Hechizo de amor para el CEO 15 #2
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15 #2

Salimos al jardín por una puerta lateral. El aire es fresco y limpio y solo se escuchan los pájaros. Hay una mesa baja de madera, una tetera humeante, tazas a la espera de ser usadas. Todo preparado, como si Hiroshi hubiera sabido exactamente cuánto tiempo íbamos a tardar.

Rin ya está sentado.

Levanta la vista cuando nos acercamos. Sus ojos pasan de su padre a mí y se detienen ahí.

Me siento frente a él. Rafaela está al otro lado, incómoda por estar a solas con el jefe en la casa de su padre.

Hiroshi sirve el té con una sonrisa distraída.

—Cuando Rin era pequeño —empieza—, no hablaba casi nada.

Levanto una ceja.

—¿En serio?

—Era muy observador.

—Eso no me sorprende —murmuro, llevándome la taza a los labios.

Rin, frente a mí, no se queja, pero sostiene la taza con una fuerza que sugiere que no le gusta el rumbo de la conversación.

—A los diez años desmontó un motor entero —continúa Hiroshi— porque quería ver sus tripas.

—Encantador.

—Lo volví a montar —añade Rin, seco.

—Sobró una pieza —corrige Hiroshi, sin inmutarse.

—Era irrelevante.

—El coche no volvió a arrancar.

Rafaela y yo nos carcajeamos.

—Un detalle menor, ¿verdad, jefe? —lo provoco. Él aprieta los labios, pero se nota que está conteniendo una sonrisa.

Se aproxima lentamente a mí, observando cómo me divierto a su costa.

—Te gusta reírte de mí, ¿verdad? —Hay un brillo oscuro en sus ojos.

—Un poco —admito, sosteniéndole la mirada.

—Algún día te haré pagar cada risa —responde en voz baja, solo para mí.

No sé en qué momento exacto cambia el ambiente.

Watanabe aparece en el umbral de la puerta lateral sin que ninguno de nosotros lo oyera llegar. Está de pie con la expresión de alguien que no se esperaba encontrarnos en esa casa.

Lleva una camiseta blanca que marca cada músculo de su torso.

El flequillo despeinado sobre la frente con un efecto húmedo, las manos adornadas por sus habituales anillos de plata, igual que sus muñecas y los muchos pendientes de sus orejas que me desentonan tanto con sus gafas, de la mejor manera posible.

Se aproxima a nosotros con cierta cautela.

—Perdón por interrumpir —dice—. Hiroshi-san, ¿quería verme para…?

No termina la frase, porque Rafaela se levanta de golpe o lo intenta. La silla no coopera. Su peso se distribuye mal, el equilibrio falla en el momento en que más lo necesita, y mi hermana cae de lado, directa al césped.

Se hace un silencio durante el cual todos la observamos perplejos.

—¿Estás bien? —Se preocupa Watanabe, acercándose e inclinándose hacia ella para ofrecerle ayuda.

Rafaela no responde, sino que empieza a rodar, alejándose de Watanabe por el césped con determinación.

Watanabe parpadea y da un paso hacia ella mientras intenta procesar lo que está viendo.

—Oye... ¿te has hecho daño? —Le tiende la mano.

Rafaela, desde el suelo, ve la mano acercarse. Ve su sombra proyectarse sobre el césped y algo en su cara toma una decisión que el resto de su cuerpo ejecuta antes de que nadie pueda anticiparlo. Se impulsa y se lanza a la piscina.

El splash es considerable. El agua salpica en un radio generoso, alcanzando la mesa, las tazas, los bordes del jardín cuidadosamente diseñado de Hiroshi Takeda.

En el silencio absoluto que deja, nadie se mueve.

Watanabe se queda de pie al borde de la piscina con la mano todavía medio extendida hacia donde Rafaela estaba hace dos segundos. Observa el agua removida con una expresión que contiene incredulidad y desconcierto.

Rafaela emerge, empapada, con el pelo pegado a la cara y el rimmel formando dos líneas oscuras bajo los ojos, y nada hacia el otro lado de la piscina poniendo toda la distancia que puede entre ambos.

Nos mira a todos con una sonrisa forzada.

—Tenía calor —dice.

El silencio se extiende de forma incómoda.

Y entonces Hiroshi suelta una carcajada profunda. La risa de alguien que llevaba demasiado tiempo sin reírse así y que en este momento no tiene ninguna intención de contenerla.

—Me caes bien —dice, cuando recupera algo de compostura—. Hacía mucho que no veía algo así en esta casa.

Rin no se ríe, está observando a mi hermana con el ceño fruncido.

Y Watanabe se ha quedado plantado donde está, demasiado atónito como para moverse.

No aparta la mirada cargada de sospecha y confusión de Rafaela, que se recoloca el pelo detrás de las orejas con la dignidad de alguien que no ha hecho nada que requiera explicación.

Se aupa en sus brazos a duras penas, para salir de la piscina con la ropa calada pesándole.

Porque eso era mejor que aproximarse a las escaleras donde está él.

Los ojos de Watanabe recorren su cuerpo mojado y se oscurecen un poco. Ella, empapada, evita mirarlo. Pero su pecho sube y baja rápido.

—¿Puedo pasar al baño a secarme? —le pregunta a Hiroshi.

—Claro, querida. Date una ducha. Le pediré a Kiku que te lleve ropa seca.

Mi hermana abre la boca como si quisiera decirle que no es necesario, pero después le echa un vistazo de reojo a Watanabe y ejecuta una reverencia.

—Gracias, señor Takeda. —Se larga a toda prisa por la puerta. Dejándolos a todos confusos menos a mí.

Y lo peor es que cuando mis ojos se cruzan con los de Rin, esa es la parte que más le extraña. Mi falta de confusión.