13
La noche en el barrio tiene el brillo suave de las farolas reflejándose en el asfalto húmedo. Las bolsas de la compra me cortan la circulación en los dedos, pero me niego a pedirle ayuda a Rafaela y reconocer que tenía razón sobre que deberíamos haber traído el carrito de la compra.
—¿Vas a decirme qué te pasa? —murmuro, al ver que llevamos cien metros en silencio.
—Nada —responde Rafaela a mi lado.
La miro de reojo.
—Mejor di que no quieres contármelo —me quejo—. Decir «nada» después de actuar esta mañana en el ascensor como si nuestro piloto fuera un escorpión venenoso…
Sigue caminando en silencio, fingiendo que no va con ella.
—Rafaela.
—¿Qué?
—Explícame lo de Watanabe de una vez.
Ella emite un suspiro largo y dramático. Después, se detiene en seco en mitad de la acera. La gente nos rodea con el arte japonés de esquivar conflictos.
—Vale —claudica, mirando al suelo.
Cruzo los brazos.
—Para contarte ese secreto, tengo que contarte otro primero, uno más antiguo. Hace muchos años hice un hechizo para ver los hilos rojos del destino de los demás…
—¿El que une a las personas destinadas a estar juntas? —Frunzo el ceño. Me extraña que hiciera algo así sin contármelo—. ¿Por qué?
Ella cierra los ojos un segundo.
—Quería reconciliar a papá con mi madre —confiesa, abatida—. Estaba convencida de que eran almas gemelas y que tenían que estar juntos. Creí que si veía sus hilos podría probárselo a ambos.
La observo durante un segundo completo.
—Dime que estás de broma.
—No. Era un hechizo sencillo.
—Ya, siempre lo son… —exhalo, irónica.
Hace una mueca.
—Pensaba que no había funcionado. No veía nada. Ningún hilo en nadie. —Traga saliva—. Hasta que me crucé con Watanabe.
Su tono cambia a uno de arrepentimiento.
—¿Es que ves su hilo?
No responde de inmediato. Y eso ya me lo dice todo.
—¿Está unido al tuyo? —Mi voz se eleva lo suficiente como para que una señora que pela ajos en la puerta de su tienda nos eche un vistazo curioso.
—No, no están unidos —se apresura en decir ella.
El aire se queda un poco más quieto entre nosotras. Alguien nos esquiva por la derecha sin mirarnos.
—¿Y?
—No es como pensaba. —Se abraza a sí misma—. No es una línea estática. Se mueve. Reacciona… Cuando está cerca...
Se calla.
—¿Cuándo está cerca qué?
Mi hermana cierra los ojos y se frota la frente.
—Intenta unirse a mí.
Una risa corta e incrédula sale antes de que pueda filtrarla.
—¿Perdón?
—Cada vez que estoy cerca de él, su maldito hilo rojo viene a por mí. Como si quisiera engancharse. —Hace un aspaviento frente a su pecho—. ¿Cómo se supone que gestiono eso en un ascensor de dos metros cuadrados?
Mi mano tapa mi boca. Nos quedamos paradas en mitad de la acera mientras la gente nos esquiva.
—Perfecto —digo al fin—. El CEO obsesionado conmigo por un hechizo, su piloto quiere unir su hilo rojo a tu corazón… Todo muy normal en esta familia.
—No tiene gracia.
—No, no la tiene, pero si no nos reímos al menos, vamos a perder el juicio.
Reanudamos la marcha en un silencio pensativo.
—Así que tengo que evitarle a toda costa —dice, con la convicción de alguien que ya sabe que no lo tiene fácil.
—¿Pero tú no tienes hilo rojo? —Sigo dándole vueltas a los detalles—. Lo hubieras visto antes de conocerle a él.
Rafaela suspira y me rehúye la mirada.
—¿Rafaela?
—Cuando él… está cerca y su hilo viene hacia mí… yo… —Su rostro se contrae como si sintiera dolor—. Otro sale de mi pecho —confiesa al fin, a duras penas.
Me detengo y la miro con la boca abierta.
—Eso significa que…
—¡No lo digas! —chilla, sacudiendo las manos delante de mi cara.
—Pero…
—¡No! —me apunta con un dedo a la cara para no dejarme hablar.
—Voy a esquivarle hasta que… salga de nuestras vidas.
—¿Y si es el hombre de tu…
—No quiero nada de eso —me interrumpe categórica—. Quiero perderlo de vista.
—Es piloto de Hayabusa.
—Podemos fichar a otro.
Resoplo.
—Acaba de igualar al campeón del mundo. Es una joven promesa.
Mi hermana pone una mueca y encoge los hombros.
—Lo esquivaré.
—Mide metro noventa.
—Tú solo no me encargues ser su representante… —ruega— y yo haré el resto.
Giramos la esquina de nuestra calle. Estoy buscando la forma de convencer a mi hermana de que no debe cerrarse al amor, cuando veo un recordatorio de por qué es mejor vivir sin corazón, aparcado frente a nuestra casa.
—Oh, no.
Rafaela sigue mi mirada.
—Pobrecillo. No puede estar sin ti.
El motor está apagado. No hace falta verle para saber que está ahí dentro. Esperando pacientemente, cuando esa nunca ha sido una de sus cualidades.
—Yo entro —dice Rafaela, demasiado rápido.
—Eso… abandóname a mi suerte.
—Iré a echar más agua al arroz del hechizo de debilitamiento —promete, quitándome las bolsas de la compra—. Es todo lo que puedo hacer. Desaparece escaleras arriba antes de que pueda responder.
