14
Nadie respira. El perro se detiene un segundo en mitad del pasillo, evalúa a los empleados, olfatea el aire, y satisfecho con lo que percibe, continúa detrás de su humano moviendo el rabo.
Rin no se gira. Camina como si traer un westie a la oficina un martes por la mañana fuera algo que hace a diario.
—¿Estoy viendo lo que creo que estoy viendo? —susurra alguien cerca de recepción.
—No lo mires —responde otra voz—. Si no lo miras, no existe.
Rafaela levanta la vista desde su mesa justo cuando pasan frente a ella. Su expresión atraviesa cuatro fases en dos segundos: confusión, reconocimiento, incredulidad y diversión.
—¿Oni tiene perro? —De alguna forma sospecha que estoy involucrada en el extraño suceso.
—Es mi venganza —respondo, sin poder evitar la sonrisa de pura satisfacción.
Al pasar por mi mesa suelta un «vamos» sin saludar, ni mirarme.
Me levanto con toda la calma del mundo, ignorando el peso de las miradas clavadas en mi espalda, y le sigo hacia su despacho. Voy a tener que recordarle mi lista de peticiones.
En cuanto la puerta se cierra, el westie realiza una inspección profesional del espacio: olfatea el perímetro, evalúa las esquinas, determina que el sofá es exactamente lo que estaba buscando, y salta encima con una agilidad que desmiente su tamaño.
—Ahí, no —protesta Rin.
El perro le dedica una mirada desafiante mientras se acurruca.
—Hemos hablado sobre esto, Senna. Te he dicho que nada de sofás —insiste, con el tono que en reuniones hace que ejecutivos con veinte años de experiencia reconsideren sus posiciones.
El perro ya está roncando.
Me apoyo en la puerta con los brazos cruzados, disfrutando cada segundo de esto con una intensidad que probablemente no es profesional.
—¿Senna?
Rin me lanza una mirada que podría congelar el infierno.
—Por Ayrton Senna.
—Me lo imaginaba.
Senna. El piloto más brillante de su generación, que murió haciendo lo que amaba. El tipo de nombre que eliges cuando admiras a alguien, pero también cuando lo entiendes.
—Tu perro no me obedece —se queja, visiblemente frustrado.
—No es mío, es tuyo.
Rin se frota la mandíbula con el pulgar, y parece resignarse a no tener esta situación bajo control.
—La semana que viene es el cumpleaños de mi padre y tres semanas más tarde el trigésimo aniversario de cuando abrió la empresa —me informa, mientras se quita la chaqueta y la deja en el perchero—. Quiero que organicemos un evento en su homenaje.
—¿Cuándo quieres hacerlo?
—El día de su cumpleaños.
—¿Qué? —grito—. Has dicho que es la semana que viene.
—No tienes que organizar nada demasiado elaborado.
Mis ojos se entrecierran mientras fantaseo con poner mis manos alrededor de su cuello y apretar.
—De hecho, él estará encantado de ayudarte y formar parte de los preparativos.
Genial, encima de que tenemos poco tiempo, su padre va a querer meter las narices en todo.
El westie levanta la cabeza. Sus ojos oscuros y brillantes se mueven entre los dos, percibiendo la tensión en la sala.
Rin vacila un momento, pero luego extiende la mano con la incomodidad visible de quien está haciendo algo que no debería, y le rasca detrás de la oreja.
El westie se derrite bajo su mano sin ninguna dignidad.
—En eso nos parecemos —suspiro. No me doy cuenta de que he hablado con el perro en voz alta hasta que Rin levanta el rostro hacia mí.
—¿En qué? —se interesa, pero es evidente por el brillo travieso de sus ojos y la forma en la que se está aproximando a mí que intuye por qué lo he dicho.
Mi instinto de supervivencia me hace dar varios pasos hacia atrás mientras él avanza decidido.
Mi espalda da contra la puerta y su mano se apoya en la superficie a mi lado.
La otra se levanta hacia mi oreja y acaricia mi cabeza con los dedos como estaba haciendo con el perro, pero esta vez es mucho más lento e íntimo.
—¿Así? —susurra cerca de mi oído, con voz más grave. Solo un milagro evita que suelte un ronroneo.
—Vete a la mierda... —hablar en un jadeo hace que no suene muy convincente.
Rin sonríe de lado. De cerca, su perfume invade mis sentidos y me marea.
Su mano se desliza por el lóbulo de mi oreja y baja por mi cuello provocando una orgía de cosquillas que se extienden por todo mi cuerpo.
Y él sabe perfectamente lo que me está haciendo.
El calor sube desde mi estómago, por el pecho, y el pulso se me acelera en sitios donde no debería hacerlo en el despacho de mi jefe.
Nuestros labios están a milímetros. Puedo sentir su aliento cálido, el calor de su cuerpo pegado al mío y el latido fuerte de su corazón. Por un segundo quiero rendirme, abrir la boca y dejar que me bese hasta que se me olviden todos los hechizos del mundo.
Y entonces oigo a Senna gruñir en sueños, lo que me recuerda que mi jefe el ogro ha rescatado a un perro porque se lo he pedido, porque está hechizado.
