Hechizo de amor para el CEO 13 #3
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13 #3

—Mañana tienes que llevarle al veterinario —le recuerdo, mientras conduce por la ciudad, ambos más tranquilos y relajados que al principio de la noche.

—¿Quieres compartir custodia? —Su semblante serio está traicionado por el brillo divertido de sus ojos.

Miro hacia mi ventanilla para que no me vea sonreír.

—No, quiero ver cómo te apañas tú solito.

Cuando se detiene frente a mi casa, ninguno de los dos se mueve de inmediato.

—Te has portado muy bien esta noche —comento tratando de imprimirle una condescendencia maternalista a mi tono.

Su risa seca y la forma en la que niega con la cabeza me dice que he dado en el clavo.

—He cumplido con mi parte.

No sé si es cosa mía o detrás de esa afirmación hay una insinuación de que después me va a tocar a mí cumplir con «algo». Trato de no pensar en ello porque me provoca un revoltijo de nervios en el estómago, y porque seguramente el hechizo se acabe antes de que yo termine con él.

—Digamos que estás en ello. —Le doy palmaditas en el brazo y él aprovecha para enganchar mi mano.

Se inclina despacio, dándome el tiempo suficiente para que yo pueda apartarme si quiero.

No lo hago. Dejo que sus bonitos labios se acerquen a los míos, mientras analizo de cerca el arco que forman sus ojos. Es el tipo de mirada por la que cualquiera pagaría una fortuna en clínicas estéticas, y él la tiene de fábrica.

La anticipación calienta el aire entre nosotros antes de que nos toquemos, ese segundo específico en que los dos sabemos lo que va a pasar y ninguno lo detiene, y que resulta ser casi tan intenso como el beso en sí. Casi.

Sus labios aterrizan en el sitio exacto sin que ninguno de los dos haya tenido que ajustar nada.

Mi mano encuentra su brazo, porque necesito agarrarme a algo mientras él apresa mi boca, despacio, con una intensidad que no tiene nada que ver con el beso del despacho, y que es, por eso mismo, mucho más difícil de manejar. Ese fue impulso. Este es intención.

Siento su respiración acelerada contra mi boca y el calor de su cuerpo invadiendo el espacio reducido del coche.

Su sabor es una versión profunda de su olor. Podría embotellarlo y bebérmelo. Podría quedarme aquí el tiempo suficiente para aprenderlo de memoria y eso, precisamente eso, es lo que me dice que debería parar.

Pero no lo hago. Su mano sube despacio por mi mandíbula hasta perderse en mi pelo, sin tirar, solo sostener, con presión mínima para que no me vaya a ninguna parte.

Siento el calor de su palma contra mi mejilla.

Me inclino hacia él un centímetro más y él lo nota.

Lo interpreta como sumisión porque el ritmo cambia, los movimientos de lengua se vuelven más intensos.

Su respiración sale irregular contra mi boca y a mí se me escapa un gemido de la garganta.

Me detengo al escucharlo, horrorizada. Esto se me está yendo de las manos. Me aparto de golpe pegando la espalda a la puerta. Trato a duras penas de recobrar la compostura, y que no se me note tanto que me va el corazón a mil y me tiemblan las piernas.

—Esto no puede seguir pasando —digo, aunque mi voz carece de la firmeza que me gustaría.

Rin no se mueve del asiento, pero sus ojos no se apartan de mí.

—¿Por qué no?

—Porque no confío en mí misma cerca de ti, y mucho menos puedo confiar en ti mientras estés así. —Trago saliva—. Necesito un límite y que no lo cruces hasta que…

Él entrecierra los ojos, calculando.

—¿Hasta que qué?

—Hasta que se completen los quince días —digo, acercándome peligrosamente a la verdad—. Nada de besos, nada de... esto. Hasta que pasen los quince días.

—¿Y por qué quince?

Mierda, soy una bocazas.

—Porque es el tiempo que necesito para creerme que quieres esto de verdad, después de años de trato frío—miento a medias—. Si después de eso sigues queriendo besarme, hablamos. Pero hasta entonces, nada.

Puedo ver como su escasa paciencia se agota y la frustración ocupa su lugar.

—Quieres que espere quince días para besarte —repite, despacio, comprobando el peso exacto de la frase en su boca.

—Así es.

Le conozco, conozco esa expresión y sé que quiere protestar y discutirme. Sé que no está acostumbrado a esperar por lo que quiere, y ahora mismo, con el hechizo, me desea con todo su ser. Lo noto en que me observa de forma casi depredadora.

—De acuerdo. —Su voz suena tensa, pero no discute—. Tenemos un trato.

Asiento, aliviada y decepcionada a partes iguales. Estoy lista para el loquero.

—Buenas noches, jefe.

Abro la puerta y prácticamente me tiro del coche.

—Buenas noches —dice a mi espalda, su tono claramente decepcionado.

Esa reacción me provoca mariposas en el pecho, aun cuando sé que no es real. Lo mio es increíble.

Antes de cerrar la puerta, miro al asiento trasero. El perro sigue dormido, ajeno a todo, con una confianza absoluta en que el mundo donde ha aterrizado esta noche es seguro.

—Cuídalo bien —le digo.

Él asiente y cierro la puerta.

Me tiemblan las manos al meter la llave en la cerradura, mientras mi corazón hace cosas que ya no intento clasificar.

Lo único que me queda claro es que, definitivamente, tengo que evitar los besos de mi jefe.