Me quedo sola en la acera frente al coche, con los dedos doloridos. Respiro hondo y camino hacia él.
La puerta del copiloto se abre desde dentro antes de que llegue, porque Rin me está observando.
—Buenas noches —digo al sentarme.
—Buenas noches. —Me dedica un vistazo fugaz y regresa la atención a la calle por la que he venido.
Lleva una chaqueta universitaria, estilo varsity , que combina un cuerpo central de color rojo vibrante con mangas contrastantes en tono blanco.
Debajo asoma una sudadera gris clara con capucha.
Su ropa casual le hace verse más joven y peligrosamente accesible.
El tipo de hombre al que una podría acostumbrarse a ver al final del día.
Sacudo la cabeza. Es el hechizo. Solo es el hechizo.
Se inclina ligeramente para ajustar algo del asiento y el movimiento hace que un mechón de su pelo negro caiga sobre su frente.
No lo aparta, lo deja ahí, tal vez porque sabe el efecto que tiene.
Sus manos bronceadas… Dios. Una se queda cerca de la cremallera de la chaqueta, la otra descansa un segundo sobre su muslo antes de girar la llave. Huele limpio. A algo fresco, con un fondo cálido que me obliga a respirar más hondo de lo normal.
—¿Siempre aparece así sin avisar?
—Te pedí que me tutearas.
—Ya, el caso es que prefiero no hacerlo —respondo, también evitando mirarle—. En vista de que esta… situación va a durar poco.
—¿Eso crees? —pregunta, seco.
Asiento y me fijo en que las luces del taller de mi padre aún están encendidas.
Doy un respingo cuando noto su mano atrapando la mía y giro la cara hacia él.
No me está prestando atención a mí, sino a las marcas que las bolsas pesadas han dejado en mis dedos.
Entonces su pulgar las masajea con cuidado, tratando de aliviar la zona.
Su tacto es sorprendentemente suave. Cada caricia de su pulgar envía pequeñas descargas de calor por mi brazo.
Intento ignorar cómo mi cuerpo reacciona a algo tan simple como él sosteniendo mi mano.
Mi barbilla desciende por cuenta propia.
—¿Por qué no encargáis que os lleven la compra a casa? —pregunta, ceñudo y sin dejar de acariciar mis dedos.
—Creo que solo los ricos lo hacen… —murmuro, notando que me falla un poco la voz.
Estamos un rato en silencio, los dos con la vista puesta en nuestras manos e intentando no recordar que nuestras lenguas han explorado la boca del otro. No sé si es algo en lo que vaya a poder evitar pensar cada vez que le vea.
—¿Quieres dar una vuelta? —propone entonces, dejando ir mi mano. La echo de menos de inmediato, porque las mías están frías y él la estaba entibiando.
—De acuerdo.
Rin pone el coche en marcha y avanza despacio por las estrechas calles de mi barrio. Es tan extraño verle aquí, en mi ambiente. Y peligroso… por un momento siento que importo lo suficiente como para descender a un mundo al que no pertenece.
Durante cinco minutos conduce en silencio, y me dedico a observar las luces de la ciudad al atardecer.
—¿Vas a decirme por qué te has ido esta mañana así? —suelta de pronto.
—No podemos hacer eso.
—¿Por qué no?
Suspiro dejando salir parte de la tensión. Hay tanto que quiero decir que si empezara creo que me sorprendería hasta a mí misma de lo que sale por mi boca.
—Porque eres mi jefe —simplifico.
Rin me echa una mirada de lado y veo una sonrisa incipiente en sus labios. Mi ceño se frunce en confusión. ¿Es que no entiende que le estoy diciendo que no?
—Me has tuteado —comenta a modo de explicación, y por su expresión parece que se lo toma como una pequeña victoria que pesa más que todo lo demás que he dicho.
El coche se detiene en una zona elevada con vistas a la ciudad extendiéndose en luces infinitas. Hay un banco solitario ligeramente apartado, que, deduzco, es el sitio al que quería traerme.
Rin se sube, poniendo los pies en el asiento y el culo en el respaldo.
—Ahora es cuando me dices que vienes aquí cuando quieres pensar —bromeo, conforme hago equilibrio en el borde de la acera, tomándome mi tiempo para llegar hasta él.
—Si quisiera pensar no te hubiera traído —responde él, con una sonrisa maliciosa—. Eres demasiado ruidosa.
—Una de las razones por las que te gusto. —Mi tono cargado de sarcasmo amargo hace que me eche un vistazo curioso.
Me siento a su lado. Estamos solos, con la ciudad brillando a nuestros pies.
La luz de las farolas llega desde lejos, lo suficiente para ver, pero no lo suficiente para que nada parezca demasiado real.
La brisa le revuelve el pelo y por un segundo parece menos el CEO intocable y más un hombre que podría besarme en cualquier momento.
—Lo siento —le escucho decir cuando llevamos un momento, callados.
—¿Qué?
—Debe ser confuso para ti que después de seis años trabajando juntos decida actuar ahora.
Respondo con una carcajada, que acabo enterrando en las palmas de mis manos.
—Confuso para mí… —continúo riendo, conforme alzo la cara hacia la luna burlona—. ¿Te estás divirtiendo?
—¿Con quién hablas? —Rin levanta la cara hacia el cielo y me echa una mirada casi preocupada.
—Con la luna. —La apunto con un dedo acusatorio. Estaba presente la noche del hechizo—. Ella tiene parte de culpa de todo esto.