Hechizo de amor para el CEO 18
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El apartamento de Rin está igual de limpio y ordenado que la última vez. Las luces bajas se reflejan en el cristal de los ventanales que dan a la ciudad encendida.

—Ponte cómoda —dice, dejando las llaves en la encimera.

Me quito la chaqueta con movimientos más lentos de lo normal, muy consciente de cada segundo. De cada pequeña decisión que me ha traído hasta aquí.

—No me puedo creer que te haya dado tiempo a terminarlo —murmuro—. Seguro que está plagado de errores.

—Te invito a repasarlo.

—Eres mi jefe, no debería tener que repasar lo que haces —me quejo, cruzada de brazos en mitad de su salón y sin saber dónde meterme.

Sé perfectamente por qué quería traerme aquí.

El hechizo de amor debe tener un componente erótico potente.

Y también sé que no puedo permitir que ocurra, por mucho que me tiente la idea.

—¿Qué quieres cenar?

Cuando me giro, ya se ha quitado la chaqueta y tiene el móvil en la mano.

—Se supone que quieres seducirme, ¿no? —le recuerdo, burlona—. Deberías cocinar tú mismo y sin camisa.

Él parece considerar mi petición, aunque ambos sabemos que es una broma.

Entonces, empieza a abrirse los botones.

—¿Qué haces? —consigo decir, tras un carraspeo.

—Todo lo que me pidas —responde él, quitándosela con un movimiento fluido.

Me quedo mirando su torso desnudo. Los músculos definidos, la piel bronceada, la forma en que se tensan sus abdominales al moverse. Trago saliva con dificultad, mientras le veo dirigirse a la cocina y abrir la nevera.

—No tengo mucho— se rasca la barbilla—. Pero creo que puedo preparar Oyakodon .

—Ah —respondo distraída. Los pantalones se le ciñen al trasero de una forma maravillosa que su chaqueta suele ocultar—. ¿Te gusta eso?

—¿Qué? —salto, preocupada porque me haya pillado mirándole el culo.

— Oyakodon —repite él con paciencia, echándome un vistazo sobre su hombro.

—Sí.

La luz de la nevera arroja luces anaranjadas y sombras sobre sus pectorales. Que Dios me ayude.

Se mueve por la cocina con una soltura inesperada. Saca los ingredientes de la nevera. El pollo, los huevos, la cebolla, el caldo, colocándolo todo sobre la encimera de forma organizada.

Me subo al taburete del otro lado de la barra y apoyo el mentón en la mano, disfrutando del espectáculo. Porque eso es lo que es.

—Deberías ponerte algo —digo, sin mucha convicción, pero temiendo que se queme.

Rin se gira y me dedica una sonrisa lenta.

—¿Te distraigo?

—Mucho —admito—¿Sabes lo que haces?

—Sí.

—¿De verdad? No pareces el tipo de persona que cocina.

—Qué tontería.

—De hecho, esto parece más el principio de una película porno.

Rin levanta la vista de la tabla de cortar y me echa una mirada entre chocada y divertida.

—Eso es justo lo que es —tiene el descaro de contestar con una sonrisa traviesa. Y ni siquiera puedo regañarle porque me lo he buscado yo misma.

Suspiro mientras él coge el cuchillo y empieza a cortar la cebolla en un estilo digno de un espectáculo, y no porque tenga una pericia especial con el cuchillo.

El movimiento del antebrazo, la forma en que los músculos del hombro se ajustan con cada corte, la línea de su espalda cuando se inclina ligeramente sobre la tabla… Me muerdo el labio inferior.

—¿A ti te gusta cocinar? —pregunta, sin apartar los ojos de lo que está haciendo.

—No mucho, normalmente mi padre se encarga de la comida, así que Rafaela y yo no valemos para mucho en la cocina.

Pone una sartén al fuego. El aceite tarda en calentar y él aprovecha para cortar el pollo en trozos uniformes.

—¿Quieres darte una ducha mientras termino esto?

—¿Y perderme el espectáculo?

