16
No es que el desayuno sea el momento más charlatán de los Aoki, pero la calma de hoy es rara. El sol entra oblicuo por las ventanas del comedor dibujando líneas doradas sobre la mesa de madera. Tostadas, té verde, arroz recién hecho que todavía suelta vapor. Todo colocado en silencio.
Papá es el primero en romperlo.
—¿Os habéis quedado sin lengua esta mañana?
Rafaela no levanta la vista del móvil.
—Trabajo —murmura.
—Eso no es habitual en vosotras durante el desayuno. —Toma un sorbo de café e intercala la vista entre ambas—. ¿Debería preocuparme?
—No pasa nada —le tranquilizo, apartando la taza. Mi voz no suena convincente porque no es cierto. No sé con qué está liada Rafaela, pero yo hace una semana que mi mente no visita esta casa. Últimamente siempre está en otra parte… Un comportamiento nada sano si preguntas a cualquier especialista.
Rafaela sigue tecleando, su pulgar se mueve con una urgencia nerviosa y su rostro está contraído. Llevo dos minutos observando el movimiento sin decir nada.
Nuestro padre se inclina levemente, intentando ver la pantalla.
—¿Quién es Watanabe?
El silencio es inmediato y absoluto.
—¿Es que tienes novio?
Mis ojos se abren de forma exagerada. Una muy buena táctica para despertarme de golpe.
—¿Te estás escribiendo con Watanabe? —Mi sonrisa maliciosa se apunta hacia ella.
Rafaela bloquea la pantalla y aparta el móvil como si fuera una araña.
—No es nada —susurra ella, pero sus mejillas están rojas. Se levanta tan rápido que la silla protesta contra el suelo—. Llego tarde a la oficina.
Es una tontería poner esa excusa cuando trabajamos juntas. Aunque estos últimos días Rin viene a buscarme y ella se niega a ir con nosotros.
—Rafaela.
—Tienes que echar el agua al arroz —añade, sin mirarme.
El comentario flota en el aire y mi padre frunce el ceño.
—¿Qué arroz?
Mierda.
Papá deja la taza despacio, procesando algo que preferiría no haber escuchado.
—Malu —gruñe, bajando medio tono—. No me digas que estáis otra vez con ese maldito libro de hechizos.
Las dos nos quedamos congeladas. Bajo la mirada a la mesa.
Sé que mi padre está pensando en aquella vez que el jardín del vecino amaneció convertido en gelatina cuando intentamos agrandar la casa.
O los dos meses que pasamos teniendo que cortar maleza de la puerta antes de poder salir, porque se me metió en la cabeza que quería un jardín como el de las hermanas Owens en Practical Magic.
—No estamos haciendo nada —miente Rafaela.
Papá se levanta. Serio de verdad, no suele enfadarse a menudo, y por eso pesa más cuando lo hace.
—Eso decíais la última vez que casi convertís el vecindario en un estanque de peces flotantes.
—Fue un accidente —murmuro.
—Pensé que habíais tirado el libro —nos recrimina.
El aire adquiere esa densidad de las conversaciones que todos preferiríamos evitar.
Rafaela no espera más. Coge el bolso y desaparece por la puerta antes de que alguien pueda detenerla. El sonido de sus pasos bajando las escaleras se aleja hasta quedar en nada.
Aguardo en silencio a que mi padre respire, que la discusión caiga por su propio peso y lo acepte. Cuando lo veo girarse hacia el taller, aprovecho el momento. Me levanto sin hacer ruido y lleno un vaso de agua. El sonido del grifo es demasiado normal para lo que estoy a punto de hacer.
De camino al lugar donde el conjuro escondido sigue trabajando, mi mente hace esa cosa que ha empezado a hacer cuando no la vigilo de cerca. Recibo un flashazo del rostro de Rin, acompañado del recuerdo de su aroma y su tacto, y mi estómago se deshace en cosquillas nerviosas.
Mierda. La que va a necesitar un conjuro de debilitamiento voy a ser yo.
Me agacho en el suelo y destapo la caja de zapatos donde Rafaela lo ha escondido.
El mejunje debería tener moho o un aspecto desagradable, pero sigue en perfectas condiciones y hasta emite un ligero olor a jazmín.
Inclino el vaso sobre el cuenco, pero antes de que caiga una sola gota me quedo paralizada.
Mi mente vuela al sábado pasado, cuando Rin vino a recogerme para que le acompañara a llevar a Senna al parque.
El westie correteó encantado entre pétalos rosas caídos de los cerezos.
Hasta que nos llevamos un buen susto, cuando un perro apareció desde detrás de un seto.
Enorme si lo comparas con Senna. Era un akita inu, una raza de caza que perfectamente podría confundir a un westie con un conejo.
Por el entusiasmo que traía no estuve segura de si quería jugar con Senna o comérselo.
Así que me agaché sin pensar y lo recogí en mis brazos.
—¡Eh! ¡Tranquilo!
El perro grande no ralentizó. Vino directo y se alzó en las patas traseras. Solté un grito y me tambaleé, segura de que iba a morderlo, a arrancarlo de mis brazos y despedazarlo delante de mis narices.
Pero nada de eso sucedió, porque el fuerte brazo de Rin me rodeó la cintura, me levantó a mí junto con el perro en un movimiento rápido, y nos subió a un muro de piedra, lejos del alcance del akita.
