15
Rafaela baja la ventanilla para dejar entrar la brisa fresca, cuando el coche reduce la velocidad. Vamos por una calle flanqueada de árboles frondosos.
—El arroz ha cambiado de color —me informa. Le pedí que revisara el hechizo de debilitamiento antes de salir de casa.
—¿Es bueno o malo?
Hace una pausa demasiado larga para ser tranquilizadora.
—Depende de lo que quieras que pase.
Quiero preguntarle más, pero nuestro taxi se detiene frente a una fachada de líneas limpias, piedra oscura y cristal. Minimalismo japonés llevado al extremo, si ese extremo incluyera jardines con iluminación que sale de las piedras del suelo y muebles de catálogo.
—Guau —murmuro al bajar—. Con este escenario siento que Hiroshi me va a tirar un sobre de dinero a la cara para que no me acerque más a su hijo.
—Si lo hace, cogemos el sobre y salimos corriendo —responde Rafaela, ajustándose el abrigo—. No entiendo por qué las protagonistas nunca lo hacen.
La puerta se abre antes de que podamos tocar el timbre.
—Malu-san.
Hiroshi Takeda aparece con una sonrisa tranquila, ropa informal, pero incluso así hay algo en su forma de ocupar el umbral que impone más que cualquier traje.
—Señor Takeda. —Inclino la cabeza ligeramente.
—Hiroshi —corrige con suavidad—. Aquí no estamos en la oficina.
—Hiroshi —repito, con cierto esfuerzo que él percibe y que claramente le divierte.
Su mirada se desplaza hacia Rafaela.
—Gracias por venir hasta aquí. A los viejos nos va costando cada vez más salir de casa.
—De nada —responde ella, con una media sonrisa—. Si mi casa fuera así tampoco querría salir nunca.
Su carcajada es genuina. Es un hombre sencillo a pesar del imperio que ha construido. Nada que ver con su hijo.
El salón es amplio y cálido pese al diseño moderno. Madera, tonos neutros, vistas al jardín. Cada objeto en su sitio y sin una mota de polvo.
Rin ya está allí, apoyado contra uno de los ventanales, manos en los bolsillos, observando la ciudad. No se ha girado al oírnos entrar, pero la ligera tensión en sus hombros me dice que sabe que estamos aquí desde antes de que la puerta se abriera.
Levanta la vista. Nuestros ojos se encuentran y la tensión flota entre nosotros.
Él con su «no sé por qué de pronto siento lo que siento por ti» y yo con mi «te odio porque, en parte, esto es lo que siempre he querido de ti».
Sentimientos que, en este salón, delante de su padre, resultan todavía más inconvenientes.
Por un segundo siento que todos en la sala pueden notar cómo mi cuerpo reacciona a su presencia: el pulso acelerado y el calor que me brota de dentro, cada vez que Rin me mira así.
—Siéntate, Malu —interviene Hiroshi, por suerte ajeno—. Tenemos mucho que organizar.
Nos acomodamos. Rafaela elige el asiento más discreto y me deja a mí de frente al dueño de la empresa.
La conversación fluye con más facilidad de lo que esperaba. Catering, invitados, formato del evento. El aniversario de Hayabusa Engineering requiere algo que esté a la altura sin parecer que lo está intentando, que es exactamente el tipo de equilibrio más difícil de conseguir.
Hiroshi escucha más de lo que habla, lo que en un hombre de poder es toda una sorpresa. ¿Cómo ha podido criar a un hijo tan egocéntrico?
—No quiero algo ostentoso —dice—. Quiero algo significativo.
—Esa es la parte más complicada —respondo—. Pero la que merece más la pena.
—Por eso Rin te ha escogido. Necesitábamos a alguien de confianza.
Sonrío. Desde el ventanal, Rin no dice nada, pero siento su mirada quemándome el perfil. Es pesada, posesiva, cargada de todo lo que no podemos decir delante de su padre. Aprieto los muslos bajo la mesa sin darme cuenta.
En algún punto, Hiroshi se inclina ligeramente hacia mí con un brillo emocionado en los ojos.
—He estado pensando en tu papel en la empresa.
Me tenso al escucharlo. Me he acostumbrado tanto a Hayabusa y a los Takeda que tengo la fantasía de que me jubilaré con ellos.
—Llevo muchos años —respondo con cautela.
—Llevas el mismo tiempo que mi propio hijo.
Rin exhala por la nariz. Creo que sabe por dónde va esto y ha decidido no intervenir.
—Eres parte del éxito de Hayabusa tanto como él… —continúa Hiroshi.
—No es para tanto…
—Lo es. —Una pausa—. Este también es tu aniversario y quiero recompensarte. Mi hijo dice que no tienes coche, ¿es así?
Parpadeo.
—No.
—Genial, eso va a cambiar hoy.
—¿Cómo dice?
—Ven. —Se levanta, dejando claro que no es una sugerencia—. Acompáñame.
—¿A dónde? —Mi voz suena como una gallina.
—Ve, Aoki —ordena Rin a mi espalda. Me giro y veo que tiene las manos metidas en los bolsillos y una expresión de resignación.
—Voy a acompañarle —le digo a Rafaela, que me observa tan perpleja como me siento yo.
—Tómate tu tiempo —murmura.
Paso junto a Rin.
—No es buena idea decirle que no.
—Ya me he dado cuenta.
Su voz baja, solo para mí:
—Si mi padre te regala algo, acéptalo.