—Después de la cena hay uno mejor —me provoca él, pero no me dejo asustar. Si supiera las cosas que se me están pasando por la cabeza ahora mismo, saldría corriendo.

—Supongo que te refieres a que vas a preparar Dorayakis de postre.

Rin suelta una carcajada genuina.

—¿A qué si no?

—¿Cocinas para todas las mujeres que traes a casa? —pregunto, simplemente porque no puedo evitarlo

Una pausa mínima.

—No.

Enarco una ceja a modo de interrogación.

Él añade el pollo a la sartén y el sonido del aceite caliente llena la cocina.

El chisporroteo tiene algo íntimo y doméstico, completamente fuera de lugar con la imagen que tengo de este hombre en mi cabeza, después de seis años de carreras, despachos y reuniones.

—Seguro que haces exactamente lo mismo —comento más como para mí misma y después imito su gesto de arrancarse la camiseta y pongo un tono de voz grave—. Haré todo lo que quieras, nena.

—Nunca he dicho nena en mi vida —niega él, horrorizado.

Me cruzo de brazos.

—¿Entonces qué me vas a llamar cuando llevemos meses saliendo? —bromeo, sabiendo que eso nunca va a ocurrir.

Rin esboza una sonrisita misteriosa.

—Te lo diré cuando me confieses tu amor.

Pongo los ojos en blanco, ignorando el pinchazo de tristeza que me provoca este juego.

Nos quedamos un momento en silencio, mientras él remueve el pollo en la sartén sin girarse.

Añade el caldo. La cocina se llena de ese aroma que tiene el Oyakodon cuando empieza a reducirse, el pollo, la salsa de soja, el mirin, ese olor específico que en cualquier otra circunstancia me resultaría simplemente agradable.

Esta noche, en esta cocina, con él de espaldas y la luz de la campana extractora cayéndole sobre los hombros, se convierte en un símbolo.

Me apoyo en la barra con la barbilla en las manos.

—De verdad que deberías ponerte una camiseta —insisto.

—¿Por qué?

—Porque puedes quemarte.

—¿Me curarías?

—Sí.

Se gira esta vez del todo. Por su expresión, parece que le he prometido mucho más que eso.

—Tal vez lo consigas —murmura y regresa la atención a la comida. Y ya no estoy segura de qué hablamos.

Bate los huevos en un bol pequeño con eficiencia. Los vierte sobre el pollo en un movimiento circular, cubriendo la sartén con la tapa después, y en los treinta segundos siguientes la cocina se llena del aroma de comida casi lista.

De un salto me bajo del taburete y me aproximo para asomarme por encima de su hombro.

—Huele bien —admito.

—¿Y la comida?

—Muy gracioso…

Coge dos cuencos del armario. Los llena con arroz primero, luego vierte el contenido de la sartén por encima. Me pasa uno. Cojo los palillos y lo pruebo.

—¿Está bueno?

Está muy bueno. Más de lo que esperaba y más de lo que me conviene admitir en este momento.

—Está aceptable para estar hecho por un niño pijo como tú —digo.

Él entorna los ojos y parece dudar entre ofenderse o reírse de mí.

—Viniendo de alguien que no sabe freír un huevo…

—Se apoya en la encimera del otro lado con su propio cuenco, aún sin camisa, y con la ciudad entera detrás de los ventanales como fondo.

Podría convertir esa imagen en un póster y colgarla en mi cuarto, para cuando ya no se me permita tener momentos así con él.

—¿En qué piensas? —pregunta después de tragar.

—En nada. —Mi rapidez es sospechosa.

—Mentira.

—Estoy pensando en lo injusto que es que lo hagas todo bien.

—¿Quién dice que lo hago todo bien?

—Solía creer que eras tan listo, habilidoso y guapo para compensar una personalidad desagradable, pero… No ha sido nada desagradable pasar tiempo contigo estas semanas.

Rin deja el bol sobre la mesa y se acerca a mí despacio.

—Eso suena casi a una declaración —dice, plantándose delante de mí. Demasiado cerca para mi cordura.

—No lo es.

Sus manos se apoyan en la barra a ambos lados de mi cuerpo.

