12
A la mañana siguiente, bostezo por quinta vez al cruzar las puertas automáticas del vestíbulo de Hayabusa.
—Bueno —empieza Rafaela, demasiado casual—. Llegaste a casa… ¿a qué hora?
Pulso el botón del ascensor sin mirarla.
—Al alba.
—Eso me pareció —responde con un brillo curioso en los ojos—. ¿Vas a contármelo?
Las puertas se abren y entramos.
—Dormí en la habitación de invitados —digo, cortando de raíz cualquier posible interrogatorio.
Rafaela gira la cabeza lentamente hacia mí.
—¿Solo dormir?
—Rafaela.
—¿Qué? Estoy preguntando como hermana, no como cómplice de delitos mágicos.
—Dormí. —La miro por fin—. En la cama de invitados sola. Fin.
Ella entrecierra los ojos, claramente no convencida, pero no le da tiempo a seguir porque, justo cuando las puertas están a punto de cerrarse, una mano se interpone.
El sensor reacciona y estas se abren de nuevo.
Watanabe entra llevando una camisa blanca remangada, y gafas de pasta transparentes.
Dos detalles que pegan entre sí, pero no con los anillos y pulseras de plata y los varios pendientes en sus orejas, y los tatuajes de su antebrazo.
Entiendo perfectamente por qué Rafaela se tensa visiblemente a mi lado.
Watanabe, con esa mezcla de intelectual y chico malo, resulta intimidante incluso en un ascensor.
No me extraña que mi hermana esté actuando raro.
Se queda rígida un segundo, luego da un paso extraño hacia mí.
Después otro. Hasta que, sin venir a cuento, me coloca literalmente entre ella y Watanabe.
Le echo un vistazo desconcertado a mi hermana.
—Buenos días —dice él, con tono tranquilo.
—Buenos días —respondo yo.
Rafaela no dice nada. Ni siquiera lo mira. Se pega a mi espalda usándome de escudo humano.
Frunzo el ceño.
—¿Estás bien? —le susurro.
—Umm —murmura, aunque no suena nada convincente.
El ascensor sube en silencio.
Watanabe observa el panel de botones, luego a nosotras, y luego otra vez al frente. No dice nada, pero claramente está notando que algo no cuadra.
Cuando las puertas se abren en nuestra planta, Rafaela sale prácticamente disparada.
—Baño —murmura. Y desaparece.
Watanabe se queda mirándola marcharse un segundo. Luego vuelve su expresión perpleja hacia mí.
—¿Le pasa algo?
—Le ha sentado mal el desayuno —improviso.
Él asiente despacio, aunque no parece tragárselo.
—Tengo que escoger a los nuevos patrocinadores.
—Sí, ven —le hago un gesto—. Te ayudo yo.
Lo llevo a uno de los despachos con paredes de cristal. Sobre la mesa ya hay varios contratos organizados.
Nos sentamos.
—Estos son los principales —le explico—. Marcas deportivas, tecnología… y uno de automoción que puede interesarte más a nivel de imagen.
Él hojea los documentos con atención.
—¿Tendré que hacer muchas apariciones?
—Algunas. —Me encojo de hombros—. Es el precio de ir primero.
Él sonríe levemente.
—Vale la pena.
Mientras hablamos, el reflejo del pasillo se mueve detrás del cristal y veo a Rin salir del ascensor.
Pasa frente al despacho con ese paso seguro.
Lleva una camisa ligeramente abierta en el pecho, el pelo aún un poco húmedo.
El tiempo se ralentiza y le veo caminar en cámara lenta con una canción sexy de fondo.
Levanta la vista y me pilla de lleno, con la boca abierta y todo. Mierda. Siento algo incómodo en el pecho, familiar y peligroso. Pensaba que ya había superado mi enamoramiento juvenil.
Él entra en su despacho y desaparece.
Trago saliva y me masajeo el cuello.
—¿Todo bien? —pregunta Watanabe. ¿Qué va a pensar este chico de nosotras?
—Sí —respondo demasiado rápido. Pero mi mente sigue atrapada en el recuerdo de su mano en mi muslo anoche y en cómo casi me besó—. Perdona, he desayunado lo mismo que mi hermana.
—¿Ella es tu hermana? —indaga él sorprendido.