El perro grande se detuvo a nuestros pies, ladrando y evaluando la situación. Rin le sostuvo la mirada, con calma a la vez que se plantaba frente al animal y lo hizo retroceder y, tras pensárselo un poco, marcharse de vuelta a donde su negligente dueño le hubiera dejado.
Tras un instante de recobrar la calma, bajé la vista a Senna, que aún temblaba en mis brazos.
—Guau, ¿no te sientes protegido ahora mismo? —le susurré, dirigiéndole a mi jefe una sonrisa que pretendía ser burlona, pero que salió más bien deslumbrada.
Rin no respondió, solo sacudió la cabeza y puso los ojos en blanco con el fantasma de una sonrisa.
Me doy cuenta de que estoy sonriéndole al conjuro de mi hermana y suspiro tratando de volver al momento presente.
Cuando vuelco el vaso con agua sobre el arroz, noto una resistencia por parte de mi brazo que trato de ignorar.
Mi cabeza se sacude, decepcionada conmigo misma.
No soy una experta, pero estoy segura de que recordar momentos bonitos entre mi jefe y yo no ayuda nada a romper un conjuro de amor.
Después de eso, me meto en el baño. Rin va a pasar a por mí en quince minutos y aún ni siquiera me he duchado.
La ducha es el sitio más peligroso para mí estos días. El agua caliente, mi piel sin barreras, la iluminación tenue y el espacio íntimo, son el cóctel perfecto para que mi mente recuerde algunos momentos que me hacen sentir culpa mezclada con otras cosas.
Antes de ayer, por ejemplo. Veníamos de una reunión en la tercera planta y en lugar de tomar el ascensor usamos las escaleras de incendios. Me tropecé en un escalón y Rin me sostuvo, aprovechando para acorralarme contra la pared.
Nos quedamos mirándonos en silencio, dolorosamente conscientes de que su mano caliente tocaba la piel de mi brazo y que sus caderas estaban contra las mías. De que esa parte de nuestro cuerpo estaba en contacto por primera vez.
—Takeda-san… —musité, cuando noté que llevábamos demasiado tiempo pegados y mirándonos en silencio como para poner mi tropiezo de excusa—. Tenemos un trato.
—Malu… —Sus ojos relampaguearon. Conforme se deslizaron por mi rostro. Su mano ascendió por mi brazo hasta mi hombro, enviando relámpagos placenteros por toda la piel de mi cuerpo—. ¿Por qué me torturas así?
Su rostro descendió hacia mí y lo noté, lo duro que vuelve resistirse al calor que generan nuestros cuerpos, a las cosquillas que su tacto envía por todos mis nervios, al calor húmedo que se acumula en mi vientre cuando le tengo tan cerca.
Sus labios se deslizaron entonces por mi oreja, suaves, una caricia casi imperceptible.
—Ven esta noche a mi casa —susurró contra mi lóbulo.
—No puedo —murmuré.
—¿Quieres que te lo ruegue, Aoki? ¿Es eso? —continuó él, su boca descendiendo por mi mandíbula—. ¿Quieres verme de rodillas?
Sus labios acariciaron la piel de mi cuello y me derretí, casi igual que me está pasando ahora al recordarlo bajo el chorro de agua caliente. ¿Cómo se supone que voy a luchar contra esto? ¿Cómo puede mi conciencia ganar esa batalla?
—Porque si me pongo de rodillas para ti va a ser para algo más que implorar. —Su mano bajó por mi cadera conforme hablaba, y la cerró sobre mi muslo, forzándolo a abrirse un poco.
Fue el jadeo tan alto que solté lo que me hizo despertar y darme cuenta de lo que estaba haciendo. De que estaba a punto de abusar de un hombre que no está interesado en mí.
—De verdad que no puedo, Rin —gemí, empujándolo de los hombros contra mi voluntad.
Su expresión de anhelo y desesperación me provocó un mareo de placer mezclado con autocensura, de lo más molesto.
—Tengo que irme. —Salí corriendo escaleras arriba.
Termino de ducharme y me visto, encontrándome físicamente mal por la tortura a la que llevo semanas sometiendo a mi cuerpo y a mi mente. La culpa y el deseo revueltos en mi pecho.
Me pongo el abrigo y salgo.
El Aston Martin está aparcado frente a la puerta, un santo con dos pistolas en un barrio tan viejo como el mío. El motor está apagado porque debe llevar un rato esperándome. Rin está en el interior, con el móvil en la mano, y levanta la vista cuando oye mis pasos en el asfalto.
La puerta del copiloto se abre desde dentro, siempre lo hace, se toma la molestia de estirarse para abrirme la puerta.
El olor de su colonia me golpea al entrar. Rin me mira de reojo.
—Tienes cara de no haber dormido bien.
—Culpa tuya —murmuro.
Él sonríe con arrogancia.
—Bien. Me gusta ser el motivo de tu insomnio.
Sus palabras me hacen sentir cosas que no me ayudan en este momento.
—¿Qué sentido tiene regalarme un coche si me llevas a todas partes? —me quejo, malhumorada por la frustración.
—Buenos días —responde él con una sonrisa sarcástica.
Después arranca y el silencio entre nosotros es melancólico por mi parte y confuso por la suya.
—¿Qué te pasa? —No han pasado ni cinco minutos, cuando empieza su interrogatorio.
—Nada.
—Malu.
—Me he levantado con el pie izquierdo.
Nos mantenemos en silencio hasta que se detiene en el siguiente semáforo.
—¿El pie izquierdo?
—Sí.