—No te creo, Malu —murmura, inclinándose hacia delante—. Creo que sientes lo mismo que yo.

—No —exhalo—. Ni siquiera tú sientes lo mismo que tú.

Eso le hace fruncir el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Abro la boca y por un instante me planteo la opción de contarle la verdad, porque sinceramente no sé si voy a poder rechazarle si intenta algo de nuevo, pero es demasiado complicado.

—Lo que quiero decir es que en unos días no sentirás lo mismo que ahora —ofrezco, en su lugar.

Él recoge un mechón de mi cabello que me cubre la frente y lo pasa por detrás de mi oreja. La caricia provoca cosquillas que me bajan por la oreja hasta el cuello.

—¿Crees que acosaría a la mujer con la que llevo seis años trabajando solo para sexo casual?

—Justamente porque llevamos seis años trabajando juntos y nunca te planteaste esto, ni siquiera cuando éramos más jóvenes e impulsivos… Nunca pensaste en mí de esa forma.

Sus ojos examinan los míos con detenimiento.

—¿Quién dice que nunca pensé en ti de esa forma?

Pongo una mueca de irritación.

—Es evidente.

—Malu, he fantaseado con hacerte cosas que me mandarían directo al infierno.

Siento un latigazo de calor entre los muslos. Rin se acerca más, atrapándome contra la encimera.

—Y todas esas fantasías han ocurrido en los últimos doce días… —susurro, casi sin voz.

Eso le hace soltar una risa seca y sacudir la cabeza.

—He soñado con conducir por Suzuka contigo desnuda encima de mí.

Cuando me obligabas a llevar la gorra de los patrocinadores, fantaseaba con vengarme de ti doblándote sobre mi coche y levantándote la falda.

Cuando volví de Londres y vi el color de tu pelo, me lo imaginé enrollado alrededor de mi puño mientras te arrodillabas debajo de mi mesa… ¿Necesitas que siga?

De pronto, mi barbilla pesa una tonelada y soy incapaz de cerrar la boca. Toda la sangre de mi cuerpo bulle furiosa y me ruge en los oídos. ¿Puede el hechizo estar haciendo esto? ¿Colocar recuerdos de fantasías falsas en su cabeza?

Él está leyendo mi rostro con toda su atención. Levanta la mano y roza los nudillos contra mis mejillas.

—Ahora tus mejillas también están rosas… —murmura—. Necesito saber si es porque te he escandalizado o excitado.

No puedo responder porque me he quedado sin palabras, sin argumentos, sin conciencia… y hasta el suelo debajo de mis pies parece haber desaparecido.

Rin inclina la cabeza tratando de ver mejor mis ojos e interpretar él mismo la respuesta.

—No me queda claro —susurra—, voy a tener que investigar más.

Dicho eso, toma mi muñeca y conduce mi mano a su pecho. El calor de su piel, el músculo debajo, la respiración que se mueve apenas más rápido de lo habitual, actúan como mi propio hechizo. No respondo de mis actos.

—Te gusta —observa en voz baja. Sin arrogancia.

—Umm. —No es una respuesta. Es una rendición parcial y los dos lo sabemos.

Su mano cubre la mía y la desliza por su torso despacio, dejándome notar todos los relieves de sus músculos abdominales. Es fascinante. Lo mejor que he tocado en mi vida.

Pero él no se detiene ahí, sigue bajando mi mano por la cintura de sus pantalones ejecutivos.

Me tapo la boca cuando noto el bulto caliente de su entrepierna.

Rin ahueca nuestras manos sobre su pene que está imposiblemente duro y cuando mis dedos pasan por la protuberancia de la cabeza, lo oigo inhalar de golpe como si le hubiera quemado.

—¿Duele?

—No.

Mi voz no tiene ninguna fuerza. Mis piernas, todavía menos.

Se acerca un poco más, reduciendo la distancia hasta que el espacio entre nosotros arde con el calor de nuestros cuerpos.

