Hechizo de amor para el CEO 13 #2
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13 #2

Él frunce el ceño sin entender a qué me refiero. Yo suelto una última risa, negando con la cabeza por lo ridículo que es todo esto. Lo ridículo que es que me sienta enfadada... si soy sincera, me hubiera gustado que esto pasara sin hechizos.

Me levanto y avanzo hacia la valla que protege de caídas. Me inclino sobre ella y respiro el aire de la noche joven. Las luces de la ciudad continúan a lo suyo, algunas fijas, otras en movimiento, todas ajenas a que mis emociones están a punto de desbordarse.

—¿Qué tengo que hacer? —pregunta mi jefe a mi espalda. De pronto se ha aproximado.

Me giro.

—¿Hacer?

—Para que me des una oportunidad. —No está siendo irónico ni burlón. Me lo pregunta de verdad.

Apoyo la espalda en el quitamiedos. Y entonces sonrío levemente, porque me acabo de dar cuenta de que puedo sacar algo de todo esto.

—¿De verdad quieres saberlo?

—Sí.

—Vale. —Me giro hacia él—. Quiero que me cortejes.

Por la mueca que pone debe creer que estoy bromeando.

—¿Cómo?

—Quiero que te lo trabajes. —Cruzo los brazos—. Citas, libros, bombones, flores... Todo el paripé.

Estoy segura de que va a mandarme a la mierda en cualquier momento, pero el hechizo debe ser fuerte porque en lugar de eso dice:

—¿Algo más?

—Sí. —Una pausa—. Quiero que rescates un animal de un refugio y lo cuides.

Silencio.

—¿Un… animal?

—Un perro, decido. Pero lo tienes que cuidar tú en persona. No encargárselo a nadie más.

Me mira con la boca abierta. Creo que he encontrado la raya de hasta donde está dispuesto a llegar. Tal vez no vaya a necesitar el hechizo de debilitamiento después de todo porque lo voy a romper yo misma.

—De acuerdo.

Parpadeo.

—¿Has dicho que vale?

—Sí.

Lo miro sospechando que me ha dejado ganar demasiado rápido.

—Pruébalo, entonces —reto, apartándome de la valla—. Vamos.

—¿Ahora?

—Ahora.

Media hora después estamos en el único refugio que ha aceptado vernos a esa hora. El aire está cargado de una mezcla de desinfectante y pienso.

—De pequeño tenía un pastor alemán —dice, observando los compartimentos—. Me gusta esa raza.

Paso de largo sin responderle nada, porque no es lo que tengo en mente. Me detengo al ver un perro pequeño y blanco de orejas puntiagudas que no terminan de decidir si apuntar hacia arriba o hacia los lados.

—Este.

Rin se coloca a mi lado y frunce el ceño.

—Es muy pequeño.

—Vives en un piso —le recuerdo.

—Puedo dejarle en casa de unos amigos durante el día, viven en las afueras y tienen un jardín enorme.

—Ni hablar, quiero que te lo lleves a la oficina.

Mi jefe entorna los ojos y se cruza de brazos.

—¿Qué te hace pensar que puedes pedir todo eso?

«Un hechizo que se coció bajo la luna» pienso, pero no se lo digo. En lugar de eso me cruzo de brazos imitando su postura.

—He trabajado para ti durante seis años y nunca has tenido un solo gesto de afecto.

—Eso no es cierto, lo que pasa es que solo te fijas en lo malo.

—Si no eres capaz de cuidar de un perrito por mí, entonces creo que no tengo nada más que hacer aquí. —Hago el amago de regresar por donde he venido, pero él me bloquea el paso interponiéndose en mi camino.

—¿Estás siendo difícil a propósito?

Sí.

—No, solo quiero que me demuestres que eres capaz de cuidar de alguien más que de ti mismo antes de plantearme una relación contigo.

Takeda suspira y el westie, que se ha despertado al escucharnos, se acerca a los barrotes. Menea el rabo con una velocidad que sugiere que ya ha tomado su propia decisión al respecto.

—No impone ningún tipo de respeto —murmura Rin.

—Tú ya impones suficiente por los dos. Lo que necesitas es dulzura.

El perro le ladra, tratando de convencerle también. Rin no responde de inmediato. Se queda mirando al animal con cara de evaluar una inversión de alto riesgo. El westie le devuelve la mirada con la lengua fuera, completamente ajeno a la seriedad del momento.

—No es práctico —dice al final, más para sí mismo que para mí—. No tengo tiempo para esto.

El perro ladra una vez, agudo, en protesta.

Rin exhala por la nariz, tenso, y pasa una mano por su nuca. Por un segundo parece debatirse entre algo más grande que la simple logística. Luego me mira.

—Esto no tiene nada que ver con demostrar nada —añade, bajando un poco la voz.

—Entonces no lo hagas —respondo, encogiéndome de hombros, aunque por dentro contengo la respiración.

Su mirada vuelve al perro. El animal mueve el rabo con una fe absurda.

—…De acuerdo —cede al fin, como si acabara de perder una discusión consigo mismo. Verlo ceder, aunque sea a regañadientes, hace que algo peligroso se mueva en mi pecho. No debería gustarme tanto verlo hacer cosas por mí.

Hay un Don Quijote a veinte minutos que está iluminado como si fueran las tres de la tarde y vendiera todo lo que un westie recién adoptado puede necesitar.

Terminamos los dos en el pasillo de mascotas con un carrito que llenamos a toda velocidad: Cama, comida, cuencos, correa. Un juguete con forma de pollo que Rin sostiene con una expresión resiganda, antes de lanzarlo al interior.

El perro lo muerde desde el suelo del carrito.

—Dos contra uno —digo con una sonrisa victoriosa.

—Seguro que estabais compinchados de antes —responde él, mientras le rasco la oreja.

Me río. Esta ha sido mi mejor decisión de la semana.

De vuelta en el coche, el perro se duerme en el asiento trasero hecho un ovillo sobre la cama nueva, con el pollo de peluche entre las patas delanteras.