Eso me hace reaccionar. Echo la mano hacia atrás en busca del pomo. Lo giro, abro la puerta y ésta cede a mi espalda.
Escapo justo cuando sus labios están descendiendo sobre los míos. Salgo corriendo y no paro hasta llegar a la cocina. Me apoyo en la encimera y respiro hasta que el pulso empieza a negociar con la razón.
—¿Te encuentras bien?
Watanabe está apoyado en el otro extremo con una taza en la mano. Hoy lleva unas gafas negras y una camisa a medio remangar del mismo color.
—Sí —respondo.
Su mirada se desvía un segundo hacia el pasillo, hacia el despacho del que acabo de salir con demasiada rapidez, y luego vuelve a mí sin comentar nada.
—He visto al perro —dice.
—Es nuevo.
—Se nota. —Una pausa— ¿Es de Takeda?
—Larga historia.
Asiente, sin presionar y le da un sorbo a su taza.
—Tiene buena mano con los animales —comenta, pensativo, quizá perdido en algún recuerdo.
Levanto una ceja.
—¿Ah, sí?
—Hace un año patrocinó un programa de rehabilitación para perros de rescate.
—¿Takeda? —Mi ceño se frunce.
Él asiente.
—No puede ser, no recuerdo organizar nada de eso.
—Lo hizo sin publicidad.
Parpadeo, perpleja.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Colaboro con ellos cuando puedo. Así le conocí.
Curiosamente no tuvo nada que ver con los coches, ni con la Fórmula 1.
—Se encoge de hombros con la facilidad de quien no encuentra nada extraordinario en lo que acaba de decir—.
Entreno a algunos de los más difíciles antes de que los asignen a familias. Es más fácil que tratar con mecánicos.
Le sonrío, pensando en las gafas y los tatuajes y los perros difíciles.
Me acerco al armario y cojo mi taza favorita, la que pone Asistente del Villano. Rafaela me la regaló junto con la novela por razones obvias.
—¿Todo bien con Yui? —Me intereso, mientras echo una bolsita de infusión al interior.
Él asiente.
He escogido a Yui para sustituir a Rafaela y creo que otro tipo guapo puede distraerla un poco de su fiasco con nuestro jefe.
—Me imagino que Rafaela se habrá quedado a gusto ahora que no tiene que tratar conmigo —añade entonces, con una naturalidad fingida.
Le miro.
—¿Qué?
—No soy tonto. —No hay reproche en el tono—. Me cambiasteis de secretaria.
—No es personal.
—Tu hermana prácticamente se cuelga de las lámparas cuando me ve aparecer —responde, riéndose de sí mismo.
—No es personal —repito, pero ambos sabemos que sí lo es.
Terminamos el café en silencio y después se despide con una sonrisa cómplice.
Le observo alejarse con la sensación de que no es una persona más con la que te cruzas, me parece un tipo especial.
Y saber que su hilo rojo del destino está a la búsqueda me provoca cierta ternura.
De vuelta en mi mesa, Rafaela no levanta la vista de la pantalla.
—¿Has visto a Watanabe? —pregunto.
Ella me ignora.
—Creo que tengo un crush .
Ahora sí levanta la cabeza.
—¿Perdón?
—Es sexy, encantador, tiene sensibilidad y entrena perros de rescate en su tiempo libre. —Me inclino levemente hacia ella—. ¿Estás segura de que su hilo no busca el mío?
Su expresión se cierra de golpe, como una persiana bajando.
—Es un piloto —dice, seca—. Engreído y problemático. Como Takeda. Como todos.
—No tiene nada que ver con Takeda —me burlo, dejando claro con mi tono que es un cumplido para Watanabe.
—Por eso tu hilo no reacciona con él.
Toda la sangre se me agolpa en la cabeza.
—¿Qué has dicho? ¿Es que has visto mi hilo…
Ella niega con la cabeza y me dedica una mirada tranquilizadora.
—No veo tu hilo ni el de nadie más —su tono baja, cargado de preocupación, aunque no lo quiera admitir—. Solo el de nosotros dos.
Tiro del respaldo de mi silla para abrirme hueco.
—Y no crees que eso…
—Ya te he dicho que no quiero hablar del tema —me interrumpe ella, cortante.
Suspiro y me dejo caer en mi silla.
—Tú misma… —murmuro, aunque después de hablar con él en la cocina me da rabia que no quiera darle una oportunidad. Si no puedo tenerlo de novio, no me importaría nada tenerlo como cuñado.
Tengo una excusa perfecta para volver al despacho de Rin una hora después. Un documento que necesita su firma. Un motivo perfectamente legítimo. Llamo y me da permiso para entrar en un tono bajo.
Me detengo en el umbral al ver que no está en su mesa. Mis ojos recorren el despacho que está vacío. Debe estar en el baño. Es la oportunidad perfecta de dejar el documento y huir antes de que me vuelva a ver en una situación complicada.
Cuando giro para volver a la puerta veo que el perro está hecho un ovillo en el sofá y que encima tiene echado el jersey que llevaba Rin esa mañana a modo de manta.
Sonrío y cierro la puerta despacio para no despertarle.