Su mano abandona la mía y vuelve a apoyarse en la encimera. Este es el instante en el que tendría que retirarla, pero parece que estoy pegada. La muevo un poco, frotando su largura y lo veo inclinarse hacia delante y cerrar los ojos.

—Esto no está bien —digo para mí misma. Abro el primer botón de sus pantalones y él se apresura en ayudarme. Introduzco la mano por debajo de la tela de sus calzoncillos con un sentimiento de culpa que quema tanto como mi deseo.

—Está… perfecto —gruñe cuando nuestras pieles se tocan.

Muevo la mano de arriba abajo una vez, convencida de que voy a ir al infierno.

Rin hace una mueca de sufrimiento, y toma mi muñeca par detenerla con suavidad.

—Mejor no hagas eso aún —jadea, y parece un poco avergonzado consigo mismo.

Me agarra de las caderas y me hace girar. Mi espalda queda acunada por su pecho y mi culo aterriza contra su abultada entrepierna.

Sus dedos están clavados en mi cadera, pero me gusta la intensidad con la que me sostiene.

La otra se desliza por mi vientre creando un camino de cosquillas enloquecedoras hacia mi entrepierna.

El primer roce sobre ese punto, que ha despertado con la fricción de nuestros cuerpos, me hace retorcerme de placer.

Me froto contra él sin ningún autocontrol. Buscando su tacto y su calor con una desesperación que me sorprende. Es maravilloso escuchar cómo pierde el control de su respiración.

—Soy una mala persona —jadeo.

—Yo también, Malu —susurra contra mi oreja—. Mis empleados me llaman ogro.

La palma de su mano dibuja un círculo entre mis piernas, y se me doblan las rodillas. Por suerte, él sostiene el peso de mi cuerpo sin problemas.

—Seamos malos juntos —dice, contra mi oreja justo antes de besarme el cuello—. Quiero hacerte gritar mi nombre.

Y por un momento me dejo seducir por la idea. ¿Tan malo puede ser algo que se siente tan bien? ¿Tan necesario?

Sus brazos me rodean antes de que mi cuerpo termine de decidir si va a resistirse, y el mundo se reorganiza en un nuevo orden que tiene más sentido que nunca. La presión de su pecho contra el mío, el calor, la forma en que encajo contra él como si nos hubieran creado el uno para el otro.

Mis hombros se relajan sin permiso y él vuelve a girarme y a sentarme sobre el taburete. Mis piernas rodean sus caderas y cuando me frota contra él, ardemos juntos.

—Dios —murmuro contra su pecho.

—Rin —corrige él, mordisqueándome el cuello—, soy el único hombre al que quiero que menciones en este momento.

—Pero es que necesito su ayuda. —Cierro los ojos—. El demonio está intentando reclutarme.

—¿Y estás considerando la oferta? —Sus manos asen mis caderas con determinación y me besa tan profundo, su lengua saboreando cada rincón recóndito de mi boca en un baile que me deja con la cabeza dando vueltas.

Me separo un milímetro. Solo para respirar. Para recuperar algo parecido a la capacidad de pensar.

—Necesitamos —exhalo— un preservativo.

—No, quiero sentirte, quiero que tengas a mis hijos —gruñe él como si nada, y esa frase cae como un balde de agua fría sobre mí.

Le empujo los hombros y le miro a la cara.

—Eso no lo has dicho tú.

Su ceño se frunce.

—Claro que lo he dicho yo.

—No. —El estómago se me hunde. Es el hechizo hablando por él.

Me aparto del todo y me bajo del taburete con el cuerpo aún temblando.

—Llévame a casa.

—Malu…

—Tenemos un trato, nada de besos hasta que terminen los quince días. —Mi voz tiembla. No lo suficiente para que él lo note, o quizá sí, porque acaba por asentir.

Rin apoya la frente contra la mía, respirando con dificultad.

—Me estás matando —susurra—. Pero esperaré. Esperaré lo que haga falta hasta que confíes en mí.

Se pasa la mano por la nuca y suspira resignado.

Cinco minutos más tarde, cuando cruzo el umbral de su casa, murmuro un adiós a su apartamento que me duele en el centro del pecho.