Hechizo de amor para el CEO 11
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El edificio de Rin es exactamente lo que cabría esperar de un japonés joven y forrado. Cristal, acero, líneas limpias. Todo demasiado ordenado y vanguardista. El tipo de lugar donde nada está fuera de sitio porque nadie se lo permite.

Subimos en el ascensor sin hablar, pero bullendo de energía nerviosa por dentro. Esta vez no hay provocaciones ni apuestas ni carreras. Solo ese silencio que queda después de haber cruzado demasiadas líneas en una sola noche, y ninguno de los dos se ha habituado todavía al cambio.

Cuando las puertas se abren, él sale primero. Casi escapando de la tensión tangible del ambiente. Aunque no creo que en el interior de su apartamento vaya a ser mucho mejor. Lo sigo mirando alrededor con una curiosidad que no intento disimular.

El apartamento es amplio. Demasiado para una sola persona, aunque eso no me sorprende. Lo que sí me sorprende son los detalles que no encajan: un libro abierto sobre la mesa baja, una taza olvidada junto al sofá. Pequeñas pruebas de que es humano.

—¿Siempre está así de ordenado? —pregunto, dejando el bolso sobre una superficie que parece demasiado cara para ser usada como perchero improvisado.

—No.

—Me siento decepcionada.

El amago de sonrisa pasa tan rápido que podría haberlo imaginado.

Camino despacio por el salón, rozando el respaldo del sofá con los dedos, asomándome al ventanal. Las luces de Tokio se extienden en todas direcciones. La generosidad de los pisos altos hace que todo parezca manejable desde arriba.

—Guau, qué vistas. —Me giro, pero él no me está mirando. Está en la cocina, abriendo armarios en busca de un vaso. Lo reconozco: es la versión doméstica de lo que hace en la oficina cuando necesita no mirar algo.

Y su incomodidad es contagiosa.

—¿Dónde está el baño?

Responde con un gesto de cabeza hacia el pasillo.

—Necesito que me deje ropa. —Vale, esto es demasiado incómodo, y más cuando él parece arrepentido de haberme invitado.

Sin decir una sola palabra, entra en un cuarto y demora el tiempo suficiente como para que yo eche un vistazo a la puerta y me plantee salir corriendo.

—La tienes en el baño —murmura al pasar por mi lado al volver del pasillo.

Genial, ni siquiera me la entrega en mano. Hay hoteles de cinco estrellas con un trato más familiar que esto.

Su ducha es larga, y cuando digo larga me refiero a que podría hacer splits y volteretas dentro. El agua caliente me relaja los músculos, pero no la cabeza. No puedo dejar de imaginarlo desnudo y mojado en este mismo espacio.

Hundo el rostro bajo el agua, recordando lo que dijo en el restaurante sobre sentir mis ojos por todo su cuerpo. Tal vez los esté sintiendo ahora mismo por lo vívidas que son las fantasías que está elucubrando mi cabeza.

—Es el hechizo —murmuro, dirigiéndome al azulejo—. Él nunca había dicho nada por el estilo.

El azulejo no opina, pero esa otra vocecita en mi cabeza que se parece a Rafaela sí:

—Mentira, dijo justo eso aquel día en la recepción con Daichi, antes del hechizo.

Cuando ya no puedo retrasarlo más, salgo y me seco con la toalla que ha dejado perfectamente enrollada para mí.

La camiseta me queda enorme, cubriéndome hasta la mitad del muslo. Los shorts se sostienen en la cintura por pura fe. Huele a él. Ese aroma limpio y caro que siempre lleva. Me abrazo a mí misma un segundo, odiando lo mucho que me gusta estar envuelta en su fragancia.

Salgo al pasillo y escucho un piano.

Rinestá de espaldas al fondo del salón, sentado tocándo. La luz tenue cae sobre él desde un lateral.

Mis pies se frenan solos cuando veo que no lleva camiseta. La visión de su espalda desnuda me golpea como un puñetazo. La cicatriz bajo el omóplato derecho que no sabía que tenía. Y la forma en que se tensan sus hombros con cada nota.

Cuando me ve, no se detiene. Tan solo un segundo para palmear el asiento varias veces en una muda invitación.

Avanzo despacio y me coloco a su lado en el banco, dejando el hueco necesario para que no nos rocemos. O para que no ocurra algo peor como que me vuelva loca y me ponga a lamerlo, por ejemplo. No las tengo todas conmigo, así que trato de no mirarlo.

La melodía continúa. Sus manos se mueven con seguridad, pero aquí hay algo menos controlado, como si el piano fuera el único sitio donde se permite no ser impecable.

Pulso una tecla al azar. Suena fatal, pero él sonríe sin detenerse.

—No es lo mío —murmuro.

