pop dentro de mi pecho, hasta que recuerdo que sus celos son falsos y que desaparecerán pasado mañana.

Me lleno el vaso de vino y me dejo la botella cerca.

Los platos empiezan a circular y para mi alivio todo el mundo parece estar disfrutando de la degustación. Discursos, brindis, aplausos. Hiroshi habla de los veinte años de Hayabusa y como empezó con tres mecánicos engreídos y un sueño imposible.

Después del postre y de que Hiroshi abra su regalo.

Rin se levanta y anuncia que va a otorgar cinco días de vacaciones extra a todos los trabajadores con motivo del aniversario.

Aunque él y yo intercambiamos una sonrisita al otro lado de la mesa, sabiendo que esa idea fue mía.

Se lo pedí en la apuesta que perdí, y no esperaba que cumpliera su parte sin que nada le obligue a ello.

Después de cansarme de ver a Miss Gasolina toquetearle el brazo y cuchichearle al oído, y, ¿porque no admitirlo?

, de pasarme con el vino, me levanto y salgo al balcón.

La noche de primavera es fresca y me eriza la piel de los brazos, pero eso es justo lo que estaba buscando.

El ruido del salón llega desde dentro como un murmullo continuo.

Apoyo las manos en la barandilla y respiro.

—¿Te da igual? —La voz de mi jefe me hace darme la vuelta despacio.

Rin está en el umbral de la puerta con la chaqueta abierta y esa expresión que pone cuando se le está acabando la paciencia.

—¿El qué? —Echo un vistazo preocupado hacia el salón pensando que me he olvidado de algo.

—Que ella… —se corrige antes de terminar— que Samantha esté intentando ligar conmigo.

—¿Se llama Samantha? —Mi ceño se frunce porque es japonesa. Aunque no tiene sentido que me extrañe por algo así porque yo también lo soy y me llamo María Luiza.