17
La reunión lleva noventa minutos y los tres socios de Londres todavía no han terminado de hablar.
Hiroshi los escucha fingiendo que lo está entendiendo todo, pero yo sé que su nivel de inglés no da para tanto. Rin está a su derecha, con la chaqueta abierta y un gesto concentrado.
Yo estoy al fondo con la tablet, tomando notas, haciendo lo que hago en estas reuniones: ser invisible de una forma útil. Lo cual funcionaría mejor si Rin dejara de mirarme.
La primera vez lo achaco a la casualidad. Está explicando algo sobre la estructura de inversión y su mirada pasa por la sala y se detiene en mí un segundo antes de continuar.
La segunda vez ya no es casual. El socio más mayor, Harrison, está hablando de proyecciones a cinco años y Rin tiene los ojos fijos sobre mí, y una expresión soñadora. Quién sabe lo que se le está pasando por la cabeza.
Bajo la mirada a la tablet, notando que me arden las mejillas, solo de imaginarlo.
La tercera vez ocurre mientras le han hecho una pregunta que no responde porque está totalmente abstraído.
Nos miramos y le hago un gesto discreto pero significativo.
Él no aparta los ojos. Yo sí, porque soy la única de los dos que parece recordar que hay otras cuatro personas en esta habitación.
Pero noto que sigue. Su mirada es tan intensa que siento calor subiendo por mi pecho y concentrándose entre mis piernas.
Aprieto los muslos bajo la mesa. Por un segundo, parece que quiere levantarse, cruzar la sala y besarme delante de todos.
Hiroshi, desde la cabecera de la mesa, no dice nada. Pero intercala la vista entre nosotros pareciendo sospechar algo.
La reunión concluye con lo que todos sabíamos que iba a concluir: hay que preparar un análisis comparativo de rentabilidad para presentar a los socios de Londres antes de fin del viernes.
Márgenes, proyecciones, el desglose de los últimos tres ejercicios fiscales cruzado con las nuevas líneas de patrocinio.
El tipo de informe que Rin odia preparar. No porque no sepa hacerlo, sino porque requiere sentarse a sistematizar información durante horas en lugar de tomar decisiones, y Rin Takeda es un hombre de decisiones.
Todos van saliendo. Harrison estrecha manos e Hiroshi acompaña al grupo hacia la salida con una sonrisa cordial y cálida.
Rin no se mueve de su silla.
—Aoki, quédate un momento.
Me detengo en el umbral. Los últimos pasos de los demás se alejan por el pasillo.
La puerta se cierra sola con un clic fatídico.
He estado evitando quedarme a solas con él desde lo de la escalera de incendios.
Normalmente arrastro a Rafaela conmigo con alguna excusa tonta que él no se traga en absoluto, o espero a que alguien de mi equipo vaya a hacerle una visita para unirme.
Me giro despacio. Está recogiendo los papeles de la mesa.
—El análisis comparativo —digo, antes de que él lleve ese momento al terreno personal—. Necesitamos tus parámetros antes de empezarlo.
—Los tendrás.
—Odias hacer ese trabajo, me vas a tener esperando hasta el último momento.
—Dime cuando lo necesitas, no es para tanto —se encoge de hombros, restándole importancia.
—Es más largo de lo que crees, no te confíes.
Me ojea como si fuera una mosca molesta rondándole.
—Puedo tenerlo en media hora —dice.
Levanto una ceja.
—Ni hablar —me río—. Han dicho de tres ejercicios fiscales cruzado con las nuevas líneas de patrocinio.
—Sí.
—Necesitas cuatro horas, mínimo.
—¿Quieres apostar? —La sonrisa que me dedica es de todo menos inocente.
Es el momento de huir, pero nunca he sido de las que se rinden. Dejo la tablet sobre la mesa y me cruzo de brazos, para hacerme la dura.
—Si no lo terminas en media hora —digo, despacio—. Quiero cinco días libres para todos. Dios sabe que nos debes mucho más que eso en horas extras.
Sus ojos se mueven por mi cara.
—¿Y si lo termino?
—Tendrás el placer de demostrar que me equivoco.
Rin sonríe de lado, y un brillo perverso se instala en sus ojos, mientras me observa.
—No es que tener razón no me guste, pero hay otros placeres que… —Hay fuego en su mirada conforme me reta—. Me parecen más urgentes.
—¿Urgentes? —suelto una risa seca, repentinamente acalorada.
Rin se mete las manos en los bolsillos del pantalón y levanta el mentón desafiante.
—Si gano, te quedas a dormir en mi casa esta noche.
Aprieto los labios. No puedo hacer eso… no con el estado en el que me encuentro. No con todo el tiempo inesperadamente genial que hemos estado pasando juntos. Pero tengo un truco bajo la manga y sé que esos cinco días de vacaciones les vendrían de perlas al equipo.
—Trato —respondo, aunque mi voz sale un poco ronca.
Él se pasa la lengua por el labio inferior sin darse cuenta. Ese pequeño gesto me acelera el pulso.
Satisfecho y también un poco sorprendido con mi aceptación, Rin se sienta frente al ordenador. Tiene la expresión de un vencedor, aunque el marcador todavía no lo confirme. Abre los archivos. Empieza a teclear con esa eficiencia que siempre me resulta ligeramente irritante.
Me quedo de pie un momento, mirando la pantalla por encima de su hombro.