Suelta un sonido breve por la nariz, que en otra persona sería una risa.

—Ya veo.

—Eh.

Vuelvo a intentarlo con el optimismo de quien no aprende. La melodía se rompe en algo que no existe en ninguna escala conocida.

—Estás saboteando la canción —dice.

—Estoy aportando.

Se gira hacia mí en el banco, cruzando una pierna para quedar de frente, y el movimiento lo acerca.

Alza la mano despacio, para apartar un mechón del pelo rosa que está aprendiendo a tolerar.

El roce de sus dedos detrás de mi oreja me provoca un escalofrío agradable por la piel.

Su mirada se oscurece. Baja lentamente hasta mis labios, y el aire entre nosotros se vuelve pesado, cargado de algo que lleva años creciendo.

Él lo nota. Claro que lo nota, tengo más tensión dentro que la arteria de un anciano.

—Lo que cree que va a pasar —digo atropelladamente—, no puede pasar.

Su ceño se frunce mínimamente.

—He venido a dormir. Solo eso. La apuesta era dormir aquí.

Pasa un momento de silencio, durante el cual él evalúa mi declaración. Después dibuja una lenta sonrisa ladeada. Una peligrosa, pero no dice nada.

Mis ojos huyen del peso de su mirada, y acaban dándose un festín por su torso. Mierda, tengo cero autocontrol.

—Siéntete libre de comprobar el tacto también —propone él en una vibración baja.

—No es necesario…

Antes de que pueda reaccionar, toma mi mano y la coloca sobre su pectoral derecho.

Me quedo quieta, en lugar de apartarla de golpe.

Su piel es cálida y tersa sobre músculo firme. Es fascinante cómo se tensa con cada respiración. Debajo de mi palma, su corazón late más rápido de lo que su expresión contenida sugiere. Sus dedos guían los míos un centímetro más abajo. Solo uno.

—Takeda… —La débil protesta no va acompañada de respaldo físico. No me aparto, no lo detengo.

—Quiero que me tutees de aquí en adelante —dice. Su otra mano se posa sobre mi muslo, justo donde el borde del short deja la piel al descubierto. La diferencia de temperatura entre su palma y el aire del salón me pone la piel de gallina.

Debería apartarme. Sé perfectamente que debería apartarme.

—Quiero escucharte decir mi nombre —continúa en un susurro grave—. Borra eso, quiero escucharte gemir mi nombre.

Mi respiración se vuelve irregular. Siento calor concentrándose entre mis piernas. Su mano en mi muslo quema. Cada palabra suya suena más grave, más ronca, y mi cuerpo responde aunque mi cabeza grite que esto está mal.

Cuando se inclina hacia mí, lo hace despacio, dándome tiempo para apartarme. Pero no lo hago. Por un segundo me quedo congelada, mirando sus labios y sintiendo su aliento cálido contra los míos. El deseo es tan fuerte que duele.

Salto hacia atrás del banco justo antes de rozarnos, y me pongo de pie con torpeza.

—¿Dónde puedo dormir?

Él se recuesta ligeramente, frotándose la nuca.

—Podemos ver la tele un rato.

Echo un vistazo hacia la zona de estar y me siento. El sofá es más seguro, en teoría. Al menos lo va a ser si construyo una barricada.

Me envuelvo en una manta y coloco dos cojines entre nosotros.

Él observa todo el proceso sin moverse.

—¿Eso te hace sentir mejor?

—Mucho.

—Bien.

Escogemos una película después de diez minutos de negociaciones. La película empieza y comentamos los fallos de la trama y las decisiones absurdas de los personajes.

Por un momento me relajo y empiezo a divertirme. Para cuando termina estoy dichosamente adormilada.

El pasillo está en silencio cuando caminamos hacia la habitación de invitados. La moqueta amortigua los pasos. Las luces bajas del pasillo hacen que todo tenga esa calidad irreal de las horas que no deberían estar ocurriendo.

Nos detenemos en la puerta y nos miramos durante un instante demasiado largo. Estoy atrapada por sus rasgos faciales, por la belleza de su piel que está tan expuesta. Sus palabras de antes dan vueltas por mi mente, mareándome.

«Quiero escucharte gemir mi nombre».

—Buenas noches —digo, demasiado alto para el silencio del pasillo. Me giro, entro y cierro de un portazo. Me quedo apoyada contra la puerta en la oscuridad, escuchando sus pasos alejarse hasta que desaparecen. Todavía siento el calor de su mano en mi muslo y el peso de su mirada.

Cierro los ojos. Necesito meterme en la cabeza que su interés se debe al maldito hechizo y que tengo que controlarme mientras el debilitamiento surte efecto.

Lo que no sé es cómo voy a olvidar todo esto cuando ocurra.