—¿Rafaela? Sí, media hermana —esclarezco—. Distintas madres, la mía japonesa y la suya brasileña. Por eso no nos parecemos.
—Tu hermana… siempre hace eso cuando me ve —comenta, medio divertido, medio frustrado.
—Es complicada —respondo.
—Me gusta lo complicado —dice él en voz baja, con una intensidad que me sorprende.
Concentrarme en sus patrocinadores después de eso es todo un reto.
De vuelta en mi mesa, tardo unos minutos en darme cuenta de que Yui no está en la suya.
La encuentro en la sala de descanso, frente a la máquina del café, con la taza llena y sin tocar. No está mirando nada en particular. Solo está ahí, de pie. La quietud de alguien que está pensando tan fuerte que el mundo exterior ha dejado de existir temporalmente.
—¿Yui?
Levanta la vista. Sonríe, y es una sonrisa perfectamente funcional que no llega a los ojos.
—Hola. —Hace el gesto de coger la taza—. Estaba a punto de volver.
No se mueve.
Me apoyo en la encimera sin presionarla.
—El señor Takeda ha estado diferente esta semana —dice al fin, con una naturalidad tan calculada que me duele.
—Sí —respondo, porque no tengo nada mejor.
Ella asiente despacio, mirando el interior de su taza.
—Pensé que era por mí. —Se humedece el labio—. Al principio.
No digo nada. No hay nada que decir que no sea cruel o mentira.
Yui levanta la vista. No hay reproche en su expresión. Solo esa clase específica de lucidez que viene después de que alguien ha decidido ver lo que llevaba un rato mirando sin ver.
—No importa —dice, y suena como si lo dijera en serio—. Solo quería... no sé. Decirlo en voz alta, supongo.
Coge la taza por fin y sale de la sala sin esperar respuesta.
Me quedo apoyada en la encimera un momento, notando que me pesan los hombros.
El resto de la mañana pasa entre correos, un smoothie verde sanísimo que me ha traído Keiko, que he sido incapaz de terminarme, y las miraditas curiosas de mis compañeros.
Quieren saber cómo fue mi cena con el jefe anoche, pero no se atreven a preguntarlo.
Intento interrogar a Rafaela sobre lo del ascensor y Watanabe, pero huye de su mesa y se pasa todo el día por ahí, liadísima.
A las doce y media, recibo un email.
De: Rin Takeda
Asunto: Q2
El Q2 está mal. Ven a mi despacho.
Levanto una ceja.
—Qué sorpresa —murmuro.
Cojo la tablet y me levanto. Cruzo la oficina sintiendo miradas curiosas. Nadie dice nada, pero todos están pendientes del drama.
Llamo a la puerta.
—Pasa —me indica su voz desde dentro.
Entro y cierro a mi espalda. Rin está leyendo algo con tanta atención que ni levanta la vista. Me acerco despacio a su escritorio. El corazón me late demasiado fuerte. Intento mantenerme profesional, pero estar a solas con él después de lo de anoche cambia todo el aire de la habitación.
—¿Qué le pasa al informe? —voy al grano, porque estoy segura de que lo he revisado bien—. Los parámetros…
No termino la frase porque él me hace un gesto con los dedos para mostrarme lo que está viendo en sus papeles.
Doy la vuelta a su enorme escritorio y me aproximo por su lado derecho.
—¿Qué?
Él por fin levanta la cabeza hacia mí con media sonrisa inesperada, me toma de la muñeca y me sienta en su regazo.
—¡¿Pero qué hace?!
La silla gira ligeramente.
—Conduciendo —responde, con las manos alzadas alrededor de mi cintura como si sostuviera un volante invisible.
Me quedo sentada en su regazo, mientras él gira la silla. Su pecho está pegado a mi espalda, sus brazos rodeándome. Puedo sentir el calor de su cuerpo y cómo su respiración se vuelve más pesada, cuando mi culo se frota contra él sin querer.
—¿Perdón?
Él asiente y se impulsa con los pies. Hace un sonido con la boca como el de los Fórmula 1 al pasar. La silla empieza a moverse por el despacho.
—El piloto toma la curva a alta velocidad —narra, serio—. Ese cabello rosa podría suponer una penalización.
Me río, no puedo evitarlo.
—¿Esto es lo que hace mientras nosotros trabajamos ahí fuera?