—No necesito que me compres cosas —respondo en el mismo tono.
Rin se detiene un segundo, su mano roza la parte baja de mi espalda al guiarme entre las puertas para que siga a su padre.
—No quiero comprarte. Quiero que tengas lo que mereces… y yo quiero dártelo —declara, antes de regresar al salón.
El camino hacia el garaje atraviesa pasillos bien iluminados por la luz que se cuela por los ventanales, aquí no hay vecinos que puedan espiarte, solo jardines y árboles alrededor de la casa.
Hiroshi camina despacio, sin prisa. Es alguien que ha aprendido que la mayoría de las cosas importantes ocurren en los pasillos y no en los destinos.
—¿La idea ha sido de su hijo? —pregunto. Porque robarle un par de besos a tu jefe hechizado ya está mal, pero que te regalen un coche porque le tienes bajo un encantamiento roza la criminalidad.
—Mía. —Una pausa—. Bueno, yo dije de hacerte un homenaje y él propuso lo del coche. Dijo algo sobre bolsas pesadas que dañan tus manos.
Suelto una risa seca sin poder creer que siga con eso.
—Eres directa con él.
—Alguien tiene que serlo.
—Por eso me gustas. —La sinceridad de sus palabras puede leerse en sus ojos. Un momento después adquieren un brillo travieso—. Y por eso le gustas a mi hijo.
Mi estómago se retuerce en un nudo molesto. No es por eso que le gusto, es por una combinación extraña de ingredientes mezclados por una bruja brasileña bajo la luna.
Nos detenemos frente a una pared. Hiroshi se queda quieto un momento, mirándola, como si estuviera decidiendo algo.
—Antes… —se atraganta con el silencio y sé que lo que va a decir a continuación tiene mucho peso para él—¿Sabes qué me gustaría realmente por mi cumpleaños?
—¿Un coche también? —Pongo atención porque Rin me ha pedido que intentemos sonsacarle lo que quiere.
Hiroshi sacude la cabeza en negación, y esboza una sonrisa pequeña.
—Un nieto. Y ver a mi hijo feliz. —Su tono no tiene ningún drama. Es honesto de la forma en que solo pueden serlo las personas que han llegado a una edad en que el tiempo importa más que la ambición.
—Eso parece más complicado que organizar un evento —digo.
—Lo es. —Baja la cabeza y hace una pausa melancólica—. Y gran parte de la culpa es mía.
Frunzo el ceño.
—¿A qué se refiere?
Hiroshi no responde con palabras. Presiona un punto en la pared con una soltura que sugiere que lo ha hecho miles de veces. Algo se abre. No una puerta normal, sino un panel que la pared escondía con tanta perfección que nunca habrías sabido que estaba ahí si no lo hubieras visto abrirse.
Dentro hay un retrato enorme. Una mujer elegante con un vestido rosa. Hay algo en la composición de su cara, en la forma en que el pintor ha capturado la dirección de su mirada, que produce la sensación de que todavía está presente en algún sitio de esta casa, guardada detrás de las paredes.
—¿Has visto alguna vez una casa donde se esconden las fotos? —pregunta Hiroshi, en voz baja.
No aparto la mirada del retrato.
—No.
—Yo tampoco… hasta que construí esta. —La tristeza en su tono es antigua, del tipo que ha tenido tiempo de asentarse en su alma.
—¿Quién es ella?
—Es la madre de Rin. —El silencio que sigue tiene un peso específico—. La amé más de lo que debía —dice, sin apartar los ojos del retrato. —Y de formas que no supe manejar. Y él lo vio todo. Aprendió cosas que no debería haber aprendido de mí.
No explica más y tampoco me hace falta. Hay historias que se entienden sin necesitar la secuencia completa.
Pienso en el Rin Takeda que llevo seis años observando. El que evitaba que nuestros ojos se encontraran. El que conducía como si no tuviera nada que perder.
Quiero preguntarle dónde está ella ahora, pero todo lo que importa es que no está. No ha estado en la vida de Rin desde que le conozco.
Hiroshi cierra el panel y la pared vuelve a ser una pared. Yo me quedo mirándola, como si el retrato pudiera seguir viéndose a través de ella.
—Vamos —dice, retomando el tono de antes. Ha debido de practicar esa habilidad durante años—. Tengo dos opciones para ti y mucha curiosidad por saber cuál escoges.
El garaje se ilumina solo al entrar. Dos hileras de coches de lujo impresionantes que parecen tener alma propia. Hiroshi se detiene entre dos modelos de gama alta de Hayabusa ridículamente caros.
Los miro, le miro a él. No puede ir en serio.
—¿Y si no quiero ninguno?
—Entonces eliges el que menos te disguste.
Se me escapa una risa breve.
—No es eso… claro que me gustan, pero esto es demasiado.
—Si no escoges uno, pondré ambos a tu nombre, María Luiza.
Le observo horrorizada y él me devuelve una expresión de absoluta determinación, así que suspiro y señalo el menos escandaloso de los dos. Un deportivo negro, elegante, que al menos tiene un tamaño modesto.
—Buena elección.
—No lo es. Es el que menos probabilidades tiene de darme un ataque de ansiedad cada vez que lo aparque.
—Te acostumbrarás.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
Hiroshi sonríe satisfecho, sabiendo que ha ganado. Se acerca a un panel de la pared y toma la llave, que es en realidad un rectángulo de plástico y metal.
—Le pediré a uno de los chicos que te lo lleve a la entrada principal.