Hechizo de amor para el CEO 16 #2
49%

16 #2

—¿Qué significa eso exactamente? ¿Es una expresión brasileña?

—Sí, algo tipo Yakubi : Día de desgracia—le traduzco.

No responde, pero noto cómo procesa la respuesta, ese movimiento mínimo de su mandíbula que en él equivale a archivarlo todo para más tarde.

El resto del trayecto pasa en un silencio íntimo.

Aparca frente al edificio y nos bajamos con Senna pegado a los talones. Caminamos hacia la entrada y él va ligeramente por delante, una señal de que el regreso a la normalidad está al caer. Yo voy dos pasos detrás con las manos en los bolsillos del abrigo y la sensación de que me pesa la cabeza.

—Espera —dice, parándose. Se palpa el bolsillo interior de la chaqueta y frunce levemente el ceño—. Me he olvidado algo en el coche, sube tú.

Mis cejas se alzan.

—¿Qué te has olvidado?

—Algo para terminar con tu Yakubi de golpe —esboza una sonrisa misteriosa.

Trato de no sonreír de vuelta, trato de ignorar el calor en mi pecho y la forma en que mi corazón se retuerce.

Cojo a Senna en brazos y entro al edificio con una bola de ansiedad en el estómago. Tengo la sensación de que se me está acabando el tiempo, que voy a morirme o algo, lo que es ridículo porque cuando el hechizo de debilitamiento surta efecto, solo voy a volver a la normalidad.

El ascensor debe estar pillado en otra planta porque tarda un montón en bajar. Cuando por fin llega y se vacía, entro y le doy al número 4 distraída. Las puertas empiezan a cerrarse. Y entonces una mano se interpone. El sensor reacciona y estas se abren.

Rin bloquea la entrada con un ramo de tulipanes rosas y una sonrisa juguetona.

Los sostiene junto a mi cabeza.

—Lo sabía, son del mismo color de tu pelo.

—¿Eso es para mí? —parpadeo y hago el amago de cogerlos.

—No. —Él los aparta de mi alcance y me quita al perro con la otra mano.

—¿Entonces para quién? —Me cruzo de brazos.

—Son para ti si te los ganas.

—¿Cómo?

Sus perfectos dientes blancos me deslumbran.

—Es un reto: Diez besos antes de llegar a la cuarta planta y son tuyos. —Se inclina y me ofrece su mejilla.

Le da al botón y el ascensor empieza a subir suave y silencioso.

—Estás loco.

—Estás perdiendo tiempo.

Miro el color rosa de mi pintalabios en el espejo

—Te mancharía —le advierto.

—Me da igual.

—Odias el rosa.

—Planta 1. Y no puedes repetir lugar…

Y así, en el ascensor de Hayabusa Engineering, a las nueve y cuatro minutos de un lunes en el que me he levantado con el pie izquierdo y un revoltijo de ansiedad en el estómago, mi química cerebral cambia de golpe.

Le beso por toda la cara, besos rápidos, fugaces, torpes, divertidos, tiernos, mientras río y él cuenta con una sonrisa que le va de oreja a oreja. El cuello, la mandíbula, el otro pómulo. Las marcas de mi pintalabios me ayudan a no repetir lugar.

Seis, siete… Rin cuenta cada vez más cerca de reírse del todo, y yo con los pulmones a medio funcionamiento, tratando de no aplastar a Senna en sus brazos.

Ocho…

En el beso número nueve me detengo en la comisura de su boca. Rin gira la cara y captura mis labios y el juego cambia por completo. El beso número diez es profundo, hambriento. Su brazo rodea mi cintura y me aprieta contra él.

—Esto no cuenta —jadeo contra su boca.

—Cuenta doble —responde él, mordiéndome el labio inferior.

El ascensor llega a la cuarta planta y las puertas se abren.

Rin tiene el cuello y el rostro cubiertos de marcas de pintalabios rosa. Yo me estoy tronchando de la risa a pesar de que ese último beso me ha dejado con piernas de gelatina.

—Mi premio. —Extiendo la mano hacia los tulipanes.

—Ah, ah —niega él con un brillo travieso en los ojos—. Has perdido, tenían que haber sido los diez como ese último.

Sale del ascensor y yo me abalanzo sobre las flores.

—Ni se te ocurra.

No me deja quitárselas, las levanta en alto y ni dando saltos salvo nuestra diferencia de estatura.

—Dámelas, me las he ganado. —Le clavo un dedo en el estómago, que se me dobla por lo duros que están sus abdominales. Aun así, funciona, él suelta un quejido y encoge el brazo. Y entonces aprovecho para hacerme con el ramillete como una auténtica ninja.

En ese momento, nos damos cuenta de que toda la planta nos mira, petrificados a mitad de sus funciones y boquiabiertos.

Perfecto para avivar los rumores… En un par de días, tendré que explicar que, tras un romance breve con el ogro de nuestro jefe, me ha dejado mientras intento recomponer mis ilusiones más delirantes.

Ante la atención que estamos recibiendo, yo carraspeo y él se estira, y nos despedimos sin palabras, cada uno caminando hacia su lugar de trabajo. Yo fingiendo que no ha pasado nada y él con toda la dignidad que puede tener alguien con la cara llena de huellas de labios rosas.

De camino a mi mesa me cruzo con Yui. Sostiene un montón de folios que ni recuerda tener en las manos y nos observa con una expresión derrotada.

Genial, por si no me sentía lo suficientemente mal.

Cuando llego a mi mesa, pongo el ramillete sobre mi teclado y me quito la chaqueta.

—Tienes el pintalabios corrido —comenta Rafaela y me ofrece un pañuelo de papel, sin apartar la vista de su pantalla.

Lo acepto. Hay un espejito guardado en alguna parte de mis cajones y lo uso para acicalarme un poco.

Después lleno una taza con una botella de agua vieja, que lleva a saber cuánto en un rincón polvoriento de mi mesa, para poner los tulipanes.

De la cinta que los mantiene juntos cae algo pequeño.

Lo recojo y descubro un colgante de oro con forma de monoplaza, diminuto, con lo que parecen ser diamantes diminutos en las ruedas.

Me quedo mirándolo en la palma de la mano un momento.

Con una sonrisa de oreja a oreja, me quito la cadena para poder añadir mi nuevo colgante.

—¿No te estarás enamorando? —La voz de mi hermana me pilla acariciando el pequeño coche de Fórmula 1 entre mis dedos.

—Por favor… —Mi risa seca se pasa de exagerada—. ¿Cómo voy a enamorarme de un ogro? ¿Qué soy, Fiona?

—Un poco Fiona sí que eres —se burla mi hermana, a lo que respondo con un «ja, ja» sarcástico.

Mi pantalla se enciende y me concentro en el trabajo que tengo pendiente para la fiesta de Hiroshi, ignorándola concienzudamente.

La fiesta es esta noche y necesito ultimar todos los detalles y asegurarme de que todo salga perfecto.

Lo que tiene recibir un coche, es que de pronto quieres dar el cien por cien.

Sobre todo, cuando el regalo viene de unos sentimientos que tú misma fabricaste en una olla.