—Todos nos escabullimos del trabajo a ratos —responde—. Incluso el jefe.
La silla gira bruscamente.
—Cuidado. Vummm…
Acelera y va directo hacia los ventanales.
—¡Takeda!
—Recta final.
—¡Nos vamos a matar! —grito conforme giramos a toda velocidad hacia el cristal. Me encojo y me preparo para el impacto.
—La chica siente que el corazón se le sale del pecho —sigue él con voz de narrador.
—¡RIN!
—así que el piloto aprovecha para robárselo.
Frena en seco.
Mi cuerpo se inclina hacia delante… pero su brazo ya está rodeándome el estómago y evita que caiga. Me sostiene contra él.
—Y guardarlo aquí —murmura, presionando su propia mano contra el pecho.
—Salida de pista —añade más bajo. La silla gira en círculos rápidos que me hacen chillar y reír a la vez—. El coche da vueltas de campana…
Por un momento solo se escuchan nuestras respiraciones, pero entonces él mueve la silla de nuevo.
Nuestras sonrisas se desvanecen. Estamos demasiado cerca.
Su mirada baja a mis labios con hambre descarada y mi pulso se dispara.
Sé que debería apartarme, pero no quiero.
Llevo demasiado tiempo preguntándome cómo sería besarlo.
Tengo un límite de autocontrol y si él intenta algo ahora… No, no está bien. ¡Está hechizado!
—Esto no es… —empiezo para darme una oportunidad de evitar el desastre, pero no termino.
Porque Rin Takeda se inclina y me besa. No es un roce accidental.
No es la tentativa cautelosa de alguien que no sabe cómo va a ser recibido.
Es una explosión contenida. Sus labios atrapan los míos, y su lengua roza mi borde una sola vez, casi por accidente.
Solo para frustrarme y hacerme desear más.
Su mano sube despacio por mi cuello hasta posarse en mi mandíbula para abrirla.
Cuando lo hago, él entra con todo. Me besa con urgencia contenida, como si hubiera estado reprimiendo esto durante años.
Profundo, cálido y posesivo. Se me escapa un gemido y sus dedos se clavan ligeramente en mi cintura para apretarme contra él.
Estamos en llamas, nuestra piel desprendiendo un calor febril.
Mi cuerpo responde sin consultarme. Mis manos, que hace un momento no sabían dónde estaban, encuentran su camino: una en su pecho, sintiendo el latido acelerado; la otra en el borde de su mandíbula, donde la piel está cálida y suave.
Me inclino hacia él antes de decidir hacerlo. Él lo nota porque el brazo que rodea mi espalda aprieta un centímetro más, y el ritmo del beso cambia a algo más deliberado. Nuestros labios se acarician y nuestras lenguas se entrelazan.
El ruido del edificio sigue al otro lado de la puerta, pero aquí dentro no existe nada más allá de nuestros cuerpos y sus puntos de unión.
Las cosquillas placenteras que se despliegan por toda mi piel, encienden cada terminación nerviosa de mi cuerpo, activan cada zona erógena.
Estoy flotando en sensaciones deliciosas.
Me rindo durante un instante, y solo dejo que pase. Ese beso que, si soy sincera, he deseado tanto tiempo.
Hasta que la parte de mi cabeza que todavía funciona con criterio se activa de golpe, como una alarma que lleva intentando sonar desde hace rato y por fin consigue volumen suficiente.
El hechizo, el jefe que nunca me ha querido de esta forma, Yui, los poderes de Rafaela…
Todas las razones por las que ese beso no debería estar pasando.
Me separo, y cuando el contacto se rompe y el aire frío del despacho entra en el espacio que ocupaba su boca.
Me quedo mirándole con los dedos todavía en el borde de su mandíbula.
Los retiro de golpe, sintiendo que es un pecado tocarle de esa forma.
Uno maravilloso, pero terrible. Salto de su regazo con la respiración descompasada.
—No puedo hacer esto —murmuro, más para mí que para él.
Casi corro hacia la puerta sin girarme cuando él me llama.
Salgo con los labios hinchados y el pulso desbocado. Al otro lado del cristal, la oficina sigue existiendo como si nada.
Eso me parece lo más injusto de todo. Qué la realidad esté ahí, esperándome con su cruda verdad.