Y entonces entrelazo las manos, estiro los brazos y me preparo para empezar mi boicot. Hago algo que él no se espera. Sin pedir permiso, me siento en su regazo.
Se detiene al instante.
—¿Qué haces?
—Ayudarte.
—Eso no es ayudar.
—¿He dicho ayudarte? —ronroneo, repasando el arco de su oreja con mis dedos para prender un mechón de su cabello detrás—. Quería decir ayudándome a ganar la apuesta.
Él suelta una risa seca.
—No eres para tanto —murmura, pero noto la tensión de su cuerpo bajo el mío. La forma en la que jadea las palabras. Todo gracias al hechizo, claro.
Me revuelvo en su regazo, notando inmediatamente su calor y la dureza creciente bajo mi culo. Rin se tensa y suelta un gruñido bajo.
—Malu… esto no es justo.
—La vida no es justa —susurro cerca de su oreja, rozándola con los labios.
Muevo las caderas muy ligeramente, frotándome contra él. Rin suelta el aire con fuerza y una de sus manos baja a mi muslo, clavando los dedos.
—Estás jugando con fuego —advierte con voz ronca.
—Me gusta quemarme —respondo, besando el borde de su mandíbula.
Él hace lo que puede por concentrarse conmigo encajada contra su pecho y las ventanas abiertas que ocupan la pantalla.
Su barbilla roza mi pelo cada vez que se inclina hacia delante, y el calor de su torso está instalándose en mi costado.
La triste verdad es que lo estoy pasando tan mal como él.
La temperatura de nuestros cuerpos sube de una forma casi insoportable.
Pasan cuatro minutos, durante los cuales él teclea, echándome solo un par de vistazos inevitables.
Mientras, yo observo el perfil de su rostro, fascinada.
Paso mi dedo medio por el relieve de sus pómulos.
Él traga saliva, la nuez subiendo y bajando en su bonito cuello moreno.
Quiero lamerlo, pero moralmente no puedo llegar tan lejos.
Me conformo con mirar y acariciar de forma reverente la obra de arte que la naturaleza ha hecho con su rostro.
Soplo suavemente hacia su oreja y él tiembla bajo mis piernas.
—Si haces trampa, yo también la haré —amenaza, sin apartar los ojos de la pantalla.
—Perdón —mi voz suena fascinada. Estoy fascinada. Desde el día que mis ojos se posaron sobre él por primera vez, después de haberle visto conducir.
Le toco la nariz con un dedo. Solo eso, el gesto más inocente del mundo.
Me mira de lado con cierta desconfianza.
—Tu rostro es ridículo.
—Pues bien que te gusta mirarlo.
Suspiro.
—Por eso lo digo. ¿Sabes lo que creo?
Sus cejas se alzan mientras sigue trabajando, la única señal de que me está escuchando.
—Creo que debes ser el hombre más guapo de todo Japón. ¿Qué se siente?
—Que no me sirve de mucho si tengo que hacer una apuesta desesperada para llevar a una chica a mi casa —responde en tono amargo.
Me río, porque toda esta situación es surrealista y él ni siquiera lo entiende.
Mis dedos suben por el puente de su nariz y entonces me fijo en sus ojos.
La luz del ordenador cayéndoles de lado, haciendo sus relieves más pronunciados.
—¿Los tienes operados? —pregunto, de repente.
Rin frunce el ceño.
—No.
—Cuesta creerlo, son demasiado perfectos.
Eso le hace poner una mueca.
—¿Qué?
—Nunca me han gustado.
Me aparto, ofendida por el comentario como si estuviera hablando de mi propio cuerpo en lugar del suyo.
—¿Cómo puede ser?
—Son como los de ella —repite, en voz más baja—. Iguales a los de mi madre.
El ambiente se congela.
—¿Tu madre?
Rin ha parado de teclear, así que al final he logrado distraerle de una forma distinta.
—No quiero hablar de eso.
No insisto porque noto la muralla alrededor de su corazón casi como si pudiera verla. Mi mano se mueve sola. Sube hasta su cara y le acaricia el párpado con cuidado, con delicadeza.
—No los odies —susurro—. No hay mucha belleza en el mundo.
Él no responde.
Solo baja un poco la mirada, hacia algún sitio entre mis manos y el teclado. Aprovecho que están casi cerrados para hacer algo que siempre he querido y que pronto ya no podré hacer: le doy un beso suave en el párpado.
Rin cierra los ojos y contiene la respiración, dejándome hacer lo que quiera con este instante tan improbable. Beso el otro ojo.
El silencio que sigue pertenece a otra vida. Un instante de ternura entre nosotros que nunca jamás podré borrar de mi memoria.
—Nunca la habías mencionado.
—No me gusta hablar de ella. —Me mira, y en sus ojos leo miedo. ¿Rin Takeda tiene miedo? ¿De qué?
—Mi madre falleció cuando era pequeña —le cuento, sin añadir nada más. Tristemente ambos sabemos bien lo que significa una madre ausente, por las razones que sean.
Le rodeo el cuello con los brazos, despacio, sin prisa, y apoyo la frente en su sien. Él no se mueve. Pero sus manos, que estaban sobre el teclado, se desplazan hasta mis rodillas y se quedan ahí, quietas, con algo que no es deseo sino dolor compartido y ganas de borrárnoslo el uno al otro.
En la pantalla, su análisis comparativo lleva cinco minutos sin avanzar, pero ninguno de los dos lo menciona.